Cádiz. Capítulo 25
—¡Esto es ridículo! —protestó Rodrigo, aunque su indignación era una pose fingida que empezaba a flaquear.
Hacía tres semanas que habían encerrado a Tareq en la cárcel del cabildo por orden del alguacil, y se le prohibía cualquier contacto con él a la espera de la llegada del comisario del Tribunal de la Inquisición.
Estaba claro que tanto el duque como su esclavo se habían ganado poderosos enemigos entre los caballeros veinticuatro y, si bien la mayoría de los nobles encontraban indignante una acusación de sodomía basada únicamente en habladurías, había suficientes veinticuatro deseando la caída del duque que se dedicaba a desmontar sus chanchullos municipales, como para no desaprovechar una oportunidad tan jugosa de verlo caer en desgracia.
Su último intento de convencer al alguacil de acabar con la farsa estaba resultando infructuoso.
—Bien sabe vuestra merced que si dependiese de mí…
—Pero depende de vos…
—Llegados a este punto, señor, ya no está en mis manos.
Una vez que interviene la Inquisición… —No sabía cuánto creerse las excusas del alguacil, que se esforzaba por parecer afligido.
Era un hombre acostumbrado a los sobornos, a quien el duque tampoco había sabido ganarse, seguramente porque también había trastocado sus beneficios extraoficiales en más de una forma—.
Pero no os preocupéis, excelencia, trataremos el asunto con la misma discreción con la que tratábamos los asuntos de vuestro padre.
—¿Mi padre? ¿De qué estáis hablando?
—¿Lo veis?… Discreción.
Salió del cabildo con más dudas de las que llevaba al entrar.
¿A qué asuntos se refería? ¿Tendría algo que ver con la alcoba secreta de su padre?
Pero no era el momento de averiguarlo, tenía problemas más acuciantes que tratar.
Sabía que Tareq era fuerte y que no cedería ante las presiones, incluso confiaba en que sería capaz de soportar alguna forma de tortura, si no era excesiva.
No sería la primera vez. Pero ¿qué pasaría si dejara de confiar en Rodrigo?
Le preocupaba que alguien lo convenciera de que pensaba delatarlo, y sospechaba que ese era el motivo por el que le impedían verlo.
Sería la solución más sencilla para el duque, era el esclavo quien siempre se llevaba la peor parte en asuntos como ese.
Necesitaba hacerle saber que, pasara lo que pasara, no lo traicionaría.
En cuanto regresó al castillo, fue directamente a la zona de la huerta tras las cocinas, donde sabía que trabajaba Cata, la esclava con la que Tareq mantenía algo más que una amistad, aunque él aseguraba que solo se divertían.
Al llegar al patio trasero, a primera vista no fue capaz de localizar a la morisca.
Rodrigo no solía andar por esa zona del castillo, y su presencia provocó una ligera tensión entre los criados, que, a su paso, interrumpían sus tareas para saludarlo con una reverencia. A lo lejos, las campanas de la iglesia anunciaban el mediodía.
—¿Dónde puedo encontrar a Catalina? —preguntó a otra muchacha, con los bajos de la falda embarrados, que llevaba una canasta llena de cebollas y nabos.
—¿Cata? Tal vez esté en los gallineros, excelencia. —Y lo dijo repitiendo una vez más la reverencia.
Mientras cruzaba el patio en dirección al gallinero, bajo la atenta mirada de sus criados, se preguntó qué tipo de rumores correrían también por esa parte de la casa.
Él era el dueño y señor de todo aquello, el castillo que albergaba una veintena de casas además del edificio principal y todas las tierras de los alrededores hasta el río.
A pesar de su juventud, era un hombre poderoso, pero ni siquiera eso lo podía librar de las chanzas y burlas que despertaban los hombres cuyo comportamiento, se entendía, era más propio de mujeres.
Pensar en lo que pudieran estar diciendo de él en esos días era un peso del que no quería ocuparse tampoco aún.
Lo único que importaba era que salieran del embrollo con vida.
Caminó por el exterior del muro de piedra, el sonido de sus pisadas sobre la tierra se mezclaba con el eco del balido de las ovejas, el ladrido de los perros y los cascos de caballos sobre el suelo empedrado a su espalda.
