El mar que nos arrastra Granada. Capítulo 18
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Granada. Capítulo 18

Don Alfonso no superó el invierno.

El duque, su mujer y una discreta comitiva partieron de madrugada a Granada para los funerales.

El duque a caballo, junto a los hombres de armas; la duquesa Margarita, con dos de sus doncellas, en un cómodo carruaje de madera oscura con asientos acolchados y cortinillas rojas.

Tareq, sentado en la delantera junto al conductor.

El camino se hizo duro por el frío, y se vieron obligados a detenerse con frecuencia porque la tierra estaba congelada en algunas partes del trayecto y era arriesgado para los caballos.

Tareq tenía sentimientos encontrados con respecto a su vuelta a la alquería. Había pasado una parte importante de su vida allí, había gente a la que deseaba ver, pero también muchos recuerdos dolorosos.

Jacobo salió al camino a recibirlos. Meses atrás se había dado por vencido y había aceptado el destino encomendado por su primo. Alguien mal pensado podría extrañarse de que don Alfonso hubiese muerto al poco de su llegada.

—Bienvenido, primo —los saludó, erguido sobre su montura, y cualquiera habría jurado que llevaba toda la vida siendo el señor de Gójar.

En Sanlúcar solo doña Pilar lo echaba de menos.

Desde su marcha y la muerte del duque, la vida de Rodrigo, y por consiguiente la de Tareq, se habían vuelto mucho más sencillas.

También para su relación secreta, que volvía a ser tan candente como en los primeros días.

Le gustaba ver cómo su pequeño marqués se liberaba de los miedos y tensiones que habían atosigado su alma en el pasado, y se convertía paso a paso en un gran duque.

Jacobo se situó al lado de su primo y cabalgaron juntos el último tramo hasta la alquería.

No podía escuchar su conversación, pero parecía cordial, como si fueran viejos amigos que se reencuentran…

, aunque Tareq no se fiaba. Sabía que su matrimonio con la condesa de Valencia se había truncado.

Cuando el conde supo de la nueva situación del pretendiente, se echó atrás en su compromiso y Rodrigo, como nuevo duque de Niebla, no se había esforzado por pactar un nuevo arreglo.

Si Jacobo no tenía nada que recriminar al duque era porque tramaba algo, estaba seguro.

En la alquería debía representar su papel de esclavo con más fidelidad que nunca, pero no pensaba perderlo de vista.

—¿Lázaro? ¡Dios bendito! Casi no os reconozco… —Doña Inés, su antigua señora, aguardaba a la puerta de la alquería—. Os veo muy bien.

—Gracias, señora.

—¿Y habláis? —La sorpresa no podía ser mayor—. Es un milagro.

El milagro siguió levantando exclamaciones de sorpresa entre los que jamás sospecharon que su mudez era un acto de rebeldía.

Criados y trabajadores del campo quisieron acercarse a saludarlo.

La voz se corrió por la alquería y por todos los que un día fueron sus compañeros, incluso aquellos que solían despreciarlo, y no tardó en formarse cierto revuelo con su llegada.

Criados y campesinos se acercaron a saludarlo con una calidez inesperada, preguntando con admiración por su nueva vida al servicio del gran duque de Niebla.

Fue una sensación extrañamente dulce, había salido de allí atado con una cuerda; dos años más tarde, regresaba vestido como un hidalgo.

—Vaya, mirad quién ha vuelto. —La voz de Diago a su espalda se le clavó como una daga.

A esas alturas había supuesto que el amante de don Alfonso habría intentado alejarse todo lo posible del duque, pero al parecer Diago era más resistente de lo que había imaginado.

Igual que las ratas—. Y parecéis todo un caballero.

Se lo debéis estar haciendo realmente bien al señor duque…

—Diago, dejadlo en paz —lo defendió Fabiana, una vieja morisca que siempre lo había tratado bien—. Ahora es del duque y no tiene nada contigo.

Y no fue la única, el resto de los trabajadores que en el pasado le habían dado la espalda no dudaron en encararse con el torturador, protegiendo al esclavo. Estaba claro que ya no temían a Diago, seguramente porque le quedaba poca autoridad por esos lares.

—¡Tranquilos, señores! Lázaro y yo somos viejos amigos…

—¡No me toquéis!

—¡Oh, Dios mío! ¡Habéis recuperado el habla! —Y parecía divertido con el descubrimiento—. ¿O es que acaso nunca la perdisteis? Eso me sorprende gratamente, sois mucho más vehemente de lo que había imaginado…

—¿Por qué seguís aquí, Diago? No creo que al duque le haga gracia veros aún por sus tierras.

—El duque y yo tenemos asuntos pendientes… que no son tema para discutir con esclavos.

—Vos no tenéis nada que discutir con el duque.

—Veo que estáis muy al tanto de los intereses del duque —continuó con sus insinuaciones—. No os pongáis tan gallito, aún tenéis la cara marcada…

Fue a tocarle la cicatriz del rostro con la S y el clavo, pero Tareq le apartó la mano de un golpe.

—¡Aparta!

—¡Uuuh! Me encanta cuando se resisten… Últimamente os habíais vuelto demasiado sumiso…

No llegó a terminar la frase porque Tareq se lanzó sobre él, aunque los campesinos fueron más rápidos deteniéndolo. Por más que Diago ya no fuese bienvenido en la alquería, un esclavo morisco jamás saldría bien parado de una trifulca con un cristiano.

