Cádiz. Capítulo 16
Si había cometido un pecado, sin duda, estaba pagando en vida por ello.
No había necesidad de infiernos, su vida se había convertido en una penitencia.
Evitaba a su esposa cuanto podía. No era mala mujer, era refinada y dedicada a su marido, y se sentía despreciable por no ser capaz de pasar más tiempo con ella cuando la muchacha parecía esforzarse en agradarlo.
Pero estar a su lado era un suplicio, no era posible encontrar a otra persona con la que tuviese menos en común.
Había hecho un esfuerzo por escucharla hablar de sus bordados, incluso había aprendido a jugar a los naipes para pasar tiempo con ella, pero su risa chillona cada vez que ganaba una mano y la importancia que le daba a ese juego ridículo le resultaban irritantes.
Podría haber pasado esas menudencias por alto, eran vaguedades sin importancia, si no fuera por el irresistible deseo de taparle la boca o callarla de alguna otra forma violenta que le sobrevenía cada vez que la escuchaba hablar de política.
Tenía ideas anticuadas e inflexibles. Despreciaba a la mitad de la población del mundo —a los franceses por hipócritas, por no perseguir a los hugonotes; a los ingleses por blasfemos, con una reina ilegítima a quien el papa había excomulgado; a los judíos por zafios y a los holandeses por usureros— aun sin haber conocido a ninguno en persona o sin haber salido apenas del país.
Odiaba a los moros, como los llamaba; aseguraba que no eran de fiar y estaba de acuerdo con quienes defendían la expulsión de los moriscos del reino.
Igualmente estaba a favor de que la Inquisición persiguiera a los protestantes sin clemencia, y aseguraba que eso de la ciencia era cosa de los hugonotes, que deberían arder en la hoguera.
Además, aborrecía la vida del campo y trataba mal a los criados, gritándoles con frecuencia cada vez que no cumplían con sus caprichos.
Era intolerante y engreída, astuta también, para lo que le interesaba, y ciertamente había malicia en sus querencias.
Y para agravar su tormento, aún no se había quedado embarazada, por lo que Rodrigo no conseguía librarse de su deber conyugal con el futuro del ducado y se veía obligado a recurrir a las pócimas de Tareq.
El duque de Niebla, su padre, había participado en la toma de Lisboa, donde se había proclamado a Felipe II rey de Portugal.
Fue precisamente en la toma de las Cortes cuando se habló por primera vez de expulsar a los moriscos de España.
Rodrigo estaba presente cuando el conde de Chinchón, entre otros nobles, sugirieron embarcar a todos los moriscos con destino a Berbería y, una vez en alta mar, barrenar las naves para que murieran ahogados.
La mera idea de que pensaran en la posibilidad de asesinar a miles de personas, niños, ancianos, mujeres inocentes de forma masiva y cruel le parecía horrible, pero que ninguno de ellos se alarmara con aquella sugerencia e incluso la estuvieran considerando le hacía preguntarse si no eran ellos los verdaderos infieles.
No podía imaginar mayor pecado que justificar semejante matanza en nombre de Dios.
Su primo Jacobo no perdía ocasión de mofarse de él cada vez que defendía la causa de los moriscos.
—Lo que pasa es que mi primo está encariñado con ese morisco suyo. No querría verlo marchar.
Y no dejaba de sorprenderlo cuán transparente podía llegar a ser.
¿O es que alguien había hablado de más? No creía que Tareq fuera capaz de traicionarlo, él más que nadie tendría interés en mantener la boca cerrada.
No, él era el problema; su falta de hombría, su debilidad y su carácter flemático que podían despertar las chanzas de los suyos y la vergüenza de su padre.
Y no ayudaba que su mujer, después de casi seis meses de matrimonio, aún no estuviese encinta.
Ya solo podía encontrar consuelo en su madre, lo que en ocasiones también acababa convirtiéndose en motivo de burla.
El rumor se había extendido entre la población morisca, y la gente del campo parecía inquieta.
También Tareq se mostraba cada vez más cauteloso con su señor.
Alguien podría haber llegado a creer que no era más que un fantasma; no Rodrigo, que, por más que se esforzara, no conseguía censurar el deseo que sentía por el esclavo.
Sería capaz de intuir su presencia aunque se hubiese escondido tras las cortinas.
Sus esfuerzos por olvidarlo eran vanos. Aun así, seguía cumpliendo su palabra, le permitía leer sus libros y, en ocasiones, lo encontraba observando sus mapas, aunque ya no comentaban las aventuras o los descubrimientos como habrían hecho antes; y era entonces cuando más lo echaba en falta.
También seguía entrenando con él, aunque ya no iban a su rincón secreto junto al río y practicaban con palos en vez de espadas.
A Rodrigo le venía bien el entrenamiento, y sentía que de esa forma no lo decepcionaba totalmente.
