Capítulo 17
El entierro del duque se celebró en la catedral de Cádiz, oficiado por tres obispos.
Un cortejo fúnebre acompañó el féretro hasta la entrada de la iglesia, nobles de todos los rincones de la provincia se acercaron a presentar sus respetos y un enviado del rey presentó sus disculpas por la ausencia de su majestad, que se hallaba ya demasiado anciano y enfermo para viajar.
Siguiendo el plan de su madre, se ordenó a las cocinas sacar al pueblo el vino y el queso de las despensas.
Aquel domingo, tras la misa en memoria de su padre en el monasterio de Sanlúcar, se ofrecieron aperitivos a toda la gente de la comarca.
El nuevo duque permaneció de pie a la entrada recibiendo las condolencias, saludos y reverencias de campesinos, nobles, artesanos, políticos y miembros eclesiásticos.
A su lado la duquesa viuda, vestida del riguroso blanco que exigía el luto, se veía más hermosa y noble que nunca, y supo interpretar el papel en el drama que le tocaba de forma admirable.
La voz debió correrse rápidamente y durante horas siguieron llegando gentes del pueblo y del campo para aceptar la invitación del nuevo duque.
Algunos comentaban sus inquietudes, otros le traían ofrendas.
Todos se dirigían a él como su excelencia, o su excelentísimo, el duque de Niebla.
Rodrigo sonrió, tendió manos, recibió regalos y escuchó con interés y paciencia a cada uno de los habitantes de Sanlúcar.
A pocos metros, su tía Pilar y Jacobo habían quedado relegados a actores secundarios.
Su primo miraba con desdén lo que consideraba una más de sus niñerías emotivas.
A doña Pilar, en cambio, no se le escapaba la importancia del reconocimiento popular, y entre dientes reñía a su hijo por no haber impedido aquel exhibicionismo sensiblero mientras observaba con los labios fruncidos cómo su rival en los últimos años le robaba todo protagonismo.
Siguiendo también el plan, Rodrigo aprovechó la ocasión para convocar a los cabezas de las familias más influyentes, a los abogados, notarios y sacerdotes, así como a los representantes de los gremios de oficios a una asamblea urgente al día siguiente.
La reunión tuvo lugar al amanecer, con el cantar de los laudes en la iglesia, lugar habitual de reuniones multitudinarias, de forma que pilló fuera de juego a quienes no habían sido convocados.
Para cuando don Gonzalo y su primo tuvieron noticias de la jugada y se presentaron con presteza en el lugar de reunión, el joven duque se estaba ya despidiendo de los asistentes tras informarse debidamente de los problemas, rencillas y corruptelas del cabildo.
El padre Francisco, recientemente nombrado nuevo administrador y secretario personal del duque, estaba de pie a su lado; Tareq, sentado en los últimos bancos, también estaba presente.
—¿Qué significa esto, primo? ¿Convocáis una reunión a traición?
—Disculpadme, Jacobo, ahora no puedo quedarme a charlar. —Rodrigo se dirigió a los intrusos sin alterarse—. Don Gonzalo, quisiera veros esta tarde en mi despacho, si es posible.
Jacobo forzó una carcajada cargada de rabia.
—¿Qué creéis que estáis haciendo?
—Insisto —Rodrigo siguió con calma—, os veré a ambos esta tarde. Ahora tengo otros asuntos que atender, si me disculpáis.
Y tras despacharlos, se despidió de los últimos asistentes a la reunión, que salían complacidos con la actitud del nuevo duque, que parecía mucho más receptivo a sus peticiones de lo que había sido su padre en el pasado, y prometía involucrarse en los problemas de su ciudad, incluso hacer llegar sus demandas al rey.
Fortalecido por la buena acogida del encuentro, aquella tarde se dirigió a la sala del que había sido el despacho de su padre desde que tenía memoria, para enfrentarse a sus enemigos.
Lo acompañaban sus guardias, el padre Francisco y había hecho venir a su madre por sugerencia de su nuevo consejero.
Por supuesto, Tareq tampoco quiso perderse la escena, aunque su papel fuese de mero espectador.
—Don Gonzalo —se dirigió directamente al consejero, estrechándole la mano con afecto sincero—. Debo agradeceros en nombre mío y de mi padre ausente todos los años de servicio al ducado, vuestra labor siempre ha sido encomiable.
—Oh, don Rodrigo, sabéis que apreciaba mucho a vuestro padre y será siempre un honor honrar su memoria.