Las hojas de los olivos caían al suelo como gotas de lluvia movidas por la brisa.
Era un recodo de paz en el que era difícil imaginar el peligro que amenazaba sus vidas.
En el gallinero encontró a la esclava morisca limpiando el suelo con un rastrillo, con las gallinas moteadas cacareando a su alrededor.
A su paso por la pequeña estancia de madera en dirección a la moza las aves huían espantadas, moviendo las alas y removiendo el aire denso con su intenso olor a gallinaza.
La mujer se sobresaltó al percatarse de la llegada del duque.
—¡Señor! —En su gesto serio, percibió el miedo de quien teme haberse metido en un lío.
—Disculpad, no pretendía asustaros…
Ella cesó su actividad y se inclinó en una prolongada reverencia. Rodrigo miró a su alrededor para comprobar que, efectivamente, estaban a solas, lo que en cualquier otra ocasión podía resultar inapropiado.
—Solo quería preguntaros. ¿Habéis ido a visitar a Lázaro al calabozo? Sé que sois buenos amigos.
—Sí, señor, le llevo comida todas las tardes, cuando termino mis quehaceres.
—Me alegra saber que le estáis cuidando.
—En la celda solo les dan un mendrugo de pan y agua, señor.
Ya sabéis…, que los reos pasen hambre les tira de la lengua para confesar…
—Reparó en las pequeñas arrugas que asomaban desde sus ojos almendrados y en las canas blancas entremezcladas con los rizos azabache, y se percató de que era mayor de lo que había imaginado—.
¿Quién no se declararía culpable para no morir de hambre?
Le sorprendió su tono firme y crítico. No recordaba haber hablado antes con ella.
Se fijó en su piel color canela de pómulos rosados y en su nariz juguetona; a pesar de su madurez era realmente una mujer hermosa, incluso en ese momento, con su mata de pelo rizado oculta bajo un pañuelo y con las manos y las ropas manchadas de estiércol.
—Lo que dicen… —y se detuvo sin saber bien cuánto era adecuado revelar—, ya sabéis, esa acusación… No es cierto. Es todo mentira.
—Lo sé, señor. Lázaro me lo ha dicho. Él siempre habla muy bien de vos, señor. Todos lo hacen. En cambio, su primo… —Bajó la voz en tono conspirador—. A nadie le gustó nunca el señor Jacobo, señor… —Y nada más decirlo pareció arrepentirse y repitió la reverencia—. Disculpad, no debería decir eso…
—No. Está bien. Os agradezco vuestra confianza. —Y entonces se quedaron ambos en silencio, y Rodrigo volvió a dudar de si era una buena idea—. Quería pediros un favor, Cata.
—Claro, señor, lo que deseéis.
—¿Podríais llevarle un mensaje? A mí no se me permite visitarle.
Y fue consciente, por la reacción de la morisca, de que su conversación acababa de cobrar un matiz privado, incluso íntimo, que no había previsto.
Ella no dijo nada, miró ligeramente a su entorno, comprobando que nadie escuchara, y asintió ligeramente.
Rodrigo volvió a dudar, pero el mal ya estaba hecho si aquello había sido una mala idea. ¿Podía fiarse de aquella mujer?
—¿Qué queréis que le diga, señor? —Ella lo animó al ver su duda, y en su sonrisa consiguió ver un asomo de esperanza.
—Solo decidle que esté tranquilo, no voy a traicionarlo, pase lo que pase… Que puede confiar en mí, haré cuanto sea necesario para liberarlo.
Ella sonrió más abiertamente, quizás feliz de que el mensaje no hubiese adquirido un tono más personal. ¿Temía ella que hubiese algo de verdad en los rumores?
—Le daré el mensaje, señor; y gracias, señor. Sois muy bueno con Lázaro.
Rodrigo sonrió de vuelta y decidió que era momento de marcharse, pero antes de que saliera del granero, ella volvió a llamarlo:
—¡Señor! —Rodrigo se detuvo y ella se acercó un poco—. Señor, si creéis que serviría de ayuda, yo podría testificar… acerca de…, ya sabéis, los gustos de Lázaro.
