Capítulo 26
El padre Juan Alonso de Salazar recorrió los pasillos y corredores del laberíntico cabildo siguiendo a un lacayo que portaba una vela.
Era un jesuita de Navarra, con afición al vino, flaco y desgarbado, de mirada oscura y con el rostro surcado por las inclemencias del clima del norte de España.
Un tío suyo, a comienzos de siglo, había conseguido poner algo de cordura en los juicios de brujería, salvando a miles de mujeres de morir en la hoguera acusadas de herejía por sus reuniones nocturnas.
Al igual que su tío, el comisario de la Inquisición se mostraba bastante escéptico en cuanto a supersticiones y acusaciones populares, a sabiendas de cuántos intereses personales solían enmascararse tras las denuncias de herejía.
Entró a la sala de juicios sin dirigirse a ninguno de los presentes, no llevaba sotana, vestía de riguroso negro y se sentó en la mesa del tribunal a escuchar en silencio durante casi dos horas toda la perorata de Jacobo, de doña Pilar, de Diago y de otros afines, que era una mezcla de acusaciones por los privilegios del esclavo, sus ropas, las libertades que se tomaba y sus insolencias con caballeros de mayor rango, siempre protegido por el duque, con quien mantenía una amistad sospechosamente cercana.
El esclavo estaba también presente; no, en cambio, el duque.
Tareq permanecía de pie en silencio, con la ropa embarrada y pestilente tras semanas durmiendo en una celda, la barba crecida, más propia de un mendigo, las manos encadenadas, el gesto cansado de quien lleva noches sin dormir, pero sereno, con ese semblante impasible que había aprendido a dominar en los años más duros de su vida.
En su defensa, Rodrigo había enviado al padre Francisco que, a pesar de sus elocuentes intervenciones, apenas conseguía hacerse oír bajo las coléricas denuncias de sus numerosos contrincantes.
Y, mientras, el juez callaba.
Tareq lo descubrió observándolo con detenimiento como si intentara descifrar su silencio. Durante unos instantes sus miradas quedaron enfrentadas, también el morisco quería averiguar qué encerraba la prudencia del inquisidor.
—Bien. —Al fin Alonso de Salazar se pronunció—.
Antes que nada, quisiera recordarles que esto no es un juicio.
Mi presencia aquí es en forma de calificador, con el fin de recabar los testimonios, comprobar su fiabilidad y determinar si existen indicios para una imputación.
De ser así, los acusados serían formalmente detenidos y trasladados a Sevilla a la espera de un juicio del Santo Oficio.
—Recorrió la sala observando a los presentes para que le confirmaran que habían entendido su cometido, y luego se dirigió al acusado—.
Señor Lázaro Hernández —comenzó leyendo en las actas de la acusación—, cristiano nuevo moro, esclavo y original de Granada…
, se le acusa de prácticas sodomitas con el excelentísimo Rodrigo de Ponce, duque de Niebla, marqués de Marchena, caballero de la casa de Gójar y grande de España…
¿Entiende usted el delito del que se le acusa?
Y entonces volvió la mirada al esclavo.
—Sí, señor.
—¿Admite haber cometido el delito de sodomía?
—No, señor.
—Don Rodrigo de Ponce, duque de Niebla y todo lo demás…, ¿es culpable de cometer el delito de sodomía sobre su persona en contra de su voluntad?
—No, señor.
—El esclavo niega las imputaciones —siguió, dirigiéndose esta vez a Jacobo y a su grupo—. ¿Tenéis alguna prueba o testigo?
—¿Y qué cree que hemos estado haciendo? —respondió Jacobo, aireado—. Llevamos una hora demostrando que es culpable; ambos lo son.
—Por lo que he podido escuchar hasta el momento, vuestra acusación se basa principalmente en habladurías maliciosas…
—¡¿Habladurías?! —Jacobo entonces desvió el foco de su ira al inquisidor por cuestionar sus declaraciones, las mismas que habían recibido tan poca resistencia por parte de quienes deseaban vengarse del duque al igual que él.
El inquisidor, en cambio, le respondió con calma.
—Se trata de unas acusaciones muy graves, comprenderá que no me tome a la ligera los cargos, sobre todo viniendo del principal beneficiado de una condena…
—¡Cómo se atreve!
Por un momento creyó que Jacobo le saltaría al cuello, pero el alguacil y otros de los veinticuatro que lo acompañaban acertaron a detenerlo a tiempo y Tareq tuvo que hacer un esfuerzo por no sonreír.
—¿No es usted quien heredaría los bienes del duque en caso de que fuese condenado?
