El mar que nos arrastra Capítulo 22
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Capítulo 22

Tareq no había calculado cómo un hecho en apariencia irrelevante podía poner en riesgo todo lo que creía haber conquistado hasta ese momento. El maestro Cervantes aceptó la invitación del duque de Niebla y viajó desde Madrid para alojarse un tiempo en el castillo de Sanlúcar.

Don Miguel llegó un martes al atardecer.

Debía rondar los cincuenta, hombre delgado de rostro aguileño, barba de chivo, nariz afilada y entradas en la cabellera que formaban sobre su frente un pico de viuda.

Hablaba con urgencia, de forma atropellada, sin apenas dejar tiempo a su interlocutor para responder, dejando entrever su escasa dentadura con unos pocos dientes que colgaban como péndulos, lo que, unido a su voz cascada y a una tartamudez que había logrado domesticar, hacían en ocasiones ininteligible su inagotable discurso.

Podía parecer algo alocado; sin embargo, ocultaba tras unos anteojos redondos una mirada vivaz e inteligente.

Tenía la mano izquierda inservible. Ese fue el primer relato que les contó, nada más bajar del carruaje cuando se acercó a saludar al duque y a su criado, que aguardaban en la entrada del palacio.

Y en pocos minutos los sumió en la aventura de Lepanto:

—La fiebre me consumía, mi capitán me ordenó reposar, pero yo insistí en estar en primera línea, pues el futuro de la cristiandad estaba en nuestras manos.

La batalla comenzó, nuestra galera, La Marquesa, quedó atrapada en un abordaje cuerpo a cuerpo.

Yo me encontraba en la cubierta superior, disparando mi arcabuz.

De pronto sentí dos impactos secos en mi pecho y uno más severo en mi mano izquierda.

No fue un dolor agudo inmediato, más bien un calor intenso, y, luego, la inmovilidad.

Un trozo de plomo me había destrozado los nervios de la mano…

Venía con escaso equipaje, compuesto principalmente de libros.

Vestía elegantemente, de negro, con gorguera blanca alrededor del cuello, aunque sus ropas parecían haber disfrutado de mejor vida en otros tiempos.

Lo que en principio les pareció una señal de escasez descubrieron más tarde que era simplemente despiste.

En los días en los que convivieron con el escritor, pudieron comprobar la poca atención que ponía a su apariencia, y en más de una ocasión se lo encontraban deambulando por los pasillos aún con la camisa de dormir, botas y el abrigo encima.

Consciente de su labor de entretenimiento, don Miguel pasó la tarde relatando su viaje desde Madrid como si se tratara de otra gran aventura, primero con una caravana y luego en un carro de comerciantes, con todo tipo de detalles sobre las gentes que viajaban con él, así como anécdotas hilarantes sobre los inconvenientes del camino y los lugareños.

Más tarde, mientras cenaban un suculento banquete de bienvenida con lechones al vino y legumbres (Tareq seguía cenando con el servicio, pero en ocasiones especiales se sentaba en una esquina del comedor a la hora de los postres), se sumió en un nuevo relato contando aquella vez, un año atrás, en la que había pasado tres días en un calabozo acusado de un crimen por error.

Era como un actor, consciente de sus espectadores, complacido de escuchar el sonido de su propia voz, que rara vez se detenía a escuchar a los demás.

Margarita simpatizó con el escritor de inmediato, riendo sus hazañas y disfrutando de sus relatos.

Durante los primeros días de su visita la duquesa acaparó al literato, preguntando por lugares de Madrid que ambos conocían, hablando de teatro y cotilleos de la sociedad de la capital; dirigía la conversación por lugares de su interés.

Cada noche, los duques, con el pequeño séquito de doncellas y artistas de Margarita, se sentaban tras la cena en el salón de caza que había sido el favorito del anterior duque y se quedaban hasta altas horas de la noche escuchando los relatos de don Miguel, que parecían inagotables.

Eso dejaba a Tareq en un lugar marginal; sabía la importancia de evitar a la duquesa y ella, discretamente, buscaba formas de dejarlo fuera de sus reuniones.

Don Miguel siempre tenía una historia emocionante que asombraba o levantaba carcajadas entre sus anfitriones.

Les narró sus viajes por Andalucía cuando era recaudador de impuestos, y cómo acabó, una vez más, en la cárcel de Sevilla por culpa de un fiador a quien había dejado los tributos recaudados y que perdió el dinero.

—El susodicho se declaró en bancarrota —explicó—, el muy marrano. Él perdió los reales, pero fue este humilde servidor quien acabó en el calabozo. —Y aquella forma tan frívola de contar sus desgracias hacía reír a la concurrencia.

Rodrigo estaba deslumbrado por el autor, Tareq podía verlo en la forma en que lo miraba y reía sus historias.

Al principio no le extrañó; a él también le resultaba fascinante el invitado, claro que el pulso que mantenía con Margarita no le permitía participar como le hubiera gustado.

Aun así, se las ingeniaba para buscar excusas para permanecer en las veladas.

