El mar que nos arrastra Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

La visita de Cervantes estaba generando una tormenta en las emociones del morisco.

Temía que los sentimientos de Rodrigo hacia él cambiaran, pero no era solo eso.

Durante mucho tiempo se había convencido de que tener una habitación propia y contar con la confianza del duque eran toda la libertad que necesitaba.

Tras escuchar las vivencias del escritor, sus aventuras, sus ideas sobre la libertad…

se daba cuenta de que ya no bastaba. Don Miguel le había despertado el ansia de recorrer el mundo, visitar Argel, conocer las costumbres de los musulmanes en lugares en los que no estuviera prohibida su religión.

Viajar. Todas esas veces que imaginó con Rodrigo que subían a un barco para aventurarse a rumbos desconocidos, a descubrir nuevas tierras de las que nadie había oído hablar le parecían un juego.

Miguel de Cervantes era un hombre que tenía mil historias que contar porque había viajado, desde las guerras turcas hasta Argel, había recorrido España, había conocido a sultanes, a reyes y había estado en prisión.

Tareq sintió de pronto que su habitación propia se le había quedado muy chica.

Y ni siquiera eso estaba seguro de poder conservar.

Pasado un mes de la llegada de don Miguel, una noche Rodrigo entró en su alcoba sin llamar a la puerta.

Era algo que se sentía con derecho a hacer, aunque Tareq jamás hacía lo mismo en la suya.

En cuanto lo escuchó entrar, Tareq cruzó la alcoba y se sentó en su cama, de espaldas a la puerta, y fingió estar ocupado con los cordones de sus botas.

A Tareq le gustaba ese cuarto, estaba en la parte baja de las torres, la zona más antigua del castillo, como algunas de las residencias de los soldados.

No era grande y tenía solo una pequeña ventana cóncava, entre los gruesos muros de piedra, que dejaba entrar un angosto rectángulo de luz.

La ventana daba a la antigua fosa del castillo, que en la actualidad se había convertido en un frondoso bosquecillo de moreras y arbustos.

Como el techo abovedado tenía una gran altura, Tareq se había construido un altillo de madera al que se accedía con una escalera de mano.

Una segunda habitación a la que ni siquiera Rodrigo subía jamás.

Era su refugio, su lugar privado, donde ocultaba algunos secretos incluso del propio Rodrigo, como sus exiguos ahorros, que guardaba siempre que conseguía algún dinero.

—¿Va todo bien? —preguntó al ver que se había sentado de espaldas a él—. Creía que nos encontraríamos esta noche…

—Hoy no tengo ganas.

Rodrigo se acercó y se sentó a su lado, en la cama en la que Tareq casi nunca pasaba una noche entera.

—¿No te encuentras bien?

—Estoy perfectamente… ¿Es que estoy obligado a ir?

—Por supuesto que no.

—Pues hoy… no tengo ganas.

Rodrigo le hizo una caricia en el rostro y Tareq se apartó.

—¿Hay algún problema? —Tareq negó con la cabeza y Rodrigo insistió—. ¿Qué pasa? He hecho algo que te ha molestado…, ¿es eso?

—¿Por qué sigo siendo un esclavo? —lo encaró Tareq.

—Ya sabes por qué…, lo hablamos…

—Eso fue hace años. Felipe II ha muerto, hay otro rey. ¿Aún no es un buen momento?

—¿Acaso te falta algo? Gozas de más privilegios que la mayoría de los hombres libres…

—No es lo mismo. Lo cierto es que te resulta muy conveniente tenerme como esclavo.

—¿Conveniente? ¿Quieres saber lo conveniente que es tenerte como esclavo? No te haces una idea de la cantidad de gente que desearía verte en la hoguera. Tienes una habilidad asombrosa para granjearte enemigos. Si sigues siendo mi esclavo es porque es la única forma en la que puedo protegerte.

—¿Y cómo puedo protegerme yo de ti?…

—¿De mí?

—Eres el duque, el amo…, eres quien decide estar conmigo. ¿Y si te enamoras de otro? ¿Qué pasará conmigo?

—¿Estás celoso? ¿Es eso? —Rodrigo sonrió, creyendo comprender de pronto, como si se tratara solo de una chiquillada. Tareq se levantó, se alejó y volvió a darle la espalda. Rodrigo fue tras él—. Sabes que jamás haría nada que pudiera perjudicarte. Te hice una promesa…, ¿recuerdas?

—Dices que me amas, pero me niegas lo único que te he pedido.

—Solo intento protegerte…

—¡No soy un niño! ¡No necesito protección!

Rodrigo sonrió con amargura.

—Pues entonces deberías empezar a cuidar más tus actos. ¿Crees que hay alguien en este castillo que no sospeche que eres un hereje? Nunca te callas nada y respondes a los nobles como si fueran tu igual.

—¿Y no lo soy?

—¡No! ¡Ese es el problema! Te has vuelto demasiado orgulloso. Puede que yo te lo tolere, pero el resto… Créeme, nada me gustaría más que cesar esta farsa del amo y el esclavo, pero no me dejas otra opción…

—¡Mientes! —Tareq volvió a encararlo—. Te da miedo que me vaya y no vuelvas a verme.

Rodrigo quedó en silencio.

—Tal vez… —reconoció, bajando la voz hasta que casi se perdía—, pero es que nunca estoy seguro de lo que piensas…, de lo que sientes…

—Y no lo estarás hasta que me devuelvas la libertad.

[1] Cervantes afirma en la novela que él no es el autor original de la obra, sino que encontró en Toledo unos manuscritos originalmente escritos en árabe que él mandó traducir.

Para ello, crea un personaje ficticio, el de Cide Hamete Benengeli, al que apela como verdadero y oculto autor del Quijote .