El mar que nos arrastra Capítulo 19
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Capítulo 19

Y a pesar de todo, el siglo llegaría a su fin con una tragedia inesperada. La Armada inglesa, con el apoyo de los Países Bajos, atacó la bahía de Cádiz aquel amanecer del treinta de junio.

Los soldados que hacían guardia esa noche se quedaron observando con curiosidad la hilera de naves sin identificar que se adentraban en la bahía inesperadamente. No hicieron sonar la alarma. No eran barcos mercantes. Para cuando comprendieron lo que ocurría, ya era tarde.

El alba despuntaba con un silencio extraño, como si la propia bahía contuviera el aliento. Las aguas de Cádiz, habitualmente vivas con el ir y venir de mercaderes y marineros, parecían esa mañana un espejo tenso, a punto de romperse.

—Demasiadas —murmuró uno de los guardias.

A su alrededor, otros hombres empezaban a señalar. Las campanas no tardaron en sonar, primero una, luego varias, hasta que toda la ciudad vibró con un clamor urgente.

En el puerto descansaban unos sesenta barcos de carga, navíos comerciales, más de la mitad extranjeros.

Dos galeras de guerra se adentraron en la mar para intentar impedir el avance del invasor.

Las naves inglesas y holandesas entraron en la bahía como una tormenta bien organizada.

Sus velas, blancas y tensas, anunciaban la violencia de su propósito.

El primer disparo sacudió el aire como un trueno seco.

Luego vino otro. Y otro más. En cuestión de minutos, el estruendo era constante, ensordecedor.

El agua saltaba en columnas, la madera crujía y los gritos se mezclaban con el humo acre de la pólvora.

Cinco cañonazos hundieron la primera de las naves españolas.

Desde el puerto se escucharon los gritos de dolor de los marineros a bordo y el terror de los esclavos encadenados a los remos suplicando que los liberaran mientras se hundían con el barco.

Algunos consiguieron saltar por la borda y nadar hasta la segunda embarcación.

Fue en vano, los marineros no tardaron en caer en la contienda, superados por los ciento cincuenta navíos ingleses.

En el puerto, los barcos de madera se convirtieron en presas fáciles.

Los oficiales gritaban órdenes contradictorias, otros simplemente gritaban.

Las llamas comenzaron a extenderse con una rapidez aterradora.

Un navío ardía, luego otro. El fuego se reflejaba en el agua como si la bahía entera estuviera ardiendo.

—¡Retirada! —gritó alguien.

Pero ¿a dónde? Cádiz era una estrecha lengua de tierra rodeada por el mar. No había escapatoria.

A las dos de la tarde más de dos mil ingleses capitaneados por Charles Howard y el conde de Essex desembarcaron en el Puntal. Avanzaron entre el humo, sorteando escombros, empujando hacia el interior de la ciudad. No hallaron resistencia, se infiltraron en la bahía como zorros en un gallinero.

Las noticias no tardaron en llegar al castillo de Sanlúcar. Rodrigo partió enseguida, liderando a la guarnición del ducado junto a su hombre de confianza, el esclavo morisco.

Ya desde la colina de Santa Ana divisaron las llamas iluminando la bahía como si fuese el mismísimo infierno. A medida que se acercaban a los muelles, el humo y el olor a pólvora se hicieron omnipresentes.

—¿Quién está al mando? —preguntó Rodrigo al llegar.

Pero aquello era un caos que no parecía tener orden o entendimiento, eran todo cabezas de mando sin pies que siguieran sus órdenes.

Rodrigo al fin dio con el capitán Pedro de Guía que improvisaba la defensa con una artillería en mal estado y sin apenas munición—.

Hay que poner a salvo a la población, capitán.

—Sí, señor.

Miró entonces en dirección al mar, convertido en un caos de llamas mientras los ingleses lanzaban bolas de fuego que incendiaban las velas y la madera de los barcos sin encontrar obstáculo alguno.

