El mar que nos arrastra Cádiz. Capítulo 21
44%

Cádiz. Capítulo 21

Rodrigo estaba sentado en su despacho con sus dos hombres de confianza: el padre Francisco, que había asumido un rol más de consejero que de administrador, y don Pedro Núñez, abogado y tesorero del duque.

Delante, extendido sobre la mesa de madera, estaba el plano para el nuevo puerto de Cádiz y la fortificación en la bahía diseñada por Cristóbal de Rojas.

Llevaban semanas buscando una solución para financiar la reconstrucción y las conclusiones eran desalentadoras.

—Y la tendencia continúa —añadió el padre Francisco—. La mayoría de los marquesados han recurrido al crédito para seguir adelante.

En los últimos años el que fuera despacho de su padre se había convertido en una oficina funcional con una gran mesa central sobre la que se acumulaban los libros mayores junto a pergaminos, plumas y tinteros.

En dos extensas librerías se organizaban documentos catalogados y los libros de cuentas en los que Rodrigo pasaba gran parte de su día anotando minuciosamente los balances del ducado.

A la derecha del duque, en una butaca de terciopelo verde, se sentaba Tareq, algo despatarrado, con un elegante jubón de paño azul que llevaba desabrochado sobre una camisa negra, fingiendo leer una novela de caballería mientras escuchaba la conversación atentamente, como solía hacer durante todas las reuniones del duque.

—Podríamos hacer eso mismo, pedir un crédito a la banca holandesa —sugirió el duque.

—No lo recomiendo, excelencia —añadió el contable—. Aún debemos pagar los dos créditos que pidió vuestro padre, la deuda asciende a más de diez mil reales. Si las casas ducales siguen endeudándose, no habrá forma de salvarlas en unos años.

—Los ingresos de la casa real también están cayendo de forma vertiginosa, y si volvemos a entrar en guerra con Francia o con los ingleses, la situación será insostenible.

Otra guerra. ¿Serían capaces de empezar otra guerra?

La posibilidad no era del todo descabellada; las tensiones entre católicos y protestantes se habían intensificado tras la matanza de los hugonotes en Francia y las ejecuciones de católicos en Inglaterra.

Un rey había muerto y su hijo se sentaba ahora en el trono, y todos se preguntaban qué haría Felipe III.

El saqueo de Cádiz a manos de Robert Devereux había supuesto una pérdida de cinco millones de ducados.

Esto, unido al anterior ataque a manos de Drake en el 87 y al fracaso de La Gran Armada en el 88, agravó la ya delicada situación de la Real Hacienda española.

Una nueva guerra podía suponer la bancarrota del Estado.

Y mientras, la ciudad de Cádiz lentamente se recuperaba de la devastación.

Iglesias y hospitales se habían reconstruido, pero con el comercio suspendido las casi trescientas familias que lo habían perdido todo apenas conseguían salir adelante.

Sin el puerto y la fortificación sería imposible levantar la ciudad.

—No puedo creer que hayamos llegado a esto —se lamentó el duque.

La generación de sus abuelos había convertido España en un imperio, la nación más rica y poderosa del mundo.

Pero las siguientes generaciones se habían dedicado a inventar cruzadas, guerras, despilfarros como la construcción del Escorial, empresas imposibles que arruinaban sus arcas mientras la corrupción campaba a sus anchas y todo el que podía se llenaba los bolsillos sin importar las consecuencias.

Nadie se fiaba de la moneda española, que había sido falsificada y devaluada con frecuencia, ni se fiaban de que el rey pagara sus deudas.

Eran los herederos de un imperio en decadencia.

—La situación del ducado no es tan dramática, señor, aún tenemos los tributos de las tierras.

—Bien, pero necesitamos recuperar el puerto y la ruta comercial. Si no podemos recurrir a la Corona, ¿cómo conseguimos el dinero?

Los dos gestores se miraron entre ellos.

—Habría que reducir gastos…

—¿Aún más? Llevamos los últimos siete años rebajando gastos.

—¿Vender la alquería de Gójar?

—No, la alquería es lo que nos mantiene en pie, pero mientras el puerto siga cerrado no podemos exportar nuestros productos… Necesitamos el puerto.

—¿Y los comerciantes? —interrumpió Tareq.

Los tres caballeros se giraron hacia el esclavo.

A nadie le pasaba ya inadvertida la confianza que depositaba el duque en el morisco.

De cara a la galería mantenían la formalidad de sus posiciones sociales, por lo que Tareq se situaba siempre en algún lugar discreto, pero era ya vox populi que el duque discutía todas sus decisiones con el esclavo, lo que no sentaba del todo bien ni a nobles ni a plebeyos.

—¿En qué estáis pensando?

—Los comerciantes, los artesanos, los granjeros…, a ellos también les interesa recuperar el puerto.

Rodrigo sonrió.

—Pero los artesanos no tienen esos dineros.

—No, pero tienen manos y herramientas.

