Cádiz. Capítulo 16 #2
Rodrigo cerró los ojos y se recostó entre los almohadones mientras la voz de Tareq, hablando de amor, causaba un efecto sedante en su ánimo.
Tras los poemas siguió con la lectura de las proezas del joven Esplandián, que tenía una espada mágica y luchaba contra gigantes y se enamoraba de la hija del emperador de Constantinopla.
De niño había sido su libro favorito. A Rodrigo le encantaban los libros de caballería, disfrutaba con las aventuras de esos jóvenes caballeros que siempre imaginaba apuestos y valientes, que se enamoraban locamente de sus damas.
Aunque sabía que a Tareq no le agradaban tanto, pues siempre había alguna parte en la que luchaban contra los musulmanes y vencían como buenos cristianos.
Acabaron los dos tumbados sobre la cama de Rodrigo, disfrutando de las aventuras caballerescas, hasta que la luna alcanzó su cenit.
—Se os cierran los ojos, mi señor. ¿Queréis que siga leyendo?
—No, está bien, será mejor descansar. Gracias por vuestra paciencia conmigo. —Tareq se levantó de la cama—. Ha sido entretenido.
Y aun así sintió una punzada de pánico cuando vio que Tareq se disponía a marchar.
—¿Os importa…?
El morisco se detuvo y Rodrigo se arrepintió de lo que iba a decir.
—Decid, señor —lo animó él, sentándose una vez más sobre la cama; y su cercanía lo quemaba por dentro—. ¿Qué puedo hacer por vos?
—¿Os importaría abrazarme un rato?
Tareq sonrió, se tumbó a su lado y, metiéndose bajo las sábanas, lo envolvió con sus brazos sólidos y largos.
Así permanecieron largo rato. En silencio.
Nadie lo había abrazado desde la muerte de su padre.
No era propio de nobles ese tipo de gestos de afecto, ni siquiera con su esposa.
No recordaba que su padre lo hubiese abrazado jamás, tal vez de pequeño lo hiciera, pero no lo recordaba.
Su madre sí lo abrazó mucho, pero de eso hacía años.
Había dejado de tocarlo desde que le saliera barba.
Rodrigo fingió dormir, pero era imposible dormirse sintiendo el calor de su cuerpo tan cerca.
Entonces notó sus labios en el cuello. Lo estaba besando, y podría haber jurado que llevaba fuego en la boca.
Intentaba resistir, pero era inútil engañarse, deseaba abrasarse entre sus brazos.
No pudo evitar girarse a buscar sus ojos.
Y él siguió besando su cuello, y su mandíbula, y la respiración de Rodrigo quedó entrecortada.
—No tenéis que hacer esto…
—Lo sé. ¿No queréis que siga?
Rodrigo suspiró.
—¡Dios mío! Me estás matando…, pero no quiero ser como mi padre, no tenéis que hacerlo…
Tareq se irguió encima de él y lo miró con seriedad.
—Vos no sois vuestro padre, no me forzáis a nada…, deseo hacerlo…
Y sus labios se unieron a los de Rodrigo, el calor de su aliento invadió su boca, y sus labios gruesos y húmedos lo atraparon, y pudo sentir su sabor, el sabor de su boca…
Era la primera vez que se besaban, era la primera vez que Rodrigo besaba a alguien.
Y ese gesto tan íntimo, tan cercano, le pareció la expresión más poderosa posible de amor.
Y siguieron explorándose, mezclando sus alientos, besándose una y otra vez.
Rodrigo pensó que podría pasarse el resto de su vida solo bebiendo de sus labios.
El rostro se le estaba irritando por el contacto con su barba tupida, pero aun así no quería detenerse, incluso el dolor que le producía Tareq era el mayor de los regalos.
Y sin separar sus bocas, Tareq le agarró una de sus piernas, buscando con la mano la abertura entre sus glúteos, y parecía estar peleándose con su cuerpo, retorciéndolo para conseguir penetrarlo sin soltar su boca.
Así acabaron hechos un amasijo de piernas y brazos retorcidos, y le gustó notar la contención de su respiración cuando al fin logró entrar, y sus gemidos cortos, casi animales, por el placer producido por el roce; y los besos se volvieron bruscos como sus embestidas, profundas y lentas, y su gesto concentrado era lo más hermoso que había visto en su vida, y bastó muy poco para que los dos alcanzaran ese momento culmen de placer que hacía que los hombres, incluso los más valerosos y nobles como su padre, se comportaran como idiotas.
Tareq se dejó caer a su lado; la respiración agitada por el esfuerzo hacía que su pecho subiera y bajara. Lo miró de soslayo y sonrió.
—¿Me echabais de menos, mi señor? —Y como solía pasarle tras el coito, a Rodrigo le surgían las dudas. ¿Había algún interés oculto en los actos del esclavo?—. Yo sí a vos.
—¿Y qué hay de la moza con la que andáis tan apegado?
—¿Quién? ¿Cata? ¿Qué pasa con ella?
—He oído rumores… de quien hace el amor «a la morisca»…
Tareq soltó una carcajada, y por un instante recordó al chico de mirada perdida que había conocido dos años atrás en Granada. Ya no quedaba rastro de aquel muchacho mudo, este nuevo Tareq se veía tan vital, tan fuerte.
—No deberíais hacer caso de los chismes de cocina, mi señor.
—Pero… os gustan las muchachas, ¿verdad?
—¿Estáis celoso? —Rodrigo no sabía cómo plantear sus dudas, ¿qué era exactamente lo que quería saber?
Tareq pareció percibir la seriedad del asunto y cambió su tono—.
También me gustáis vos. —Y se acercó para besarlo una vez más—.
No deberíais encariñaros tanto de vuestro criado, señor —siguió bromeando—, no es propio de un duque.
Duque. La mención de su responsabilidad volvió a caer sobre él como una losa pesada.
—Ojalá mi padre no hubiera muerto…, aún no estoy preparado.
—Lo haréis bien, lo sé.