El mar que nos arrastra Cádiz. Capítulo 16 #3
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Cádiz. Capítulo 16 #3

Preparado o no, al tercer día de su encierro su madre se presentó hecha una furia.

—¿Pensáis pasaros el resto de vuestra vida retozando en la cama?

Porque el consejo de vuestro padre lleva dos días reunido, tomando decisiones sin vos.

Sí, es muy triste que haya muerto… —se mofó ella—, pero dejad de lamentaros de una vez.

¡No sois un niño! ¡Salid ahí fuera y reclamad lo que es vuestro!

Rodrigo se vistió y, sin más dilación, salió en dirección a la sala de reuniones, donde encontró efectivamente a don Gonzalo presidiendo junto a su primo Jacobo el consejo de su padre.

—¿Por qué nadie me ha informado sobre esta reunión?

—¡Rodrigo…! —Don Gonzalo se levantó al instante del asiento presidencial, el que hacía pocos días ocupaba su padre, y se dirigió con celeridad hasta Rodrigo—. ¿Os encontráis mejor?

—Mucho mejor, gracias. ¿Qué está pasando aquí?

Don Gonzalo se disculpó con los asistentes y, discretamente, guio a Rodrigo fuera de la sala de reuniones.

—No queríamos molestaros con nimiedades, sabemos que estáis muy afligido…

—Agradezco vuestra preocupación, pero puedo ocuparme personalmente.

—No merece la pena que os molestéis…, solo son asuntillos administrativos.

Justo cuando se disponía a entrar, Jacobo salió de la sala, cuidándose de cerrar la puerta a su espalda e impidiéndole una vez más el acceso.

—Primo. No os esperábamos tan pronto.

—Ya veo que no —le contestó.

—Oh, esto no es nada. Dejad que nos ocupemos por vos…

—Si ocurriera algo relevante, os llamaríamos enseguida —le aseguró don Gonzalo.

—No tenéis buena cara, primo. Deberíais descansar un poco.

—Estoy bien —insistió Rodrigo.

—¿Por qué no vais a visitar a vuestra madre? Ha sido un duro golpe para ella.

—Sí, sin duda, la duquesa no se encuentra bien.

—Tenéis asuntos más urgentes que tratar, Rodrigo. Tomaos vuestro tiempo y dejad que nos ocupemos de los asuntos del comer, como suele decirse…

Y con risas cómplices y palmaditas en la espalda, volvieron a entrar en la sala dejando a Rodrigo fuera como si lo hubieran ensayado.

Regresó a sus aposentos con la cabeza baja, como cuando su padre lo reñía de pequeño.

—Dejadme a solas —pidió a los criados que se ocupaban de sus habitaciones, y todos dejaron sus tareas y salieron con celeridad—. Vos no —le pidió al esclavo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Tareq cuando quedaron solos.

—Intentan librarse de mí.

—No les dejéis, vos sois el duque.

—Sí, pero no parece que a nadie le importe… —No sabía cómo maniobrar, aquel mundo de estrategias políticas le venía grande—. No sería la primera vez que un noble quede como una figura decorativa mientras son otros los que manejan los hilos…

—¿Es eso lo que queréis?

—¡No! Yo… quería hacer las cosas de otra forma…, como hemos hablado tantas veces, siguiendo los principios de la política de Platón, como me enseñó el padre Francisco…

—Entonces, no les dejéis.

—¿Y qué puedo hacer?

—Adelantaos a ellos. —Tareq se acercó y le habló en voz baja—. Preguntad a vuestra madre. Ella sabrá cómo debéis obrar.

Y qué acertadamente había sabido intuir el esclavo la determinación de la duquesa viuda, pues su madre supo tramar cada paso que debía dar.

—Dejad que la gente os llame duque, salid a estrechar sus manos, hablad con ellos, sed el duque para el pueblo antes de que puedan apartaros. Y tendréis que libraros de don Gonzalo.

—¿Don Gonzalo? No puedo expulsarlo como a un perro…

—Es exactamente lo que es, un perro viejo que os está asestando una puñalada por la espalda.

No creáis que está de vuestro lado, nunca lo ha estado.

—Ella se acercó hasta él al ver sus dudas—.

Esto depende solo de vos. Si renegáis de lo que es vuestro, otros ocuparán vuestro lugar.

Pero basta que os levantéis y reclaméis vuestro derecho con autoridad, y os seguirán, porque sois el duque.

¿De dónde había salido esa mujer firme? La otra, la frágil y enloquecida que solía ser su madre, parecía haber estado aguardando ese momento toda su vida. Su determinación helaba la sangre, no iba a dejar que usurparan a su hijo, y a ella, lo que era suyo por derecho.

—Vuestra madre tiene razón —le confirmaría más tarde el morisco, cuando Rodrigo le expresara sus dudas en la intimidad de la noche.

—Pero se trata del hombre de confianza de mi padre…, no creo que nadie conozca el ducado mejor que él…

—Y es leal a vuestro padre, no a vos. Ni lo será nunca. Tampoco vuestro primo. Lo sabéis, ¿verdad?

—¿Y qué hago con Jacobo? A él no puedo echarlo.

—Pero podéis alejarlo… Enviadlo a las Américas.

Rodrigo soltó una carcajada ante la idea. Le resultaba cómico pensar que Jacobo tuviera que seguir sus órdenes.

—No aceptará.

—Haced que parezca un encargo de confianza.

—Y de esa forma me estaré comportando como todos ellos, maquinando artimañas para hacerme con el poder. Esperaba gobernar de otra forma.

—Podréis hacerlo, pero antes tenéis que ganarles en su propio juego.

No eran baladíes sus consejos. Nunca le habían gustado las estratagemas políticas, pero estaba claro que si no utilizaba esas mismas armas, perdería el control del ducado.