Capítulo 14
La llegada de Margarita Jiménez de Cisneros con su séquito puso patas arriba la tranquilidad del servicio del ducado.
La novia llegó acompañada por su familia y por un extenso personal de servicio, costureras, criados, damas de compañía, hombres de armas, músicos y una numerosa comitiva que tuvo que ser convenientemente alojada, atendida y alimentada.
Cada día de su estancia se convirtió en una festividad con banquetes, juegos, bailes y veladas nocturnas que trastocaron la rutina de todos los habitantes del palacio.
El cortejo nupcial había hecho un largo viaje desde Madrid, que al paso de los carruajes se hacía aún más lento de lo habitual.
La mayoría se marcharían tras la boda, y quedaría únicamente el personal de la nueva marquesa.
Por un momento Rodrigo se puso en el lugar de su prometida, para ella no se trataba solo de un viaje, Sanlúcar era su destino.
Debía casarse con el muchacho tímido y pecoso al que solo había visto un par de veces en su vida, cuando aún eran niños, y quedarse a vivir entre extraños, lejos de su casa y de todo lo que conocía.
Le hizo pensar también en su madre; su matrimonio con el duque la obligó a dejar atrás su tierra, su familia, sus costumbres, a abandonar su religión.
Ni siquiera hablaba castellano cuando viajó hasta Cádiz, seguramente con una comitiva parecida de doncellas extranjeras que en el futuro irían abandonándola.
Sabía que su madre no era feliz en su matrimonio, ¿sería él también la causa de la desgracia de Margarita?
Se habría compadecido más por la muchacha de no ser porque su inquietud acerca de la noche de bodas lo tenía sumido en un pozo de angustia.
Aunque solo tenía dieciséis años, Margarita parecía mucho más adulta que su futuro marido.
Era bastante alta, de hombros estrechos, con una cabeza esbelta y ovalada, el pelo negro azabache lo llevaba en dos trenzas recogidas sobre su cabeza con una peineta, lo que, unido a sus ojos redondos y juntos y a su nariz aguileña, le daban cierto aspecto de ave rapaz.
No era fea. No se lo pareció en absoluto, tal vez incluso agraciada; y tenía un pecho prominente, lo que habría sido un aliciente para Rodrigo de haber sido él uno de esos hombres que se desviven por las damas.
Era agradable, refinada en sus maneras, discreta y callada, cualidades que sin duda le gustaban.
Pero en los pocos días que tuvieron para conocerse antes de la boda, no consiguió entablar una conversación con ella que durara más de tres frases cortas.
Quiso hablarle de libros, pero ella declaró que la lectura le parecía tediosa, solo había viajado una vez fuera de España, pero no tenía el menor interés en hacerlo de nuevo, y llegó a bostezar cuando Rodrigo comenzó a hablarle acerca de los descubrimientos de fauna y botánica que se habían hecho en las Américas.
No tocaba ningún instrumento ni le gustaba la pintura.
Cuando al fin le preguntó a qué dedicaba sus horas de ocio, Margarita confesó en voz baja, y con un gesto algo travieso, que le gustaba jugar a los naipes con sus damas.
—Pero nunca apostamos —añadió, para asegurarle que no se trataba de ningún vicio.
A su prometida le gustaba jugar a la pelota, al escondite y a la gallinita ciega, y en Madrid solía ir a la corrala a ver obras de teatro. Le entristeció saber que en Sanlúcar no era posible ver teatro más que una vez al año en las fiestas.
No era importante, pensó, nadie esperaba que se enamorara de su esposa. Su enlace tenía un único propósito: la descendencia que asegurara el linaje de la familia y la continuidad del ducado.
Descendencia, de eso se trataba. Un nombre.
Una casta. Una herencia. Y todos en el ducado revoloteaban y especulaban en torno a esa herencia.
Era el motivo por el que su primo Jacobo se la tenía jurada, pues el nacimiento de Rodrigo lo despojó de lo que aún creía su derecho de linaje.
A fin de cuentas, la madre de Rodrigo era una extranjera.
Los españoles no se fiaban de los holandeses, que eran protestantes y se habían unido para independizarse de la Corona española.
Por extensión, también desconfiaban de Rodrigo, cuyo aspecto se asemejaba al de la «hereje» de su madre —que en realidad era católica al igual que todos ellos—, lo mismo que recelaban de los moriscos convertidos en cristianos nuevos.
Siempre había una buena razón para odiar, para inventar una causa en nombre de la cual asesinar al prójimo.
Eso era lo que mejor hacían los caballeros cristianos: matar a todo el que discrepaba con ellos.
La víspera de la boda se organizó una corrida de toros con nobles y caballeros, en la que, una vez más, su primo Jacobo pudo lucir su valor y se llevó todos los vítores.
Puede que Rodrigo tampoco fuese el marido más envidiado después de todo.
