El mar que nos arrastra Londres. Capítulo 10 #2
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Londres. Capítulo 10 #2

La compañía itinerante de Ben representaba comedias románticas y escenificaciones de los mitos griegos, muy demandadas por la nobleza.

Viajaban en carreta a ciudades cercanas, actuaban en lujosos salones ante públicos reducidos y solían alojarse en las cocinas o en los cuartos de servicio un par de días antes de continuar hasta el siguiente destino.

Los artistas eran siempre bien recibidos y ocupaban un espacio ambiguo, pues, aunque estaba claro que pertenecían al servicio, con frecuencia se codeaban con los señores en las fiestas, recitando poesía, contando anécdotas que hacían reír a la concurrencia, elogiando a los nobles y adulando a las damas.

Una vez más Billy era testigo de cómo los actores transgredían las barreras sociales con total impunidad.

—¿Quieres ganarte algún chelín extra? —le preguntó una noche Conor, el otro joven que interpretaba a las damas en la compañía.

Era un irlandés bajito que llevaba ya varios años en la compañía y, aunque había cumplido ya los veinte, aún conservaba el aspecto aniñado y unas maneras afectadas que le permitían seguir interpretando personajes femeninos.

—¿Qué hay que hacer?

—Nada que no hayas hecho con anterioridad… A algunos caballeros les gusta acordar encuentros nocturnos —siguió, y le guiñó un ojo, por si la insinuación no había quedado suficientemente clara— y están dispuestos a pagarlos muy bien.

—Pero… debo esperar a Will.

—¡Oh, Will! —dijo haciendo un mohín—. No me malinterpretes, pero todas hemos pasado por la cama de Will.

—¡¿Todos?! —Otro descubrimiento inesperado que cayó como un jarro de agua fría sobre el joven actor.

—Aunque puede que contigo sea algo especial —añadió Conor, arrepentido, al ver el dolor reflejado en el rostro del muchacho—. De todas formas, él está con su mujer, no hay razón para que tú no puedas divertirte un poco.

—Pero eso no es…

—Mira, un chico listo debe saber mantener la atención de sus amantes. No dejes que crea que lo tiene todo ganado.

Así que Billy accedió. Aunque no por diversión, como sugería Conor, sino por despecho.

Aquella noche, al terminar la función, que solía tener lugar en el salón principal tras la cena, Billy acompañó a Conor.

—No te quites el vestido —le indicó.

Caminaron, con el maquillaje aún puesto, entre pasillos oscuros tras un criado que alumbraba el camino con un farolillo. La fiesta privada había empezado ya en uno de los salones reservados para caballeros.

—Aquí están las damas… —anunció festivo un hombre de pelo cano y sonrisa sinuosa al verlos entrar.

Estaban ya algo ebrios y les sirvieron cerveza caliente mientras un músico acompañaba con desgana la velada con un laúd descorazonador que empezaba a desafinar.

Conor, que se presentó como Catalina, se sentaba en las rodillas de los señores, bromeaba y coqueteaba sin pudor, y ellos la elogiaban como a una dama y le metían las manos bajo las faldas y le besaban el escote.

Billy intentó imitarlo, aunque estaba abrumado y aquellos hombres con sus manazas y su lascivia embriagada, susurrándole obscenidades al oído con sus bocas babosas, le parecían grotescos.

Pensó por un momento que de eso iba la velada, fingir que eran mujeres de mal vivir, como solía llamarlas su madre.

Ella sin duda se habría escandalizado de saber que estaba comportándose como una meretriz, pues su madre era una mujer temerosa de Dios, una puritana que lo había obligado a rezar y a confesarse incluso tras una discusión con sus hermanos.

Pero no, la sorpresa no tardó en llegar.

Y Billy lo descubrió mientras ocurría, cuando el primero de aquellos caballeros lo puso a cuatro patas sobre la butaca y le subió las faldas para sodomizarlo.

Y alcanzó a ver que al otro lado de la sala, Conor, tumbado boca arriba sobre una mesa, con las piernas en alto, fingía gemidos de placer mientras otro hombre jadeaba entre sus piernas.

Y tras uno siguió otro, y otro y otro… Cinco chelines fue el resultado de la noche.

