El mar que nos arrastra Sevilla. Capítulo 23
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Sevilla. Capítulo 23

Al comienzo de la primavera viajaron a Sevilla con su nuevo amigo.

Rodrigo debía ir con frecuencia, pues siempre tenía asuntos del puerto que tratar en la capital del comercio.

En sus viajes aprovechaban para indagar sobre el paradero de la hermana de Tareq.

Rodrigo había cumplido su promesa y llevaban años buscando a Samira, aunque cada vez albergaba menos esperanzas de encontrarla.

Sus primeras pesquisas resultaron muy fructíferas y aquello los llenó de optimismo.

Localizaron el convento al que fue a parar Samira, y allí les proporcionaron las señas de la familia cristiana que había acogido a la niña.

No fue difícil localizarlos, pero Samira, rebautizada María, ya no estaba con ellos.

Intentaron convencerlos, con un sinfín de vaguedades, de que la niña había escapado, pero cuando el duque los amenazó acabaron por reconocer que la habían vendido a un esclavista y no sabían nada de su paradero.

A partir de entonces, todos sus intentos por localizar a Samira fueron en vano.

Podría estar en cualquier rincón de la Península, o podía haber muerto sin que quedara rastro alguno de su paso por el mundo.

Si Rodrigo no había desistido en la búsqueda era únicamente para no defraudar a Tareq.

Era como buscar una aguja en un pajar y, sin duda, la frustración contribuía al humor de perros de su amado.

Se alojaban en una casa señorial herencia de su padre, en el barrio de San Lorenzo, cerca del puerto.

Consistía en una sucesión de casas patio, construidas en mampostería y ladrillo, en una de las cuales residía su hermana Jacinta con sus dos hijos, ya que su marido, un abogado con ínfulas de aventurero, había partido hacia las Indias años atrás y, aunque no tenían noticias de su paradero, su esposa aseguraba que los indios lo habían matado y mantenía un luto permanente para salvaguardar su dignidad.

Jacinta estaba encantada con la visita de don Miguel, y en las veladas, como ya hiciera en Sanlúcar, el escritor se ganaba la simpatía de sus nuevos oyentes repitiendo las mismas historias. Sin duda sabía conquistar a su público.

Acabadas sus gestiones y sin nada más que hacer que dar paseos por las librerías de la ciudad, Cervantes propuso una noche ir a una casa de juegos que conocía bien de sus muchas andanzas por Sevilla.

Rodrigo ni siquiera sabía que existían lugares como aquel.

El juego se consideraba un pecado, uno menor, pero un pecado al fin y al cabo, lo que, al parecer, no disuadía a los jugadores.

La adicción al juego estaba causando estragos en las grandes ciudades, arruinando a comerciantes y dejando a familias enteras en la calle.

Era tal el problema que el rey había tenido que prohibir por ley las apuestas, presionado por la Iglesia, lo que había generado un submundo de locales clandestinos para los jugadores.

Ni la ley ni el infierno parecían disuadir a los españoles de disfrutar de sus vicios, y no estaba Rodrigo en posición de criticarlos.

Caminaron de noche por las callejuelas oscuras de la ciudad, sobre el rastro de lodo y boñigas que dejaba el trajín de caballos y carrozas durante el día.

Se escuchaba el ladrido de algún perro, las lechuzas, el correr del agua que alguno lanzaba calle abajo o por las ventanas, y los gritos lejanos de las peleas callejeras.

A Rodrigo no le gustaba Sevilla, aquella orgullosa ciudad portuaria, con su majestuoso alcázar y su muralla le parecía un espejo de lo peor de la humanidad.

Era una ciudad sobrepoblada, lugar de encuentro de aventureros y caballeros empobrecidos que soñaban con embarcar a las Indias para enriquecerse.

La mayoría no lo conseguía, bien porque carecían de dineros, bien porque los estafaban, y acababan mendigando por las calles, robando, viviendo en la miseria o prostituyéndose en las mancebías o en las casas de juego.

Muchos de los prostíbulos los regentaban los propios sacerdotes con niñas huérfanas que quedaban a cargo de la Iglesia, algunas tan pequeñas que aún no tenían cuerpos de mujer.

Llegaron a una puerta sin luces ni señas de ningún tipo.

Don Miguel verificó la dirección antes de llamar con los nudillos.

Un hombre enjuto, de ojos saltones y cansados, asomó desde una pequeña ventanilla de la puerta y los observó sin decir palabra.

