Capítulo 12
Tareq pensó que el pequeño marqués se había vuelto loco.
Llevaba semanas actuando sin ningún sentido.
Tan pronto le daban arrebatos de lujuria y lo buscaba con desesperación, como al minuto siguiente lo apartaba de su lado y lo ignoraba durante días.
Otras veces, le hablaba en enigmas, sobre filósofos y novelas y amores verdaderos.
No era algo nuevo, desde el principio sufría ese tipo de altibajos.
Cuando lo atosigaba el remordimiento por sus actos pecaminosos solía enviarlo a hacer tareas absurdas que lo mantenían alejado, lo que había empezado a dar a Tareq la oportunidad de deambular por el castillo a sus anchas.
De no ser por esos arrebatos dramáticos de su señor, tal vez no habría llegado a entablar amistad con Cata.
Ya había visto a la esclava morisca trabajando en las huertas del duque.
No era una mujer que pasara inadvertida, su melena negra de rizos indomables se distinguía desde la distancia.
Era hermosa, sin duda, los ojos grandes, una sonrisa traviesa de labios generosos y un cuerpo fibroso y femenino.
Lo que más le gustaba era su risa, que repartía con generosidad y siempre se escuchaba hasta las cocinas.
Cuando se reía, que era a menudo, echaba la cabeza hacia atrás y dejaba ver todos sus dientes blancos y ordenados.
Les hablaba a los animales, como si fueran personas con las que podía razonar, y también se reía con ellos.
No había persona que pasara por su lado que se resistiera a detenerse y sonreír a la morisca.
Una tarde en la que se le habían agotado las tareas que hacer, Tareq se sentó en el cercado de la granja, mordisqueando una rama de regaliz, y se quedó observando a la esclava, con el bajo de las faldas embarrado, que les echaba a los cerdos los desechos de las cocinas.
Ella lo vio sentado a pocos metros, mirándola con descaro, pero no dijo nada.
Al cabo de un rato claudicó y se acercó al joven con la cubeta apoyada a la cadera y el pecho asomando desde el apretado escote de su vestido.
Llevaba la melena recogida con un pañuelo que fracasaba en su propósito de dominar sus rizos.
—Sois el esclavo del marqués, ¿verdad?
—Yo no soy de nadie.
—Pero sois esclavo…
—Es una circunstancia temporal.
Ella soltó una de sus sonoras carcajadas.
—Orgulloso y esclavo, es una mala combinación.
—Ya se verá…
Ella se acercó un poco más, meneando las caderas con intención.
—Sois muy gallito, ¿verdad?
—Orgulloso, tal vez; imprudente, jamás.
—Se os dan bien las palabras. ¿Sabéis hacer otras cosas con esa pérfida lengua vuestra?
Cata era mayor, pasaba los treinta, aunque su alegría deslenguada le daba un aspecto juvenil. Le puso solo dos reglas: que no tendrían hijos, jamás, pues de tenerlos sus hijos nacerían esclavos. Y la segunda, que no debía enamorarse.
—El amor es para la gente con dineros y los ociosos, que son los mismos —le dijo.
Con Cata aprendió a hacer el amor, como lo llamaba ella. Ya esa primera vez, cuando ella lo llevó a un rincón del molino y él quiso echársele encima como había hecho siempre u otros habían hecho con él, ella le paró los pies…
—A qué tanta prisa… —le riñó—, no vamos a fornicar como perros.
Ella le enseñó a besar y, al principio, le pareció raro, juntar las bocas de esa forma, lamiéndose mutuamente, pero cuando sus lenguas se juntaron comenzó a calentarse como nunca antes, y descubrió cuánto podía disfrutar de ese acto tan sencillo.
Cuando llevaban un rato besándose y Tareq se estaba volviendo loco, ella lo apartó y le dijo.
—Ahora que ya sabéis cómo, besadme el coño.
Y entonces se subió las faldas y se recostó sobre los sacos de harina para levantar las piernas, abriéndolas para ofrecer su entrada.