Cansado y dolorido caminaba de vuelta a la alcoba, con las faldas pegajosas y la humedad deslizándose entre sus piernas, mirando los cinco chelines que pesaban en su mano.

Era una fortuna para un chico como él… Un chico como él.

Aquella idea se quedó clavada en su mente mientras Conor se felicitaba por la buena noche que habían tenido, y por la mañana cuando sus compañeros bromeaban sobre la buena fortuna de las «damas» de la compañía.

Un chico como él no debía aspirar a más.

No debía esperar que el hombre que amaba no se casara con otra, no debía esperar que lo respetaran o incluso que lo amaran de verdad.

Un chico como él solo podía aspirar a sacar algo de partido a la condición de ser un chico como él.

Desde Winchester escribió una carta breve a William; tan solo unas pocas frases explicando los cinco chelines que había ganado aquella noche con Conor.

No sabía qué esperaba que le contestara Will, tal vez solo que le dijera que un chico como él no tenía por qué hacer esas cosas.

La respuesta le llegó unas semanas más tarde al volver a Londres, también en una breve misiva: «Si eso es lo que deseas, adelante.

No cambiará lo que siento por ti». No sabía lo que había esperado, pero no era eso.

Tampoco sabría decir lo que creía que debía pasar…

, quizás solo que hubiera algo más para un chico como él.

Arrugó la carta de William y la arrojó al fuego.

Daba vueltas por la habitación, enloquecido, se pegaba golpes en la cabeza por la desesperación de no poder golpearlo a él, y en el arrebato de su angustia tomó una brasa y la apretó entre sus dedos dejando que le quemara la piel, para que el dolor físico calmara el dolor que ardía en su interior.

Jamás creyó que el amor pudiera ser así, esa avalancha incontinente que se llevaba todo por delante.

Y es que William había abierto una puerta que ya no sabía cerrar.

Finalmente tomó una resolución: si eso era lo que William quería, lo haría.

Durante las siguientes representaciones en los alrededores de Londres, se esforzó en convertirse en la furcia que al parecer todos esperaban que fuera.

Pero la ira solo le provocaba más dolor y no conseguía acostumbrarse a esos hombres que no eran Will.

Detestaba su olor, y el tacto de su piel, y sus risas, y su aliento alcoholizado sobre su cara, y el rastro pegajoso y hediondo que dejaban sobre su piel.

Hasta que una noche no lo soportó más y escribió una carta larga a Will confesando sus verdaderos sentimientos.

Y le contó cuánto odiaba dejarse tocar y cuánto lo echaba de menos cada minuto del día y la noche; que su ausencia era como si le arrancaran la piel a tiras y que solo había querido despertar sus celos, como le había dicho Conor que debía hacer para mantener su interés, pero que no sabía hacer eso, que no podía mentirle, que lo amaba tanto que dolía; incluso si Will dejara de quererlo y buscarlo, seguiría amándolo sin remedio para siempre, porque lo que sentía por él era amor verdadero, aquel por el que uno está dispuesto a morir.

Y siguió abriendo su corazón porque Billy no sabía mentir, no sabía de estrategias y no podía impedir exponerse sin pudor, con el corazón abierto de forma descarnada para que le hicieran daño.

Y era precisamente su fragilidad, su franqueza llana sin filtro, lo que lo hacía tan hermoso.

Y esa carta tuvo un efecto que Billy tampoco había esperado. William regresó. Llegó una noche a Londres, semanas antes de lo previsto, y abrió la puerta del cuartucho que compartían llevando la desesperación en los ojos. Y Billy al verlo lloró, y se lanzó sobre él, y William lo abrazó y lo besó.

—No llores, mi niño, no llores… —le suplicó sin dejar de besarlo—. Claro que te amo, cómo no amarte, eres mi faro, eres la estrella que guía mi tormenta…, no soy yo sin ti…, me has hecho esclavo de tus deseos… y si te traiciono a ti me traiciono a mí mismo…

Y es que a Billy no se le podía amar a medias, había que tomarlo o dejarlo, ir o no ir. Pero de ir, debía ser con todo, entregarse desnudo y completo.