El mar que nos arrastra Cádiz. Capítulo 11
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Cádiz. Capítulo 11

El padre Francisco entró en su alcoba. Era tarde y la leña crepitaba en la chimenea mientras Rodrigo se afanaba entre los libros de su estudio en busca de alguna distracción que calmara su ánimo.

—¿Deseáis algo, padre?

Rodrigo se había encerrado en su estudio desde que regresaran de Cádiz y buscaba entre sus libros y apuntes una respuesta a sus inquietudes con desesperación.

—Solo venía a ver cómo os encontráis. —Rodrigo se apartó sin responder, no quería que su gesto revelara la batalla que estaba librando consigo mismo—. Sé que os ha afectado el auto de hoy.

Habían cabalgado esa mañana a Cádiz con el duque, su padre, para presenciar el auto de fe, como hacían cada vez que la Inquisición llegaba a la ciudad para imponer su justicia.

No era la primera vez que Rodrigo era testigo de las condenas a muerte de la Santa Inquisición.

Presenciar ese espectáculo de crueldad era una más de las formas en las que su padre se empeñaba en endurecerlo desde niño.

La primera vez vomitó, allí mismo, delante de todos, sin ningún control de su voluntad.

Debía tener ocho años, y pasó meses teniendo pesadillas de brujas que se colaban por su ventana para llevárselo lejos y atarlo a una pila de troncos a los que prendían fuego.

El olor de la carne quemada y los aullidos horrorizados de dolor se habían quedado grabados en su memoria para siempre.

—Nunca comprenderé que la gente disfrute con el espectáculo del sufrimiento ajeno, aun tratándose de pecadores y criminales.

—El padre Francisco se sentó en la silla desocupada del estudio, asintiendo con pesadumbre.

Solía mostrarse más comprensivo que su padre con las debilidades de Rodrigo—.

¿Creéis…? —Estuvo a punto de hacerle una pregunta inadecuada, pero se contuvo a tiempo.

—Decid. ¿Qué os preocupa?

Aquella tarde se había condenado a un hombre a la hoguera acusado de sodomita; un abogado, mayor, que le recordó a don Alfonso.

Más horrible que su muerte lenta en la hoguera le pareció su periplo cruzando la ciudad en carro, medio desnudo, atado, con un cartel colgando del cuello exhibiendo su pecado mientras, por las calles, campesinos, mendigos y la gente más vulgar se amontonaba para insultarlo, arrojarle boñigas de caballo y verduras podridas, también piedras…

Una de ellas le dio en la cabeza y la frente se le llenó de sangre mientras el hombre intentaba mantenerse en pie entre los gritos de odio.

Sintió ganas de vomitar, como esa primera vez.

—¿Creéis que la Inquisición se puede equivocar?

—Bueno, es una labor compleja esa de imponer la justicia de Dios.

—Pero vos no estáis de acuerdo con sus formas. Lo sé.

El padre Francisco dejó escapar un largo suspiro.

Había sido su maestro desde los doce años.

Era un jesuita que había pasado parte de su juventud de misiones en las Indias, evangelizando y enseñando a los indígenas en la selva.

Fue cosa de su madre traerlo y Rodrigo sospechaba que era porque se mostraba abierto a algunas de las ideas protestantes en las que se había educado la duquesa.

En particular con sus críticas a la corrupción en las altas esferas de la iglesia católica.

Era algo sobre lo que habían debatido con frecuencia.

—¿Qué os preocupa? —insistió el jesuita.

Era inútil pretender engañarlo, lo conocía desde niño y era sin duda la persona que mejor leía sus gestos y con quien tenía más confianza para tratar cualquier asunto.

Y, aun así, no se animaba a confesar su pecado—.

Decid, ¿en qué pensáis que se ha equivocado la Santa Inquisición?

—La sodomía… no siempre se castiga con la hoguera, ¿verdad? Leí en el Diccionario de la Inquisición casos de nobles a los que se les castigaba tan solo con una multa por el mismo delito… No entiendo por qué ha de ser la Iglesia quien juzgue estos crímenes…

—Vuestras dudas son legítimas. No conozco los detalles de este caso, pero sé que hay situaciones que son más graves que otras, dependiendo de si hay víctimas afectadas.

—Pero… si no hubiese víctimas… Quiero decir…, si fuese un acto mutuo, consentido por ambas partes…, si no hicieran daño a nadie…

—¿Acaso no dañan sus almas al pecar?

—Platón decía que el amor entre hombres era una forma de amor superior…

—Sí, así es… —Volvía a asentir pausadamente, con el sosiego que adquieren las personas acostumbradas a la soledad—.

Pero se refería a un amor intelectual, no físico.

Para Platón, conocimiento y amor no pueden separarse, de ahí que un amor entre iguales en intelecto y virtud sea una unión que eleva el alma.

Y ese solo puede darse entre hombres, pues Platón considera a la mujer inferior.

—Entonces… ¿creéis que es posible que exista un amor verdadero entre… dos hombres?

—Jesús amaba a sus discípulos y nos ama a todos… ¿Qué me estáis preguntando exactamente, Rodrigo?

El joven se puso en pie de un salto y centró todo su esfuerzo en desviar el tema.

—Nada…, es solo curiosidad…, ya sabéis. Le doy demasiadas vueltas a las cosas…, me lo decís siempre… —Soltó una risa forzada—. No me hagáis caso…

El padre Francisco se puso en pie también.

—Os dejo entonces con vuestras cavilaciones. —Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y se volvió hacia su pupilo—. San Sergio y San Baco. ¿Habéis leído algo sobre ellos? —preguntó.

—No.

—Fueron dos soldados del Imperio romano, condenados a muerte por defender la fe cristiana y más tarde santificados.

