Londres. Capítulo 24
Era un día lluvioso, Billy caminaba por las calles de Londres en dirección al teatro, buscando refugio de la lluvia bajo las galerías de las casas y los toldos de los pubs .
Recordó que había sido otro jueves lluvioso de marzo cuando murió la reina Isabel.
Aquella mañana en Cheapside Cross escuchó junto a una multitud, sin importarle la lluvia, la proclama del heraldo de la reina anunciando su muerte.
Los funerales se celebraron a finales de abril.
La población de Londres se congregó en las calles para ver pasar el féretro de su reina en dirección a la abadía de Westminster.
Billy esperó durante horas de pie entre la muchedumbre para ver pasar a la reina a la que había llegado a conocer en persona, y aunque solo alcanzó a ver el terciopelo púrpura que cubría el féretro, la lenta marcha de la Guardia Real sobre sus caballos y el ritmo lúgubre de los tambores anunciando su paso consiguieron conmoverla y lloró a su reina junto a cientos de desconocidos.
Isabel había sido una reina muy querida, había traído paz y prosperidad después de años de guerras, decapitaciones y matanzas crueles. Entonces se temía la llegada del rey extranjero, Jacobo, rey de Escocia, que subiría al trono de Inglaterra, ya que Isabel no había tenido descendientes.
A los ingleses no les gustaba el rey Jacobo.
Corrían rumores de que era un pervertido, un afeminado.
Sus políticas económicas tenían a todos los nobles en contra y a los católicos confabulando para asesinarlo.
El tiempo lo había tornado en causa de mofa.
«Isabel era rey y ahora Jacobo es reina» era la broma más repetida por las tabernas.
Pero era por ese mismo motivo por lo que Billy había decidido que le gustaba el rey Jacobo, y lo defendía con vehemencia, enfrascándose en discusiones absurdas con su hermana Nell y su cuñado, o con los vecinos de su edificio.
En realidad a Billy nunca le había interesado la política, y no entendía nada de economía, pero sentía que era su deber defender a ese rey afeminado y protegerlo de la burla y la crueldad de las gentes.
La lluvia comenzaba a amainar cuando al fin llegó al teatro del Bankside, junto al río.
En la fachada principal colgaba ya la bandera negra que anunciaba que aquella tarde se estrenaba una nueva tragedia.
Miró al cielo, plagado aún de nubes grises, rogando que el tiempo fuera clemente.
El actor cruzó el espacio que sentía ya más propio que su casa, saludó brevemente a los artesanos que se afanaban sobre el escenario con los últimos preparativos y se dirigió a su cámara personal para estar a solas.
The Globe era mucho más grande que el antiguo teatro en el que representaban y estaba mejor preparado para las nuevas obras de la compañía.
Sobre el escenario había una galería para los músicos, contaba con varios almacenes, cámaras para los actores e incluso una trampilla en el escenario que les permitía algunos trucos de magia.
La estructura de madera tenía tres pisos de galerías que podían acomodar a casi dos mil nobles que pagaban el doble por aquel lugar privilegiado con techo de paja, y un patio central que solía llenar la población más humilde.
De pie y algo apretadas, cabrían unas tres mil personas que llenarían el teatro de madera esa tarde, pues hasta el artesano más humilde guardaba sus chelines para no perderse un estreno de William Shakespeare.
La obra que se representaba era Otelo, el moro de Venecia, y aquella tarde su nombre era Desdémona.
Le gustaba especialmente el personaje de Desdémona, pues Will la había descrito exactamente como era ella; la melena rubia serpenteante, la piel pálida…
, una belleza sin parangón, según el autor; y quién iba a discutírselo…
Aunque la verdadera belleza de Desdémona era su bondad y su sentido de la moral.
Era una dama como pocas se habían escrito para el teatro.
Y su muerte final más trágica aún por su inocencia y la aceptación de su destino, entregándose a la muerte por amor.
Le gustaba también porque, por una vez, William no cumplía las características físicas del amante y fiel Otelo, así que interpretaba al malvado Yago y ella tenía ocasión de besar a Ben, que era un hombre guapo y fornido, que no mostraba ningún interés por las relaciones con otros hombres y más bien era un mujeriego empedernido que no pensaba casarse jamás.
A la hora indicada, las puertas se abrieron y en poco tiempo el teatro estaba abarrotado de gente, a pesar del mal tiempo.
Desdémona estaba lista y pensó que las nubes grises serían un buen decorado para la función.
Había escogido un vestido sencillo para ella, una túnica ligera en tonos claros que resaltara su pureza, el pelo suelto lo había decorado con cintas que llevaban pequeñas perlas ensartadas.
Le encantaba ese momento previo antes de salir a escena, oculta en un lateral, aguardando su momento, con el eco de las voces de los actores resonando sobre las tablas, la madera protestando bajo sus pies y el rumor del público enfrascado ya en la trama.
