El mar que nos arrastra Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Así que se sentía solo, aunque nunca lo estaba.

Siempre había alguien pendiente del marqués.

Sobre todo cuando enfermó. Su madre temía por su salud, su padre por su seguridad.

Rodrigo era consciente del papel que debía representar y a menudo miraba a los otros niños con altivez.

De vez en cuando les ordenaba hacer algo, solo por ver que ellos obedecían.

Era también una forma de juego, salvo que los otros niños no sabían de qué se trataba, y es posible que el pequeño aristócrata no les cayera simpático y que secretamente se alegraran de que cayera enfermo y quedara cojo para siempre.

Nadie le contó entonces que Adriana había muerto desangrada al dar a luz a su primer hijo.

Se pasó años preguntando por ella, esperando que regresara a visitarlo como había prometido, pero nadie le contaba la verdad, tal vez creyeron que lo protegían.

Al final la olvidó y dejó de preguntar; y cuando años más tarde supo de su muerte, de alguna forma sintió que la había traicionado al olvidarla.

Volvía a embargarlo ese mismo sentimiento de traición, había defraudado a Tareq y esta vez tampoco sabía cómo arreglarlo.

Antes de su marcha, el comisario inquisidor solicitó un encuentro con Rodrigo.

Los tiempos eran ajustados, así que, cuando bajó a la ciudad a reunirse con el jesuita, lo encontró preparándose ya para su partida.

Le esperaba un largo viaje y la anticipación de los estragos del trayecto tenían al inquisidor de un humor agrio.

—El rey os tiene en alta estima, don Rodrigo —le reveló inesperadamente—. Se ha tomado muchas molestias para evitar que este asunto acabara en manos de algún obispo con ideas anticuadas.

Aquello sí fue una sorpresa.

—No sabía que el rey estuviese al tanto…

—En la corte opinan que estáis haciendo un gran trabajo en el cabildo de Cádiz y, por supuesto, el rey está muy satisfecho con vuestra excelsa contribución tributaria.

Era posible que Rodrigo fuese de los pocos nobles de España que no buscaban tretas para rebajar o librarse de los impuestos a la Corona, otro de los motivos por los que se había granjeado tantos enemigos entre los caballeros de la región.

Agradeció el tono cercano de la conversación, pues él también quería pedirle consejo al jesuita con respecto a qué hacer con su primo.

—¿Debería acusarlos de traición?

—No remováis más ese asunto. Lo que más os conviene es que se olvide cuanto antes. —Mientras hablaban, el padre Alonso terminaba de acomodar el equipaje en el carruaje que lo llevaría de vuelta a Madrid—. Y sugiero que si tenéis tentaciones impuras, busquéis en el Señor la forma de apaciguarlas.

Si fuese todo tan sencillo, olvidar y rezar…

—Tenéis razón, es posible que me haya apartado algo de Dios en estos últimos años. Agradezco vuestro consejo.

—De todas formas, pronto tendréis asuntos más urgentes de los que ocuparos. —El jesuita dejó su equipaje y se acercó al duque para seguir explicándose de forma más privada—. El decreto para la expulsión de los moriscos se va a aprobar en unas semanas.

—¿Qué? Pero es… es una locura. ¿Estáis seguro?

—No debería decíroslo, pero sé que tenéis una comunidad morisca bastante grande y deberíais estar preparado para posibles levantamientos.

—Estamos hablando de cientos de miles de personas…, es una tarea irrealizable…

—Se hará por etapas, es posible que lleve algunos años completar el exilio. El rey espera poder contar con vuestro puerto para esta labor, y con vuestro apoyo, por supuesto.

—Fueron los mismos moriscos los que levantaron el puerto, ¿y pensáis usarlo para expulsarlos de sus casas? Claro que habrá levantamientos, tal vez los dirija yo mismo.

—¿Amenazáis al rey?

Rodrigo lamentó sus palabras al instante.

—Por supuesto que no… Solo digo… Son cristianos, hace casi un siglo que son cristianos, cumplen con sus tributos al rey…, han hecho todo lo que se les exigió…

—El rey no se fía. Teme que puedan unir fuerzas con el Imperio otomano y los hugonotes franceses y se levanten contra la Corona.

—Eso es una patraña…

—Puede que tengáis razón. Si os soy sincero, tampoco me convence esta medida, pero no está en nuestras manos…

El reino se había llenado de rumores en contra de los moriscos.

Se les acusaba de conspirar contra el rey, o de aliarse con los piratas berberiscos para saquear los barcos y las costas españolas.

Pero no eran más que rumores maliciosos sin fundamento.

Sin duda la expulsión supondría para el rey una victoria muy popular que compensaría el despilfarro y la humillación tras las derrotas de la guerra con Francia, Inglaterra y los Países Bajos.

Pero sabía que los nobles siempre se habían opuesto a la deportación; el exilio de Granada había arruinado la ciudad y temían, con razón, que una expulsión masiva de la clase trabajadora provocara una crisis sin precedentes.

—Los nobles no lo permitirán.

—La mayoría ya han accedido, pues el rey ha decretado que podáis quedaros con las posesiones que se expropien a los moriscos.

La codicia. A eso se reducía todo. Las vidas de miles de personas, niños, ancianos, familias, todo aquello por lo que habían luchado no tenía ningún valor ante la codicia de hombres sin escrúpulos.

Los nobles que habían dilapidado sus fortunas veían una salida fácil para resolver sus asuntos en el expolio del trabajo de otros, como habían hecho sus abuelos tras la expulsión de los judíos.

Se sintió hastiado de todo. Había creído que la ciencia les traería un mundo nuevo y emocionante con grandes descubrimientos, que las guerras quedarían atrás y los hombres caminarían juntos a un destino mejor.

Pero en ese momento supo que el Imperio español estaba destinado a la ruina sin remedio.

Era la nación más poderosa y rica del mundo, pero caería, pues se dedicaba a matar y a destruir a todos los que tenían una visión de un futuro diferente: los protestantes, la ciencia, incluso la mano de obra que les daba de comer.

Acabaría siendo una nación de ladrones y corruptos, de hombres de ambición desmedida incapaces de construir un porvenir que no pasara por la expoliación y la crueldad.

—Les di mi palabra. Los moriscos de Sanlúcar trabajaron en la reconstrucción del puerto porque confiaron en mí. Tenemos una deuda con ellos…, el rey tiene una deuda…

—Y vos estáis en deuda con el rey, no lo olvidéis. —Y en su mirada había una advertencia clara.

De golpe lo comprendió todo, cómo había sido posible librarse tan fácilmente de la acusación.

La visita del jesuita no había sido casual.

El rey necesitaba el apoyo de Rodrigo, quería contar con su puerto y ahora estaba en sus manos.

Tal y como le había augurado Miguel de Cervantes, usarían la acusación que pendía sobre él para coaccionarlo, para que colaborara en el crimen que estaban a punto de perpetrar.

Mientras veía alejarse el carro del comisario, deseó por un momento haber acabado en la hoguera.

Habría sido un final más sencillo, tal vez incluso más noble, pues supo en ese instante que entre las muchas personas a las que tendría que traicionar, estaba el esclavo al que había hecho una promesa que no podía cumplir.