Hay una iglesia en un pueblo al noreste de Damasco dedicada a estos dos mártires.

En los escritos de la época se los describe como erasti , amantes…

Claro que en la época de los romanos ese tipo de vicio estaba bastante extendido, pero sí, creo que es posible que dos hombres se amen.

Dios jamás castiga el amor… Ahora bien, la lujuria, eso es otro tema.

Rodrigo salió de sus aposentos y bajó las escaleras repitiéndose esa frase: «Dios jamás castiga el amor».

Cruzó el patio de armas y, junto a la fachada oeste del castillo, divisó a Tareq tirando de su caballo y del de Jacobo en dirección a las caballerizas.

Lo había enviado a ocuparse de los animales para evitar su presencia.

La llegada de la Santa Inquisición lo había llenado de dudas…

Era un frío día de invierno. Las nubes grises cubrían el cielo anunciando una próxima tormenta.

Rodrigo llevaba sobre los hombros una gruesa capa que el viento sacudía con fuerza.

Había ido en su busca, pero cuando al fin lo tuvo delante, dudó.

¿Había acaso una posibilidad de que se salvaran?

, ¿de no estar condenados? Si se amaban, si no era solo lujuria, entonces, tal vez…

No había nadie más en el ala oeste en ese momento, era el cambio de guardia, pero no vio a nadie en el puesto de vigilancia.

Estaban solos, con el muro de piedra y sus cornisas de más de doce varas de altura, el viento y los campos que se perdían en el infinito.

Rodrigo se acercó con paso acelerado hasta el morisco y lo sorprendió agarrándolo con fuerza de su jubón.

Lo empujó hacia el muro y el esclavo, que le sacaba casi una cabeza, se dejó arrastrar, alejándose de los caballos hasta que quedó arrinconado contra las piedras.

El morisco miró a su alrededor, intentó zafarse sin mucho empeño, pero Rodrigo lo retuvo, posando sus manos sobre su pecho, y ya no se resistió más.

Así quedaron los dos, apenas a un palmo el uno del otro, con las manos de Rodrigo agarrando sus ropas, mirándolo a los ojos con la respiración agitada que formaba nubes de vapor junto a su boca con cada exhalación.

Solos los dos ante la mirada de Dios y el mundo mudo de la naturaleza.

Sintió cuánto lo deseaba mientras se endurecía sin remedio, porque bastaba una mirada suya para que sintiera su cuerpo encenderse.

¿Por qué no podía ser solo amor? Ese amor sublime que elevaba el espíritu por encima de la lujuria y el pecado.

—Mi señor, no deberíais… —le advirtió el morisco con prudencia.

—No puedo evitarlo, yo… ¿Por qué no puedo evitarlo?

Tareq sonrió al tiempo que volvía la vista hacia la entrada del paso de guardia, desde la que en cualquier momento llegaría el relevo.

—No dejéis que os descubran.

—Que nos descubran, querrás decir.

—Nadie se fija en lo que hace un esclavo.

—Pero estamos juntos en esto, ¿no es así?

—Lo que vos digáis, mi señor.

Rodrigo cerró los ojos y se apartó.

—No hagáis eso… No me digáis lo que creéis que debéis decirme o jamás sabré lo que pensáis en realidad…, lo que sentís… —Tareq apartó la mirada, impaciente, tal vez, por cumplir con su tarea. De golpe necesitaba saberlo—. ¿Por qué no respondéis?

—No sé qué es lo que queréis que os diga.

—La verdad.

—En realidad no queréis eso, mi señor.

—¿No os da miedo ir al infierno?

—Yo ya estoy condenado, ¿no es así?

Rodrigo lo miró sin entender.

—¿Por qué creéis eso?

—Señor, aquí no —le advirtió nuevamente.

—Pero necesito saberlo…, yo… —«Yo os amo», quería decir. ¿Por qué resultaba tan difícil?

—Mi señor, aquí no —le susurró una vez más con el peligro dibujado en los ojos.

En ese momento vio asomar el casco de un soldado que se dirigía a su puesto, subiendo las escaleras desde el paso de guardia.

Rodrigo temblaba, el estómago se le había revuelto, casi no podía respirar.

No entendía esa necesidad, ese anhelo enloquecido por oírselo decir.

Quería confesarle su amor, decirle «no me importa que seáis un esclavo, que seáis impuro…

No me importa nada, solo que me améis tanto como yo os amo… ». Pero no dijo nada.

El guardia lo saludó con una inclinación al pasar por su lado y el marqués se preguntó si se habría percatado de algo.

¿Habría rumores sobre él y lo que hacía con el esclavo?

, ¿se mofaban todos como hacían con el condenado cuando pasaba en dirección al cadalso?

El guardia se dirigió hacia la almena, luchando contra el viento; en su camino, se giró y les echó una mirada que no resolvía nada.

Tal vez esperaba que Rodrigo le llamara la atención porque el puesto de vigilancia había quedado desierto durante demasiado tiempo.

Tal vez se quedó charlando con el relevo, tomando algo de vino para entrar en calor antes de exponerse a las inclemencias del invierno.

Todos eran culpables de ceder ante sus debilidades, quizás por eso callaban.

Su mirada volvió a cruzarse con la de Tareq y se pusieron de acuerdo para tomar caminos distintos.

Mientras lo dejaba atrás con sus quehaceres, pensó que no debería amarlo tanto.

No era propio de un caballero. Debería comportarse como un noble y no como un bufón.

Giró entonces en la esquina del castillo, alejándose por el camino de tierra, los ojos húmedos, las manos temblando…

Y cuando tuvo claro que los había perdido de vista, se inclinó entre los arbustos y vomitó su culpa.