Capítulo 9 #3
Rodrigo no respondió, se quedó unos instantes con la mirada perdida en el suelo y la espada caída a su lado.
—¿Lo dejamos por hoy? Yo estoy hambriento.
Habían traído una bota de agua, pan y cecina, de ciervo, no de cerdo, todo un detalle de su señor el marqués.
Comieron a la orilla del río sentados sobre unas rocas con el sol pegando con fuerza sobre sus rostros.
No tardaron en empezar a quitarse la ropa para darse un baño en el agua fresca del río.
Y de pronto el agua los convirtió en chiquillos que salpicaban, jugaban haciéndose ahogadillas y forcejeaban sin dejar de reír.
Sin ropa que los diferenciara ni obligaciones que atender resultaba sencillo que dejaran de ser un marqués y un esclavo y fueran solo dos muchachos que se buscaban.
La lucha por vencer y hundir al contrario no tardó en convertirse en jadeos en el cuello y choques de manos, y en otro tipo de forcejeo que enredaba sus cuerpos buscando saciar el impulso del deseo.
Disipada la lujuria se tumbaron sobre una gran roca para dejar que el sol calentara sus cuerpos desnudos.
Tareq cerró los ojos y se dejó llevar por la sensación del calor sobre su piel, el eco del sonido de la corriente del río y el murmullo escandaloso de los pájaros, y por unos instantes consiguió olvidarlo todo, el mundo, su pasado, el peso de su familia muerta, de una hermana desaparecida, de la culpa y del dolor, y se sintió en paz… , se sintió libre.
Rodrigo entonces se giró hacia él. Apoyado de costado sobre su codo comenzó a pasar su mano por el cuerpo del morisco, rodeando uno de sus pezones con la yema de sus dedos, acariciando su torso, jugando con las gotas de agua que aún resbalaban por su piel.
Hacía demasiado tiempo que nadie lo tocaba de esa forma, tal vez desde que era niño y su madre le acariciaba la espalda cuando enfermaba para calmar la fiebre.
Con sus hermanos el contacto siempre se había parecido más a una lucha.
Los hombres solo sabían relacionarse por medio de la violencia; las caricias y el afecto eran cometido de las mujeres.
Rodrigo siguió bajando su mano hasta sus genitales.
Recorrió su verga flácida con los dedos, casi como si la estudiara, la mata de vello oscuro que rodeaba sus testículos, que en el marqués era claro como su pelo anaranjado… , tan distintos y a la vez tan iguales.
—¿Buscáis más lucha de espadas, mi señor? —bromeó el esclavo.
Rodrigo rio, pero de golpe su gesto cambió, se sentó en la roca y miró a su alrededor, siempre alerta por si pudiera haber algún testigo indeseado.
—Será mejor volver —dijo. Su rostro había recuperado la angustia que solía cargar y que parecía haberse desvanecido durante unos minutos.
—Aún es pronto, señor.
Rodrigo le sonrió, luego bajó la mirada y su sonrisa perdió brillo.
—Es fea, ¿verdad? —dijo al cabo de un rato—. Mi pierna… —explicó.
Tareq se sentó también y observó aquella pierna que se arqueaba deforme, visiblemente más delgada que la otra, con los huesos salientes y algunas manchas rojizas en la escuálida piel.
—¿Os duele?
—A veces…
Tareq se levantó y se colocó frente a Rodrigo para darle un masaje en los músculos atrofiados, notó que la pierna se había quedado fría y comenzó a frotarla con fuerza para darle calor.
—¿Esto os va bien, señor?
—Vuestras manos siempre me van bien… —Sus miradas se cruzaron y Rodrigo esbozó una sonrisa tímida—. No me llaméis señor cuando estamos a solas.
—Es mejor no perder las buenas formas…, mi señor .
—Yo os llamo Tareq…
—Y me encanta oíros decir mi nombre.
Rodrigo apoyó la barbilla sobre la otra rodilla y ladeó el gesto.
—Y a mí me gustaría oíros decir el mío.
—Bueno, es lo que sois —dijo dándole un beso juguetón en la curva del empeine—: mi dueño.
Rodrigo dejó escapar un suspiro largo.
—Creo que cuando estamos así…, más bien sois vos mi dueño.
Era en momentos como ese cuando Tareq se sentía más vulnerable.
Podía controlarse cuando hacían el acto; a fin de cuentas, él también tenía deseos que saciar.
Pero el marqués era un ser sensible y frágil, y cuando exhibía su ternura de esa forma necesitaba recordarse que él era el peón más débil, que estaba a su merced.
Al atardecer, mientras caminaba al lado del caballo de su señor de vuelta al castillo, recordó al padre Tomás.
También pensó que el monje lo protegería.
En el monasterio se portaba bien con él, era su favorito.
Lo llevaba al invernadero y le enseñaba los secretos de las plantas, y Tareq le contaba que sería médico como su padre.
Lo llamaba «mi querido niño» y le hacía sentir que era especial.
Quiso creer que cuidaría de él siempre, pero no fue así…
El marqués también podía cambiar de parecer, podía encapricharse de otro, y el esclavo con quien mantenía una relación carnal podía convertirse en un estorbo y, entonces, ¿cuál sería su destino?
Debía mantenerse alerta, no ceder a la tentación de dejarse querer.
Debía recordarse que nada de eso era real.