Podía fingir indiferencia, pero tenerlo cerca era una tortura, anhelaba escuchar su voz, sentir el contacto de su piel, su abrazo, sentir cómo lo poseía.
Y lo que se negaba a sí mismo en carne, volvía a presentarse en sus sueños para martirizarlo.
Más aún cuando lo veía riendo con la muchacha del pelo rizado o con alguna otra de las criadas, que parecían compartir su debilidad por el esclavo que vestía como un lacayo y gozaba de la confianza de su señor.
Y cuando creía que su vida no podía ser más penosa, aún fue a peor. En la noche de Todos los Santos, el duque de Niebla, su padre, murió.
Su muerte fue un pequeño escándalo que los consejeros, los secretarios y los criados a su servicio se apresuraron en encubrir.
El duque había comido una abundante cena, como era habitual en él, acompañada de un par de jarras de vino, y se había hecho subir una bandeja con dulces y más vino a su dormitorio.
Al parecer había intentado forzar a la doncella que le subió las viandas, y en el forcejeo con la chica, de apenas trece años, el duque había colapsado y había caído inconsciente.
La joven había despertado a los guardias cuando salió despavorida, gritando y llorando por los pasillos con la camisa rasgada.
Cuando Rodrigo fue a su alcoba, se encontró a su padre en calzones, en el suelo junto a su cama, con las sábanas enredadas entre los pies.
Su enorme barriga peluda expuesta como si fuese un animal de granja al que acababan de sacrificar.
Su rostro aún conservaba el tono amoratado de la falta de aire, los ojos abiertos en un gesto de espanto perpetuo, la lengua hinchada fuera de la boca, de la que caían babas rojizas que pensaron que podía ser sangre, pero resultó ser vómito de vino.
Cuando la duquesa entró en el cuarto, empezó a dar órdenes sin perder la compostura, con una dignidad y una firmeza que jamás le había visto antes:
—¡Vestidlo y metedlo en la cama! ¡Que alguien calle a esa niña! —exigió, refiriéndose a la chiquilla, que seguía dando berridos histéricos por el pasillo.
Alguien sugirió que la criada había provocado la muerte del duque, pero la duquesa cortó de cuajo cualquier tentación de buscar culpables —aunque horas más tarde sería la propia duquesa quien convencería a la muchacha de la conveniencia de permanecer callada—.
La habitación quedó limpia de cualquier rastro de vicio, y cuando llegó el médico certificó que el duque había fallecido en su cama plácidamente por muerte súbita, probablemente por una parada del corazón causada por sus excesos alimentarios.
La duquesa había estado a la altura de su deber para contener el escándalo; en cambio, su hijo Rodrigo no supo cómo reaccionar y pasó el resto de la noche y todo el día siguiente encerrado en sus aposentos sin querer ver a nadie.
Su padre siempre había sido una roca. Podía ser malhablado y cruel, incluso injusto, pero su omnipresencia en el ducado era incuestionable.
Él era el ducado, y ahora Rodrigo debía reemplazarlo y no sabía cómo.
Durante toda su vida, su padre había estado ahí para decidir lo que se debía hacer, sabía con quién se debía hablar para cada asunto, tenía la autoridad de un rey, su voz era la ley; y aunque Rodrigo procuraba estar al día con todos los asuntos y discutían con frecuencia, pues tenían visiones muy distintas de cómo debía ser el futuro del país, había esperado que su padre viviera al menos diez o quince años más antes de verse en la tesitura de tener que ocupar su lugar.
Puede incluso que lo creyera inmortal, pues no era capaz de imaginar un mundo en el que no estuviera el sonido atronador de la voz de su padre ni su presencia agreste.
—Señor, deberíais comer algo. —Tareq entró en la alcoba llevando la bandeja con su cena.
—Pensaréis que soy un cobarde…
Tareq dejó la bandeja en la mesa y se acercó hasta Rodrigo.
—Vuestro padre ha muerto, tenéis derecho a llorarle.
—No os parecía un hombre muy justo, lo sé…
—Eso ahora no importa.
—Yo debería salir, y estar…
—No penséis en eso, mi señor. ¿Queréis que os lea algo de poesía? Eso calmará vuestro ánimo.
Tareq cogió el libro de fray Luis de León que Rodrigo siempre tenía junto a su cama y comenzó a leer en voz alta algunos versos:
— Vivid esquiva y exenta,
que, a mi cuenta,
vos serviréis al amor,
cuando de vuestro dolor
ninguno quiere hacer cuenta…
El amor gobierna el cielo
con ley dulce eternamente,
¿y pensáis vos ser valiente
contra él acá en el suelo?
Da movimiento y viveza
a belleza
el amor, y es dulce vida;
y la suerte más válida,
sin él es triste pobreza.