El mar que nos arrastra Londres. Capítulo 20
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Londres. Capítulo 20

—¿Os habéis vuelto loco?

Las risas del grupo de actores se cortaron con la pregunta de Ben. Y todos se giraron hacia el actor. Acababan de terminar de leer la última comedia de William, Noche de Epifanía , una comedia de enredos que los había hecho reír a carcajadas imaginando ya las escenas.

—¿Cuál es el problema, Ben? —preguntó a su vez el autor.

—Vais a hacer que Billy interprete a una mujer que se disfraza de hombre y se enamora de otro hombre… mientras otra mujer se enamora de ella, disfrazada de él. ¿No creéis que lo estáis llevando demasiado lejos? Lo siento, pero no me gustaría acabar en la torre de Londres.

—Ya lo hemos hecho antes…

—No de esta forma.

El resto de la compañía comenzó a opinar, a la mayoría le había gustado, era una comedia muy divertida y al público le encantaban las historias de enredos amorosos.

—Nadie acabará en la cárcel. Como mucho, no nos dejarán estrenar o el maestro de festejos exigirá que lo cambiemos…

Y de golpe comenzó una discusión entre los actores sobre si debían jugársela de esa forma, si merecía la pena.

Después de todo, si no estrenaban, no cobraban, más aún porque se trataba de una obra por encargo para la celebración de la Candelaria, y si no les daban el visto bueno, perderían una buena suma de dinero.

Solo dos personas permanecían en silencio: el propio Billy y Richard Burbage, dueño de The Globe, el nuevo teatro que se había construido para la compañía de Lord Chamberlain’s Men, que había pasado a llamarse The King’s Men en honor al rey Jacobo I, recién ascendido al trono.

A Burbage era a quien correspondía decidir junto con su socio, el mismo William Shakespeare.

—¿Vos qué pensáis, Richard? —Ben le pasó el testigo al empresario.

—Bueno, si hay alguien que puede hacer ese papel sin que nos cuelguen a todos, sin duda es milady .

—¿Y quién interpretaría a Sebastián? Si es el hermano mellizo, debería parecerse a Billy.

—Billy podría hacer los dos personajes —aseguró Will.

Y una vez más las voces discordantes entraban en una acalorada discusión. Billy se levantó y se alejó de la mesa, empezaba a cansarse de la forma en la que todo se convertía en un tema de discusión.

—¿No vais a decir nada, Billy?

—Las discusiones de dinero os las dejo a los hombres. —Y su despedida provocó algunas carcajadas.

Ya lo había hablado a veces con William, alguien debería ser el jefe de la compañía, tener la última palabra, y estaba convencido de que ese alguien debía ser Will, que era copropietario y autor de la mayoría de las obras.

Sin embargo, Will no quería asumir ese papel; y aunque los hermanos Burbage mandaban en el asunto de las cuentas de The Globe, se mantenían al margen de las decisiones artísticas.

Se alejó despacio, hastiada de todo. Dejó atrás las voces masculinas sumidas en su discusión absurda y se encerró en su pequeño cuarto de cambio, el que finalmente había conseguido que le adjudicaran en exclusiva en el nuevo teatro, más grande y mejor acondicionado que el anterior.

Allí guardaba sus vestidos —los que cosía con dedicación junto a su hermana Nell—, sus tocados y sus tintes para maquillarse: el blanco de base de plomo que usaba para aclarar su rostro y el escote, el kohl negro que se aplicaba para marcar los ojos y las cejas y pétalos de geranio para darle color a las mejillas y a los labios.

Tenía pinceles finos, de pintor, con los que se dibujaba largas pestañas sobre los párpados, cambiaba la forma de sus labios o se dibujaba un lunar travieso cerca de la boca.

Se había convertido en un verdadero artista con el maquillaje, e incluso se daba un poco de sombra en el escote para simular el arco de los pechos.

Fue acumulando tantos tocados, joyas, plumas y accesorios que finalmente no les quedó más remedio que crear un espacio en el que pudiera guardarlos.

