Londres. Capítulo 15
En su segunda temporada de teatro Billy ya era un miembro asiduo de la compañía, destacando cada vez más en su interpretación de los papeles femeninos.
Se le daba bien la comedia, que era el género favorito del público, pero lucía en particular en sus interpretaciones dramáticas.
Vivía intensamente cada uno de sus personajes, hasta el punto de que parecía olvidar en ocasiones que no era una mujer real, y esperaba que el resto de los actores lo trataran con la deferencia y el respeto que merecía una dama.
Por supuesto, sus compañeros de reparto se mofaban con frecuencia de su actitud caprichosa, y lo llamaban «milady» en tono de burla, un apodo que Billy disfrutaba en secreto.
Lo que no disfrutaba eran las bromas sexualizadas que todos se empeñaban en hacerle.
Le levantaban las faldas cuando se estaba maquillando, se le pegaban por detrás como perros fingiendo que lo montaban, le metían mano por el corpiño como si le tocaran el pecho a una mujer…
Y cuanto más se enfurecía Billy, mayor gracia les producía la provocación y más los alentaba.
Por ese motivo Billy se había pasado semanas discutiendo con William, porque quería tener su propio cuarto de vestuario.
—No quiero cambiarme más delante de esos idiotas, no me dejan en paz.
—Solo son chanzas, Billy… —contestaba el autor, a quien todo el asunto le parecía una exageración del muchacho.
—Pero ¿por qué tienen que tratarme así?
—Bueno, os habéis prestado a ello, ¿no os parece?
Y ese era el fondo de la cuestión. Todos sabían de sus actividades oficiosas durante el invierno, lo que lo había rebajado de categoría a ojos de todos.
Alguien que había cobrado por sus encuentros sexuales no podía dárselas de remilgado después.
Lo que más le dolía era que William no lo defendiera y acabara uniéndose a la burla.
Aunque no participaba de las bromas, en más de una ocasión lo había visto reírse con el resto, sin importarle lo mucho que molestaba a Billy.
Y ese rifirrafe se había convertido en motivo de constantes peleas entre los dos amantes.
O, más bien, era el más joven quien siempre parecía estar disgustado, y Will se armaba de paciencia con lo que consideraba sus berrinches de juventud.
Billy siempre necesitaba muestras de su amor, era agotador, pero Will no podía resistirse a su encanto, a su belleza transparente, incluso esos arrebatos de ira en los que defendía apasionadamente su virtud le parecían encantadores.
Al final de la primavera, una vez más, William le demostró su amor de la única forma que conocía. Tal y como se lo anunció una noche, había escrito el mejor personaje de su vida para Billy.
Se trataba de una obra en la que había comenzado a trabajar aquel invierno, cuando estaban separados.
Se había propuesto escribir una historia que fuese una declaración de amor para su fair lord , como le gustaba llamarlo en sus versos.
Para ello tomó una historia que siempre le había gustado, del autor italiano Luigi da Porto: Giulietta e Romeo , que había descubierto en un poema de Arthur Brooke, en la que dos jóvenes enamorados, cuyas familias se oponían a su unión, se casaban en secreto ayudados por un fraile.
Para escapar, ella tomaba una pócima que la hacía parecer muerta, pero el trágico final era que Romeo, no enterado de la treta, volvía a la ciudad de la que había sido expulsado por matar a un hombre, para despedirse de su amada, y era apresado.
Se sentía apelado por el amor de estos dos jóvenes —cuya relación el mundo rechazaba— que debían encontrarse en secreto para huir del odio de los que los rodeaban.
Había escrito algunos de sus mejores diálogos para los encuentros de su Romeo y su Julieta, las palabras de amor más bellas y sinceras jamás creadas.
Pero no quiso revelar nada de la obra a Billy hasta haberla acabado.
La noche que al fin desveló el secreto, William leyó el guion de principio a fin para Billy, interpretando todos los personajes, excepto en los diálogos entre Romeo y Julieta, en los que cada uno de los actores leía su papel…
— ¡Pero calla! ¿Qué luz brota de aquella ventana?
¡Es el Oriente, y Julieta es el sol! Alza, bella lumbrera y mata a la envidiosa luna, ya enferma y pálida de dolor, porque tú, su sacerdotisa, la excedes mucho en belleza…
—Will, de pie sobre la cama, los dos a medio vestir, interpretaba a Romeo con la pasión justa y más sincera—.
¡Ah! ¡Si sus ojos se hallaran en el cielo y en su rostro las estrellas!
El brillo de sus mejillas haría palidecer a estas últimas, como la luz del sol a una lámpara.
Sus ojos, desde la bóveda celeste, a través de las aéreas regiones, tal resplandor arrojarían, que los pájaros se pondrían a cantar, creyendo día la noche.
¡Ved cómo apoya la mejilla en la mano! ¡Oh!
¡Que no fuera yo un guante de esa mano, para poder tocar esa mejilla!
— ¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo? Renuncia a tu padre, abjura tu nombre; o, si no quieres esto, jura solamente amarme y ceso de ser una Capuleto.
— ¿Debo oír más o contestar a lo dicho?
— Solo tu nombre es mi enemigo. ¿Un Montesco?
¿Qué es esto? Ni es mano, ni pie, ni brazo, ni rostro, ni otro componente.
¡Oh! ¡Sé otro nombre cualquiera! ¿Qué hay en un nombre?
Eso que llamamos rosa, lo mismo perfumaría con otra designación.
Del mismo modo, Romeo, aunque no se llamase Romeo, conservaría, al perder este nombre, las caras perfecciones que tiene.
Mi bien, abandona este nombre, que no forma parte de ti mismo y toma todo lo mío en cambio de él.
— Te tomo la palabra. Llámame tan solo tu amante y recibiré un segundo bautismo: de aquí en adelante no seré más Romeo.
Los dos a solas, inmersos en la lectura, convertían la pequeña vivienda que compartían en su escenario, en un mundo entero en el que dar rienda suelta a un amor inabarcable. Un amor prohibido y secreto.
— Ven, noche majestuosa, matrona de simples y solo negras vestiduras; enséñame a perder, ganándola, esta partida en que se empeñan dos virginidades sin tacha.
—Y mientras leía las palabras con toda la belleza que encerraban, Billy no conseguía dejar de llorar—.
¡Ven, noche! ¡Ven, Romeo! Ven, tú, que eres el día en la noche; pues sobre las alas de esta aparecerás más blanco que la nieve recién caída sobre las plumas de un cuervo.
Ven, tú, la de negra frente, dulce, amorosa noche, dame a mi Romeo; y cuando muera, hazlo tuyo y compártelo en pequeñas estrellas…
Y ese final, que interpretaron sobre la cama, que en ese momento no era otra cosa que el sepulcro en el que Romeo caía envenenado, los dejó conmocionados. Entonces Billy, en el lugar de Julieta, despierta y lo besa para tomar algo del veneno de sus labios:
— Quiero besar tus labios; acaso exista aún en ellos un resto de veneno que me haga morir, sirviéndome de cordial. —Y Billy besó a Will y se sorprendió—. ¡Tus labios están calientes! —una última vez, antes de clavarse el puñal para morir a su lado.
No leyeron las últimas páginas porque Billy estaba demasiado conmocionado con ese final de los amantes para poder continuar. Tumbado boca arriba junto a Will siguió llorando desconsolado, cubriéndose la boca, intentando contenerse de forma infructuosa.
—¿Te ha gustado?
—¿Lo preguntas en serio? ¡Dios mío! Es lo más hermoso que he oído nunca…, pero es tan triste. ¿Por qué han de morir? Pero, no, claro que deben morir, es el final… Oh, Dios, ese final… —Y volvía a llorar.
—Entonces ¿serás mi Julieta?
Y Billy se lanzó a abrazarlo y besarlo enloquecido.
—Sí, sí, claro que sí…, pero no sé si podré decir esas frases sin echarme a llorar…
Y eso era lo que William adoraba de él, esa forma que tenía de sumergirse en las palabras y dejarse arrastrar por las emociones sin ningún tipo de filtro. Esa era su fragilidad y a la vez su fortaleza.
Los días previos al comienzo de los ensayos de Romeo y Julieta , Billy se miraba en el espejo, intentando descubrir el personaje en su rostro.
Y comprendió mejor que nunca que él era Julieta, que debía ser Julieta para poder interpretarla.
No podía dejar que los demás se mofaran o inventaran chanzas.
Julieta estaba hecha de otra pasta, era la dignidad, la inocencia, la virtud, y él debía ser todas esas cosas, pero, por encima de todo, debía ser Julieta.
Una tarde fue en busca de su hermana Nell, a escondidas como solían verse, pues su padre había renegado del hijo que lo avergonzaba y había prohibido a la familia verse con él.
—Necesito tu ayuda, Nelly —le dijo—. Debes hacerme un vestido como ninguno que hayas hecho antes.
Tenía dinero para los gastos, no iba a escatimar. Y ella accedió, pues, a pesar del padre, era decidida y no pensaba olvidar al hermano que había sido su compañero, amigo y confidente desde que tenía memoria.
Compraron seda y terciopelo, encajes, botoncitos y fornituras plateadas.
Blanco, decidió Billy, Julieta vestiría de blanco como señal de su pureza y su honestidad.
Y los dos juntos se pusieron manos a la obra en la casa de Nell, donde vivía con su marido y sus dos chiquillos, y donde tenía su mesa de costura.
Durante días cosieron y probaron, y ajustaron y bordaron; los bajos de la falda, las puntillas, los lazos y brocados, las mangas acabadas en puntas; ajustaron el sayo para marcarle la cintura, ribetearon los bordes.