Desdémona no salía a escena hasta la mitad del primer acto, cuando su padre, el senador Brabancio, la hacía llamar para escuchar la historia de su boda secreta con el general Otelo, y declarar que no se había cometido crimen alguno, pues ella amaba al moro.
Llegó el momento y ella salió a escena, se giró hacia las gradas y levantó la mirada con delicadeza, miles de ojos expectantes puestos en ella.
Le parecía divertido que tiempo atrás sintiera pánico al pensar en salir a escena, pues ahora lo disfrutaba tanto que gustaba de alargar el momento observando al público, que a su vez la observaba a ella en silencio.
Y al fin, su primer parlamento, su voz resuena en el espacio y de esta forma Desdémona empieza a existir para el mundo.
—Mi noble padre, noto aquí un deber compartido.
—Controla su respiración, su voz se escucha con una fuerza dramática hasta la última de las gradas—.
Os estoy obligada por mi vida y mi educación; mi vida y mi educación me enseñan qué respeto os debo.
Sois el dueño de mi obediencia, ya que hasta aquí he sido vuestra hija.
Mas he aquí mi esposo, y la misma obediencia que os mostró mi madre, prefiriéndoos a su padre, reconozco y declaro deberla al moro, mi marido.
La trama de la obra era una encrucijada dramática que no dejaba un momento de respiro al espectador, una historia de traición y celos, de manipulación en la que la debilidad y la desconfianza se convertían en la perdición de la nobleza y acababan por destruir el amor de Otelo y Desdémona.
Reflejaba muy bien la corrupción en las altas esferas y el odio de los ingleses a los extranjeros, especialmente a los que ocupaban puestos de poder, lo que la hacía pensar una vez más en su querido rey Jacobo.
Y llegaron al final… Oh, ese final maravilloso en el que Otelo, engañado por Yago, viene a matar al amor de su vida creyéndola infiel…
OTELO: ¿Has rezado esta noche, Desdémona? No quiero matar tu alma si no está preparada. ¡No lo quiera Dios!
DESDÉMONA: ¿Hablas de matar?
OTELO: Sí, eso he dicho.
DESDÉMONA: Pues que el cielo se apiade de mí.
OTELO: Amén, de todo corazón.
DESDÉMONA: Si dices eso, no creo que quieras matarme. Sin embargo, me asustas, pues eres temible con esos ojos de fuego. Por qué tengo miedo no sé, si no tengo culpa; pero siento miedo.
OTELO: Piensa en tus pecados.
DESDÉMONA: Son amores que te doy.
OTELO: Pues por eso has de morir.
La obra aún continuaba después de su muerte, y para entonces las nubes habían oscurecido el cielo amenazando con una tormenta.
La verdad del engaño es revelada a Otelo, que, al descubrir que ha matado a su amada por su necedad, se clava un puñal en el vientre y muere; y entonces sí, la tragedia llega a su fin.
Los actores salen una vez más al escenario para recibir los aplausos del público, y aunque el suyo no es el personaje principal, es quien recibe la mayor ovación, pues Londres la adora, y ella, emocionada, se muestra agradecida y se deleita en el cariño y la admiración del público.
Pero si hubo algo que haría por siempre de aquella una función memorable, se debió a que aquel fue el día en que conoció a lord Edward Hastings, hijo y heredero del barón de Hastings.
Era frecuente que, tras las representaciones de teatro, que se habían vuelto muy populares entre la nobleza, algunos caballeros se acercaran a felicitar a los actores.
Billy solía estar muy solicitado, había cierto morbo en acercarse al actor que parecía una dama y verificar si de cerca la ilusión era tan verosímil como sobre las tablas.
Lo cierto era que Billy, que usaba el nombre de William Hughes en escena, se había convertido en una celebridad en el panorama teatral londinense, no solo porque actuaba en todas las obras de William Shakespeare, el autor predilecto de los intelectuales, sino por ser conocido como el mejor actor drag .
Ese era el nombre popular con el que las gentes se referían a actores que interpretaban a mujeres, haciendo referencia al hecho de que arrastraban [2] las faldas por el suelo.
Así que cuando le dijeron que un caballero esperaba para conocer a Desdémona, salió de su cambiador, como solía hacer, perfectamente ataviada y maquillada, y dispuesta a no permitir que descubrieran un solo rasgo de masculinidad en su comportamiento.
Al otro lado de su puerta había un joven, de pelo revuelto y claro, alto y delgado, aunque no demasiado; los ojos, algo separados y caídos, eran verdosos y parecían pedir explicaciones al mundo.
Vestía un elegante jubón azul, con cortes que dejaban ver el forro blanco de seda debajo.
Pareció contener el aliento al verla, solo un momento, antes de saludarla con una ligera inclinación de cabeza.