—Os lo agradezco —continuó, las palabras habían sido cuidadosamente escogidas—. El ducado no requerirá más de vuestros servicios.
—¿Cómo? —El hombre palideció.
—Después de tantos años, sin duda os merecéis un descanso y seréis bien recompensado por vuestro trabajo y vuestra lealtad.
—Señor, no podéis…
—De hecho, si puede —lo corrigió el padre Francisco—. Está entre los preceptos del duque escoger a su administrador, y el notario ya ha dado fe del cambio de ejercicio.
—¿Habéis actuado a nuestras espaldas, primo?
—Me habéis dejado pocas opciones, Jacobo.
—Muy noble de vuestra parte —replicó con sarcasmo.
—En cuanto a vos, primo, debéis partir cuanto antes a Granada.
—¡No pienso hacer tal cosa!
—Necesito que os ocupéis de la alquería de Gójar. Don Alfonso está demasiado mayor, es posible que no dure mucho más, y necesitaré a un hombre de confianza que represente mis intereses en esas tierras, que, como sabéis, son muchos.
—¿Me tratáis como a un vulgar campesino, primo?
—¡Esto es un ultraje! —aulló don Gonzalo—. Si vuestro padre el duque viviera…
—¡Mi hijo Rodrigo es ahora el duque! —Lo cortó su madre levantando la voz—. Y os dirigiréis a él como corresponde a su cargo.
La tensión quedó flotando entre las miradas de unos y otros, en un silencio que bramaba. Don Gonzalo fue el primero en comprender que habían perdido. Se despidió con una reverencia y un tímido: «Excelencia. Señora». Jacobo aún le clavaba una mirada de odio.
—Esto no quedará así —amenazó antes de salir de la habitación.
En cuanto se marcharon, Rodrigo dejó escapar un suspiro con toda la tensión que había acumulado en los últimos días.
Pero aún no había concluido. Aquella misma tarde convocó a los hidalgos, caballeros y lameculos varios que habitaban por el castillo dedicados a la fiesta, la caza y el buen comer. Fue una reunión breve.
—Señores, tienen veinticuatro horas para abandonar el castillo.
—Un bramido de voces indignadas estalló de inmediato, pero Rodrigo no se quedaría a escuchar sus quejas—.
Un guardia les será asignado a cada uno para asegurarse de que no se llevan nada que no les pertenece —consiguió decir a duras penas sobre el bullicio de infamias, justo antes de salir de la sala.
Durante los siguientes días, los nobles de las casas vecinas se acercarían a presentar sus respetos al joven duque y garantizar su lealtad.
Pero fue apenas un par de días después, cuando se reunió en el cabildo de la ciudad de Cádiz con los caballeros veinticuatro, que actuaban como ediles de los distintos municipios de la ciudad, que comprendió que su primo había hecho un buen trabajo encizañando a los hidalgos en su contra.
Como duque de Niebla le correspondía un lugar en el cabildo sustituyendo a su padre, pero, aun así, debía ser designado bien por el rey, bien por el resto de los nobles que formaban la junta municipal.
La mayoría de los ediles solo estaban allí para cobrar el generoso sueldo que les correspondía y poder influir en las decisiones del gobierno de la ciudad en favor de sus propios intereses.
Se suponía que debían gestionar la ciudad en nombre del rey, pero estaban corruptos hasta la médula, se habían convertido en una oligarquía, una red endogámica con el único fin de engrosar sus fortunas.
Se les llamaba veinticuatro porque ese era el número de regidores que debía haber, pero en ese momento se contaban hasta treinta y siete, cada uno cobrando los cuatrocientos reales al año que salían de las arcas reales y los tributos a los campesinos.
—Estimado duque, sabed que todos sentimos profundamente la pérdida de vuestro padre y queremos lo mejor para vos y los vuestros.
Lamentablemente, aún sois muy joven para formar parte de este consejo.
Carecéis de experiencia suficiente en los temas de gobierno.
Deberíais dejar que vuestro primo Jacobo os sustituyera durante un tiempo, hasta que os podáis formar adecuadamente.
—Siento discrepar con vos, creo que estoy al tanto de vuestro trabajo y perfectamente cualificado para continuar con la labor de mi padre.
—¿Acaso tenéis alguna idea de lo que hacemos aquí? —se mofó algún otro, y se escucharon murmullos de connivencia.
—Llevo leyendo todos vuestros autos desde los quince años.
Aquello provocó algunas risas entre los veinticuatro.
