Capítulo 13
Escuchó el alboroto de gritos y el chasquido inconfundible del látigo quemando la piel antes de ser consciente de lo que ocurría.
Junto a las caballerizas un guardia de su padre azotaba a Tareq con una fusta.
La espalda del morisco descubierta, con la camisa abierta colgando desde su cadera, la piel enrojecida, la sangre brotando de las marcas que cruzaban su cuerpo mientras dos mozos de cuadra y otro guardia lo sujetaban con fuerza, inmovilizándolo.
Un pequeño corrillo de la guardia jaleaba al compañero que atizaba al esclavo como si fuese una fiesta particular.
No era la primera vez que veía una escena semejante, pero ver al hombre al que amaba en secreto víctima de la agresión lo llenó de una furia descontrolada.
Se lanzó sin pensar sobre el guardia, a zancadas, directo hacia la empuñadura del látigo.
—¡¿Qué creéis que estáis haciendo?! —gritó.
Se había abalanzado de forma tan precipitada que no pudo evitar que la vara le diera en la cara provocándole una herida cuando el guardia se preparaba para volver a atizar.
El dolor que le causó la brecha, apenas una muestra de lo que debía estar sintiendo el esclavo, no lo detuvo, sin embargo—.
¿Quién os ha dado autorización para azotar a mi esclavo? —rugió.
—Excelencia… —quiso excusarse el guardia, pero lo calló devolviéndole el golpe con la correa.
—¡Es mi propiedad! —Y su grito se escuchó con una fuerza insólita en él—. ¡No tenéis ninguna autorización para tocar mi propiedad!
—Señor —interrumpió uno de los mozos—, el esclavo intentaba escapar. Lo encontramos vagando por el bosque…
Por un instante la duda lo invadió y buscó la mirada de Tareq, exigiendo de él una explicación. Si aquello era cierto, el castigo habitual para el esclavo eran los azotes, y nadie lo discutiría.
—¿Pegaríais a mi caballo si echara a correr?
¿Le marcaríais el lomo de sangre para que quedara inservible?
—Los hombres se miraron unos a otros confundidos, y el marqués los amenazó apuntándoles con el mango de la fusta—.
¡No volváis a tocar a mi esclavo! ¿Habéis oído?
¡Nunca! ¡Quien le ponga la mano encima responderá ante mí!
Rodrigo arrojó el látigo al suelo, tomó a Tareq del brazo y tiró de aquel hombre que le sacaba una cabeza en altura, y que se dejó arrastrar por el amo sin oponer resistencia.
Y era una situación a la que no acababa de acostumbrarse, que él, siendo mucho más débil que todos ellos, fuese quien pudiera gobernarlos y darles órdenes porque su nombre pesaba más y su palabra tenía más poder que ningún arma.
Guio a Tareq hasta sus aposentos y, en cuanto estuvieron a solas, le increpó:
—¿En qué estabais pensando? ¿Creíais que podíais huir? ¿Sois así de estúpido?
El esclavo le clavó la mirada, sus ojos húmedos, su respiración tensa, y por un instante creyó ver odio en su rostro.
—Fui a buscar esto para vos, señor —respondió con la voz contenida, y le pasó una pequeña bolsa de lino que apretaba con fuerza en su mano.
Dentro había orquídeas y una mosca gorda muerta.
Rodrigo lo interrogó con la mirada—. Para vuestra noche de bodas…
, señor —explicó con la voz entrecortada por los espasmos de su respiración, agitada por el dolor y el llanto que intentaba censurar—.
Solía prepararlo en el monasterio… El efecto…
es bastante notable…, no tendréis problemas con vuestra esposa.
Rodrigo se lo quedó mirando sin dar crédito. Consciente de pronto del estado en el que se encontraba el morisco; la piel le brillaba por el sudor, tenía los ojos enrojecidos y temblaba de frío o de dolor, o tal vez de las dos cosas.
—¿Por qué no habéis dicho nada?
—Alguien podría tomar estas cosas por brujería, señor.
Lo había hecho por él, y en secreto para que sus acciones no pudieran causarle problemas. Lo estaba protegiendo y Rodrigo le había increpado, comportándose como el amo que era, pero que no quería ser.
—Perdonad…, no quise… —¿No quería qué?, ¿tratarlo como a un esclavo?—. Dejad que os cure eso…
Rodrigo fue a buscar la jofaina de agua y limpió con cuidado las heridas que se habían formado sobre cicatrices antiguas. Le había prometido que nadie volvería a hacerle daño y había faltado a su promesa.
Al caer la noche, a Tareq le subió la fiebre.
Lo acompañó a su celda, lo ayudó a cambiarse, le aplicó sobre las heridas el ungüento que el mismo Tareq solía prepararle a él y las tapó con vendas.
Pasó la noche a su lado aplicándole paños de agua fría sobre la frente para bajar la temperatura.
Por la mañana, cuando despertó, Tareq lo observaba desde su camastro.
Rodrigo se había quedado dormido en una alfombra a su lado, como los perros o los criados.
—¿Habéis pasado ahí la noche, mi señor?
Rodrigo aún intentaba desperezarse, el cuello le dolía por la mala postura, no recordaba cuándo se había quedado dormido.
—Teníais mucha fiebre, estaba preocupado. ¿Os encontráis mejor?
—Sí, debería… —Fue a levantarse de la cama, pero se detuvo con una mueca de dolor.
—No, no os levantéis. Quedaos en la cama.
Tareq volvió a recostarse, de lado, aún con dificultad por las heridas de su espalda.
—¿Vais a dejar que el caballo se tome un descanso?
—No os ofendáis por eso. Os aseguro que aprecio a mi caballo más que a la mayoría de la gente.
—¿Es eso lo que soy para vos?
