Cádiz. Capítulo 29
Margarita Jiménez de Cisneros se había sentido afortunada el día de su boda; su marido, el entonces marqués de Marchena y futuro duque de Niebla, estaba destinado a ser un hombre importante.
Apenas recordaba al niño que le habían presentado como su futuro esposo, pero el día que se conocieron realmente para los preparativos de la boda, pensó que era un hombre bastante apuesto.
Era joven aún, pero por el aspecto de su padre, que era grande y rudo, dedujo que se convertiría en un hombre masculino y fuerte.
Le resultó exótica su melena cobriza y ese color de ojos de un verde intenso que había heredado de su madre holandesa, una mujer de la que era conocida su belleza exótica.
No tardó en darse cuenta de que era inteligente, cabal y que no parecía en absoluto un hombre violento.
Había oído historias terribles de sus hermanas; maridos que llegaban borrachos a su alcoba, que forzaban a las criadas e incluso llegaban a levantarles la mano a sus esposas cuando no consentían en todos sus caprichos.
Viajó hasta el sur de la Península con un alacrán de inquietud en el estómago por la suerte que la esperaba.
Era la segunda vez que recorría un trayecto tan largo en su vida.
Un año antes había viajado en barco a Flandes con sus padres, con motivo del acuerdo del enlace, y quedó impresionada por la inmensidad de las tierras que separaban unas ciudades de otras, las diferentes lenguas, los tonos de piel de los extranjeros…
En los países holandeses se mezclaban sin pudor unos con otros, negros y blancos como si fuesen iguales; los olores, sonidos y sabores, todo resultaba extravagante y echó de menos la seguridad de su casa.
El mundo le parecía un lugar demasiado extenso e incomprensible, incluso siniestro, cuando imaginaba todos los peligros a los que se exponía una mujer.
Su anhelo siempre había sido encontrar un buen hogar, rodearse de hijos y gente divertida, y no tener que salir de allí jamás.
Margarita aguardaba su noche de bodas con una mezcla de expectación y temor.
Las mujeres de su entorno —sus hermanas, primas y doncellas— solían hablar de formas muy distintas acerca del acto de consumación del matrimonio.
A veces entre risas y chanzas sobre las partes de su cuerpo que serían transgredidas por primera vez, y sobre el miembro del varón, ese órgano oculto que despertaba toda su curiosidad y que podría tocar o mirar por primera vez…
, pero otras se contaban historias terribles de dolor y del asco que producía que un hombre se saciara con tu cuerpo.
Sea como fuere, esperaba una noche de emociones fuertes y había notado su cuerpo despertando de una forma inesperada a la expectativa de averiguar al fin qué pasaría…
En cambio, su noche de bodas resultó bastante decepcionante.
Su esposo, Rodrigo, llegó a la alcoba en volandas.
Ella lo aguardaba sobre la cama —sus doncellas la habían preparado— con su melena oscura suelta sobre las ropas de cama que estrenaba aquella noche, una camisola ligera y unos bombachos con una abertura de botones en la entrada a su vagina.
Estaba algo ebria y acalorada, entre risas y bromas con sus doncellas se había perfumado con flor de azahar y habían encendido velas por toda la habitación.
Los escuchó acercándose por el pasillo, las voces masculinas riendo y jaleando al novio, y notó cómo el rubor se apoderaba de sus mejillas y se humedecían sus partes.
Sintió lástima por él al verlo tan nervioso, se dio cuenta de que también para él era la primera vez.
No lo había previsto, pues los hombres eran más dados a adquirir experiencia, no era tan ingenua para no saber que incluso los nobles frecuentaban las mancebías.
Quiso convencerse entonces de que su inexperiencia era un rasgo de honorabilidad y lo aceptó como un gesto de respeto hacia ella, pues estaba al tanto de que la infidelidad era la gran debilidad de los hombres.
Rodrigo se colocó encima, ella tuvo que ayudarlo a abrirse camino entre sus ropas y desabrochar los bombachos.
Sintió una pequeña punzada de dolor cuando rompió la membrana que protegía su virginidad, mucho menos de lo que había esperado.
Él se sacudió, se agitó y… eso fue todo.
Luego se apartó de ella, y en su gesto le pareció ver culpa.
«¿Estáis bien?», preguntó. Ella asintió y él se marchó cabizbajo.
«Es tímido», se dijo. Durante varios días, esa fue su explicación al comportamiento distante de su esposo.
Así que intentó ser ella quien tomara la iniciativa.
Se moría por quedarse encinta lo antes posible, que sus padres estuvieran orgullosos de ella, que el duque —entonces aún el padre de Rodrigo— viera colmado sus deseos con una nutrida descendencia.
