Londres. Capítulo 10
— ¿Podría compararte a un día de verano?
Tú eres más hermoso y apacible…
William escribía sobre la espalda de Billy.
Tumbados sobre su cama, las sábanas de hilo hacía rato que habían caído al suelo y no se molestaron en recogerlas.
El olor del humo del caldero se mezclaba con la niebla de la mañana.
Billy, completamente desnudo sobre el colchón abultado, intentaba permanecer quieto mientras Will utilizaba su espalda como mesa, el tintero en el suelo, goterones de tinta por la piel de los dos y la pluma con su ligero rechinar siguiendo sus movimientos mientras escribía un soneto dedicado a su joven amante.
—Dejad de moveros.
—Me haces cosquillas. —El chico se giró hacia él y Will le pinchó el culo con la pluma—. ¡Au!
—Eso por moverte. Ya casi he terminado.
Al fin con los versos acabados, Will tomó la hoja de papel y se recostó a su lado, apoyado sobre su codo mientras Billy lo observaba, para seguir leyendo en voz alta:
— A veces demasiado brilla el ojo solar,
y otras su tez de oro se apaga;
toda belleza al fin declina,
ajada por la suerte o por el tiempo.
Pero el verano tuyo será eterno.
Will besó la curva de su espalda y siguió bajando por sus glúteos, besando su piel con cada verso que declamaba.
— Tú, mi dulce niño, no perderás lo que es tuyo
ni la Muerte podrá usar su engreída lengua
si con estos versos eternos te construyo.
Mientras haya quien respire y ojos que lean
vivirás en esos que me lean.
Para cuando llegó al final del soneto, estaba ya entretenido mordiendo la cara interna de sus muslos mientras Billy se reía.
—¿Qué quiere decir?
—¿El qué…?
—El soneto, ¿qué significa? —Y Billy se giró para encararlo, apartándolo de sus piernas.
—Que tu belleza será eterna en mis versos. —Y, mientras lo decía, su mano recorría una vez más su cuerpo, entreteniéndose con su pene expuesto, pequeño y delicado, rodeado apenas por una fina capa de vello rubio.
—Así que en realidad habla de ti, no de mí.
—¿Te quejas? —Will se tumbó encima—. Voy a hacerte inmortal.
—Resulta algo presuntuoso de tu parte… —Will soltó una carcajada, Billy había aprendido a provocarlo, pues tenía la ventaja de la juventud y podía exigir del maestro cuanto quisiera.
— ¿Quién sería tan necio, que de ti no escribiera,
cuando eres tú quien da luz a la invención?
Si pudiera escribir la beldad de tus ojos
y numerar en cifras fragantes, vuestras gracias,
el tiempo venidero, diría que yo miento,
pues tal toque celeste, no es propio de un humano.
Y los versos del autor surtían efecto, siempre lo hacían.
Daba igual que Billy no lo entendiera del todo, lo hechizaba su capacidad para decir palabras que ni siquiera sabía que existían.
Pero no era solo su elocuencia, era la pasión misteriosa que ocultaban esas palabras que tenían el poder mágico de seducirlo, de rendirlo a sus pies.
Habría ido al fin del mundo por él, y dejaría que le hiciera cuanto deseara, y Will lo hacía, rendido también ante la belleza perfecta de ese cuerpo inmune aún al paso del tiempo.
Billy era feliz en el teatro. Su vida había cambiado tanto en tan solo unos meses, que a veces le parecía que hubiesen sido años.
No pudo evitar que su padre acabara enterándose de los papeles que interpretaba en las comedias de la compañía de teatro.
Le gritó, lo insultó y lo echó de casa, pero para entonces lo único que ocupaba la mente del aprendiz de actor era William Shakespeare, que al enterarse frunció el ceño y resolvió: «Quedaos en mi casa», como si fuese una obviedad y el enfado de su padre fuese solo el trámite desagradable que llevara al desenlace más lógico.
Después de todo, tenía dieciséis años y un trabajo que le pagaba un chelín al día, no necesitaba ya a su familia, y si su padre prefería rechazar su aportación a la economía familiar, más para él.
Desde entonces vivían juntos y Will le escribía versos alabando su belleza, su inocencia y su juventud, y escribía personajes para que los interpretara.
A él le pagaban hasta cinco libras por una obra.
Y con todas las que escribía podría haberse comprado un caballo cada semana si quisiera.
Sin embargo, por algún motivo que se le escapaba a Billy, se empeñaba en vivir en un cuartucho sobre una fábrica de pieles que emanaba una humareda apestosa, con vistas al cementerio de Saint Helen, donde Will pasaba noches enteras escribiendo bajo la luz de las velas.
A Billy no le importaba, le gustaba el sonido frenético de su pluma acompañando sus sueños, y habría vivido bajo un puente si era con él, su vida le parecía incansablemente perfecta.
Al menos se lo pareció hasta que terminó la temporada de teatro.
No lo había esperado, pero cuando se enteró pensó que tenía sentido.
Al llegar el frío gélido del invierno, con sus meses de lluvias que convertían la ciudad en un barrizal, los teatros abiertos cerraban su temporada y buscaban nuevos refugios en los palacios de los nobles, representando pequeñas comedias bajo demanda.
