El mar que nos arrastra Capítulo 27
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Capítulo 27

Rodrigo permanecía al otro lado de la puerta tras la que se dirimía su futuro.

No había visto a Tareq desde la tarde que llegaron desde Sevilla.

La puerta de madera se abrió y lo vio salir escoltado por dos guardias, pasó por su lado con la mirada al suelo.

No tenía buen aspecto. Dos meses en una celda sin apenas comida era suficiente para explicar su estado ajado, pero había algo más.

En el breve instante en el que se cruzaron sus miradas quiso leer algo de lo que había ocurrido en aquella sala, pero los ojos de Tareq parecían vaciados.

Era la misma mirada que tenía la mañana en la que intentó hablar con él en la alquería.

Hacía años de aquello y se había acostumbrado a la fuerza que había adquirido su presencia, le preocupó ver la derrota instalada de vuelta en sus ojos.

Entró en la cámara. El juez se servía un vaso de vino de una jarra con gesto fatigado, el padre Francisco también parecía cansado, su semblante era serio, y Rodrigo tuvo un mal presentimiento.

—Don Rodrigo, por favor, tome asiento. —El juez no se hizo esperar.

Rodrigo se sentó en una silla en medio de la sala, el inquisidor y el alguacil sentados a una mesa frente a él.

Comenzó leyendo en tono monocorde la lista de sus títulos nobiliarios y la acusación que se había hecho en su contra—.

Señor duque, si me lo permite, quisiera hacerle algunas preguntas…

He percibido cierta preocupación con respecto a los privilegios de los que disfruta su esclavo.

Al parecer no solo viste como lo haría un caballero, sino que acostumbra a portar armas, a montar a caballo en vuestra compañía e incluso, en ocasiones, participa de forma activa en su consejo.

—Ilustrísima, Lázaro proviene de una familia noble de Granada.

—Sabía que, incluso tratándose de esclavos, la herencia de la sangre era un dato que se respetaba.

Tampoco todos los esclavos eran iguales y un esclavo culto era un bien más preciado que un negro africano—.

No nació esclavo y en estos años a mi servicio siempre ha sido un buen cristiano, temeroso de Dios, y un fiel servidor del rey.

—¿Qué tipo de labor realiza para usted?

—Es mi criado personal.

—¿Y suele pedir consejo político a todos sus criados?

—Ilustrísima, me temo que esa acusación no es del todo cierta.

Lázaro nunca ha tomado parte activa en el consejo del ducado ni en ninguna otra labor administrativa.

Aunque entiendo que haya quien pueda pensar lo contrario.

—Rodrigo había repasado una y otra vez las declaraciones que podía hacer y la forma de plantearlo.

Sus palabras estaban bien medidas—. Verá, esta es una ciudad mayoritariamente morisca, y en alguna ocasión he compartido pareceres con mi esclavo solo en asuntos de moriscos; su visión me ha resultado muy útil para manejar ciertas situaciones…

—Confía mucho en el esclavo.

—Le debo mi vida, señoría. —Aquel dato consiguió alzar la vista del juez de sus papeles—. En dos ocasiones actuó en mi defensa salvándome la vida. De hecho, una de ellas perpetrada por mi primo Jacobo…

—¡Eso es una mentira flagrante! —protestó Jacobo.

—¿No pagasteis a dos bandidos en Granada para que me mataran?

—¡Cómo te atreves! Después de lo que me has hecho… —De golpe estaban hablando a la vez, gritándose el uno al otro.

—¡Llevas intentando quitarme de en medio desde que éramos niños!

—¡Eres tú quien me ha mandado a las Indias! ¿Con qué fin si no es librarte de mí?

El juez, entonces, se levantó y empezó a hacer aspavientos con las manos para callarlos.

—¡Basta! ¡Ya he tenido bastante! —Se hizo el silencio, todas las miradas puestas en el inquisidor, que cerró los ojos y se restregó el rostro mientras el resto aguardaba en tensión.

Rodrigo sintió haber perdido los papeles, debería haberse controlado, aún no había dicho todo lo que debía, llevaba semanas dándole vueltas a su defensa y apenas había tenido ocasión de empezar.

—Señoría…

El juez levantó la mano indicando que se detuviera.

—Está bien, don Rodrigo, lo he captado. Bien, tengo la impresión de que esto es más una disputa familiar que un asunto del Santo Oficio.

No se ha presentado evidencia que me haga pensar que estamos ante un caso de pecado nefando.

—Jacobo fue a protestar, pero el juez lo frenó en seco—.

¡Ahora hablo yo, caballero, y ustedes escuchan!

Ante una acusación tan grave, es imprescindible que al menos haya un testimonio creíble de algún paciente de la abominación.

Si solo tenemos dos sospechosos y los dos lo niegan, siento decirles que no hay caso posible.

