El mar que nos arrastra Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Rodrigo y Tareq se habían quedado sin palabras.

Entendían perfectamente en la conversación en la que se estaban sumergiendo, y el peligro de admitir lo que de forma muy velada estaba insinuando el escritor.

Se miraron un instante sin saber cómo responder.

¿Podían confiar…, era prudente hacerlo…?

Hasta ese momento su relación era algo que compartían en estricta privacidad, rodeada de secretismo, abrirse a un tercero no era algo que se hubieran planteado jamás.

Pero ni siquiera su silencio consiguió que el maese Cervantes se cortara de continuar en su relato.

—Si alguna vez acabáis en Argel, Dios os guarde de hacerlo, son unos salvajes crueles; pero si vuestras miserias os condujeran allí, preguntad por Hassan Bajá, el Veneciano.

—Y ahora le hablaba directamente a Tareq, dejando claro que tampoco se le había escapado que el morisco seguía los preceptos del islam—.

Decidle que sois amigo mío. Estoy seguro de que le encantaría conoceros.

En Argel tuve ocasión de conocer a muchos cristianos renegados… —Y ahora a quien miraba era al duque.

—¿Por qué un cristiano querría marchar a Argel?

—¡Oh, los cristianos renegados son los verdaderos dueños de Argel! Forman la milicia de élite del sultán Ahmed Pasha con los turcos… Se dedican en gran parte a la venta de esclavos, cristianos o no, les da igual… No tienen ningún tipo de moral, pero son muy divertidos.

—No lo entiendo, ¿cristianos convertidos al islam?… —Rodrigo parecía verdaderamente escandalizado—. No puedo creer que un cristiano reniegue de su fe…

Don Miguel sonrió.

—Veréis, el islam parece ser algo más flexible en cuanto a ciertos dictados morales…

—Se acercó a ellos con gesto misterioso y bajó la voz para causar mayor efecto—.

Era conocido que el sultán tenía un harén de hombres.

Y he de decir que no era el único. El contacto de los corsarios con muchachos jóvenes era bastante frecuente, los llamados garçons , mocitos afeminados, algunos aún imberbes, que se ataviaban como si fueran mujeres.

El mismo Hassan fue capturado de niño y convertido en garçon …

—Y ¿está permitido?

—No exactamente, pero, aunque las leyes religiosas son estrictas, la sociedad es mucho más tolerante.

Por supuesto muchos lo ven como un vicio de los cristianos renegados, pero no lo juzgan peor que otros de sus muchos vicios.

Argelia es una ciudad sin ley, allí cada cual hace lo que le place y nadie se entromete…

En ese punto ya no les quedó duda de que el escritor acababa de convertirse en su cómplice.

Los amantes se miraron entre ellos y sonrieron al invitado, asegurándole de este modo que estaba entre amigos.

En ese cruce de miradas sellaron un pacto no escrito, uno en el que traspasaban una frontera imaginaria que había constreñido sus palabras hasta ese momento, abriendo una ventana hacia una nueva forma de conversación.

A partir de entonces las veladas nocturnas tenían lugar en el estudio del duque, aquel salón privado que se había llenado de objetos personales, sueños y esperanzas y que hasta entonces había sido exclusivo de los dos amantes.

Era una salita acogedora a un lateral de su alcoba principal, contaba con un par de sillones cómodos de terciopelo verde, una chimenea permanentemente encendida y una gran mesa central que rebosaba de papeles, libros y objetos científicos.

Allí tenía el duque su biblioteca personal: novelas, libros de poemas, tratados de la naturaleza en tierras lejanas y mapas, que ocultaban secretos por descubrir a quienes soñaban con viajar algún día para hacer grandes descubrimientos.

Unos sueños que hasta entonces le habían parecido tan ficticios como las aventuras de don Quijote, pero que, por primera vez, Tareq se permitió imaginar como algo más que quimeras.

Conversaban sobre literatura, arte, sobre la belleza y el amor…

Don Miguel compartía muchas de las ideas de progreso de Rodrigo, ideas que con frecuencia estaban peligrosamente cercanas a la herejía, aunque el escritor no mostraba ningún temor a posibles represalias.

No se molestaba en ocultar lo mucho que detestaba al clero, hablando con desprecio de obispos y cardenales, a los que consideraba unos hipócritas.

—Nos obligan a todos a vivir bajo una doctrina estricta y luego preñan a sus esclavas. ¡Adúlteros! ¡Libertinos!

Miguel les confesó que algunos de sus arrestos habían sido por encontrarse en malas compañías, y que de joven había tenido que huir de España por una acusación de sodomía. Si se esforzaba en narrar una versión alternativa era para evitar rumores perniciosos.