Eso fue lo que le explicó Ben aquella mañana, cuando encontró a los actores de la compañía de Lord Chamberlain’s Men organizando y guardando sus atuendos hasta la próxima temporada.
—Nos vendría bien una segunda dama —le explicó Ben, invitándolo a formar parte de la compañía itinerante que pasaría el invierno recorriendo los palacios.
—¿Will también va?
—No. Will vuelve a Stratford.
—¿A Stratford?
—Pasará el invierno en casa, con su mujer y sus hijos. —El gesto de Billy debió ser transparentemente revelador, pues Ben adivinó al instante que acababa de meter la pata—. ¿No lo sabíais?
No, Billy no lo sabía, y en su absoluta inocencia tampoco lo había imaginado. En ese momento se giró hacia Will, en el centro del teatro con sus columnas circulares y su techo despejado, se dirigió a él con gesto horrorizado y, sin una pizca de discreción, gritó:
—¡¿Estás casado?!
Todos dejaron sus quehaceres y prestaron atención, pues supieron al instante que estaba a punto de comenzar una escena que los convertiría en espectadores involuntarios.
—Billy…
La voz suplicante de Will sonó lastimera desde el lado opuesto del patio, consciente de que se avecinaba una tormenta, pero su gesto contenido fue aún más revelador.
Y si quedaba alguien en aquella compañía de cómicos que no se hubiera percatado de los correteos secretos de los dos actores, en aquel momento quedó confirmado más allá de toda duda.
—¿Te ibas a marchar sin decir nada? A ver a tu mujer y a tus hijos… ¡¿Tienes hijos?!
William se acercó en un intento ya inútil de contener la indiscreción, pues, aunque a nadie le pasaba inadvertido en el mundillo del teatro que había hombres que se acostaban con otros hombres, existía un acuerdo tácito de que no era algo sobre lo que se debía alardear.
—¿Y qué significa todo esto? —siguió Billy en un brote de locura incontinente, sacando algunas de las hojas de versos que llevaba entre las páginas de un libro—.
¿Qué es todo esto? «Mi dulce belleza», «mi dulce juventud»…
—Billy, que en esa pureza sin filtro tan propia de los niños no veía ningún motivo para ocultar el dolor de su amor traicionado, rasgó las hojas de los versos apasionados de Will arrojando los pedazos al aire antes de marcharse dándole la espalda al grupo de artistas que, acto seguido, se giraron al unísono hacia William con gesto reprobatorio.
—Los críos no, Will… —lo reprendía Burbage negando con la cabeza, apesadumbrado.
—Yo lo arreglo —aseguró Will, y luego se giró al resto de sus compañeros, a quienes les preocupaba perder a ese joven con una capacidad fuera de lo común para interpretar personajes femeninos—. Yo lo arreglo… —prometió antes de salir tras el chico.
Will alcanzó a Billy en la calle y tuvo que arrastrarlo de vuelta al teatro para evitar que montara una escena pública que los habría llevado al calabozo o algo peor.
En el cuarto de vestuario en el que habían hecho el amor tantas veces, Billy lloraba de esa forma descontrolada como solo lloran los niños o las personas que son traicionadas por primera vez y no creían posible un dolor semejante.
—Billy, Billy, Billy…, no llores, por favor… —pero Billy era inconsolable—, claro que estoy casado; todo hombre decente de mi edad está casado…, pero mi mujer está en Stratford y yo estoy aquí contigo…
—Pero vas a marcharte…
—Tengo que ir, debo ver a mis hijos. Volveré en primavera, lo juro, y volveré para estar contigo.
—Al fin la tormenta de sus ojos parecía amainar—.
Estaré pensando en ti cada minuto de ausencia.
Te escribiré, lo prometo, te escribiré un verso cada día que no pueda estar a tu lado y no pueda dejar de pensar en cuánto deseo verte, y cuánto anhelo volver a tu lado.
—¿Me amas?
Esa era una daga envenenada para William; él, que siempre hablaba de amor, podía escribir los versos más románticos, pero ¿lo amaba en verdad? ¿Podía mentirle acerca de algo tan puro?
—¿Me hablas de amor? Los enamorados andan embobados sobre telas de araña, así de vaga es su ilusión.
No te engañaré con falsas promesas, pero sí puedo jurar que mi corazón está a tu servicio.
—Como siempre, Billy se perdía entre sus versos, y tal vez era lo único que necesitaba saber, que era el centro de su vida—.
Quédate en mi habitación, lee mis libros, escribe si gustas…
y espérame… Te lo ruego, espérame… —Y Billy dejó que lo besara en ese punto—.
No me olvides. Eres tan joven y tu amor es como una nube que flota sostenida en un suspiro. Es más fácil que tú me olvides a mí.
—No. Jamás.
—¿Es esa una promesa? —Billy asintió—. Pues yo te prometo que volveré y, cuando lo haga, seguirás siendo el dueño absoluto de mi corazón.
William se marchó y Billy se unió a la compañía de Ben, con la esperanza de que, de esa forma, el tiempo de espera hasta su regreso se le hiciera más llevadero.