A Tareq le hervía la sangre mientras se dirigía a la casa en busca de Rodrigo. Lo encontró en el comedor con doña Inés y Jacobo, y le hizo una seña para que se acercara a hablar en privado.

—Diago está aquí.

—Lo sé —respondió con gesto serio—, ha venido a hablar conmigo.

—¿Para qué?

—¿Para qué va a ser? Dinero. Me pide doscientos reales para marcharse de aquí.

—¿No pensaréis dárselo?

—Si con eso consigo que desaparezca…

Tareq quería ponerse a gritar, pero contuvo su voz y la bajó todo lo que pudo, aunque no se molestó en ocultar su rabia.

—¡Ni se os ocurra hacer eso! ¡De ninguna manera! ¡No podéis!

—Entiendo vuestra ira, creedme, y le detesto tanto como vos, pero si es la única forma de librarse de él de una vez por todas, no me importa.

—No os libraréis de él. ¿No lo veis? ¡Es una serpiente!

—¿Y qué esperáis que haga?

—Mandadlo matar, o encarcelar.

—No soy juez ni inquisidor. ¿Cómo esperas que haga eso?

—Pero tenéis poder.

—¿Y es así como queréis que use mi poder? ¿Para decidir quién vive y quién muere? Si hago eso, ¿qué me diferencia del resto de los tiranos?

—Me temo, mi señor, que los demás no sean tan benévolos…

Y no tardarían en averiguar cuánta razón tenía el morisco.

A la mañana siguiente se celebró la misa en memoria de don Alfonso.

A su regreso a la alquería, Rodrigo quiso visitar los sedales con doña Inés, que llevaba un sencillo vestido negro con el cuello alto, como era su gusto.

Tareq los acompañaba unos pasos por detrás.

Más que nunca tenía claro que debía ser su sombra y estar alerta.

En los últimos dos años los sedales habían recuperado la producción de antaño, y una hilera de mujeres, niños y hombres trabajaban sin descanso hilando la seda de los gusanos en las aparatosas tejedoras de madera.

Al parecer la viuda de don Alfonso no estaba muy contenta con la labor de Jacobo a cargo de la alquería.

—Vuestro primo se niega a aprender las cosas básicas, no quisiera ofenderos, excelencia, pero…

—¿Es arrogante?

Y ella suspiró aliviada al oírse lo decir.

—Vos lo habéis dicho.

—Conozco bien a mi primo, doña Inés, no hace falta que os andéis con rodeos.

—¿Puedo ser sincera, entonces?

—Apreciaría que lo fuerais.

—Mi marido os tenía en alta estima, mi señor, por eso me atrevo a contaros las cosas como son.

Conocía bien las debilidades de mi marido, y, a pesar de lo que se rumoreaba, él siempre fue justo y amable conmigo.

No me dio un hijo, pero me dio más libertad de la que suelen gozar las mujeres en mi posición.

Jamás me trató como a una inútil; en cierto modo, creo que siempre me vio como a una hija.

Os cuento esto porque quiero que entendáis, él me enseñó todo lo que se debe saber para llevar el señorío.

Conozco estas tierras mejor que nadie, conozco el trabajo y sus necesidades.

Y ya sé que puede parecer una labor ardua para una mujer, pero las gentes de aquí me aprecian, confían en mí, ellos saben que, en los últimos años, cuando él ya se sentía demasiado cansado, me iba dejando cada vez más a cargo de sus asuntos…

—Así que creéis que podéis ocuparos de la alquería.

—Sé que os puede parecer atrevido viniendo de una mujer…

—No. Está bien. Os creo. Don Alfonso siempre me pareció un hombre inteligente y justo. Aprendí mucho de él de niño, y si vos también habéis aprendido de él, no me cabe la menor duda de que podéis haceros cargo.

Doña Inés contuvo un gesto de emoción, tal vez evitando precipitarse en sus conclusiones.

—Entonces…, ¿dejaréis que me quede a cargo?

—Sí, por supuesto. Aún tengo que resolver el asunto de mi primo, por lo que os ruego algo de discreción. Pero confío en vos, doña Inés, y sabed que podéis contar con mi ayuda para lo que necesitéis.

—Oh, gracias. No os arrepentiréis… —De golpe parecía una niña pequeña ilusionada con su nueva faceta en la vida.

Por un momento tuvo la impresión de que se lanzaría a darle un abrazo a Rodrigo, pero lo contuvo en un solo gesto; le puso la mano en el rostro, como harías a un hijo, y, sin decir más, se marchó dejándolos solos a la entrada de la fábrica de seda.

—Estoy impresionado —dijo Tareq, apoyándose en el marco de la puerta por la que doña Inés acababa de salir—. Esto se os da bien.

Rodrigo lo miró divertido.

—¿Acaso dudabais de mí? —Y luego se lo quedó mirando, con una mirada diferente—. ¿Damos un paseo?

Atravesaron juntos los campos de olivos y los cultivos de la alquería, buscando algo de privacidad, aunque sabían que no era el lugar adecuado y que era mejor esperar a regresar a Sanlúcar. Aun así, era agradable poder hablar sin la tensión de tener que fingir.

—¿Y qué hay de vos? —preguntó Rodrigo.

—¿Qué hay de mí?

—Me habéis ayudado mucho en todo esto. Estoy en deuda con vos.

—En realidad lo hago por mi propio interés, señor.