Jacobo fue a contestar, pero su propio abogado lo detuvo.
—Naturalmente somos conscientes de los intereses económicos que están en juego —explicó el abogado—, pero ante todo está el asunto de la moralidad.
Mi representado está en su legítimo derecho de defender su honorabilidad y el buen nombre de la familia.
En cualquier caso, tenemos un testigo, el señor Diago García Alonso, aquí presente.
Entonces Diago tomó la palabra y Tareq notó un golpe de náusea en el estómago en cuanto escuchó su tono de voz.
—Conozco al esclavo desde hace años, su señoría…
—La atención de los presentes se centró en su testimonio, y a Tareq le quedó claro que Diago estaba disfrutando de su momento de gloria, intentando imitar las formas de un caballero.
Se preguntó qué promesas le habría arrancado a Jacobo a cambio de delatar al duque—.
Durante varios años el susodicho Lázaro fue esclavo de don Alfonso de Aguilar; yo vivía en la alquería de Gójar entonces y puedo declarar que don Alfonso cometió también el delito de sodomía con el esclavo.
Es más, fue precisamente don Alfonso quien ofreció al duque su…
mancebo, como forma de pago por una deuda…
—Don Alfonso de Aguilar está muerto —interrumpió don Francisco—, ¿cómo os atrevéis a mancillar su nombre cuando no puede defenderse?
El juez volvió a hacerlos callar con un gesto hastiado de la mano y se dirigió de nuevo al acusado.
—Bien, señor Lázaro, ¿qué tipo de trabajo realizaba en la alquería de don Alfonso?
—Trabajaba en el campo, señor.
—¿Le gustaba su trabajo?
—Era un trabajo duro, pero honrado.
—¿Conoce a este caballero?
—Sí, señor. Es el sobrino de don Alfonso. —Y tuvo muy claro la importancia de mencionar ese dato.
—Oh, es su sobrino…
—No, su ilustrísima —aclaró el padre Francisco—, este caballero no es familiar en modo alguno de don Alfonso de Aguilar, y por lo que sé tampoco es ningún caballero.
—¿Qué relación tenía con el mencionado? —preguntó dirigiéndose nuevamente a Diago.
—Trabajaba para él, pero siempre me trató como a un hijo.
—A nadie se le escapaba que el eufemismo de «sobrino» se utilizaba con frecuencia para los hijos ilegítimos, y al parecer pretendía jugar esa baza—.
De hecho, sé que era su intención dejarme en herencia la alquería, si el duque de Niebla no se hubiera hecho con ella de forma ilícita…
Don Francisco saltó una vez más en defensa del duque desmintiendo la acusación y explicando el acuerdo entre las dos casas para evitar la quiebra de la alquería.
¿Era eso lo que le habían prometido? El señorío de Gójar era una recompensa suculenta.
Le empezaba a quedar claro que aquel juicio no iba en su contra, se trataba de Rodrigo.
Él solo era una posesión más, una que podían confiscar y entregar a modo de pago, y de golpe se le ocurrió que había un futuro aún más aterrador que la hoguera: acabar siendo esclavo de Diago.
—Así que le trataba como a un hijo —siguió el juez—, ¿y aun así quiere mantener su acusación de sodomía?
—Señoría, lo hago con dolor y pesar por el cariño que me une a don Alfonso, pero la situación en el castillo de Sanlúcar es inadmisible, es un pozo de lujuria y pecado y no puedo callar lo que sé.
—¿Fue testigo personalmente de esta actividad pecaminosa?
—¡Por supuesto que no! —respondió indignado, y una vez más su respuesta fue un error involuntario.
—Entonces, ¿de qué forma lo sabe?
—Era un secreto a voces.
—Habladurías —volvió a concluir el juez. Diago fue a protestar, pero el juez le indicó que se lo ahorrara—. Bien, Lázaro Hernández, esclavo y cristiano nuevo de Granada. ¿Alguna vez su antiguo amo, don Alfonso de Aguilar, cometió el delito de sodomía con su persona con o en contra de su voluntad?
—No, señor.
La acusación fue a protestar nuevamente, pero el juez volvió a indicarles con ese gesto de la mano que parecía estar apartando moscas que no pensaba escucharlos.
—¿Alguna vez don Alfonso o el señor Rodrigo de Ponce, duque de Niebla, se han insinuado o le han obligado a hacer algún tipo de acto sexual en contra de su voluntad?
—No, señor, jamás.
—¿Jura estar diciendo la verdad, en nombre de Dios?
—¡Pero si es un moro!
El juez los ignoró y miró directamente a Tareq.
