Capítulo 9
Tareq estaba sentado a la sombra de uno de los arcos que rodeaban el patio de armas, sujetando algunas de las piezas de la armadura de su señor mientras este entrenaba con la espada bajo el sol castigador del mediodía.
El castillo de Sanlúcar era como una pequeña ciudad cercada por la alta muralla de piedra que siglos atrás la protegía de enemigos.
Se erguía sobre las ruinas de un palacio árabe, y aún se adivinaba en sus arcos angrelados la herencia del reino andalusí.
Un poco como era él, un cristiano por la fuerza con la memoria borrosa del islam de sus antepasados.
El castillo ducal era imponente, coronaba la colina desde la que se divisaba la ciudad al completo y todos sus alrededores.
Sus piedras contaban historias, las paredes de las construcciones nuevas se solapaban a las viejas torres medievales que habían quedado en desuso, muros que se construían sobre las ruinas de otros antiguos, y, aun entre unos y otros, resistían las rocas de la montaña en la que se había levantado el castillo.
El edificio principal lo componían cuatro torres en torno al patio central, conectadas por pasillos, salones, la biblioteca, el comedor principal y las dependencias de cada miembro de la familia.
En su entorno, y rodeado por la vieja muralla de piedra, se hallaban varias construcciones, casas de madera o ladrillo con diferentes propósitos, las cocinas y despensas, una pequeña iglesia, las caballerizas con más de una veintena de animales y, bajo tierra, las bodegas, la armería, las mazmorras y el paso de guardia donde vivían los soldados.
El ducado se extendía también al otro lado de la muralla, bajando la colina que llevaba a la ciudad de Sanlúcar y al puerto.
Era la zona que habitaban los campesinos que cuidaban de las tierras del duque con sus carretas, sus bueyes, vacas y cabras.
Hacia el norte, el bosque de alcornocales que se extendía hasta orillas del río Guadalquivir también pertenecía al duque.
El morisco observaba entre los arcos de piedra a quien estaba destinado a gobernar esas tierras batirse con su primo Jacobo con pesadas espadas de hierro.
Un capitán de la guardia ducal era el encargado de entrenar a los dos muchachos, aunque la diferencia de fuerza y agilidad entre los combatientes era tan evidente que a Tareq le hervía la sangre viendo cómo el primo, aventajado en edad y corpulencia, aprovechaba su superioridad para vapulear al pequeño marqués.
Una y otra y otra vez, Rodrigo acababa en el suelo tragando polvo mientras su primo se mofaba de él.
—Vamos, primito, no me lo pongas tan fácil.
Ya tenía el rostro embarrado de una mezcla de tierra y sangre que le brotaba de la nariz, y seguramente el cuerpo dolorido.
La cojera de esa pierna malformada se agudizaba y el capitán había intentado dar por concluida la reyerta, pero el duque, encajado en una silla de cuero rodeado de su pequeño séquito de consejeros y criados, insistía en que continuara el embate.
Doña Pilar, madre de Jacobo, se sentaba junto a su hermano, el duque.
Vestida siempre de riguroso negro, como dictaba la moda entre los nobles, el cuello largo, la cabeza pequeña y mofletuda, con la boca picuda y el pelo castigado en un moño rígido, realmente se asemejaba a una gallina.
La hermana del duque observaba a su sobrino con suficiencia, con una mueca parecida a una sonrisa condescendiente, pero con la barbilla alta y la mirada altiva de quien se sabe mejor.
De cuando en cuando aplaudía a su retoño chocando las yemas de los dedos en la palma contraria en un gesto ridículo que debía imaginar elegante.
Tareq se había percatado de que en el ducado había dos bandos.
En un lado estaban el duque don Manuel Alonso Guillén de Carrera, un hombre envuelto en su gordura con barba canosa, que resoplaba con solo caminar, su hermana viuda y su sobrino Jacobo, que era casi diez años mayor que su primo.
El lado de la familia española, en el que incluían también a las dos hijas del primer matrimonio del duque, ya casadas, una en Sevilla y la otra en la corte del rey Felipe.
En el bando opuesto estaba la duquesa, la extranjera de cabellos dorados con sus excentricidades, y su hijo, casi una copia de la madre, a quien todos veían como un tullido incompetente.
En particular su tía Pilar, que no se molestaba en disimular que veía a su sobrino como un estorbo en el camino de su hijo para heredar el ducado.
Quienes sí estaban secretamente del lado de la duquesa eran los criados, liderados por Agustina, el ama de llaves, que sentía un aprecio reverencial por su señora y un inmenso cariño por el niñito enfermo que había criado.
