Capítulo 14 #2
Y ahí estaban los ojos negros de Margarita, asustados y distantes, su gesto apenas había cambiado.
Y el resto pareció ocurrir muy rápido mientras la cabeza le daba vueltas con un enjambre de ideas.
Las matronas comprobando las sábanas, los hombres felicitándolo y golpeándole los hombros o la espalda como si acabara de cazar una buena presa, Margarita huyendo por el pasillo con sus damas; y todo le resultó vacío y falso.
Había yacido con una mujer y le quedaba aún más claro, si era posible, que era a Tareq a quien deseaba.
Él era así. Era algo inherente a su naturaleza, aunque no pudiera explicarlo.
Algo que no podía cambiar, aunque quisiera.
Y mientras el resto le hacía chanzas y reía por su hazaña, él no podía dejar de pensar en su amante.
Deseaba contarle que había funcionado, que lo habían conseguido, y celebrar con él…
¿Qué exactamente? ¿Que los habían engañado?
Pero era solo con Tareq con quien podía reír de verdad, hablar de verdad, hacer el amor de verdad. El resto eran extraños.
Al fin liberado de su deber conyugal, regresó a sus aposentos con celeridad, con el impulso de contarle todo lo ocurrido aquella noche, pero sobre todo para compartir con él esa gran revelación.
Que ya no lo atormentaban sus sentimientos, que aceptaba ser quien era, aunque lo condenara al infierno, porque el auténtico infierno sería no poder estar a su lado, no poder tocarlo o mirarlo a los ojos o compartirlo todo con él.
¿Era amor? Sí, debía serlo. Amor verdadero.
Y si lo era, y podía estar ya seguro de ello, podían salvarse, porque Dios no condenaría el amor, tal y como le había dicho el padre Francisco.
No encontró a Tareq en su alcoba, ni en el estudio, ni en el recibidor; lo buscó incluso en su pequeña celda, pero no había rastro de él. Imaginó que estaría con el resto de los criados. Sabía que el servicio tenía su propia celebración de las bodas del señor de la casa.
No quiso esperarlo, así que fue en su busca.
Salió de la casa principal e, inadvertido, cruzó el patio de armas en dirección a las cocinas.
Entró por la zona del castillo destinada al servicio, se guio por la música y el jolgorio en dirección al patio de carga, donde estaban el pozo y los animales de granja.
Ya no quedaba casi nadie, algunas criadas recogían los restos de la fiesta, otros aún permanecían bebiendo y charlando, resistiéndose a ceder a la noche.
Se detuvo antes de salir, consciente de golpe de lo poco adecuada que era su presencia en esa zona del castillo.
Permaneció entre las columnas de un patio cubierto, oculto en la penumbra, observando discretamente la zona de servicio, buscando a Tareq con la mirada.
Y entonces lo vio. Tareq estaba sentado en el muro del pozo junto a una muchacha bonita de pelo negro, rizado.
Hablaban y reían juntos, parecían animados y ella, de cuando en cuando, apoyaba su cabeza en el hombro del esclavo en un gesto que revelaba intimidad.
Llevaba los pies descalzos y él le hacía cosquillas, y entonces él le besó la punta del pie y ella le hizo un mohín de disgusto, pero luego los dos rieron una vez más, como si esa no fuera la primera vez que se dejaban llevar por ese juego de seducción.
Rodrigo dio un paso atrás y se ocultó entre las sombras.
Durante unos instantes no supo qué conclusión sacar de aquella escena.
Pero era absurdo negar la evidencia. Tareq no era como él.
Al verlo con aquella mujer lo supo, ¿por qué un joven apuesto como Tareq iba a desear estar con un tullido cobarde como él?
El esclavo le había dado al amo lo que deseaba.
Incluso sin que se lo hubiera pedido, el esclavo entendía su cometido y le ofrecía a su señor lo que había buscado aun sin saberlo. ¿Cómo podía haber sido tan ingenuo?
Entonces sí que se sintió solo.
Caminó de vuelta a sus aposentos procurando no ser descubierto, pues no sabría cómo justificar las lágrimas que brotaban sin control de sus ojos.
Había creído tenerlo a él al menos, pero no era así.
El mundo se reía en su cara, de ese noble ridículo que era, incapaz de ser un hombre completo, insatisfecho en todas sus formas.
Él era una broma. Un chiste casado con una mujer a la que no podía amar, un caballero enamorado de un esclavo que jamás lo amaría. ¿Cómo podía haber caído tan bajo?
Cuando Tareq entró en su alcoba algo más tarde, Rodrigo seguía despierto, leyendo en la cama a la luz de una vela. Había estado aguardando su regreso para saber… ¿qué exactamente? Necesitaba hundirse del todo.
El criado se sorprendió de encontrarlo.
—¿Señor? Creía que pasaríais la noche con vuestra esposa… —Rodrigo lo miró, estaba algo despeinado, el rostro azorado y la mirada chispeante; era tan insoportablemente bello…, pero le pertenecía a otra—. ¿Cómo ha ido vuestra noche de bodas? —preguntó sonriéndole con complicidad.
—Vuestra pócima ha funcionado como esperábamos.
—Os lo dije. Es infalible.
Tareq se acercó hasta la cama, pero antes de que se sentara al borde con la confianza que habían cosechado, Rodrigo lo detuvo.
—Tareq, creo que, ahora que estoy casado, sería conveniente que olvidáramos este… asunto nuestro.
La sonrisa se borró de cuajo en el rostro perfecto del morisco. Y se lo quedó mirando en silencio unos instantes sin comprender el cambio en su señor.
—Si es lo que deseáis, señor.
—Creo que será lo más adecuado para los dos. Pero no debéis preocuparos, no cambiará en nada vuestra situación.
—Gracias, señor. —Los dos volvieron a quedar separados por el silencio—. ¿Puedo hacer algo más por vos?
—No. Puedes retirarte.
—Está bien. Buenas noches…, mi señor.
Rodrigo volvió a quedarse a solas, y sintió una herida en el pecho que no había imaginado posible.
Era doloroso, pero necesario. No quería ser como Diago, no se convertiría en eso, no quería ser la causa del sufrimiento del hombre al que amaba.
Sí, para él era inevitable ser quien era, lo había comprendido al fin, pero debía aprender a vivir en la abstinencia de sus sentimientos.
Debía encontrar en Dios y en sus plegarias la paz y el sosiego que no hallaría jamás en el amor. Esa era la única salvación.