Era su rincón en el mundo, el único lugar, por insignificante que fuera, que sentía completamente suyo y donde podía convertirse en quien sentía que debía ser.

Ella, Julieta, Viola, Portia, Lady Anne, Rosalinda, Hermia, todas ellas formaban parte de su alma.

También era el rincón en el que se escondía cuando sentía que no podía soportar más el mundo.

Miró su reflejo en el pequeño espejo veneciano y sintió ganas de llorar.

Había momentos en los que sentía que el mundo estaba a sus pies, que era una diosa y podía lograr cualquier cosa que se propusiera, y otros en los que la tristeza lo invadía arrebatándole toda su energía, como si le chupara la sangre.

La felicidad se había vuelto una cosa diminuta que se le escapaba entre los dedos.

Algunos días le resultaba completamente imposible levantarse de la cama siquiera, quería quedarse a solas y llorar…

, desaparecer. Odiaba su cuerpo. Odiaba mirarse en un espejo y reconocer aún los restos de masculinidad que permanecían pegados a ella con insistencia.

Le gustaba imaginar cómo sería tener un poco más de pecho, una cintura algo más estrecha, nada colgando ahí abajo…

Daba igual cuánto le asegurara Will que era el ser más hermoso de la tierra, odiaba no ser la mujer que podía interpretar de forma tan convincente sobre un escenario.

Will no lo entendía.

Él no podía entenderlo porque vivía inmerso en su mundo de aventuras imaginadas, no entendía que para Billy ya no era suficiente ser una recreación casi perfecta de una mujer.

Sobre el escenario podía enamorarse, y casarse, y caminar del brazo del hombre que amaba, podía coquetear con ellos y dejar que la enamoraran…

, podía ser reina, esposa, hija, hermana…

, pero al bajar del tablado de madera volvía a ser solo un actor disfrazado.

Una parodia ridícula de una mujer. Y ya no lo soportaba.

Y es que William había abierto una puerta que Billy no conseguía cerrar.

No quería las migajas, quería el pastel completo.

Una semana más tarde comenzaron los ensayos.

Los actores pronto olvidaron sus rencillas y se dejaron arrastrar por las vivencias de sus personajes, sus conflictos y pasiones.

Billy interpretaba a los dos hermanos mellizos en un juego ingenioso en el que los personajes jamás coincidían en la misma escena, y si lo hacían, uno de los dos solía estar oculto o disfrazado.

Unos días antes del estreno, la mujer de William, Anne, se presentó en Londres por sorpresa.

Llegó en un carruaje pasado el mediodía, directamente al teatro, donde imaginó que encontraría a la compañía aprovechando las últimas horas de sol para su ensayo.

Cuando vio entrar a aquella dama con un elegante vestido negro de cuello alto del que sobresalía una puntilla blanca, Billy no sabía aún quién era.

Fue Ben quien se acercó discretamente a informarlo en voz baja mientras William se dirigía sorprendido y entusiasmado a recibir a su esposa.

—Anne, querida… —alcanzó a escuchar.

Se dieron un abrazo muy pulcro y luego William se acercó llevándola del brazo para presentarle al resto de la compañía.

Ella fue estrechando la mano de cada uno, de una forma elegante y discreta.

Tenía un rostro fino, agradable, hermoso de una forma un tanto anodina, aunque en su mirada se adivinaba inteligencia.

El pelo, castaño y rizado, lo llevaba recogido, mostrando una amplia frente, seguramente afeitada en la línea capilar como dictaba la moda de las damas, de forma que su pelo parecía un sombrero.

Cuando Will presentó a Billy, ocultándose ligeramente tras su mujer, su gesto era una clara advertencia, o más bien un ruego para que su amante se comportara con decoro.

Y tal vez se hubiera sentido tentado de montarle una escena de no ser porque en ese momento estaba interpretando a Sebastián y vestía de hombre.

—Así que sois Billy. Will no deja de hablar de vos.

Billy sonrió con desgana, lo que no debió pasar inadvertido a ninguno, y tuvo la impresión, en la tensión que se creó entre sus miradas, de que ella no había venido únicamente a ver una función de teatro.