Al ama no le caía bien doña Pilar. «Cuando el señor enviudó, ella ya se veía como señora de la casa —le contó cuando aún lo creía mudo—.
Sin un hijo varón, estaba claro que Jacobo heredaría el ducado, y fue ella quien le infundió esos aires que se da el señorito…
». Por lo que había averiguado, durante sus primeros años a Jacobo lo criaron como futuro duque, pero entonces su tío regresó de un viaje a Flandes con una nueva esposa, la delicada dama extranjera de la que se había encaprichado y que no tardó en darle un hijo varón que relegó al primo a un segundo puesto.
Estaba claro que Jacobo disfrutaba mortificando a quien le había quitado su lugar en el ducado.
Cuando al fin dieron por terminada la humillación, el duque, visiblemente molesto, se acercó a su hijo y empezó a increparlo por su fracaso.
—Pero es mucho más grande que yo… —lo oyó quejarse, quizás en un tono más infantil de lo que habría querido Rodrigo. El duque respondió dándole un sonoro bofetón que le dejó la cara marcada.
—Cuando vayas a la batalla, ¿vas a pedirle a los soldados enemigos que no sean más altos que tú? —Y como vio que a su hijo se le empañaban los ojos, volvió a pegarle—. ¿Ahora vas a llorar? ¿No eres un hombre?… ¡Levanta la cabeza!
Y pudo ver, a pesar de la distancia, a su pequeño marqués batallando contra las emociones, espalda erguida, cabeza alta.
Y aún tuvo que estrechar la mano de su primo y felicitarlo por la victoria, a pesar de su gesto burlón.
Después salió del patio dando zancadas con urgencia, ocultando el dolor que seguramente le producía la pierna mala, en dirección a sus aposentos.
Tareq tuvo que espabilar para alcanzarlo.
Lo siguió hasta la primera habitación, que cruzó sin detenerse hasta su alcoba.
El esclavo iba cerrando las puertas tras él, y lo vio arrojar el casco contra la pared con fuerza.
El armero, que también los seguía, se apresuró a ir en busca de la pieza metálica, así como de la espada, que había quedado tirada en el patio.
—¡Ahora no! ¡Marchaos! —gritó Rodrigo, y el armero se esfumó con celeridad.
Tareq entonces se acercó, con intención de ayudarlo a quitarse la pesada armadura, pero Rodrigo lo apartó también y le dio la espalda, intentando ocultar las lágrimas de ira que ya no conseguía contener—.
Vos también, por favor. Dejadme —requirió en un tono algo menos severo.
Tareq salió de la alcoba, tomó una silla y se sentó junto a la puerta para asegurarse de que nadie lo molestara.
En los últimos meses sus encuentros nocturnos se habían hecho asiduos.
Habían trazado juntos las reglas de ese peligroso juego que se traían entre manos.
Eran criado y señor para el resto de los habitantes del castillo.
Eran amo y esclavo durante las horas del día.
Pero, al caer la noche, esa barrera desaparecía.
Desnudos, sin sus trajes, se despojaban también de los papeles que interpretaban en el mundo; y eran solo dos cuerpos, dos muchachos demasiado solos, que encontraban en el calor del otro la forma de descargar su deseo.
Para Tareq, siendo esclavo, no había muchas alternativas para satisfacer sus necesidades sexuales, aunque lo cierto era que sus encuentros con el pequeño marqués le gustaban.
Había esperado que, siendo la suya una posición inferior, debía asumir el rol del paciente, pero tenía que admitir que tomar al señor marqués resultaba muy excitante.
Al caer el sol, Tareq decidió entrar. Rodrigo no se había movido, a pesar de que habían pasado varias horas. Seguía con la armadura puesta sentado sobre su cama con la mirada perdida.
—Mi señor… —comenzó con cautela—, es casi ya la hora de la cena.
El pequeño marqués al fin se volvió hacia él, algo más sereno.
Aún tenía el rostro embarrado con sangre y barro resecos, y ya no opuso resistencia cuando Tareq comenzó a quitarle la armadura y a desvestirlo.
Estaba empapado, se había quedado frío y temblaba.
Le quitó las ropas húmedas y lo acercó al fuego con una manta para que entrara en calor.
Luego fue a buscar agua y jabón para limpiarlo.
Su cuerpo desprendía un olor acre a sudor, sangre y suciedad, y sobre las costillas y los brazos comenzaba a hacerse visible el tono amoratado de los golpes recibidos.
No era una novedad. Los entrenamientos eran diarios y solía acabar maltrecho, pero aquel día el duque había sido especialmente cruel, lo que añadía la humillación a la tortura física.