Y él, obediente, se puso de rodillas y besó esos otros labios que estaban hinchados y húmedos.
Y mientras gemía y jadeaba le daba instrucciones: «Más arriba…
», «más despacio…», lo dirigía y le agarraba de los cabellos con fuerza, hasta que alcanzó ese punto culmen del placer.
Y luego le tocó a él… Cata sabía hacer maravillas con su boca.
Controlaba sus días fértiles para saber cuándo podían acostarse; y cuando no debían, sus bocas y sus manos hacían el trabajo. No sentía vergüenza de su desnudez ni de dar rienda suelta a sus fantasías…, con ella hacer el amor era todo un arte.
Le habría gustado enseñarle lo que aprendía con Cata al marqués, pero andaba en una de sus venas de arrepentimiento, en las que se dedicaba a rezar y a evitar la lujuria pecaminosa, como decía.
A Tareq no le importaba pecar. Estaba enfadado con Dios porque había permitido que mataran a su familia.
Si seguía los preceptos del islam no era en realidad por Dios, sino por la memoria de su abuelo y su padre que le enseñaron.
Incluso por cabezonería, porque los cristianos podían obligarlo a ir a misa y a arrodillarse y a repetir las oraciones…
, pero no podían obligarlo a creer. Seguía siendo dueño de su mente y de su corazón, y esa era su única forma de rebeldía, como lo había sido su silencio durante años.
Sus dos amantes eran muy distintos. Había algo novelesco en el trato del marqués, le hablaba del mundo, de los filósofos, quería saber su opinión sobre las cosas, le escribía poemas de amor con palabras grandilocuentes que Tareq no entendía, aunque sonaban hermosas…
Con Cata todo era más sencillo, mundano, solo se acostaban en los breves recodos de libertad que les quedaban entre los quehaceres de cada uno.
En la intimidad, ella le contaba todos los chismes de lo que ocurría tras las puertas del castillo, las peleas y recelos entre los criados, los amoríos secretos y los pequeños vicios de los nobles, sobre todo los escarceos del señor duque…
El servicio siempre se enteraba de todo.
A veces le preguntaba por el marqués.
—¿Nunca se te ha insinuado? —se extrañaba—. Porque es un poco, ya sabes…, afeminado, ¿no te parece?
Pero Tareq no pensaba traicionarlo jamás, tenía claro que lo que le contara a ella acabaría en boca de campesinos y criados, y no iba a permitir que se mofaran de su señor.
Tal vez fuera porque pasaba tantas horas con él, como le decía Cata, pero lo cierto era que sentía un sincero aprecio por don Rodrigo.
A diferencia de otros de su clase que eran holgazanes y egoístas, le parecía que había verdadera nobleza en su carácter pausado, en su inteligencia discreta y en su optimismo por el futuro.
Además, tenía claro que, si bien podía divertirse con Cata, era al marqués a quien necesitaba si quería llegar a convertirse algún día en algo más que un esclavo.
Había puesto sus esperanzas en él; por eso, cuando esa noche volvió a rechazarlo en su cama Tareq temió que al fin el señor se hubiera cansado del esclavo.
—¿Estáis molesto conmigo, señor? —le preguntó, los dos de pie junto a la cama en la intimidad del cuarto en penumbra, con las ropas de dormir recién puestas—. ¿He hecho algo mal?
—¿Vos? No… —se sorprendió. Le tendió la mano y lo invitó a sentarse a su lado—. ¿Por qué pensáis que estoy molesto con vos?
Sus dos manos se habían quedado entrelazadas, y ninguno de los dos se afanó en separarlas. La leña chispeaba en el fuego y la lumbre teñía la habitación de un tono anaranjado que se reflejaba en los rostros de ambos.
—Últimamente… no me prestáis mucha atención…, no como antes, señor.
—Perdonad, no es por vos… Es solo que tengo muchas cosas en la cabeza.
—¿Seguís preocupado por ir al infierno?
—¿Y vos no?
—Yo ya he estado en el infierno, señor. Y no es tan malo…
—Pretendía ser una broma, pero en los ojos del marqués solo vio angustia.
