Cádiz. Capítulo 8 #3
Perdió la batalla definitivamente aquel mismo día, cuando Lázaro se acercó a su cama en mitad de la noche mientras el resto del castillo nadaba en el silencio de la oscuridad.
Rodrigo daba vueltas en su cama sin conseguir dormir, entonces escuchó unos pasos arrastrados a su lado y se giró para descubrir al esclavo de pie junto a la cama, completamente desnudo.
No estaba de rodillas con ese gesto sumiso de la primera noche; estaba excitado, con su formidable verga apuntándolo como una espada.
Rodrigo se quedó inmóvil, mirando esa dureza que anunciaba sin pudor su deseo.
No hizo falta decir nada. Rodrigo solo necesitó apartarse ligeramente, dejando espacio en la cama, para que el esclavo se acercara y, sigiloso como era, se deslizara entre las sábanas a su lado.
No sabía lo que debía pasar a continuación, le aterraban las posibilidades en la misma proporción que lo seducían.
Los dos en silencio y a oscuras se quedaron inmóviles uno al lado del otro, cubiertos por las mantas.
Aunque la oscuridad apenas le permitía ver su rostro, podía escuchar su respiración, sentía el leve roce de su aliento como una plumilla, y bastaba ese contacto o la mera idea de su presencia para despertar cada poro de su piel.
Entonces el morisco fue a girarse de espaldas a él, pero Rodrigo lo detuvo con la mano —¡y Dios sabe que tocarlo fue como tocar el fuego!
— y, con una sutil negación de cabeza, le indicó que eso no era lo que deseaba.
Fue Rodrigo entonces quien se colocó de espaldas al esclavo, esperando que él entendiera —¡y Dios si entendió!
—. Sintió, sin verlo, cómo le levantaba el camisón, subiéndolo por su espalda hasta quitárselo por encima de la cabeza, y luego piel con piel, el cuerpo desnudo de aquel hombre fornido a su espalda.
Lo buscó con las manos: sus muslos, con el vello ensortijado de sus piernas, el roce leve de la dureza amenazante de su verga, el contacto de su abdomen justo encima de sus glúteos, su aliento sobre su cuello…
Cada roce provocaba espasmos minúsculos que recorrían su cuerpo entero.
Entonces, una de las manos del morisco bajó por su espalda, y lo que creyó una caricia no lo era tanto, pues sus dedos ásperos de trabajador no tardaron en revelar su propósito, que era separar sus nalgas en busca del orificio de entrada que era su objetivo.
No podía verlo, ni por su posición ni por la negrura que los envolvía.
Y tal vez fuera mejor así, y de todas formas le bastaba sentirlo para saber…
, y no quiso preguntar cuando notó que introducía en su orificio algún tipo de ungüento, esparciéndolo por dentro con los dedos de su mano, que eran dedos gruesos, grandes como lo era todo en él y que le provocaron algún gemido de dolor cuando los sintió presionando su esfínter como nada que hubiera sentido en su vida.
Pero aquel dolor no fue nada comparado con lo que vino a continuación, cuando el glande duro y enorme del esclavo comenzó a presionar para entrar.
Creyó por un momento que lo rompería en dos, y entonces el morisco lo agarró por la cintura y lo empujó con fuerza hacia él, y no pudo evitar gritar cuando notó cómo entraba, duro y decidido.
También Rodrigo se agarró como pudo a los muslos del moro, firmes mientras este empujaba en embestidas buscando abrir el camino dentro de él, profundo, provocándole oleadas de dolor y placer a partes iguales.
Lo quería, quería sentirlo dentro, quería sus brazos rodeándolo y su aliento empapando su cuello, escuchar sus jadeos discretos, con sus piernas enredadas, las manos agarrándose, su verga invadiéndolo por completo, atravesándolo en embestidas.
Y sabía que no iba a aguantar, que estallaría de placer en un instante, porque se sentía mareado y expulsado de su ser por completo, solo existían sus respiraciones agitadas, agónicas, y el roce de dos cuerpos entregados a su placer.
