El mar que nos arrastra Cádiz. Capítulo 21 #3
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Cádiz. Capítulo 21 #3

—No, yo moriré en la hoguera —respondió Tareq devolviendo la atención a las páginas del libro, sin ningún atisbo de alarma—. A ti, Rodrigo, solo te repudiarán.

—No deberías tomarte el asunto a broma.

—¿Y qué gano tomándomelo en serio? Para mí siempre ha sido igual… Aunque pudiera recitar de memoria las escrituras, los cristianos seguirían pensando que soy un hereje.

—¿Y acaso no lo eres?

—Ese no es el tema… —Tareq se rio, rechazando comenzar una disputa—. Vamos…, leamos un rato; se te pasará el disgusto.

Unos días más tarde Tareq volvió a dar muestras de su falta de buen juicio en la reunión que mantuvieron con los comerciantes y agricultores moriscos.

El plan para solicitar el crédito directamente a los trabajadores y proveedores comenzaba a dar frutos.

En los últimos años Rodrigo se había ganado el respeto de mercaderes, artesanos y de los distintos gremios de trabajadores como un hombre de palabra y con visión para las transacciones económicas.

Tanto nobles como plebeyos estaban preocupados por la creciente crisis económica.

Los galeones llegaban cargados de oro y plata de las Américas, pero las riquezas se esfumaban sin que la población llegara a librarse de los elevados tributos a la Corona.

La iglesia por su parte despilfarraba el dinero en la ostentosa vida de cardenales y obispos, más preocupados por perseguir infieles en sus cortes inquisitoriales que por mejorar las condiciones de vida de los fieles.

Entre toda esa maraña de corrupción y abusos de los gobernantes, el duque de Niebla tenía un plan que podía beneficiarlos a todos, y estaba dispuesto a arriesgar sus propios bienes en la empresa.

Grupo a grupo los había ido convenciendo para unirse a su proyecto de ampliación y reconstrucción del puerto, que incluiría una fortaleza en un saliente al mar, con un ejército permanente encargado de vigilar y proteger la bahía de futuros ataques.

El último de esos grupos fue el de la comunidad morisca. No estaba resultando nada fácil convencerlos, pues se sentían desprotegidos por las autoridades.

—La única razón por la que Sevilla es el puerto principal es porque nuestro puerto está muy expuesto, abierto al mar, es un blanco fácil desde África, Portugal y desde el océano.

—Rodrigo se hallaba exponiendo sus argumentos como había hecho con los otros gremios—.

Pero si pudiéramos garantizar la protección, el puerto de Cádiz puede ser tres veces más grande que el de Sevilla…

En ese punto lo interrumpió el murmullo de los asistentes discutiendo entre ellos.

—¿Y qué pasa con la expulsión? —comenzó uno, y enseguida las voces se unieron en protesta.

—Construimos un puerto para que luego nos manden a morir al mar…

Los nuevos cristianos tenían motivos sobrados para desconfiar, lo sabía, pues, aunque la expulsión se iba postergando y había incluso quien aseguraba que jamás acabaría por materializarse, la propuesta tampoco se descartaba y seguía discutiéndose entre los gobernantes del reino.

Tareq se había vuelto muy crítico con el trato que recibían los moriscos.

Tenían prohibido hablar en árabe, se les obligaba a usar ropas cristianas y se les multaba si no asistían a la misa algún domingo sin importar el motivo.

Pagaban más tributos que los cristianos antiguos, se les cobraba un impuesto por cada bien que poseían, cada cabra, cada caballo…

En algunas ciudades, los gobernantes incluso utilizaban artimañas para desposeerlos de sus tierras.

Se habían convertido en ciudadanos de segunda y carecían ya de representantes que protegieran sus derechos.

A pesar de los obstáculos, eran trabajadores incansables y algunos comerciantes habían llegado a amasar grandes fortunas.

Rodrigo intentaba hablar por encima de las protestas.

—Nunca he estado a favor de la expulsión…, siempre me he manifestado en contra…

—¡Y de qué nos servirá eso! ¡Lo que queremos son garantías!

Entonces Tareq se levantó y empezó a hablar y, según hablaba, uno tras otro fueron guardando silencio.

—Anta taʿlamu anna al-amra lā yaʿtamad ʿalā al-dhawqi… wa-lākinna ladaynā kalimataka…

Los moriscos se miraban unos a otros con el mismo gesto estupefacto con el que Rodrigo lo escuchaba hablando en la lengua prohibida.

Cuando al fin terminó, la sala permaneció en silencio durante unos minutos, que se le hicieron eternos a Rodrigo, mientras los presentes aguardaban su reacción con atención.

Entonces un hombre mayor vestido de blanco, con la barba gris y su pequeño gorro blanco en la cabeza que evocaba discretamente la forma de vestir morisca, se levantó de su asiento y se acercó hasta donde el duque tenía el acuerdo que esperaba que firmaran.

—¿Dónde hay que firmar? —preguntó, con voz rota y cansada.