Se sintió desbordado, le correspondía dar las órdenes a sus hombres, pero no sabía por dónde empezar.

El capitán a su lado parecía impacientarse, solo había una cosa que podía hacer.

—¿Cómo os pueden servir mis hombres, capitán?

El militar pareció sorprendido, no era habitual que un noble se pusiera a las órdenes de un soldado. Aun sin tener experiencia alguna en la batalla, se entendía que un caballero siempre estaba por encima de cualquier plebeyo.

—Señor, no podemos permitir que capturen la flota española.

En ese momento se encontraban cuarenta naves de guerra refugiadas en el puerto real, sin ejército ni munición, pero que supondrían un valioso botín para los ingleses.

—¿Qué sugerís, capitán?

—No tengo autoridad para decidir sobre la flota real, señor. Pero ya sabéis, habría que hacer lo que hiciera falta…

Rodrigo captó el mensaje. Era mejor hundir las naves que dejar que cayeran en manos enemigas.

Solo un noble podría tomar una decisión semejante, pero él llevaba poco tiempo a cargo del ducado, cuarenta galeras supondrían una herida considerable a las arcas reales.

Se giró hacia Tareq, el morisco vio la duda en sus ojos y se acercó con su montura.

—¿Qué se debería hacer? —inquirió.

—Mejor al fondo del mar que en manos enemigas. Pero…

—Si es lo que se debe hacer… —aseguró Tareq, viendo que el duque aún vacilaba—. Mi señor, nadie sabe más de estrategias que vos. Confiad.

Rodrigo volvió a dirigirse al capitán y vio determinación en su mirada. Entonces se giró hacia sus hombres y dio la orden.

—En marcha —gritó—, hacia el puerto real. —Volvió a dirigirse al oficial—. No lo permitiremos, capitán.

Y partieron en busca de los navíos, quinientos hombres montados, siguiendo al joven duque de Niebla.

Era fácil jugar a ese juego de soldados alejados del peligro, pero mientras cruzaban la ciudad, el calor del fuego, el humo, el sonido de las bombas, los gritos de los hombres heridos, el olor de la pólvora quemada en el aire se le hicieron insoportables.

Al llegar a los muelles se dieron de bruces con un centenar de hombres armados del ejército inglés que intentaban abordar las galeras vacías.

No hizo falta que diera la orden, sus hombres se lanzaron al galope, espada en mano hacia el enemigo sin miedo a la muerte.

Rodrigo se quedó atrás, no conseguía ver ni oír nada, su caballo se encabritó y estuvo a punto de caer.

Fue en ese momento que notó que estaba temblando.

Alguien lo agarró con fuerza y tiró de él para arrojarlo de su montura. Al girarse lo vio, era Tareq, de pie junto a su caballo.

—Desmontad —ordenó.

Y aún tuvo que tirar de Rodrigo para que reaccionara.

Tareq había desenvainado la espada, Rodrigo seguía temblando de pavor, se sentía incapaz de moverse, no entendía nada en medio de aquella vorágine de violencia.

El esclavo lo agarró con fuerza y lo atrajo hacia él.

Tuvo que gritar para hacerse oír por encima del estruendo de las bombas y de los gritos de sus propios hombres.

—Escuchad: quedaos a mi lado, no os separéis. No dejaré que os pase nada. ¿Me oís? No dejaré que os hagan daño.

Y Rodrigo supo que confiaba ciegamente en él, porque cuando Tareq comenzó a andar, ocultándose entre la maleza y los escombros, Rodrigo lo siguió, agarrando con fuerza su espada, pero sin dejar de temblar.

De pronto se encontraron con los ingleses de frente, Tareq lanzaba estocadas a un lado y a otro, luchaba con su espada ágilmente y con la otra mano agarraba a Rodrigo para asegurarse de que no se alejaba de él.

