Cádiz. Capítulo 21 #2
Desde que se había convertido en la duquesa de Niebla, la relación con Margarita solo había empeorado.
Tardó apenas días desde la muerte de su padre en relegar a su madre de sus funciones como señora de la casa.
Enseguida empezó a dar instrucciones y a cambiarlo todo: la decoración, los horarios y formas en las que se servían las comidas…
; insistió en comprarle ropa nueva a todos los criados para que fueran uniformados como se estilaba en la corte, lo que costó una fortuna.
Pero además era exigente y cruel con el servicio.
Rodrigo recordaba perfectamente la primera vez que la vio abofetear a una criada de apenas once años porque, decía, no ponía suficiente interés mientras barría.
Por primera vez, tras años de animosidad, su madre y su tía doña Pilar habían encontrado un objetivo común, pues ambas detestaban a Margarita.
La consideraban frívola y mezquina. Siendo las dos mujeres tan piadosas, desaprobaban con vehemencia la afición de la nueva duquesa a los juegos de cartas y las fiestas.
Aunque también estaban de acuerdo en que Margarita entraría en vereda en cuanto fuese madre, razón por la que presionaban aún más a Rodrigo preguntando sin cesar cómo era posible que aún no la hubiera dejado preñada.
Al llegar a los aposentos de su esposa, pidió a una de sus criadas que informara a la duquesa.
Y ella a su vez lo hizo pasar a su salón de juegos, el lugar en que la duquesa pasaba la mayor parte de su día acompañada de sus amistades, entre las que incluía un pintor, un perfumista, las hijas de algunos nobles de Sanlúcar y un adivino que le echaba las cartas.
Había conseguido librarse de los parásitos que entretenían a su padre solo para que Margarita volviera a llenar la casa de gente ociosa que vivía a costa del ducado.
—¡Oh, mi esposo ha llegado! Dejadnos a solas —indicó con un gesto vago, y toda su comitiva de lameculos salió de la sala.
—¿En qué puedo serviros, querida?
—Mirad esto —ordenó, al tiempo que le tendía una hoja con una lista en la que había tachadas varias líneas—. Vuestro mayordomo mayor ha tenido la desfachatez de reducir a nada la lista para mis festejos.
Rodrigo suspiró mientras leía algunas de las actividades tachadas en la lista, como una obra de teatro, fuegos artificiales, acróbatas, la contratación de caballos mecánicos…
—¿Caballos mecánicos? ¿Eso va en serio?
—Son divertidos y coloridos.
—Ya lo hemos hablado, Margarita, no podemos permitirnos festejos en estos momentos.
—¡Pero es mi cumpleaños! ¿Qué tipo de casa ducal somos que no podemos siquiera celebrar un aniversario?
—Se os dio un presupuesto…
—¡Es un presupuesto ridículo!
Rodrigo le devolvió la hoja.
—Tendréis que conformaros.
—Llevamos meses sin organizar una invitación, ni bailes, ni banquetes, nada. ¿Qué va a pensar la gente de nosotros?
—Me preocupa bastante poco lo que piense la gente.
—Pues no debería, querido. No sé por qué los nobles debemos pagar impuestos, en tiempos de Carlos V esto no pasaba.
—Rodrigo no pudo evitar reírse—. ¿Qué os hace tanta gracia?
Contádmelo, tal vez así no me aburra tanto.
Decidme, ya que sois tan inteligente, ¿en qué debería ocupar mi tiempo si no es en organizar cenas y eventos? Si al menos tuviera hijos…
—Dudo que si tuvierais hijos os ocuparais vos de ellos. —Ella soltó una carcajada amarga—. Si me disculpáis, tengo asuntos más importantes que tratar.
—¿Más importantes que darle al ducado un heredero? —Ella se acercó con ese gesto tan suyo que pretendía ser seductor, pero que a Rodrigo le recordaba a una serpiente acechando a su presa.
—Me lo ponéis muy difícil, Margarita.
— Yo os lo pongo difícil… Tal vez si pasarais menos tiempo con vuestro esclavo y más con vuestra señora…
—¿Estáis insinuando algo?
—Nada, querido… —siguió con su sarcasmo envenenado—, pero la gente habla. Deberíais andaros con cuidado, no vaya a ser que alguien pueda llegar a creer que estáis pecando…
Rodrigo la agarró del brazo con fuerza para hacerla callar.
—¡Basta! No vais a chantajearme. Tendréis que organizar vuestra fiesta con el presupuesto que se os ha dado.
Ella se zafó.
—Quiero una compañía de teatro y fuegos artificiales. —Y por la forma en la que le clavó la mirada como dos cuchillas, le dio a entender que no aceptaría un no por respuesta.
Rodrigo no dijo más, la miró con desgana y salió de su sala dándose por vencido. Puso rumbo a sus aposentos, esperando que su amante y verdadero amor apaciguara su ánimo como solía hacer.
Como era habitual, el duque y su esposa se habían trasladado a las mejores habitaciones del castillo, aunque la duquesa viuda aún contaba con sus propias y agradables estancias.
