Londres. Capítulo 28
La primera vez no fue exactamente como había imaginado Juliette.
En las últimas semanas, desde que Edward empezara a cortejarla, Juliette había ido creando a través de su mirada un espejo en el que mirarse.
Edward le traía flores, la visitaba en su camerino, daban paseos junto al río, la llamaba madame , milady o Juliette, en un susurro apasionado cuando estaban a solas.
En sus ojos ella era perfecta. Tal vez fuera eso; el espejo se hizo añicos la primera noche y después solo quedaron los pedazos a través de los cuales se reflejaba una imagen deformada de la princesa que había imaginado ser.
Edward la invitó a su casa de campo, una pequeña mansión de techos altos en Sussex rodeada de robles, arces centenarios y campos floreados que componían una estampa perfecta.
Ignoró deliberadamente la insólita falta de criados al llegar a la casa.
Tan solo permanecía a cargo un matrimonio —jardinero y ama— que vivía en una casita apartada y con el que apenas se cruzaron.
Lo mismo ocurrió con el chófer que los llevó y que los recogería dos días más tarde en un precioso carro de caballos.
No es que no se hubiera dado cuenta de que siempre evitaban a terceras personas, pero su cabecita se empeñaba en reinterpretar los hechos.
Se dijo que de esa forma era más íntimo el encuentro, más romántico, aunque era obvio que su comportamiento no sería el mismo de tratarse de una verdadera dama.
A su llegada, dieron un paseo por el campo y Juliette recogió flores, que luego distribuyó en vasijas con agua por el salón mientras Edward encendía la chimenea.
En la cocina, la cena había quedado lista para servir: una tartaleta de carne hervida con uvas pasas que acompañaron con pan, pasteles de manteca y vino.
Juliette nunca había probado el vino, la gente humilde como ella tomaba cerveza aguada.
Le gustó su color, la contundencia de su sabor y la forma en la que se le subió a la cabeza aligerando la sensación de su cuerpo, que parecía flotar.
Sentados en una alfombra junto al fuego, Edward comenzó a susurrarle su nombre al oído.
—Juliette, Juliette… —le besó el hombro y el cuello y sus manos rodearon el corpiño que marcaba su cintura—, os deseo tanto…, ya no lo aguanto…
La empujó hasta que quedó tumbada con la espalda sobre la alfombra.
Edward no tardó en colocarse encima, sus manos parecían estar en todas partes, buscando bajo su falda.
Juliette lo ayudó a despojarse de sus prendas, pues también lo deseaba, aunque había esperado que se tomara algo más de tiempo; quería disfrutar de la velada, pero de golpe la urgencia los apremiaba y, sin duda, ansiaba colmarlo de placer.
De un tirón Edward reventó todos los botoncitos de su corpiño.
Juliette soltó un grito y giró la cabeza intentando ver a dónde iban a parar los preciados botones forrados de seda que tantas horas había costado coser.
Alcanzó a agarrar algunos con la mano temiendo que pudieran acabar chamuscados por el fuego, y en ese mismo instante sintió la piel que se rasgaba al notar el miembro duro de Edward penetrando su orificio.
Se agarró con fuerza a la alfombra, nunca le había causado tanto dolor una penetración, intentó decir algo —«Esperad…
Edward…»—, pero él ya estaba poseído por el deseo y siguió embistiendo una y otra vez, provocando que siguiera soltando pequeños gemidos de dolor que se mezclaban con los gruñidos de Edward, concentrado en su propio placer.
Por suerte no le tomó mucho tiempo alcanzar el clímax, seguramente de tanto que llevaba deseando ese momento.
Pudo ver cómo se quedaba de pronto inmóvil, la respiración contenida en un gesto de absoluta concentración, el ceño fruncido, los ojos cerrados, la boca abierta, y de ahí fue soltando un largo gemido agónico mientras su cuerpo completo se ablandaba, hasta que se dejó caer con todo su peso sobre ella.
Entonces se incorporó, se acomodó la ropa y le sonrió.
—Sois hermosa —dijo, aunque no sonó sincero, y tal vez Juliette también ignoró deliberadamente la forma en la que su actitud hacia ella cambió en ese momento.