Luego, cuando quedaban a solas ellos dos en la alcoba continuaban rememorando y riendo las andanzas de don Miguel, que les recordaba sin lugar a dudas a su propio personaje, el hidalgo don Quijote.

Transcurrida una semana desde su llegada, al fin una noche eran ellos quienes relataban al escritor lo mucho que habían disfrutado leyendo su libro.

La cena se prolongó con los postres mientras Rodrigo y Tareq —Lázaro aún para el resto— comentaban el sinfín de historias y personajes que poblaban la novela; Dorotea, Fernando, Cardenio, Fierabrás y su bálsamo, el cautivo…

—La forma en la que narráis cada detalle…, el sonido del agua, el ruido de los caballos, la oscuridad del bosque, los olores…, es como estar metido dentro del libro, sintiendo las mismas cosas… —explicaba fascinado Rodrigo—. ¿Cómo conseguís inventar todas esas historias?

—Simplemente quise contar todo lo que sabía del mundo…

—Espero que no nos hagáis esperar demasiado para la segunda parte.

—Últimamente he estado viajando mucho y no resulta fácil sentarse a escribir, pero espero poder dedicarle tiempo muy pronto.

A Margarita no le gustó tener que admitir que no había leído la famosa novela de su célebre invitado, aunque se cuidó de manifestar, como hacía con frecuencia, que la lectura le resultaba tediosa.

También se lo debió parecer una charla sobre literatura, por lo que no tardó en fingir una jaqueca que la obligaba a ella y a sus damas a retirarse temprano, dejando solos a los tres hombres.

—Me hizo pensar en los cuentos que me contaba mi abuelo de pequeño —comentó Tareq—. Simbad el Marino , y una princesa que cada noche inventaba un cuento para salvar su vida…

— Las mil y una noches —aclaró don Miguel.

—¿Lo conocéis?

—No leo árabe, pero hace tiempo tuve un amigo que me tradujo algunos fragmentos.

—¿Por eso os inventasteis que el Quijote era un escrito árabe [1] ?

Don Miguel se fijó en el esclavo por primera vez desde su llegada.

—Bien visto, amigo mío…

Miguel, Rodrigo y Tareq acabaron en el estudio personal del duque hablando de mapas, viajes y novelas de caballería hasta altas horas de la noche.

—Rodrigo también escribe —reveló Tareq de pronto, aun sabiendo que le reprocharía que delatara su afición a las letras a tan admirado autor—. Poesía.

—¿Es eso cierto? Me encantaría leer algo vuestro…

—Oh, no, por favor, son solo…, no es nada…, de verdad.

—Está siendo modesto —lo desmintió Tareq—. Se le da bastante bien.

—Pues insisto, entonces —exigió don Miguel, tomando asiento en actitud de espectador—. Tenéis que leernos algo.

Finalmente, Rodrigo se vio en la encrucijada y no le quedó más remedio que acceder. Leyó uno de los poemas que Tareq conocía bien, uno de sus favoritos.

— Si yo fuera el tiempo, me parara

para que fuera eterna vuestra vida.

Si fuera el sol, la luz esclarecida

de vuestros ojos por mi luz tomara

para que el mundo, viéndola, os llamara

solo del sol de tanta luz vestida.

No quisiera haber sido para verme

sin mí y sin vos, porque este ser que tengo

es ser por vos hasta que ser no sea.

—Vaya… —suspiró don Miguel guardando a continuación un silencio meditabundo—. Es hermoso en su simpleza y su honestidad…, estoy admirado. Magnífico… ¿Lo escribisteis para vuestra esposa?

Y fue el silencio de Rodrigo, o tal vez su confusión ante la pregunta, aunque fuese solo un instante que luego se esforzó en ocultar… —«Sí, claro…, mi esposa…»—, una revelación de la verdad velada que a partir de esa noche cambió el rumbo de las conversaciones.

—Os entiendo —contestó el escritor, y luego bajó la voz con complicidad—.

Yo también tengo una esposa que he dejado olvidada en alguna parte.

—Y por un instante rio él solo su broma—.

El objeto de vuestro amor, sin duda, goza de buena fortuna.

—Y entonces miró a Tareq, y los dos se quedaron paralizados al comprender que, sin pretenderlo, se habían expuesto—. ¿Sois liberto? ¿O aún sois esclavo?

La pregunta se le clavó como una daga a Tareq, que en los últimos años tendía a olvidar que su rostro estaba marcado con la que aún era su condición.

—Esclavo —constató con templanza, procurando no perder su dignidad.

—También yo fui esclavo. Durante cinco largos años.

—No se había esperado una confesión semejante.

Con algo más de pesar de lo habitual en él, el maestro comenzó a relatar sus años de cautiverio en Argel—.

A mí y a mi hermano Rodrigo nos capturó un pirata llamado Dalí Mamí, regentaba un hammam público, algo parecido a los baños romanos…

Nos vendió al gobernador de Argel, el Bajá Hassan.

Entablamos una buena amistad, por fortuna para mí; de otra forma creo que mi destino habría estado más próximo a la ejecución…

Al igual que vos, gozaba de ciertos privilegios, gracias a la amistad con mi señor, que hicieron mi cautiverio algo más soportable.