Miguel pronunció en tono conspirador la contraseña en latín, audentes fortuna iuvat , la fortuna favorece a los valientes, la famosa frase de Virgilio.

Entonces la puerta se abrió sin demora. Pero cuando se disponían a entrar, el vigilante le impidió el paso a Tareq.

—No se admiten esclavos.

—Solo viene a jugar. Está con nosotros —explicó Cervantes, y, aunque a Rodrigo se le escapó el objetivo de tales explicaciones, aquello fue suficiente para que accediera a dejarlo pasar.

Cruzaron un pasillo estrecho, como de un almacén, y siguiendo las instrucciones del hombre de la puerta bajaron por unas escaleras que rechinaban como si fuesen a partirse en cualquier momento.

A medida que descendían en absoluta oscuridad, el ruido de fondo de voces y música se iba haciendo presente.

Al final de la escalera, tras una puerta pesada de madera, se encontraron con un salón enorme atestado de hombres, solo hombres; algunos bebiendo en una barra maltrecha, la mayoría jugando a las cartas en las mesas, tres hombres con una túnica y los ojos pintados componían la orquesta, laúd, flauta y percusión, casi inaudible en una esquina.

Otros mocitos, algunos casi niños, paseaban por la sala con el torso descubierto o tapado únicamente con un pañuelo.

Unos se sentaban en las faldas de hombres bien vestidos, sonriendo y dejándose manosear.

Otros permanecían de pie, apoyados contra la pared, con gesto aburrido.

Miguel pidió una mesa para los tres y un joven ataviado como una doncella los llevó hasta una mesita redonda en la que había sentado un borracho que parecía haberse quedado dormido.

El joven camarero le dio un empujón al viejo, que cayó lentamente hasta el suelo sin despertarse; otro hombre, bastante más alto y fornido, se acercó y se llevó al borracho arrastrándolo hasta una esquina.

El camarero, con su escote sin relleno y su falda roja, limpió la mesa y les dejó una baraja de naipes.

—¿Les traigo una jarra? —preguntó, aunque no se esperó a recibir respuesta antes de marcharse.

Se sentaron a la mesa los tres, don Miguel comenzó a barajar las cartas mientras Rodrigo y Tareq seguían observando aquel lugar sin dar crédito. Bastaría que se presentara un alguacil para que todos los que estaban allí acabaran en un calabozo durante una larga temporada.

—¿Jugamos a la veintiuna? —preguntó Cervantes.

—Yo no juego —aclaró Tareq.

—Oh, vamos, no podemos jugar solo dos, resulta muy aburrido.

Tareq se lo pensó.

—Está bien, pero no pienso apostar.

—Este es más cristiano que nosotros dos juntos —bromeó el maestro.

Tareq llevaba tiempo malhumorado, desde el día en que discutieron acerca de su libertad.

Lo cierto era que Rodrigo había estado a punto de gestionarlo en más de una ocasión, no era un trámite complicado para él, bastaba que firmara una carta de manumisión a su favor.

Eso era todo lo que necesitaba Tareq para ser un hombre libre y, tal vez, para marcharse de su lado para siempre.

Pero las diferentes disputas en las que entraba el morisco con caballeros y sacerdotes siempre lo hacían echarse atrás.

¿De qué le serviría la libertad si acababa en prisión?

O aún peor, en la hoguera o desterrado de España.

O tal vez fueran solo excusas que se daba para postergarlo.

Tareq tenía razón, le aterraba la idea de perderlo, y aún más temía descubrir que su relación hubiese sido un engaño.

Llevaban un rato jugando a los naipes y don Miguel les hablaba del personaje en el que se había inspirado para describir al truhan de su novela, explicando cómo los pícaros marcaban las cartas para hacer trampas, cuando un caballero con levita y elegante jubón de terciopelo lavanda se acercó a su mesa algo tambaleante.

—¿Cuánto por el esclavo? —preguntó con voz arrastrada.

—No está en oferta —le respondió el escritor de forma casual, y el hombre se alejó con el mismo paso ebrio en dirección a uno de los muchachos que languidecían junto a la barra.

—¿Qué pretendía? —preguntó Rodrigo ofendido.

—No le deis importancia, amigo mío. Es a lo que viene la gente aquí, a fornicar con mocitos.

En el tiempo que jugaron dos manos, otros dos hombres se acercaron a preguntar, sin ningún amago de discreción, por el precio del esclavo. Entonces Tareq tuvo bastante.

