El mar que nos arrastra Granada. Capítulo 18 #3
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Granada. Capítulo 18 #3

—No me miréis a mí, no le he dado un real, os lo juro… Esperad. —Rodrigo se detuvo un instante como si acabara de comprenderlo todo—. ¡Jacobo! —anunció, parecía consternado—. ¡Cómo no lo he visto antes! Vos sabíais que tramaba algo. Pero… ¿matarme?

—¿No es lo que ha querido siempre?

—Maldito canalla…

—Tenéis que libraros de él.

—Lo sé…

Siguieron caminando pensativos, hasta que el morisco rompió el silencio.

—Por cierto, señor, os debo una disculpa.

—¿Vos? ¿Una disculpa?

—Os he mentido. —Tareq se giró hacia él—. Sí que sé usar una espada.

Rodrigo estalló en una carcajada que liberó toda la tensión acumulada esa tarde.

—Sí, ya veo que sabéis usar una espada… —No podía dejar de reír—. Lo que es una suerte, sin duda.

—Sí que lo es. Si dependiéramos de vos, seríamos alimento de gusanos.

Y los dos rieron aún más fuerte.

Era ya noche cerrada cuando llegaron a la alquería. En la casa la cena ya se había servido y terminado, y los habitantes del señorío de Gójar se habían retirado a sus aposentos, lo cual no detuvo a Rodrigo para irrumpir en la alcoba de su primo y encararse a él.

—¿Sorprendido de verme, primo ? —Jacobo, en efecto, pareció encontrar incómoda su presencia.

—¡Rodrigo! Nos preguntábamos dónde andabais…

—¿Os lo preguntabais…? —La risa tonta de Jacobo confirmaba su nerviosismo—. ¡Malnacido! ¡Habéis pagado a dos hombres para que me maten!

—No sé de qué me habláis… —aseguró, aunque su sonrisa estúpida confirmaba justo lo contrario.

—¿De verdad habéis caído tan bajo?

—No os pongáis nervioso, primito…, se os pone la voz chillona cuando estáis asustado.

Tareq, a su espalda, podía ver como Rodrigo cerraba los puños con fuerza, intentando controlar la ira, pues, en efecto, si perdía el control le estaría dando a Jacobo justo lo que quería. Su plan había fracasado y, a pesar de su chulería insoportable, era Rodrigo quien tenía ahora las riendas.

—Recoged vuestras cosas, volvéis a Cádiz con nosotros mañana.

—¡¿Qué?!

—Y partiréis hacia las Américas en el próximo navío.

—No haré tal cosa.

—¡Soy vuestro señor! —le gritó Rodrigo con firmeza—. ¡Y haréis lo que os ordene! —La rabia en los ojos de Jacobo puso a Tareq en alerta—. Quedáis relegado del señorío de Gójar y partiréis a las Indias.

—¡Antes tendréis que matarme! —amenazó entre dientes instantes antes de abalanzarse sobre Rodrigo alzando un puñal que tomó con agilidad de su mesilla.

Sin embargo, no se esperaba que el esclavo silencioso que guardaba las espaldas del duque interviniera.

Tareq le sostuvo el brazo justo a tiempo.

Forcejearon, Jacobo intentó atacar a Tareq, pero este consiguió arrebatarle el puñal.

Entonces lo agarró por el cuello con fuerza con una mano y con la otra le asestó un puñetazo en el estómago que lo dejó sin respiración.

Jacobo cayó al suelo, tosiendo y dando bocanadas para intentar recuperar el aliento, doblado por el dolor.

Daba igual cuánto entrenara un noble con sus espadas, un esclavo acostumbrado a trabajar doce horas llevando pesadas cargas a la espalda tenía más fuerza que ninguno de ellos, y el doble de resistencia al dolor.

Rodrigo se agachó frente a él y lo miró a los ojos.

—¿Mataros, habéis dicho? Tened cuidado, Jacobo, podría arreglarse. —Le agarró el rostro con una mano y le clavó las uñas—. ¡Oídme bien! ¡Jamás seréis el duque de Niebla!

Al salir se llevaron sus armas y Rodrigo ordenó que vigilaran su puerta para que no saliera de su alcoba.

Por la mañana todo estaba listo para la partida.

Doña Inés quedaba a cargo de la alquería; Jacobo, sin decir palabra, se sumó a la comitiva para partir de regreso a Sanlúcar.

Diago, en cambio, parecía haberse esfumado sin dejar rastro.

Al fin parecía haberse librado de él y Rodrigo dejó instrucciones de que se le prohibiera en adelante el acceso al señorío.

Los caballos estaban prestos. Rodrigo, con Tareq a su lado, se dirigió al mozo de cuadra.

—Ensillad otro caballo —ordenó.

—¿Señor…? —preguntó el mozo, extrañado—. ¿Para el morisco?

—Sí —respondió el duque un tanto irritado—, para el morisco.

Los mozos prepararon al animal mirando con desconfianza al esclavo, que ese día llevaba al cinto una espada.

Antes de montar, Tareq acortó los estribos al caballo mientras el duque, encaramado ya en su montura, lo observaba divertido.

Los cristianos montaban a la brida, con el estribo largo, lo que permitía a los caballeros cabalgar elegantemente con las piernas estiradas.

Los moriscos, en cambio, montaban con los estribos cortos.

—¿Teméis acaso que se os escape el caballo? —bromeó el duque.

Tareq montó de un salto, con agilidad; con los estribos cortos las piernas quedaban dobladas, más cerca del caballo, de forma que podía usarlas también para conducirlo, como era la costumbre mora.

—Ya sabéis, mi señor —le respondió con la misma complicidad—, que a mí me gusta montar a la morisca.

Tras decirlo salió al galope, tomando la delantera y dejando atrás a Rodrigo, riendo la broma que solo él comprendería.