Los gruñidos de él y la intensidad del sudor de sus cuerpos pegados los llevaron a la cúspide, y se dejó llevar entre gemidos por el placer líquido que lo invadió, dulce, embriagador, intenso…
No había imaginado que pudiera ser así, habría jurado que levitaba, que su alma alcanzaba algún limbo celestial; y si aquello era obra del diablo, ¡por Dios que ardería en el infierno antes que rechazarlo!
Tras el orgasmo al fin se miraron a los ojos. La luna apenas alumbraba esa noche, y más que su figura lo que le llegaba era su olor acre a causa del sudor y su presencia inevitable.
—¿En verdad sois un príncipe? —quiso saber.
—No. —Su voz le llegó como un susurro enigmático—.
Aunque mi bisabuelo era hijo ilegítimo de Abu Nasr Saʿad…
—Abu Nasr Saʿad, conocido también como Ciriza, había reinado en Granada a mediados del siglo anterior.
Después de él, solo habían reinado tres descendientes de la dinastía nazarí de Granada.
Rodrigo conocía la historia como todos los que conocían los acontecimientos del último siglo al sur del reino de España—, ya nada de eso importa.
—Lázaro… —susurró. Quería decir su nombre, pero ¿era ese su nombre? Había oído decir que los moriscos solían llamarse con un nombre árabe entre ellos, uno que ocultaban a los cristianos—. ¿Es ese vuestro nombre de nacimiento?
—Tareq es el nombre que me pusieron mis padres.
—Tareq —repitió para sí mismo. Y le gustó saber que confiaba en él—. Os llamaré Tareq, entonces, cuando estemos a solas.
Debió caer dormido después, porque lo siguiente de lo que fue consciente fue de despertar solo en su cama cuando el sol alcanzaba su cenit.
La habitación estaba recogida, sus ropas preparadas y el desayuno aguardaba en una bandeja sobre su mesa.
Se incorporó en la cama sobresaltado, con un golpe de pánico al recordar los acontecimientos de la noche pasada.
—Buenos días, señor. —Lázaro entró en el cuarto con aspecto de llevar varias horas cumpliendo con sus funciones. Se dirigió a las ventanas y abrió las cortinas, una tras otra, dejando que un chorro de luz inundara la alcoba. Parecía tranquilo, como siempre.
—¿Qué hora es?
—Ya han pasado los tercios, mi señor.
—¿Por qué me habéis dejado dormir tanto?
—Lo siento, señor, parecíais necesitar un buen sueño.
Lo dijo con buen humor mientras se acercaba con sus ropas y empezaba a vestirlo.
El esclavo volvía a comportarse como lo que era.
Se habían acostado juntos en la cama, se habían tocado, abrazado…
, habían fornicado. Y entonces se le ocurrió que tal vez Lázaro solo cumplía con lo que creía sus funciones.
Era él quien lo había deseado y llevado a cometer el pecado innombrable, quien lo había coaccionado, porque era el señor, quien tenía el poder, mientras que él solo era un siervo que debía obedecer.
Y aquella idea lo atormentó porque no era lo que deseaba, y él mismo le había prometido que no tendría que hacer aquello jamás.
—Lázaro… Aquello… —No sabía cómo decirlo, no se atrevía siquiera a nombrarlo.
—¿Sí, mi señor?
—No estáis obligado, lo sabéis, ¿verdad? Si no queréis, no debéis…
—Lo sé, mi señor. No me habéis forzado a nada —dijo con voz pausada mientras cubría con la camisa de lino blanca su cuerpo desnudo.
Y al notar la diferencia de tamaño y fuerza entre los dos cuerpos, resultaba ridículo pensar que alguien con su fragilidad pudiese forzar a nada a un hombre como Lázaro… Lázaro no, Tareq, recordó de pronto.
—¿No?… ¿Entonces…?
Tareq cogió su jubón a continuación y lo sujetó mientras Rodrigo metía un brazo y otro después.
—Todo está bien, mi señor —dijo mientras comenzaba a abrochar los botones de su jubón negro. Lo miró a los ojos y sonrió, y a Rodrigo le pareció en ese momento el ser más hermoso que podía existir en la Tierra—. Será nuestro secreto.
Le guiñó un ojo y Rodrigo le sonrió de vuelta.