Rodrigo había tardado casi un año en decidirse a cambiar sus aposentos por los de su padre, presionado sobre todo por Margarita, que no había tardado en mudarse a las habitaciones de la duquesa, ya que, de todas formas, hacía años que la anterior duquesa no las ocupaba.
Su madre parecía haber encontrado algo de paz desde la muerte de su padre.
Pasaba las mañanas dando largos paseos por los jardines, recogiendo flores y frutas que luego pintaba en su alcoba.
Su estudio se había llenado de lienzos y pinturas al óleo que fabricaba ella misma y que guardaba en bolsitas hechas de tripa de cerdo atadas con cuerda.
Seguía siendo igual de devota que antes, y pasaba largas horas en la capilla rezando de rodillas, como si cargara con la culpa del mundo y fuese ella la única capaz de expiar sus faltas.
Rodrigo creyó comprender en parte su angustia a medida que fue descubriendo los secretos que ocultaba su padre en sus dependencias.
Algunos resultaron muy convenientes, en particular la segunda cama, ese dormitorio oculto que tenía un pasadizo secreto que conectaba con el exterior del castillo, por el que imaginó que entraban y salían algunas de sus amantes.
Esa alcoba secreta se había convertido en el dormitorio que compartían Tareq y Rodrigo.
Aunque Tareq contaba ya con sus propias habitaciones en los sótanos, junto a otros miembros destacados del servicio, era en esa alcoba privada donde se reunían y pasaban la mayor parte de sus noches.
Otros descubrimientos resultaron algo más inquietantes.
Bajo el torreón junto a su alcoba, hallaron una pequeña celda en la que parecía haber mantenido a alguien retenido contra su voluntad.
Se trataba de un cuartucho húmedo y frío de piedra, con un camastro, un orinal y un par de cadenas largas con grilletes clavadas a la pared con unos gruesos tornillos.
Una prisión cuyo propósito nadie supo explicarle.
Y luego estaba el tema de las extrañas herramientas que guardaba su padre en un baúl bajo llave, que le parecieron más propias de los interrogatorios de la Inquisición.
Entre cuerdas y látigos de diferentes tamaños había también varias reproducciones en madera de miembros masculinos de diferentes largos y grosores, cuchillos, tenazas, rollos con clavos, muñequeras y tobilleras de hierro, pinchos y martillos.
Rodrigo no supo dar sentido a esos utensilios hasta que Tareq le explicó que se usaban para prácticas sexuales.
No era capaz de imaginar qué tipo de actividad podía requerir de tenazas y martillos, herramientas más propias de un carpintero o un carnicero…
Le torturaba pensar que aquellas salvajadas se estuvieran practicando mientras todos ellos dormían plácidamente, ignorantes del horror y el sufrimiento que estaba padeciendo alguna inocente.
Cuando preguntó a su madre ella solo respondió: «Está muerto, se ha acabado».
Y no dejaba de preguntarse cuántos más en el ducado sabían y habían callado, o incluso colaborado…
, aunque de alguna forma intuyó que habían sido todos cómplices involuntarios del abominable secreto de su padre.
¿Pensarían lo mismo de él si conocieran su secreto?
Encontró a Tareq recostado en un asiento de cuero, los pies en alto sobre un butacón, en el estudio de Rodrigo, con la novela que llevaba obsesionándolos los últimos días, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha .
—No estaréis avanzando sin mí…
—Solo estaba releyendo algunos capítulos, por si se nos había escapado algún detalle acerca de esa maleta misteriosa…
—Habían adquirido la costumbre de leer juntos al anochecer, y durante el día comentaban lo que habían leído, repitiendo frases de la novela de memoria.
Esta última de Miguel de Cervantes se estaba convirtiendo en su lectura favorita.
No era como ninguna otra novela que hubieran leído antes, cada indicio era un cebo que no los dejaba apartarse de la lectura, y la intriga los mantenía desvelados hasta altas horas de la noche.
La descripción de los personajes era tan vívida, tan real en sus formas de hablar y sus costumbres…
No había caballeros de virtud intachable, al contrario, Cervantes reflejaba con un humor desvergonzado el desencanto de su generación con el poder, la corrupción en el clero y el hastío con la holgazanería de la nobleza—.
Deberíais invitar al autor una temporada, sería entretenido.
—Tal vez lo haga.
—A vuestra esposa la complacería.
—Puede ser… Quizás sea la forma de desviar su atención.
—Rodrigo se aseguró de que no hubiera nadie en la alcoba antes de cerrar la puerta y se dirigió a su amante con gesto grave—.
Creo que Margarita sospecha algo. —Tareq abandonó la lectura y levantó la mirada—. Dice que hay rumores sobre nosotros.
—¿Cuándo no los ha habido?… No te preocupes por Margarita, aunque nos viera juntos con sus propios ojos, no diría nada.
—Me encantaría compartir tu optimismo.
—Si cayeras en desgracia, ella caería contigo y su vida social se hundiría. Te aseguro que Margarita es la última persona de quien debes preocuparte.
Rodrigo dejó escapar un largo suspiro.
—Vamos a morir en la hoguera…