No era del todo inusual que un esclavo acabara ganándose el favor de sus amos si era leal y trabajador.

Tras el asalto en la alquería y la batalla en el puerto de Cádiz, todos veían al morisco más como el guardaespaldas del duque que como un criado.

Su lealtad había quedado más que probada, al igual que su valor y su habilidad con las armas.

Pero que se inmiscuyera en los asuntos del ducado y se sintiera libre de dar su opinión abiertamente, incluso interrumpiendo las reuniones del duque como acababa de hacer, no sentaba nada bien.

—Algunos comerciantes son bastante ricos… —concedió don Francisco—, pero no estoy seguro de que quieran hacer un préstamo al rey.

Rodrigo se quedó pensando un momento.

—¿Y si… el crédito lo pidiéramos sobre la base de derechos futuros sobre el puerto?

—¿Cómo haríais algo así, señor? —quiso saber su tesorero.

—Los holandeses financiaron sus tropas vendiendo a los comerciantes acciones de las compañías que les dan derecho a los beneficios que obtengan en el futuro…

—Sus interlocutores se miraron entre ellos confundidos—.

Lo sé, es una idea revolucionaria…, pero podríamos vender acciones para el puerto que les otorgaran privilegios una vez terminado; libre acceso sin pagos de aduana, prioridad para descargar mercancías…

—Con todo el respeto, señor —siguió don Pedro—, puede que esas ideas modernas funcionen con los holandeses, pero me temo que a los comerciantes españoles les parezca que intentamos venderles humo.

—Aunque es cierto que necesitan el puerto para sus negocios —añadió don Francisco.

—Si consiguiéramos mejorar el puerto, fortalecerlo, crear nuevas rutas comerciales, ampliar el mercado…, los comerciantes serían los principales beneficiarios.

—Es muy ambicioso.

—Pero si lo conseguimos, seremos todos más ricos, y esa es la idea que debemos transmitirles. No se trata de un préstamo al rey, sino de una inversión para su futuro.

Las miradas volvieron a orbitar por la sala, esta vez con un gesto más esperanzador, contagiados por el optimismo de Rodrigo.

—Nada se pierde en intentarlo… —reconoció el jesuita.

La reunión se dio por concluida y los dos funcionarios salieron del despacho, no sin antes hacer la discreta reverencia que correspondía para saludar o despedirse de un duque. Rodrigo se giró hacia Tareq y siguió pensando en voz alta.

—Necesitamos que sea el mejor puerto de España…

Es ridículo, nosotros deberíamos sustituir a Sevilla como puerto de carga de las Indias.

En Sevilla no caben más de cincuenta naves, y están apiñadas unas junto a otras; aquí podrían atracar cientos, y entonces controlaríamos todo el comercio de la Península.

—Sí, pero también está más expuesto.

—Por eso necesitamos construir la fortaleza, tener nuestra propia armada y reforzar la seguridad de toda la costa desde Portugal.

Tareq cerró su libro, se levantó de su butaca y se acercó a Rodrigo.

—Me encanta cuando os ponéis ambicioso. —Y al decirlo, se sentó sobre la mesa, encima de los papeles de Rodrigo, con una sonrisa insinuante que hizo a su vez sonreír al duque.

Ya casi nunca se hablaban con un trato formal, salvo para guardar las apariencias, o cuando Tareq se mofaba de él, como acababa de hacer.

—No deberías hacer eso…

—¿El qué? —siguió con gesto provocador, abriendo las piernas ante su cara, dejando que sus gregüescos revelaran la erección indiscreta bajo la fina tela—. ¿Esto?

—Eso mismo… —dijo ruborizándose ligeramente—, ni tampoco solucionar nuestros problemas… —El gesto del morisco cambió al instante—. Ya lo sabes, Tareq, en privado puedes contarme lo que quieras…

—Ya…, en privado…

—Sabes cuánto valoro tu opinión…

Era una discusión recurrente; a los caballeros y miembros del ducado les molestaba la confianza que exhibía el esclavo con el duque, y Rodrigo le insistía en que un poco de discreción sería aconsejable.

—Lo que quieres es llevarte el mérito de mis ideas… —bromeó el morisco. Y justo en ese momento, como si pretendiera darle la razón, el mayordomo del duque llamó a la puerta y asomó al despacho.

—Señor —Rodrigo se puso en pie de un salto, intentando disimular la cercanía inapropiada del esclavo—, su señora, la duquesa Margarita, desea veros.

—Está bien. Decidle que iré enseguida. —El mayordomo hizo una ostentosa reverencia antes de abandonar la estancia y dejarlos a solas nuevamente—. Podrías hacerme una reverencia de vez en cuando, aunque sea solo para disimular.

—Si me agacho ante vos, mi señor, será para algo mucho más interesante que un saludo cortés.

El duque salió de la sala con una amplia sonrisa, Tareq siempre lo hacía reír con sus insinuaciones. Le haría falta para enfrentarse a lo que fuese que deseara su esposa esta vez.