Edward se levantó, se acercó a la mesa y se sirvió un vaso de vino que bebió casi de un trago.
Luego anunció que estaba agotado y que sería bueno descansar un rato, antes de desaparecer tras la puerta de su alcoba.
A ella le habría gustado compartirla con él, pero «eres hermosa» fue lo que quedó resonando en su mente, apartando el resto de sus pensamientos.
Billy… No Billy , Juliette… se quedó un rato más en el salón, frotó con agua y sal las manchas de sangre que quedaron en su vestido maltrecho y luego, de rodillas sobre la alfombra, comenzó a recoger uno a uno los botoncitos de seda, como si fueran pedacitos de cristal, guardándolos en un bolsillo para poder volver a coserlos cuando regresara a Londres.
Al día siguiente dieron un largo paseo hasta el lago.
Juliette llevaba un sencillo vestido azul, que solía usar para las comedias, y un tocado de flores en el pelo, que había tardado una hora en perfeccionar y que acabó arruinado porque Edward se echó encima de ella entre los arbustos.
Se prometió que a la noche mantendría el control de la situación.
Tras la cena Edward le pidió que recitara. Fue una velada encantadora, porque Juliette interpretó algunos de sus monólogos favoritos y Edward aplaudía entusiasmado cada vez que ella terminaba para exigir uno nuevo.
—Sois increíble, tantas mujeres en una… Haced de Desdémona, os lo suplico.
—¿Desdémona? Tengo algo mejor… —Y comenzó a improvisar sobre el texto de Beatriz, un personaje que no había llegado a interpretar, pues a Will le gustaba darle siempre los papeles de las damas más inocentes—.
Dicen que nunca conseguiré esposo por tener una lengua demasiado maldita.
Ruego a Dios por ello. «No me dé marido», le imploro de rodillas todas las mañanas y todas las noches: «¡Señor!
Yo no podría sufrir a un marido con toda la barba; preferiría acostarme con un montón de lana».
—Se movía por el salón de forma seductora y Edward no dejaba de reír—.
¿Poner los ojos en un marido sin barba? ¿Y qué haría con él?
—Entonces se sentó a horcajadas sobre sus rodillas y Edward recorrió su cuerpo con las manos mientras seguía recitando—.
¿Vestirle con mis faldas y que me sirviese de doncella?
Quien tiene barba es más que un mancebo, y el que carece de ella menos que un hombre.
Si es más que mancebo es mucho hombre para mí, y si es menos que hombre, soy yo mucha mujer para él.
Por consiguiente yo no tendré esposo. No será en tanto Dios no haga a los hombres de otra sustancia distinta a la tierra…
Antes de que acabara, Edward la agarró en brazos, la llevó hasta la mesa y, al dejarla sobre ella, los restos de la cena cayeron al suelo. Enseguida él comenzó a besarle el cuello, buscando con sus manos sus piernas bajo las faldas.
—Esperad, esperad… Edward, dejad que me quite el vestido…
Él se apartó de golpe y la miró a los ojos con preocupación.
—¿Quitaros el vestido?, ¿por qué?
—Para que no lo arruinéis.
—No. —Y su negativa sonó definitiva—. No podéis.
Tuvo miedo de la forma en que la miró en ese momento. Había sido un error sugerir que se desnudaría.
—Claro, descuidad —dijo con cautela. Esperaba no haberlo estropeado. Él no quería saber, no quería ver… y eso estaba bien, se dijo—. No os preocupéis, lo dejaremos. —Intentó sonreírle de forma coqueta, pero él parecía desconcentrado. —Disculpad mi torpeza… —añadió en una súplica desesperada.
—Daos la vuelta.
Y con sigilo, como buenamente pudo, se giró sobre la mesa, consciente de que el vestido se estaría manchando con los restos de la cena.
Edward levantó su falda lo justo para poder penetrarla.
Escuchó sus gemidos mientras gruñía y embestía, saciando su placer casi como si ella no estuviera.
Los hombres eran así, ya se lo había advertido su hermana a veces…
No William, él era diferente, claro que no era momento para pensar en Will…
Edward le hacía daño, pero era una buena actriz, así que jadeó y gimió para animarlo.
Haría lo que él quisiera, sería quien él quisiera que fuera, porque no podía permitirse perderlo.