Capítulo 9 #2
Aunque con su muerte y el tiempo los había idealizado, recordaba que sus hermanos mayores a veces se comportaban como Jacobo.
Entre ellos cualquier disputa cotidiana se saldaba con los puños, y en sus juegos o trifulcas pocas veces tenían consideración por el más pequeño.
Eran hombres que como todos los hombres que había conocido sentían la necesidad de demostrar su hombría con la fuerza bruta.
Pero no su señor. Su pequeño marqués era diferente.
Saltaba a la vista que no había nacido para las armas.
Tenía, en cambio, otras cualidades que Tareq comenzaba a apreciar; su compasión para empezar, también su inteligencia y esa curiosidad insaciable por el conocimiento.
Podía pasarse tardes enteras sumido en la lectura de un libro, algo que hacía a escondidas de su padre, a quien había oído asegurar que las novelas eran cosa de mujeres.
Era conveniente para Tareq, no solo tenía acceso a los libros de su señor, sino que además este disfrutaba enseñándole.
Le permitía asistir a las lecciones que tomaba cada mañana con su preceptor, donde aprendía poesía, cálculo, francés y filosofía.
Incluso en ocasiones, cuando estaban a solas, al marqués le gustaba enseñarle las danzas de moda en la corte, con sus nombres infantiles, las floretas y encajes, campanelas y cabriolas.
Tareq se estaba preparando. Recordaba las palabras de su abuelo, debían estar preparados para cuando el islam volviera a recuperar su poder en España.
Eso les decía a él y a sus hermanos entre lecciones del Corán, el libro sagrado que debían ocultar bajo tierra porque los cristianos no debían saber jamás de su existencia.
Había dejado dormidas esas palabras durante años, incluso había llegado a pensar que no tenían ningún significado.
Pero desde su llegada a Sanlúcar volvía a sentir que su vida tenía un fin, y que era posible que estuviese en su mano cambiar su destino.
No quería confiar demasiado, sabía que su ventaja era efímera y que su suerte podía cambiar una vez más, como ya le había ocurrido demasiadas veces. Pero tal vez…, solo tal vez.
—¿Podríais enseñarme a luchar como vos? —se atrevió a preguntar mientras terminaba de limpiar con un trapo las magulladuras de brazos y manos.
Rodrigo lo miró con el ceño fruncido.
—¿Con espadas? No está permitido, sois un esclavo.
Lo sabía, estaba prohibido que un esclavo leyera o montara a caballo y, sin duda, que tomara una espada.
Tareq no se alteró por su actitud, sabía que en ocasiones su señor podía comportarse con altivez, ocurría más cuando su padre lo humillaba.
Continuó limpiándole la frente y aplicó en las heridas un ungüento de miel y clara de huevo, que había preparado previamente, mientras el marqués contenía una mueca de dolor.
—Bueno, ya hacemos otras cosas que no están permitidas, señor… Qué más da una más. —Al fin consiguió hacerlo sonreír. Y al verlo, le untó un poco de miel en los labios. Rodrigo lamió el dulce de su propia boca y en ese instante se miraron a los ojos y le pareció verlo enrojecer ligeramente.
—Será como bailar… —dijo él.
—Y seguro que me hacéis morder el polvo.
Eso le hizo gracia, y puede que también le hiciera olvidar su enojo, de forma que cuando bajó al comedor a encontrarse con su primo, su padre y el resto de familiares y señores de la casa, iba con la cabeza alta y una sonrisa en los labios.
Por la mañana salieron los dos cruzando los campos de cultivo en dirección al bosque.
El marqués a caballo, con las espadas al cinto, el esclavo caminando a su lado.
Esquivó la compañía de algún soldado de la guardia, solo iba hasta el río, dijo, no necesitaba guardias.
En cuanto las ramas de los árboles los ocultaron lo suficiente, Rodrigo le tendió la mano y, de un salto ágil, Tareq montó a la grupa del caballo.
Agarrado a su cintura, se alejaron trotando del castillo, perdiéndose en el bosque de acebuches, alcornoques y encinas.
El sol alcanzaba su cenit, las ramas cedían a su paso y las liebres salían espantadas de sus madrigueras.
Lo único que se escuchaba era el trotar rítmico del caballo y el jaleo cacofónico de águilas, cuervos, gorriones y mosquitos que los acompañaron en su lento andar hasta orillas del Guadalquivir.
Descendieron por una ladera empinada hacia un recodo del río, oculto entre árboles centenarios.
Debieron desmontar y llevar al caballo de las bridas, deslizándose por la tierra seca de la pendiente hasta llegar a la orilla.
Era un lugar de difícil acceso, solitario y húmedo, nadie se acercaría por allí y, de hacerlo, su paso entre las ramas por el barranco los alertaría de su llegada.
Era un rincón secreto, perfecto para el propósito de una actividad ilícita.
Dejaron al animal amarrado a una rama cerca del río donde se entretuvo pastando, mojándose las patas en la orilla y bebiendo agua fresca.
Rodrigo tuvo un momento de duda antes de darle una de las espadas al morisco. Nadie sabía dónde estaban, solo él y su sirviente; si acabara con él y escapara tardarían horas en notar su ausencia. Pero los dos sabían que un morisco con el rostro marcado no llegaría muy lejos.
—No voy a mataros —bromeó Tareq, adivinando sus reticencias—. Me haría un flaco favor causándoos algún daño, mi señor.
—Son espadas negras. No están afiladas, os costaría matarme con una de estas.
Rodrigo le tendió la empuñadura de la espada. En cuanto Tareq la tuvo en su mano, con el filo apuntando al cielo, se sintió poderoso. Blandió la espada por el aire y le gustó el sonido que creaba la hoja al cortarlo. Luego la bajó al suelo y se giró hacia el marqués.
—Vos diréis, mi señor.
Empezó por enseñarle las posiciones básicas.
A ponerse en guardia, a avanzar, romper hacia atrás, cubrirse o dar una estocada.
Luego pusieron en práctica los movimientos en duelos ligeros, más orientados a la demostración que al combate.
En ningún momento Rodrigo amagó con usar su ventaja, como alumno experto, para lucirse o humillar a Tareq como sí hacía su primo con él.
—Deberíais aprovechar vuestro tamaño cuando lucháis con vuestro primo —sugirió Tareq.
—¿De qué forma?
—Sois más pequeño, podríais agacharos y darle un buen golpe en sus partes —explicó, haciendo una pequeña demostración que hizo reír al marqués cuando la espada de Tareq se acercó peligrosamente a sus testículos.
—Eso no es de caballeros.
—¿Acaso en la batalla os habéis de comportar con caballerosidad ante el enemigo?
Rodrigo se puso serio al darse cuenta de que remedaba el comentario de su padre de la tarde anterior.
—No deberíais mofaros así del duque. No está bien.
Tareq guardó silencio, aunque en realidad tenía ganas de gritarle, de decirle que el duque era un hombre cruel, un tirano que solo se merecía su desprecio y que su primo y su padre jugaban doblando las reglas a su antojo. Pero sabía que era mejor callar.
—Disculpadme, señor, eso ha estado fuera de lugar.