—Pero, querido duque, esto no es la escuela…
Las risas volvieron a extenderse por los asientos.
Junto a la puerta de la sala vio el rostro preocupado del morisco, pero Rodrigo se sintió confiado, esta partida sabía cómo jugarla, pues si bien era un negado con las armas, comprendía a la perfección los entresijos de la economía y estaba al tanto de todas las maquinaciones de los políticos.
—Bueno, creo haber comprendido bien algunos asuntos.
Por ejemplo, que las cosechas de trigo del trimestre pasado se perdieron a causa de los retrasos de transporte hasta Sevilla y las malas condiciones del camino, y que la mitad de las importaciones marítimas deben asumir un coste adicional por el impuesto real y los costos del puerto de Sevilla, cuando podrían desembarcar aquí en nuestra costa sin gasto adicional alguno y de forma mucho más rápida.
Sé que usted, señor conde, les pagó a los trabajadores en vellones el año pasado, a sabiendas de que el rey había mandado devaluar la moneda, lo que ha causado las protestas del campesinado, que ha visto sus ingresos reducidos un tercio.
Sé también que muchos de ustedes votaron a favor de esa idea descabellada de la expulsión de los moriscos, sin tener en cuenta que más de la mitad de los trabajadores del campo de Cádiz y Jaén son familias moriscas, y de ser expulsados no tendrían quién trabajara sus tierras.
Y sé que la subida de los tributos se había acordado a un cuatro por ciento del año anterior; sin embargo, en Zahara se ha subido un seis por ciento, en Barbate se ha aumentado hasta un ocho por ciento y en Setenil un quince por ciento…
Para cuando terminó de enumerar las diferencias de impuestos los ediles se hallaban ya enfrascados en una violenta disputa, recriminándose unos a otros que hubiesen faltado a los acuerdos a espaldas del resto, seguramente con el fin de embolsarse esas diferencias económicas.
Y es que los veinticuatro no se molestaban en leer las actas de los otros ni en comprobar cómo aplicaban las resoluciones en los distintos municipios.
Eran tramposos y corruptos, llevaban años cobrando a los moriscos impuestos extraordinarios que se embolsaban sin dar cuenta al rey.
Algunos incluso falsificaban la moneda con la que pagaban a sus trabajadores.
Circulaban miles de ducados en moneda falsa por todo el reino.
Hasta el rey había devaluado el vellón mezclando la plata con plomo, por lo que ya nadie se fiaba.
El resultado de la reunión fue una bronca monumental y la consecuente admisión de Rodrigo como nuevo miembro del cabildo.
Aquella noche, a solas con Tareq compartiendo una cena ligera en sus aposentos, reían juntos rememorando las reacciones de los caballeros veinticuatro y el revuelo que se había montado con las revelaciones de Rodrigo.
—Estuvisteis magnífico, mi señor duque.
—No creo que hubiera sido capaz de enfrentarme a ellos sin vuestro apoyo.
—Pero… si no hice nada, señor.
—Estabais a mi lado, y eso bastó. —Tareq sonrió—. Brindemos por eso. —Rodrigo sirvió vino en las dos copas de la mesa y ambos las levantaron—. ¡Por el futuro y el progreso! —anunció antes de dar un buen trago a su copa.
Pero Tareq no tocó la suya.
—Yo, señor… —se había quedado serio—, no bebo alcohol.
Rodrigo se quedó inmóvil, observándolo. Sabía muy bien que aquello era una confesión, y entendía, como lo entendía Tareq, la profundidad del riesgo que asumía al declararlo en voz alta.
Estaba admitiendo que profesaba la religión de sus antepasados, la de los proscritos, que era un infiel.
Se trataba de un delito grave y un pecado de apostasía por el que podía acabar en la hoguera.
Tareq aguardaba una respuesta de Rodrigo.
¿Estaba dispuesto a aceptarlo? ¿Podía guardar su secreto?
Uno más de los muchos secretos que parecían estar acumulando.
Era un momento decisivo para ellos dos. ¿Confiar o no confiar?
Ya había dejado su vida en sus manos en otra ocasión, ahora era él quien ponía la suya a su disposición.
Y en verdad, su fe en él lo conmovió. ¿No era acaso ese acto una declaración de amor?
—Pues en ese caso —comenzó a decir, consciente de la decisión que estaba tomando en ese momento—, beberé yo por los dos.
Chocó su copa con la que había quedado desechada sobre la mesa y la apuró. Tareq volvió a sonreír.