Se esforzó por ser una buena esposa, por cumplir con su deber conyugal y su deber cristiano, pero Rodrigo siempre parecía azorado en su presencia y lentamente empezó a percatarse de que la evitaba.
Cuanto más intentaba ella seducirlo, más se alejaba.
Hasta que le resultó obvio que su marido no se sentía atraído hacia ella.
Fue una revelación terrible; hasta entonces solo le había preocupado no sentirse ella atraída por él, pero no había imaginado la posibilidad de que él la repudiara.
¿Acaso le resultaba poco agraciada?, ¿desagradable de alguna forma?
No dudó un instante de que la culpa era de ella y aquello la atormentaba, no dejaba de preguntarse de qué forma había fallado.
Durante los primeros años de su vida conyugal buscó con desesperación la manera de reparar el daño.
Se mandaba a hacer vestidos cada vez más atrevidos, les pedía a sus criadas que ciñeran el corsé de su cintura hasta que casi perdía la movilidad por completo, mandó llamar a un perfumista y le encargó una esencia que pudiera despertar el deseo, se maquillaba, se peinaba, se bañaba en agua con pétalos de flores.
Intentó comportarse más como la duquesa, que parecía muy unida a su hijo.
Se volvió más devota, dejó de jugar a los naipes creyendo que él lo consideraba un vicio detestable, incluso se esforzó por leer los libros que a él le interesaban y por un momento él se mostró satisfecho de poder comentarlos con ella, aunque luego le costaba seguir sus divagaciones.
Nada de lo que hiciera conseguía despertar el interés de su esposo, a quien había visto desviar su camino en ocasiones para evitar cruzarse con ella.
Cumplía con su deber conyugal de forma metódica —un jueves cada dos semanas, llegó a deducir— y ella seguía sin quedarse encinta, lo que también llegó a creer que era por su causa.
Su desesperación anegó sus días de casada, temiendo incluso que alguien la acusara de brujería por su incapacidad para concebir…
hasta el día que escuchó por casualidad un comentario de dos veinticuatro que salían de una reunión con su marido, entonces ya duque de Niebla.
Los dos hombres parecían molestos con su esposo.
«Es ese maldito esclavo suyo…», comentó uno en un momento dado, y ella agudizó el oído, pues tampoco le había pasado inadvertida la relación tan cercana que su marido tenía con el moro.
«Aprovecha la cama para meterle esas ideas descabelladas en la cabeza», «diría que son otras las cosas que le mete…
», y al decir aquello los dos rieron de buena gana.
Aquello fue una revelación aterradora. No solo por la abominación de la que acusaban a su esposo, sino porque fuese una realidad conocida por todos.
Comenzó a fijarse en el esclavo moro. Sus andares seguros y su arrogancia eran insultantes.
Se dirigía al duque como si hablara a uno de los suyos.
Jamás incumplía el protocolo, la distancia, su silencio ni ese «sí, mi señor» con el que respondía de forma incansable, pero había un matiz casi imperceptible de sátira en su forma de decirlo.
Sin embargo, lo más revelador fue fijarse en su propio esposo, la forma en la que sonreía al esclavo y bajaba la mirada, o cómo lo observaba de soslayo cuando atendía cualquier otro asunto.
Se había negado a creer que aquello fuera posible, así que empezó a espiarlos.
Muchas mañanas los veía salir a caballo juntos, nunca había preguntado con qué propósito, pero cuando quiso averiguarlo nadie parecía conocer el destino o la finalidad de aquellas salidas.
Margarita encontraba alguna excusa para pasar la tarde en las caballerizas y aguardaba su regreso.
Oculta entre las cuadras los observaba regresar de sus paseos, acalorados y sonrientes, y había algo en la forma en la que a veces el duque se acercaba y le hablaba al oído al moro provocándole una sonrisa, o en cómo le acomodaba el jubón y se miraban a los ojos, o en la forma en la que el esclavo siempre decía algo que ella no conseguía escuchar, pero que arrancaba una carcajada a su esposo.
Nunca lo había visto comportarse así, jamás con ella.
No había tensión, se lo veía tan relajado y alegre.
Pero hubo un día que toda duda quedó desechada.
Ella lo vio… al esclavo acercarse a su oído, susurrarle algo.
El duque echó un vistazo a su alrededor y, al creerse a solas en las cuadras, tomó al esclavo de su chaqueta, lo atrajo hacia él, sus labios se rozaron y fingió morder su boca.
El esclavo sonrió y lo apartó ligeramente con lo que parecía más bien una caricia en su rostro.
Luego tomó la mano del duque y la besó con una inclinación, como haría un caballero con una dama, mientras los dos parecían divertirse de lo lindo con su broma pecaminosa.