Granada. Capítulo 18 #2
Rodrigo le rio la gracia.
—Pero sin duda habrá algo que yo pueda hacer por vos, después de todo lo que habéis hecho por mí.
—¿Algo así como devolverme la libertad? —Rodrigo se giró hacia él y se lo quedó mirando en silencio—. Solo bromeaba, señor —se corrigió Tareq al comprobar la tensión en su gesto.
—Yo no os trato como a un esclavo.
—Lo sé, señor.
—Supongo que os parecerá justo…, aunque no es un buen momento…
—No tenéis que justificaros, señor. Me considero afortunado.
Tareq estaba al tanto de la animadversión del rey hacia los moriscos. Si se llevara a cabo la expulsión de los suyos, solo estaría a salvo como esclavo de un noble. Aun así, su negativa lo decepcionó.
Siguieron caminando un rato entre los campos invernales. La tierra estaba dura y los árboles frutales, desnudos en filas, se asemejaban a un desfile de esqueletos. Había salido el sol y su calor sentaba bien en sus rostros. Al fin se animó a decir lo que rondaba su cabeza.
—Bueno, si insistís en hacer algo por complacerme, señor… —y volvió a dudar—, sí hay algo… Podríais ayudarme a encontrar a mi hermana.
Rodrigo se detuvo nuevamente para dirigirse a él.
—¿Una hermana? No me habíais hablado de ella. Me contaron que vuestra familia murió en un incendio.
—Mi familia no murió —respondió con dureza. Odiaba que lo dijese como si hubiese sido una enfermedad o un trágico accidente—. Los asesinaron.
—Perdonad. Creía…
—Hubo un incendio, pero no murieron allí.
—Estar de vuelta en Granada había reavivado los recuerdos—.
Nos pusieron de rodillas a todos mientras quemaban nuestra casa.
Mis padres, mi abuelo, mis cuatro hermanos y mi hermana, que tenía apenas seis años.
Luego… —Por un momento no se sintió capaz de continuar.
Tenía grabada la imagen de su padre, de su madre, de su hermano Farad, de Hamid, Sayyid, Braheim…
Cada uno de ellos, indefensos, observando a los soldados con sus armas, sus risas, los golpes, la forma en la que se burlaban…
Recordaba el miedo como un escorpión venenoso clavado en el pecho mientras les dejaban ver cómo decapitaban a cada uno…
, uno tras otro. Tenía grabados sus gritos, las súplicas desgarradas de su madre, la mirada de terror de sus hermanos al comprender lo que les esperaba mientras aguardaban de rodillas la muerte…
También él pensó que moriría, y durante años los odió más por haberlo dejado con vida—.
Luego los mataron uno a uno…, a todos ellos.
Excepto a mí y a mi hermana Samira. —Rodrigo lo miraba con los ojos desorbitados, sin dar crédito—.
Porque éramos niños. A las niñas las llevaban al convento, a mí al monasterio, con otros niños, como sabéis…
No he vuelto a saber de ella desde ese día.
Tampoco podía escapar de aquel recuerdo, su hermana agarrada a él gritando y llorando para que no la separaran de su hermano, de su única familia. Al llegar al monasterio solo podía pensar en escapar para rescatar a la pequeña.
¿Podía acaso explicarle que fue todo culpa suya?
Debería haber sido más listo, convencerlos de que sería un buen cristiano…
, pero él quería escapar, quería vengarse.
Creyó que su deber era luchar contra su enemigo, vengar la muerte de sus hermanos y de sus padres, rebelarse contra la fe cristiana.
Él era descendiente de la casa nazarí, vengaría a sus hermanos muertos y él y su familia volverían a reinar en Granada.
Las promesas de su abuelo lo despertaban como aguijones en la noche.
Todas las veces que intentó escapar, todas las veces que se negó a arrodillarse en la iglesia y a rezar, las veces que escupió al crucifijo e insultó a los curas…
Dio igual cuánto le pegaran o que lo dejaran días sin comer ni beber hasta llegar a desfallecer…
, pues en cuanto recuperaba las fuerzas volvía a empezar.
Estaba tan lleno de odio… Pero al final, él también se rindió.
Quiso creer que el padre Tomás lo ayudaría, fue un ingenuo, y descuidó lo más importante, lo único importante, abandonó a Samira…
—Encontraremos a vuestra hermana. Y os prometo que haré lo que esté en mi mano para que podáis estar con ella.
Había determinación en su promesa y, aun así, se sintió anticipadamente abatido.
No porque no creyera en su voluntad de cumplir con su palabra, sino porque su exceso de confianza delataba que no comprendía la magnitud del problema.
Era posible que su hermana estuviese muerta, y, de estar viva, tendría un nombre diferente, una familia tal vez…
Quizás, al decirlo en voz alta, comprendía al fin que su sueño infantil de rescatar al único miembro vivo de su familia era una empresa imposible. Se sintió más huérfano que nunca.