—Lo juro —aseguró el morisco, consciente de que no era del todo verdad, pero la verdad jugaba en su contra y la callaría todas las veces que hiciera falta, incluso si debía jurar en falso.
—Bueno, el esclavo ha negado las acusaciones. ¿Tenemos algo más?
—El médico está aguardando para hacer una comprobación científica —añadió el abogado de Jacobo.
Tareq lo miró espantado, no sabía a qué se referían, pero aquello no le gustaba.
—Esas exploraciones no son fiables —opinó el juez.
—¡No puede negarse!
Y efectivamente no se negó, aunque no parecía muy satisfecho con la medida.
Tareq interrogó al padre Francisco con la mirada, este se encogió de hombros, parecía preocupado y eso no le gustó.
Le gustó aún menos la cara de regocijo de Diago cuando un anciano, vestido de negro con cuello alto, de rostro ajado y barba blanca en punta, que portaba lentes y respiraba con dificultad, entró en la estancia con aire arrogante, portando una pequeña bolsa de piel, y fue estrechando las manos de los asistentes con sus largos dedos huesudos.
Excepto la del esclavo, por supuesto, a quien escrutó con su lente con gesto reprobatorio.
Y entonces todos se quedaron de pie, aguardando, en una actitud algo incómoda por lo que sabían que estaban a punto de presenciar.
Tareq empezaba a sospechar hacia dónde se dirigía todo aquello y no se podía creer que fueran a estar todos presentes.
El médico carraspeó ( médico , su padre era médico, un hombre de ciencia, no un mercachifle como ese).
—Necesito que se baje las calzas —dijo refiriéndose a él, pero sin dignarse a mirarlo.
Sabía que debía callarse, era fundamental que pareciera sumiso, pero aquello empezaba a desbordarlo.
—Señoría —apeló al juez—, exijo algo de privacidad.
—Me temo que no estáis en disposición de exigir nada, hijo. Pero si habéis dicho la verdad, no tenéis nada que temer.
Aquello era una trampa, lo sabía, el médico podía decir lo que le diese la gana y ningún argumento podría contradecirlo.
Y lo considerarían una prueba irrefutable.
Volvió a buscar la mirada de don Francisco.
¿Por qué no decía nada? Tuvo la impresión de que el sacerdote empezaba a aceptar una posible derrota, y tal vez no quisiera enemistarse más con quien podía convertirse en el próximo duque de Niebla.
No tenía escapatoria. Quiso que aquello acabara cuanto antes.
Se bajó las calzas y los calzones, y se quedó de pie ante las miradas, la camisa larga tapando sus partes, aunque no por mucho tiempo.
«Gírese», «inclínese», las instrucciones fueron escuetas y Tareq las siguió, sumiéndose una vez más en ese estado de enajenación que lo embargaba cuando la situación se volvía demasiado violenta y sabía que no debía defenderse.
El médico examinó su ano, agarró sus glúteos, los abrió, examinó, carraspeó y siguió examinando.
—Hmm… —En su quejido dejó entrever dudas—. No lo veo muy claro…, podría decirse que…
—¿No? —lo interrumpió el juez—. A mí me parece que es bastante normal, no se aprecia ningún tipo de desgarro o rozadura que sugiera actividad.
—¿Acaso sois médico?
—De hecho, lo soy: médico humanista y botánico.
El murmullo recorrió la habitación, seguramente no habían imaginado que el juez fuera médico.
Otro médico no discutiría las conclusiones de un inquisidor, así que no le quedó más remedio que concluir lo mismo que el juez.
No había rastro de actividad sexual, concluyeron, y aquella noticia pareció tomarlos a todos por sorpresa.
—Tal vez… —escuchó sugerir en voz baja a Jacobo— habría que examinar a la otra parte…
—¡De ninguna manera! —lo cortó el juez de inmediato—. ¡Esto ya ha ido demasiado lejos! ¡No voy a permitir que humillen al duque con este tipo de insinuaciones!
Mientras volvía a vestirse observó detenidamente los gestos contrariados de quienes se habían sentido muy seguros hasta hace un momento.
Idiotas, pensó; en su estrechez mental podían imaginar que un noble usara a un esclavo para saciarse, pero jamás que el acto sexual pudiese perpetrarse de forma contraria.
Un noble jamás se deshonraría de esa forma dejándose utilizar como «paciente», en lo que consideraban el degradante rol de una mujer.
Y sintió la tentación de confesarlo todo, solo por ver sus gestos de estupefacción mientras les contaba cómo mancillaba el honor del excelentísimo duque todas las noches mientras este se corría de placer y pedía más.