Hirió a uno, a dos, a un tercero le atravesó el pecho con el hierro de su espada…

Rodrigo miró a su alrededor, vio a sus hombres, algunos caían de los caballos y eran abatidos fácilmente por los ingleses.

Aquello era un caos absoluto, los ojos le ardían por el humo del incendio, apenas conseguía respirar, se escuchaba el ruido de espadas y los gritos de los hombres matándose unos a otros…

Consiguieron pasar la barrera de la contienda, se hicieron con un bote de carga, Rodrigo, Tareq, dos artilleros y un barril de pólvora.

Remaron hasta el primero de los galeones españoles y, una vez dentro, cargaron los cañones apuntando a sus propias galeras dispuestas en orden una junto a otra.

El primer navío empezó a arder al tercer cañonazo.

Otros dos disparos encendieron otra embarcación y luego no hizo falta continuar; el mástil de la primera nave cayó sobre la siguiente y las llamas fueron saltando de una a otra levantando un muro de fuego que los obligó a saltar al mar y a nadar de vuelta a la costa en un mar de cascotes incendiados.

Rodrigo creyó que se ahogaba, sus ropas se volvían pesadas y tiraban de él hacia el fondo, le dolía la pierna mala, tenía los pulmones llenos de humo, no podía respirar ni moverse, no veía la costa y las olas lo empujaban con fuerza de un lado a otro. Entonces supo que iba a morir.

La batalla continuó durante tres días. Los cañones del puerto disparaban ya de forma regular hacia los ingleses, y seis galeones llegaron desde el puerto de Sevilla para defender la bahía.

La resistencia fue breve y desigual. Para cuando el sol alcanzó su punto más alto, Cádiz ya no era la misma.

Las defensas habían cedido, los almacenes estaban saqueados o consumiéndose bajo las llamas y el puerto —orgullo de la Corona— era un cementerio de barcos humeantes.

Rodrigo despertó al amanecer del cuarto día.

No había muerto, una vez más el esclavo le había salvado la vida.

Los ingleses habían partido, llevándose un buen número de rehenes —por los que pedirían un rescate— y un cuantioso botín.

El fuego había sucumbido, pero la ciudad que tan bien conocía había desaparecido.

El humo aún se elevaba en columnas negras hacia el cielo y el olor de la madera y los restos de pólvora se mezclaba con el de la carne quemada.

Rodrigo y Tareq, agotados y cubiertos de hollín, se sentaron frente a lo que quedaba del muelle.

El mar seguía allí, indiferente, lamiendo los restos carbonizados de madera y cuerda.

Rodrigo se había imaginado convirtiéndolo en el principal puerto de carga desde las Indias.

Esperaba impulsar el comercio de la comarca, había imaginado tantas posibilidades… , pero estaba todo perdido.

—Se recuperará, ya veréis —le dijo Tareq.

Pero Rodrigo se sentía vencido de todas las formas posibles. Por un momento había creído que podía hacer las cosas a su manera, pero apenas llevaba unos meses siendo duque y ya había fracasado.

—Menudo ejemplo de duque soy, ni siquiera puedo levantar mi espada sin echarme a temblar. ¿Quién va a tomarme en serio ahora?

—Escuchad, teníais motivos para tener miedo, todos los teníamos, pero, aun así, fuisteis a la batalla.

—Más bien me arrastraste.

—Haced lo que se os da bien. Reconstruid el puerto; las bravuconadas dejádselas a otros.

Rodrigo sonrió, lo cierto era que, con la oscuridad y el humo, nadie lo había visto esconderse tras el morisco, y los soldados lo saludaban con respeto creyendo que había luchado como el resto. Pero él, en cambio, se sentía un farsante.

—No creo que mi padre estuviese muy orgulloso.

—Vuestro padre está muerto, Rodrigo —contestó. Era la primera vez que lo llamaba por su nombre, y su voz sonó más firme que nunca. Tareq le puso la mano en el hombro y se acercó para mirarlo bien a los ojos—. Yo estoy orgulloso de vos.