¡Cómo hubiera deseado haber estado en ese momento con uno de sus vestidos! Y se maldijo y maldijo a Will por hallarse vestido con esos harapos de lacayo.

El ensayo se dio por terminado hasta el día siguiente, y Ben fue muy hábil procurando que Billy no siguiera a la pareja mientras salían del teatro.

El joven actor se encerró en su cámara de vestuario y aguardó cerca de una hora volviéndose loco, controlando a duras penas las ganas de echarse a llorar, hasta que Will al fin fue a su encuentro.

—No sabía que venía, te juro que no sabía nada…

—Entró disculpándose. Billy no dijo nada.

Sentado de espaldas a la puerta, permaneció inmóvil mirando en el espejo su rostro de víctima desconsolada, en el que dos lágrimas amenazaban con precipitarse desde sus ojos.

Will se arrodilló a su lado—. He hablado con Ben, puedes quedarte en su casa unos días, hasta que se vaya…

—¡¿Por qué tengo que irme yo?! Es tu mujer, véte tú con ella a casa de Ben.

—Billy, por favor, no me montes una escena…

—¡¿Yo?! Claro, siempre soy yo el que está equivocado, el que debería controlar lo que dice y lo que hace… No es mi mujer la que se ha presentado en mitad del ensayo.

—¿Y qué quieres que haga? —Y fue inevitable que acabaran gritándose, y que Billy acabara llorando sin consuelo, arrojando sus vestidos y estrellando sus frascos contra el suelo; y era siempre cuando se derrumbaba que Will finalmente dejaba de gritar y Billy se dejaba consolar—.

Billy, Billy, Billy, por qué sufres tanto.

Las cosas son como son, ni tú ni yo podemos cambiarlas.

Soy un hombre casado y me debo a mi mujer, solo tú sabes cuánto te amo, pero ella me necesita ahora…

—¡Oh, vamos, han pasado seis años!

Y la mirada herida de Will lo desarmó por completo.

Seis años atrás, su hijo Hamnet había muerto.

A decir verdad, entendía que ella se hubiera presentado, desde la muerte del pequeño Hamnet Will apenas regresaba a su casa de Stratford.

Decía que allí se le hacía más presente su ausencia y no lo soportaba.

Así era Will, se escondía en sus escritos para no enfrentarse a la realidad.

Podía ser tan generoso con su amor, y a la vez tan egoísta.

También Billy se sentía con frecuencia abandonado y, aun así, su dolor le dolía también, y por ello perdonaba sus desaires una y otra vez.

—Billy, Billy…, no dejes que la tormenta de tus ojos desluzca el sol de tus…

—¡Oh, basta! ¡No te va a funcionar esta vez!

¡Déjame! ¡Márchate con tu esposa ! —Y consiguió que la palabra sonara todo lo envenenada que era posible.

Will aún se quedó aguardando, con los pies más fuera que dentro, una señal, tal vez, de que todo estaba bien entre ellos.

Pero Billy no pensaba ser benévolo—. ¡Ahg! —gruñó—, ¡lárgate de una vez!

Y lanzó el cepillo de pelo en su dirección para dejarle claro que no iba a perdonarlo. No en ese momento, tal vez en unos días; seguramente es lo que pensó William antes de marcharse y dejarlo solo.

Billy —aunque no Billy en su cabeza— miró su reflejo en su espejo veneciano, uno pequeñito, redondo, con un mango dorado, que William le había regalado al volver de uno de sus viajes a Stratford.

Tenía ya una pequeña raja, pero aún podía ver su rostro y sus ojos con el tinte negro que descendía por sus mejillas como dos ríos negros de lágrimas.

Pensó que podría utilizar un trozo del cristal para cortarse las venas.

¿No sería esa una imagen poética para William?

Encontrarlo muerto con su vestido blanco de Julieta en medio de un charco de sangre roja…

Y siempre que llegaba a ese punto era cuando empezaba a perdonarlo, por el dolor que le causarían sus venganzas, aunque fuesen solo imaginarias.