Siempre tan torturado con sus ideas. No entendía que alguien con tantos privilegios en la vida pudiera sufrir tanto por cosas que no habían ocurrido aún—.
¿Es por lo de don Gonzalo? —se aventuró.
—¿A qué os referís?
—Oí a vuestro padre cuando alabó la astucia de don Gonzalo por el acuerdo con la alquería de don Alfonso…, pero ese trato fue cosa vuestra.
Al fin vio asomar una sonrisa en su rostro pecoso.
—Me alegra que al menos alguien se haya dado cuenta —bromeó—. Pero no, eso no me preocupa. No necesito elogios…, al menos se hizo lo que se debía hacer.
—Sí importa. Tenéis buenas ideas, pero vuestro padre no os respeta porque no sois una bestia cruel como él y el resto…
La sonrisa se amplió.
—Agradezco vuestra confianza.
—No lo digo por adularos. Vos os preocupáis por las gentes y sus problemas, tenéis las cualidades que hacen a un buen paladín.
Rodrigo bajó la mirada hacia las manos unidas sobre la cama, y su dedo pulgar comenzó a hacerle una caricia circular por el dorso de su mano.
—Voy a casarme —reveló de pronto, con cierto pesar—. Mi padre me lo anunció el día que fuimos a Cádiz.
—Es una buena noticia —aseguró Tareq, aunque no lo era en absoluto y los dos lo sabían—. ¿Quién es la afortunada?
—Margarita Jiménez de Cisneros, sobrina nieta del cardenal Cisneros, y ahijada del rey.
—¿Estáis enamorado?
Rodrigo rio.
—Llevamos prometidos desde los nueve años.
Es un buen enlace para el ducado, los Cisneros son una familia muy poderosa en el reino…
, solo es política. —Eso no le cuadró del todo, Rodrigo era el futuro duque de Niebla, podía apuntar más alto en su enlace matrimonial—.
Mi primo también va a casarse, con la futura condesa de Valencia.
—¿Una condesa?
—Un buen partido. Heredará tierras. Aunque solo tiene doce años, así que tendrá que esperar.
—¿Creéis que vuestro padre intenta favorecerle sobre vos?
—Mi padre cree que me falta carácter para gobernar.
Si pudiera elegir…, creo que escogería a mi primo como heredero.
Pero eso no es lo que me preocupa. —Volvió a bajar la mirada—.
Es el matrimonio…, la idea de… —Y no supo cómo terminar la frase, pero en su rostro pudo notar que algo lo turbaba en exceso—.
No sé si podré —confesó al fin, bajando la voz y buscando en los ojos del morisco la comprensión que no encontraría en ningún otro—.
Yo… no creo que… —Y los ojos se le humedecieron sumidos en su angustia personal.
—Claro que podréis, ya veréis que sí.
—No estaremos solos… —Las palabras llegaron en un hilo de voz—. ¿Sabéis lo que es una ceremonia de alcoba?
Sí, conocía esa costumbre cristiana de acompañar a los recién casados al lecho en la noche de bodas.
De pronto comprendió su temor, la humillación ante su padre y su primo, los cotilleos que podían surgir en el ducado, reforzando la tesis de su falta de hombría si no cumplía con su cometido la noche de bodas.
—Se nos ocurrirá algo. Ya veréis. Todo va a ir bien, mi señor.
Rodrigo recuperó la sonrisa y se dejó caer hasta recostar la cabeza sobre el hombro del esclavo.
—Tengo suerte de teneros.
Lo rodeó con los brazos y Tareq lo imitó, y quedaron así, abrazados en silencio.
No era algo sexual, era otra cosa, y resultaba reconfortante…
, íntimo. Tareq tomó aire y lo soltó en una exhalación profunda y liberadora.
Le gustaba ser su confidente, su amigo, Tareq tampoco había tenido nunca algo así.
Aunque se preguntaba si la confianza iba en ambas direcciones.
¿Podría él también compartir sus preocupaciones y sus miedos?
¿O era esta una relación de una sola vía?