—Por supuesto que no. —Podía notar que seguía molesto con él—. Siento haberlo dicho. Era solo para que esos brutos zopencos entendieran…
—No les culpéis a ellos. Solo hacen lo que se les ha ordenado. Las cosas son así.
Sí, las cosas eran así. Un esclavo no debería leer libros, ni montar a caballo, ni empuñar una espada, ni deambular solo por el bosque… Y un noble tampoco debería enamorarse de un esclavo.
Por la tarde, Tareq se levantó a pesar de las protestas de Rodrigo y volvió a preparar el ungüento con miel caliente y euforbio, una especie de cactus que expelía una savia lechosa.
Mientras lo observaba manejarse con las plantas con pericia, Rodrigo se fijó en las cicatrices de su espalda, e imaginó que se las habría curado años atrás de la misma forma.
—¿Dónde aprendisteis a hacer eso?
—Mi padre era médico, señor; médico cirujano.
—No se había esperado esa respuesta, y fue consciente en ese momento de lo poco que sabía en realidad acerca de su pasado—.
De pequeño me gustaba esconderme detrás de una cortina y escuchar cómo atendía a sus pacientes.
La forma en la que preguntaba qué comían, si dormían bien o de dónde sacaban el agua para averiguar cuál era el mal que los aquejaba.
Decía que la mayoría de nuestros males los provocábamos nosotros mismos, con nuestra ignorancia.
—Un hombre de ciencia…
—Así es… Pero la pócima de la que os he hablado aprendí a hacerla en el monasterio. El padre Tomás se encargaba de la botica, solía prepararla para que los burros montaran a las yeguas.
—¿Es una broma? —rio Rodrigo—. ¿Queréis darme una pócima para mulas?
—Creedme, muchos hombres se la compraban a escondidas al padre Tomás… con otros fines. Hacía un buen dinero. Solía pagarme una blanca para que le buscara las hierbas… y para que no me fuera de la lengua.
Mientras le aplicaba el ungüento en la espalda una vez más, Rodrigo siguió preguntando.
—¿Cuánto tiempo vivisteis en el monasterio?
—No estoy seguro…, tenía nueve cuando me llevaron allí, y unos quince, creo, cuando me fui.
—¿Creéis? ¿Acaso no sabéis qué edad tenéis?
—Más o menos…, pero lo olvido.
—¿Cómo podéis olvidar vuestra edad? —rio.
Y no hizo falta que contestara; al mirarle a los ojos comprendió la soledad a la que se había enfrentado y se sintió avergonzado por su falta de tacto.
Rodrigo se apartó y guardó los potingues mientras Tareq se ponía la camisa—. ¿Por qué os marchasteis? —quiso saber.
—No me marché, señor. Me vendieron a un esclavista.
Rodrigo se giró hacia él alarmado. Sabía que la ley impedía que los niños menores de diez años fueran esclavizados.
Por eso, tras la rebelión de las Alpujarras, los niños moriscos huérfanos quedaron al cuidado de familias cristianas o a cargo de la Iglesia para ser educados en la fe.
Se resistía a creer que hombres de la Iglesia pudieran haber actuado con tal crueldad.
—¿Por qué hicieron tal cosa?
—Según ellos, me había vuelto difícil…
—Y ¿no fue así? —Tareq pareció pensarse si responder—. Podéis contármelo, no voy a juzgaros.
—El padre Tomás, del que os he hablado… Durante un tiempo yo era su favorito…
, se portaba bien conmigo y… —Quedó en silencio un momento, dudando, y Rodrigo tuvo la impresión de que aún callaba parte de la verdad—.
Bueno…, digamos que al crecer dejé de ser su favorito.
Me cambió por otro niño más pequeño…, supongo que no me lo tomé muy bien.
Me enfadé y destrocé su botica…, dije cosas que no debí decir…
, así que sí, supongo que me volví difícil.
—Aun así…, no debieron. Es contrario a la ley.
—No quiero faltaros al respeto, señor, pero a veces sois muy ingenuo. Las leyes no se aplican igual a los moriscos que al resto de cristianos.
Tareq nunca le había hablado con esa franqueza, aunque, a decir verdad, también era la primera vez que hablaban de su infancia. Imaginó que no debía ser fácil.
—No debería ser así —dijo en voz baja.
—¿De verdad lo creéis?
—Lo dijo santo Tomás, todas las personas tienen los mismos derechos naturales y la ley debe protegerlos. Pero no lo hace, ¿verdad?
—Tal vez algún día podáis cambiar eso.
Le habían enseñado que el mundo era como era por voluntad de Dios.
Una voluntad omnipresente e inalterable.
Pero nadie imaginó que el mundo pudiera ser una esfera hasta que alguien subió a una carabela y desafió las leyes naturales.
Había incluso quienes se atrevían a conjeturar que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol, desafiando a la propia Iglesia.
Todo parecía cambiar tan rápido, las verdades absolutas se tambaleaban y la religión se dividía con nuevas ideas que rivalizaban con viejas creencias.
Y aunque sabía que estas ideas eran peligrosas y rozaban la herejía, al mismo tiempo le parecía emocionante.
Se avecinaba una revolución. Quiso pensar que el esclavo tenía razón y que algún día estaría en sus manos desafiar también las normas que regían a los hombres.
Rodrigo inspeccionó una vez más el contenido del saquito.
—¿Una mosca?
— Lytta vesicatoria , señor. Debe dejarse secar. Su polvo, mezclado con azafrán y con las briznas de las orquídeas, es un remedio muy estimulante.
—Entonces… ¿funcionará?
—Confiad en mí, señor.
—Está visto que lo hago, más de lo que la prudencia aconseja —bromeó el marqués, y el morisco respondió con una sonrisa.