La tarde antes de su partida se acercaron a la ciudad para hablar con el gremio de comerciantes.
A aquel grupo de hombres no le sentó demasiado bien que doña Inés quedara como administradora de las tierras del duque, pero Rodrigo quiso dejar claro que contaba con su apoyo y asegurarse de que no le pondrían trabas.
Comenzaba a anochecer cuando salieron del cabildo.
Caminaban por el Albaicín, el antiguo barrio judío, entre el laberinto de callejuelas que se elevaban por el monte frente al valle del río Darro, desde donde se podía ver la Alhambra, el palacio de sus antepasados, en el tiempo en que Granada fue la capital del reino nazarí.
También los judíos habían sido expulsados, y los cristianos ocupaban sus calles como ocupaban los palacios y mezquitas de los antiguos nobles musulmanes.
—Pensar que hubo un tiempo en el que convivían cristianos, judíos y musulmanes en paz… —comentó Rodrigo.
—Tened cuidado con lo que decís, señor.
—Nadie debería morir por sus creencias. —Rodrigo se había quedado también mirando la Alhambra, y tal vez pensando en lo mismo que él—.
No puedo creer que Dios apruebe que nos matemos unos a otros en su nombre…
Incluso los cristianos divididos entre católicos y protestantes…
, no tiene sentido. Tiene que haber otra forma.
—¿Acaso sois protestante, mi señor?
Rodrigo rio.
—Por supuesto que no, eso sería una blasfemia.
Deberían haber vuelto entonces, pero solo cuando estaban apartados del juicio de los demás podían hablarse de esa forma templada, sin la rigidez estudiada de sus posiciones, así que alargaron el momento deambulando por callejuelas solitarias mientras el sol se fundía en el horizonte y los últimos comerciantes cerraban sus puestos dando la jornada por terminada.
Al regresar, Rodrigo volvería a ser su señor, el duque, casado con la duquesa Margarita, se mantendrían alejados y no se dirigirían la palabra.
Justamente Rodrigo estaba bromeando acerca de lo largo que se le estaba haciendo aquel viaje cuando Tareq escuchó el sonido inconfundible de los pasos arrastrados de alguien que acechaba.
Entonces todo ocurrió muy rápido.
Casi de la nada surgieron dos bandidos, que debían llevar rato siguiéndolos, y se abalanzaron con espadas alzadas sobre ellos.
Tareq sacó el puñal que llevaba escondido en la bota, rajó el brazo del hombre que lo atacaba con un movimiento rápido y lo golpeó con el mango del puñal en la cara.
En cuanto soltó la espada, se hizo con ella y, sin siquiera mirar, se giró en dirección al otro hombre, que se dirigía espada en mano hacia Rodrigo, que había dado un traspié al echarse hacia atrás y había caído de espaldas.
Tareq le dio una fuerte patada en el costado al ladrón y lo arrojó al suelo.
Al instante se lanzó sobre él, lo inmovilizó pisándole el pecho y lo amenazó con la punta de la espada al cuello sin que este pudiera defenderse del ataque mientras el otro bandido se daba a la fuga.
A su lado, Rodrigo, aún en el suelo, se había quedado paralizado y apenas empezaba a entender lo que acababa de ocurrir.
—Señor, tal vez queráis hacerle alguna pregunta a este gañán.
Rodrigo se puso en pie e intentó recuperar la compostura.
—¿Qué pretendíais? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Veníais a matarnos?
—No, señor… —se disculpó el ladrón—. Ha… ha sido un error…, os confundimos con otro…
—¡Mientes, perro asqueroso! —le soltó Tareq clavándole la bota con más fuerza.
Rodrigo al fin pareció encontrar algo de valor e interrogó al ladrón con más determinación.
—¿Os ha enviado alguien?
—No, excelencia…, ha sido un malentendido, os lo juro.
—¿Queréis que le arranque la lengua, mi señor? —añadió Tareq con frialdad.
—¡Hablad, bellaco, si no queréis perder la lengua! ¿Quién os ha enviado?
—No lo sé, señor…, lo juro…
—¡¿Quién?! —repitió Tareq clavándole la punta de la espada ligeramente. Un hilo de sangre corrió por el cuello del bandido.
—Un caballero… moreno, de pelo rizado… Uno un poco bujarrón, señor…
—¿Diago? —Rodrigo y Tareq se miraron. Eso era inesperado.
Una hora más tarde el bandido quedaba bajo la custodia del alguacil en la cárcel del cabildo. De camino a la alquería continuaban intentando dar sentido al asalto.
—¿Creéis que venían a matarnos?
—Desde luego su intención no era robaros, señor.
—Pero Diago…, me cuesta creerlo. ¿Con qué fin? Además, no tiene dineros para pagar a un par de bandidos.
—A menos que alguien le diera el dinero, señor.