—Yo me largo —anunció, levantándose de golpe.

—Tomáoslo como un cumplido, amigo mío. Estoy convencido de que más de uno ofrecería una fortuna por una noche en vuestra compañía… —Pero antes de que Miguel acabara la frase, Tareq ya estaba camino a la puerta de salida—. Más vale que vayáis tras él, o acabará en el calabozo.

Rodrigo se puso en pie y soltó una bolsa de monedas sobre la mesa.

—¿Y qué hay de vos?

—No os preocupéis por mí, muchacho, pasaré la noche en buena compañía… Y, Rodrigo… —alcanzó a decir antes de que partiera—, no olvidéis, querido amigo, que tarde o temprano, y por muy bien que viva, todo hombre quiere ser libre.

Rodrigo corrió tras el morisco meditando las palabras del sabio escritor. Cuando llegó a la calle, dudó unos instantes hacia qué lado seguirlo, hasta que pudo escuchar sus pasos y lo vio alejándose por el ramal. Tuvo que apresurarse para darle alcance.

—¡Lázaro! —lo llamó cuando lo tuvo a la vista, pero el morisco no aminoró el paso—. ¡Vamos, espera…! ¡Tareq!

Al fin se detuvo y dejó que Rodrigo lo alcanzara, aunque en su gesto serio pudo adivinar que no se lo pondría fácil. Sabía que era testarudo, alguien que se había pasado cinco años de su vida sin pronunciar una palabra para no tener que llamar «amo» a su señor, sin duda era un hueso duro de roer.

Caminaron en silencio durante un rato, cruzando los barrios bajos de vuelta a la zona privilegiada de San Lorenzo, y Rodrigo supo que había llegado el momento. Fuese cual fuese el desenlace, no podía postergarlo más.

—Tienes razón —comenzó—, ya es hora. Sé que te he decepcionado y lo siento… En cierto modo siempre sentí que era algo que nos ataba el uno al otro. Como un matrimonio.

Tareq se detuvo y se giró en su dirección.

—Soy yo el que está atado a ti.

—Estoy más atado de lo que crees. Cuando seas libre, podrás marcharte, ir a viajar y recorrer el mundo como siempre hemos hablado. Yo, en cambio, debo quedarme. Aunque quisiera irme contigo, no podría.

—¿De verdad piensas que puedo ir muy lejos con el rostro marcado? Aun en el caso de que fuera esa mi intención, fuere a donde fuere, siempre sería un morisco liberto. No sé si lo sabes, pero no hay muchas opciones para alguien como yo.

—Tienes razón…, como siempre. En cuanto volvamos a Sanlúcar, te prometo que está hecho. —Rodrigo sonrió y él le sonrió de vuelta y entonces continuaron el camino con paso relajado.

—¿Y qué vamos a hacer con el maestro Cervantes? —inquirió Tareq—. Empieza a resultar cansino.

—Creía que te gustaba su compañía.

—Claro, solo que me parece que le gusta demasiado la tuya.

Rodrigo soltó una carcajada.

—Pues yo diría que más bien parece encaprichado de cierto morisco sin pelos en la lengua.

—¿Qué decís?

—¡Oh, vamos! ¿No has notado cómo te mira? Pareciera que quisiera darte un bocado…

—Tal vez esperaba compartir la cama con ambos.

Los dos rieron juntos como hacía tiempo que no habían reído. Sí, quizás era hora ya…, pensó una vez más Rodrigo. Había echado en falta su complicidad.

—Sé bien cómo librarme del maestro… Sé lo que busca, lo que todo artista quiere: un mecenazgo para escribir la segunda parte del Quijote .

—¿A qué estás esperando? Necesito leer esa segunda parte… y también que su autor salga de nuestras vidas.

Pero Rodrigo no llegaría a cumplir su palabra.

Un par de días más tarde dejaban al escritor bien acomodado en Sevilla y partían de vuelta a la costa.

Al cruzar con el carro los muros de piedra de Sanlúcar se encontraron con un recibimiento inesperado.

Jacobo había vuelto de las Américas, y al parecer había trabado algún tipo de extraña amistad con Diago.

—¡Mis dos bujarrones favoritos! —fue el recibimiento de su primo, con los brazos abiertos y una enorme sonrisa, caminando hacia la entrada amurallada como si fuese el señor de la casa, seguido de cerca por Diago—.

Me parece que vamos a tener una conversación muy interesante, primito.

Vos, yo y la sala del Tribunal de la Inquisición.