Se casaron a la mañana siguiente en la catedral de Cádiz, en presencia de dos obispos y un cardenal, y cabalgaron de vuelta al castillo de Sanlúcar, donde les aguardaba un copioso banquete digno de reyes.
Se sirvieron capones y palominos con ciruelas, carnes de carnero, cabrito y lechones con manzanas de primero.
Un segundo plato de cocido de carne de gallina y vaca con legumbres y tocino.
Después manjar blanco, hecho de pechugas de gallina con una salsa de azúcar, leche y harina de arroz.
Y por último manzanas en sidra, y pasteles de hojaldre y miel.
Todo ello acompañado de fuentes de pan, quesos y frutas y jarras incesantes de vino y cerveza.
La noche se amenizó con alegres melodías de una orquesta con laúd, violines, flautas y tambores; los más jóvenes bailaron en los salones y jugaron al escondite en la oscuridad.
Finalmente, salieron al jardín a contemplar los fuegos artificiales, que iluminaron el cielo con estallidos que asustaban a los convidados y que dejaron un rastro de olor a pólvora quemada.
Con el sonido de las últimas campanadas del monasterio se dieron por terminadas las fiestas, y los novios fueron conducidos a la alcoba entre el jolgorio de los invitados; la novia acompañada por sus damas, el novio en volandas entre sus familiares.
Los llevaron de esa guisa hasta la cama de matrimonio con dosel, cerraron las cortinas y, mientras en la alcoba quedaban los novios a solas, al otro lado de la puerta la fiesta continuaba.
Sus primos y tíos, borrachos ya como cubas, jaleaban al novio con música y palmas, a la espera de que saliera victorioso a anunciar la consumación del matrimonio.
A Rodrigo le sudaban las manos y se le había quedado la boca seca, pero lo tranquilizó confirmar que ya en el camino a la alcoba había comenzado a notar los efectos del brebaje de Tareq.
Había seguido las instrucciones del morisco: «No bebáis demasiado —le había aconsejado—.
Verted el contenido en vuestra última copa, poco antes de que acabe la velada, pero no demasiado», y así había hecho.
Tuvo un momento de duda antes de dejar caer en su copa el contenido pastoso que llevaba guardado en un pequeño cuerno de cabra cubierto.
¿Sería aquello una artimaña de su esclavo para librarse de él?
Aunque no tenía nada que ganar si Rodrigo muriese; seguiría siendo un esclavo y nadie lo protegería…
Su miedo era infundado y, a pesar de sus dudas, finalmente había tomado el brebaje amargo que parecía estar funcionando.
Y de pronto estaban a solas. Al menos entre las cortinas rojas que rodeaban la gran cama, pues al otro lado de la puerta podía oírse aún la música de una flauta y unos cascabeles acompañando el jaleo de voces que gritaban obscenidades, envalentonados por el alcohol.
En algún momento que le había pasado inadvertido, las damas le habían quitado el aparatoso vestido de boda de color negro a la novia, que llevaba tan solo el corpiño y las faldas de su ropa interior blanca.
Margarita se quitó las horquillas y fue dejando caer sobre sus hombros los mechones de pelo negro.
Acompañaba el gesto con una sonrisa entre tímida y pícara, que junto con sus ojos despiertos le daba un aire presumido que le gustó.
Rodrigo se desvistió en silencio, se quitó la casaca y las botas, también los pantalones, pero se dejó la camisola que casi lo tapaba por completo, esperando que ocultara también su pierna deforme.
Ella se recostó boca arriba, separando las piernas ligeramente para invitarlo, y él se colocó encima, entre sus muslos.
Se hizo un lío al intentar levantar sus faldas.
Apenas había luz y la que llegaba era rojiza a través de las cortinas.
—Perdón —se disculpó al chocar con ella cuando intentaba encontrar el camino entre los paños de su ropa interior.
Ella rio y lo ayudó a buscar el camino. No se vieron desnudos en ningún momento, los cuerpos quedaban ocultos con las ropas de cama, pero sí pudo sentirla.
«Pensad en esto cuando estéis con ella», había bromeado Tareq, mostrándole su enorme falo duro.
Rodrigo se lo había quedado mirando, su pene erecto le parecía lo más hermoso del mundo, lo había acariciado y lo había rodeado con la mano, y había notado su firmeza, y había podido imaginarla traspasándolo a él, pero el morisco le había apartado la mano: «Guardadlo para vuestra esposa, mi señor».
Y le bastó recordarlo para que no le flaquearan las fuerzas en el momento de penetrar a su ya entonces esposa.
Escuchó un leve gemido de dolor de Margarita, pero no dejó que lo distrajera; cerró los ojos e imaginó a Tareq en la tina desnudo, Tareq agarrando sus caderas con fuerza, tirando de él para penetrarlo más profundo, su aliento, el calor de su cuerpo, el olor de su sudor cuando cabalgaba a su espalda.
Y llegó. El espasmo electrizante del clímax recorrió su cuerpo y soltó su lefa tal y como debía.