Aunque estoy de acuerdo con ustedes en que el duque de Niebla se excede en su trato para con un esclavo y que debería cuidar más las formas y el honor de su casa, como espero que haga en el futuro.

—Se acabó.

Unas horas más tarde Rodrigo entraba en la alcoba de Tareq con una sonrisa agotada.

Llevaba una bandeja con viandas —carne asada, pan, vino y fruta— que dejó sobre la mesa, pues imaginó que seguiría hambriento.

Lo habían liberado aquella misma tarde y el duque envió un coche a buscarlo.

El morisco se estaba aseando, llevaba el torso desnudo, le agradeció la comida y se cubrió con una camisa de lana gruesa.

Rodrigo se acercó y lo rodeó con los brazos, necesitaba reconfortarlo y calmar también la inquietud de su ánimo, pero notó la tensión de Tareq en cuanto lo tuvo entre sus brazos.

—No deberíais estar aquí. Alguien podría veros —se excusó él al apartarse, y su uso del trato formal resultó frío y distante.

—Tranquilo, el caso está cerrado. No habrá condenas…, hemos tenido suerte…

—De todas formas, deberíais mantener las distancias, al menos durante un tiempo.

Dudaba que alguien se atreviera a hacer una nueva acusación, pero no quería discutir.

—Tienes razón…

Rodrigo se apartó y se quedó junto a la puerta. No quería marcharse aún, había pasado tanto miedo; tenía ganas de abrazarlo, de reconfortarlo, de pasar la noche con él. Tareq no lo miraba, se puso un abrigo y se acercó a la mesa a servirse un vaso de agua.

—Deberías haberlo matado cuando pudiste —dijo, y su voz le llegó con una oscuridad que le heló la sangre.

—No soy un asesino, lo sabes…

—¡Pero ellos sí! —le espetó con dureza—.

¿De qué crees que iba todo esto, Rodrigo?

—Quedaron los dos en silencio. Él seguía sin mirarlo.

Era el miedo, se dijo Rodrigo. Podía entenderlo—.

¿Y qué haréis ahora, señor duque, mi señor?

, ¿darles una alcoba para que puedan seguir tramando la forma de acabar con vos?

Jacobo tenía su propia casa dentro de los muros del castillo y haría falta algo más que su voluntad para quitársela.

Tampoco podía impedirle invitar a Diago a su casa, aunque puede que en eso tuviera más formas de presionarlo.

Rodrigo se quedó meditando, consciente de la distancia que se había creado entre ellos.

¿Serían capaces de recuperar lo que tenían?

Le habría gustado tener palabras de consuelo, poder asegurarle que todo iría bien, pero ¿acaso estaba en su mano hacer tal promesa?

—Estás enfadado, lo comprendo…

—¡No, Rodrigo! —gritó—. ¡No comprendes nada!

Tal vez no era el momento, por más que hubiese añorado estar con él… Quizás necesitara algo de tiempo. ¿Iría a buscar consuelo con Cata? No quería discutir, esa noche no.

—Solo quería un momento para celebrar la victoria contigo —dijo a modo de despedida, pero antes de salir de la alcoba Tareq se volvió para dirigirse a él.

—No tengo miedo a la hoguera, pero si he de morir, que sea como un hombre libre. —Y entonces sí le clavó la mirada como una daga de fuego—. Tenéis una promesa que cumplir, Rodrigo, no lo olvidéis.

Por alguna razón que se le escapaba, al entrar en sus aposentos Rodrigo recordó a Adriana.

Hacía mucho que no pensaba en su prima. La hermana de Jacobo había sido la persona a la que más había querido de pequeño, era su compañera de juegos, se ocupaba del chiquitín —como solía llamarlo—, lo llevaba a ver a los polluelos y a las cabritas, jugaban al escondite, o ella jugaba a ser la reina o su madre.

Rodrigo era la pequeña mascota de la muchacha y ella no se cansaba de inventar juegos para él…

hasta que tuvo que casarse. Tenía catorce años, aún era una niña en muchos sentidos.

Tenía un recuerdo muy vívido de Adriana llorando en el carruaje que se la llevaría lejos, suplicando a su madre, doña Pilar, que la dejara quedarse, que ella no quería casarse.

Rodrigo debía tener seis años, no entendía lo que pasaba ni que su marcha sería para siempre.

Se pasó meses aguardando a que ella volviera, protestando por las noches porque ella no venía para contarle un cuento o darle las buenas noches.

Entonces se quedaba mirando por la ventana esperando ver el carruaje de caballos que se la había llevado lejos de él.

Después de un tiempo, comenzó a fijarse en los hijos de los criados jugando entre ellos.

Intentaba descifrar las reglas de sus juegos, observando desde la ventana de su alcoba.

Él era el marqués y no le estaba permitido jugar con los niños del servicio.

Algún día serían sus criados y debían respetarlo, obedecerlo, incluso temerlo.