Era muy valiente por su parte ofrecerse a declarar; no estando casada, una revelación de esa índole la dejaría en muy mal lugar.
—Os lo agradezco. Esperemos que no sea necesario.
Ella bajó la mirada, avergonzada de pronto por la confesión.
—Lo sé, señor. Pero es que… yo le amo. —Cata lo miró, con esos ojos sinceros, carentes de hipocresía—. Si le pasara algo…
—Haremos lo posible para que no sea así.
Y ella debió creerlo, pues un rayo de esperanza atravesó su sonrisa y, en un acto impulsivo, se acercó y besó la mano del duque.
Mientras caminaba de vuelta a la mansión principal, envidió a aquella muchacha simple, con las manos embarradas de excrementos, que podía anunciar en voz alta algo tan sencillo: que lo amaba.
También él amaba a Tareq, pero todo su poder, sus tierras, su título, sus dineros, no eran suficientes para que pudiera proclamar con la misma libertad: «Este es el hombre al que amo, y temo perderlo».
También sufría Rodrigo pensando en los tormentos que padecía su amado…
Se preguntó por primera vez cómo era esa relación.
¿Se comportaría Tareq con ella de la misma forma que con él?
¿Lo llamaba ella también en secreto por su nombre árabe? ¿Le decía él que la amaba…?
Cruzó la biblioteca, y cuando subía a la segunda planta en dirección a sus aposentos vio a Jacobo sentado en el salón principal, con su madre doña Pilar, su joven esposa y una hermana de esta. Parecía sentirse ya amo y señor de la casa.
Su primo se había casado con la hija de un poderoso terrateniente y comerciante de La Española, que había amasado una buena fortuna en las tierras nuevas con el cultivo de azúcar y la venta de esclavos africanos y que esperaba, con el enlace de su hija, conquistar algún título nobiliario.
Margarita hervía de ira. «Esto no estaría pasando si tuvieras un heredero», le espetó furiosa.
Últimamente ella había concluido que la culpa de su falta de descendencia era de su marido, seguramente porque sospechaba ya que las acusaciones de sodomía no eran del todo infundadas.
Pero tal y como había vaticinado Tareq, Margarita tenía tanto interés como ellos en que aquella relación ilícita no saliera a la luz.
A pesar de todo, había recibido a la nueva familia del primo como correspondía, y se sentaba durante largas horas a darle charla a la mujer, a la que en privado llamaba fulana arribista.
Era una situación absurda, todos ellos viviendo bajo el mismo techo como si no pendiera en su contra una grave acusación, que se empeñaban en ignorar limitándose a hablar del tiempo y contar chismes de la corte.
Rodrigo pasó de largo su alcoba y se dirigió a la capilla de su madre.
Cada vez le resultaba más difícil cumplir con sus obligaciones conyugales, ya ni siquiera las hierbas de Tareq conseguían que se sobrepusiera al odio que sentía por su esposa.
A veces se convencía de que Dios era sabio e impedía que un ser enfermo y corrupto como él pudiera procrear.
Pero ella estaba en lo cierto. Mientras no tuviese un hijo, el heredero directo era su primo Jacobo.
Una condena por sodomía era suficientemente grave para hacer caer a un noble, y un tribunal estaría entonces autorizado a despojarlo tanto de su título como de todas sus posesiones, que pasarían a su único heredero.
Jacobo ni siquiera necesitaba pruebas, bastaba una confesión, una declaración, y todo se habría acabado.
La peor parte, sin embargo, se la llevaría Tareq, que podía ser condenado a una muerte lenta y horrible; y esa idea, y el no poder estar a su lado en esos días de angustia estaba resultando el mayor de los castigos.
De rodillas ante la cruz de bronce que pendía en la pared abovedada, comenzó a rezar, suplicando a Dios que le diera la oportunidad de enmendarse y que, en cualquier caso, no castigara a Tareq por los pecados que había cometido él.
El comisario inquisidor llegaría un mes más tarde a la ciudad, Rodrigo aún no lo sabía, pero al menos en eso la fortuna les había sonreído.