No se parecía a ninguno de los disfraces que había llevado en las obras anteriores.
Era un vestido digno de una condesa o una princesa.
Cuando estuvo acabado y Billy se vistió y se arregló el pelo, que ya le llegaba hasta la mitad de la espalda, en un recogido elegante, y observó su reflejo en el largo metal pulido que su hermana usaba como espejo para sus clientes, tuvo la impresión de que se miraba a sí misma por primera vez.
Esa imagen era su verdadero ser. Era como si hubiera estado dentro de él siempre, aguardando su momento para revelarse.
—Estás guapísima —exclamó Nell—. ¡Dios mío! Eres una mujer tan increíblemente hermosa. Deberías vestir así siempre.
Sí, lo era, pensó Billy… Billy no, odiaba su nombre. Era infantil y de alguna forma nunca había sido realmente suyo. Julieta.
El día que empezaron los ensayos, Ella , a quien ellos llamaban aún Billy, pero que en su cabeza ya era Julieta, subió al escenario desde la parte de atrás con su vestido blanco, y, al verla entrar, la compañía de teatro de Lord Chamberlain’s Men guardó silencio.
Durante un buen rato nadie dijo nada. No comprendían bien por qué, pero se sintieron intimidados por la presencia de aquella dama misteriosa.
No porque desconocieran de quién se trataba —estaban más que acostumbrados a ver al tal Billy de esa guisa—, era otra cosa.
Era algo en su porte, en su altivez señorial, en esa seguridad al plantarse ante ellos.
¿O era su atractivo? Pues de golpe todos se sintieron embelesados por la belleza femenina que tenían delante, y puede que su silencio fuese un acto de pudor, o de vergüenza, por los pensamientos lascivos que provocó su entrada.
—¿Comenzamos el ensayo? —La voz de ella sonó dramática y con autoridad, y al instante la compañía pareció recuperar la capacidad de movimiento.
El ensayo se desarrolló con relativa normalidad, aunque cada actor que debía compartir escena con ella tendía a desviar la mirada e inclinar la cabeza ligeramente. Y los miladies que antes habían sonado a burla, se decían con una resonancia distinta.
—Tu chico nos va a buscar problemas —le dijo Burbage a Will mientras observaba el ensayo entre bambalinas.
—¿Por qué motivo?
—¡Míralo! Alguien dirá que es una obscenidad pecaminosa subirlo a un escenario.
—Pero no es una mujer de verdad, y puedo dar fe de ello.
Nadie recordaba en Londres un estreno como el de Romeo y Julieta .
El público permaneció en absoluto silencio durante toda la representación, algo inusual en los teatros isabelinos, a los que la gente acudía con comida y bebida para pasar la tarde y donde las interrupciones eran frecuentes.
Durante las tres horas y media de representación, tan solo se escucharon las exclamaciones y los alientos contenidos de los asistentes.
Incluso permanecieron en silencio durante tres largos minutos al acabar la función, conteniendo el aliento ante el drama que acababa de acontecer frente a sus ojos, antes de ser capaces de reaccionar y estallar en aplausos que se mezclaban con los gemidos y lamentos de algunos espectadores.
Tuvieron que repetir hasta cinco veces la función.
Algo también insólito en tiempo de compañías de repertorio, que representaban una única vez.
Y el rumor de que la representación contaba con una mujer que interpretaba el papel de Julieta hizo que la propia reina Isabel convocara a la compañía para representar la obra en el palacio de Greenwich.
La reina quedó también conmocionada con la historia y quiso conocer a los actores, en especial al autor, a quien elogió por su magnífica prosa; y, como todos, mostró curiosidad por aquel chico que interpretaba de forma tan convincente al personaje de Julieta.
Lo tomó de la barbilla e inspeccionó su rostro, en el que era difícil descubrir algún rastro de masculinidad.
—Asombroso —concluyó su majestad—. Realmente asombroso.
No se libraron, no obstante, de que el consejero real insistiera en verificar los atributos del actor para asegurarse de que no estaban burlando la ley que prohibía a las mujeres actuar en los teatros.
En una habitación privada, y en presencia del dueño de la compañía, de un sacerdote y de William Shakespeare, el consejero real levantó las faldas de Julieta para comprobar con su mano que, efectivamente, estaba equivocado y, por fortuna, ninguno de ellos fue arrestado.
Sin embargo, por la noche, William y Ella reían y bromeaban por lo ocurrido.
—Y tú, ¿cómo me prefieres? —le preguntó Ella a él—. ¿Vestido de hombre o de mujer?
—Sin ninguna duda, os prefiero sin ropa alguna.
—Pero desnudo no puedo ocultar mis… atributos —bromeó.
—¿Y quién dice que quiero que los escondas? No os tapéis nunca para mí, sois perfecto. Dios hizo al hombre, luego hizo a la mujer y al terminar decidió haceros a vos, a un tiempo ninfa divina y bello efebo, con lo mejor de cada uno.