Firmó con letra infantil, como solía pasar con los analfabetos; tras él, el resto de trabajadores comenzaron a levantarse y acercarse para firmar el acuerdo.

Rodrigo no daba crédito. Por un momento creyó que sería imposible convencer a esos hombres para que trabajaran sin cobrar hasta dentro de uno o dos años.

—¿Qué les has dicho? —preguntó Rodrigo en cuanto salieron de la reunión en el cabildo.

—Eso da igual —Tareq se encogió de hombros—. Me han visto hablar en árabe y que no me habéis mandado arrestar. Solo necesitaban saber que pueden confiar en vos.

Cuando se acercaron a buscar sus monturas, Rodrigo se lo quedó mirando unos instantes, observando cómo acariciaba a su yegua antes de montarla, con esa actitud relajada y confiada que había ido adquiriendo en los últimos años.

Llevaba el pelo más largo, recogido en la nuca en una coleta, se había dejado crecer una barbita puntiaguda que restaba el contorno de su cara, que unido a sus ropas elegantes le daba un aspecto distinguido.

Era realmente un ser asombroso, pensó. Siempre tenía la palabra adecuada, el gesto perfecto y, lo mejor de todo, si no te fijabas, podía parecer que no había hecho nada destacable, cuando en realidad lo había hecho todo…

—¿Qué pasa? —preguntó Tareq.

—Nada. Solo recordaba lo extraordinario que sois.

El morisco soltó una carcajada que le quitaba cualquier atisbo de solemnidad a su declaración.

—Volvamos a casa, mi señor —dijo, al tiempo que montaba con agilidad—. Ya os enseñaré algo verdaderamente extraordinario cuando lleguemos…

Retomaron el camino de vuelta, y al pasar junto a la iglesia de San Jorge Rodrigo tuvo una idea descabellada.

—Espera… —le indicó. Desmontaron, dejaron sus caballos en el abrevadero y entraron en la iglesia. A esas horas, tal y como esperaba, se encontraba vacía.

—¿Qué os proponéis?

Rodrigo lo tomó de la mano, lo guio hasta el último banco y se sentaron juntos.

Era algo a lo que le había estado dando vueltas durante días, pero no acababa de encontrar el momento adecuado.

Y era posible que no existieran los momentos adecuados y que fuera uno quien tuviera que imponérselos al destino.

—Yo… solo quería que lo supieras… —Y, algo vacilante, sacó del bolsillo de su jubón un anillo de oro con una piedra de ónix cuadrada incrustada en la parte superior.

Era un anillo sencillo, que no llamaría la atención en la mano de un esclavo, y que Rodrigo había mandado hacer a un joyero veneciano en Sevilla—.

Aquí, ante Dios, quería deciros… —En ese momento Tareq no pudo evitar reírse, como si aquello fuese solo una chiquillada—.

Oh, vamos, sígueme el juego —se quejó Rodrigo.

—Está bien, disculpa.

Rodrigo respiró hondo y continuó.

—Quería decir que te amo… —y mientras lo decía, tomó su mano izquierda y le puso el anillo en el dedo anular—, que te amaré el resto de mi vida y, pase lo que pase en el futuro, cuidaré de ti, jamás te traicionaré… y siempre te estaré agradecido por todo lo que me has dado.

—Es muy bonito —dijo mirando detenidamente el anillo en su mano—. Yo no tengo un anillo para darte…

—No esperaba que tuvieras uno por casualidad… —bromeó—. No es necesario que digas nada.

—De ningún modo…, no pienso ser menos, ya sabéis que soy orgulloso.

—Tareq, entonces, clavó una rodilla en el suelo y le tomó la mano con cierta solemnidad, y esta vez fue Rodrigo quien no pudo evitar reír—.

Y yo os prometo a vos, Rodrigo Ponce, duque de Niebla y marqués de lo demás…

, que seré siempre vuestro y que, pase lo que pase en el futuro…

Los interrumpió el sonido de la puerta de la sacristía, un golpe seco que se amplificó en la bóveda de la iglesia.

Se soltaron las manos al instante, Tareq regresó al banco y se apartó ligeramente, y ambos escrutaron en la penumbra el origen de la interrupción.

Un sacerdote salió de la sacristía, caminó hacia el altar e hizo una reverencia, ajeno a lo que ocurría en el extremo opuesto de la iglesia.

El momento de confidencia había sido usurpado por la inquietud que los acompañaba a todas horas. El miedo a ser descubiertos, a la condena, no solo moral, sino también al castigo físico que sobrevolaba sobre sus cabezas como un buitre al acecho de un descuido de su presa.

—¿Crees posible que Dios nos perdone?

—Preguntáis a la persona equivocada, mi señor.

A menudo se preguntaba en qué momento había errado el camino.

Sabía que lo que hacían era pecado y que serían castigados por ello, y a la vez sabía que no daría marcha atrás, que ese era el destino inevitable que los aguardaba, pues jamás dejaría de amarlo, y se sentía inmensamente feliz y afortunado de tener eso que había entre ellos dos.