—Las condenas por sodomía son una farsa —les aseguró—. Si alguien acaba en la hoguera es por intereses políticos…, nada le gusta más a la Inquisición que saber de vuestros vicios para teneros bien amarrado.

Hablaban también sobre el islam. Cervantes era uno de los pocos autores que había leído que no ridiculizaba a los personajes moriscos ni los tachaba de criminales o ladrones, como pasaba siempre en las novelas de caballería.

—Al rey y al clero les viene muy bien el odio a los moriscos, lo fomentan… Mientras discutimos si debemos expulsar o no a los moriscos, nadie habla de que los hidalgos y los sacerdotes no pagan impuestos, y de que toda la carga de los tributos cae sobre artesanos y campesinos.

Rodrigo no podía estar más de acuerdo. Era de los pocos nobles de las grandes casas que mantenía firme su postura en contra de la expulsión.

—Sería nuestra ruina —le aseguraba don Miguel—. Los moriscos son los únicos que trabajan, el resto de los españoles solo sueñan con ser hidalgos y caballeros y no trabajar nunca…, aunque quién los puede culpar… —Y reía el que más sus propias chanzas.

Jamás habían tenido conversaciones como esas, Miguel no parecía tener miedo a las represalias de la iglesia; se reía del pecado y de los preceptos de la Inquisición, soltaba blasfemias sin pudor y se mofaba de la nobleza.

Para ellos, que habían vivido sus vidas con miedo, se abría un nuevo mundo en el que la culpa por sus actos no existía, y era emocionante.

Por primera vez Tareq creía en la posibilidad de ese mundo de progreso del que tanto le hablaba Rodrigo, en el que él no debería ser un marginado.

—Yo no elegí ser vuestro enemigo… —Tareq dejó su declaración flotando en el aire una noche que discutían sobre el problema de los moriscos.

—Habláis con mucha verdad, mi querido amigo.

Nos hacen creer que debemos escoger bandos, pero yo exijo mi libertad de no elegir.

—Le gustaba la forma en que se dirigía a él, ningún cristiano aparte de Rodrigo lo había tratado jamás como a un igual—.

Musulmanes y cristianos jamás podrán convencerse, están destinados a vivir en mundos separados.

—Entonces, ¿decís que están destinados a matarse unos a otros? —preguntó Rodrigo.

—Al contrario, lo que digo es que es inútil que se maten unos a otros, jamás conseguirán convencer al otro para que cambie sus creencias.

Y la violencia solo afianza más la fe de cada uno.

Hablan en lenguajes tan opuestos que ningún argumento del uno podría jamás convencer al otro…

Tal vez cuando se den cuenta de la inutilidad de cristianizar a los musulmanes, o de islamizar a los cristianos, ambas civilizaciones decidan al fin vivir en paz.

—Nadie debería morir por sus creencias… —aseguró a su vez Rodrigo. De sobra conocía Tareq su oposición a las condenas a muerte.

—Brindo por eso. —Y Miguel levantaba la copa y bebía con su anfitrión mientras el morisco los observaba—. Es lo que siempre digo…, ¡menos matar y más fornicar!

Pero por más que las ideas de Cervantes fascinaran a Tareq, también le generaban desasosiego.

Hasta entonces, él había sido el único al que Rodrigo confiaba sus opiniones sobre religión y política.

Entre ellos había un pacto de silencio que había dejado de ser solo de dos.

Un tercero había entrado en juego y daba la impresión de que tenía mucho más que ofrecer al duque que un simple criado moro.

Era la primera vez que Rodrigo encontraba un interlocutor a su altura, incluso uno de quien podía aprender, pues el maestro, como lo llamaba Rodrigo, había viajado y leído mucho más que el joven duque, tenía una mente brillante y un discurso lúcido y revolucionario que mantenía a su anfitrión embelesado de una forma que jamás conseguiría Tareq.

«El manco y el cojo —había bromeado el escritor—.

Buena pareja hacemos…», y desde entonces aquella se había vuelto una broma recurrente entre los dos caballeros.

Empezaba a sospechar que Rodrigo se estaba enamorando de Miguel, y era posible que Miguel también se estuviera encaprichando del joven duque.

La forma en la que parecían entenderse era, como habían hablado en ocasiones, ese ideal de amor platónico en que el hombre mayor se convierte en guía del más joven.

Y en esa ecuación Tareq no pintaba nada, y a menudo encontraba que se quedaba atrás en las elucubraciones de quienes habían recibido una educación a la que él jamás tuvo acceso.

Puede que fuese un joven atractivo, solo un cuerpo con el que saciarse, al igual que pasaba con Diago, pero Rodrigo había encontrado un alma gemela con quien mantener una relación más profunda.