Cádiz. Capítulo 8 #2
El morisco, arrodillado a su lado, tomó la pastilla de jabón y comenzó a restregar su cuerpo.
A veces era difícil no sentir el peso de la culpa por el placer que le producía sentir el contacto de sus manos acariciando su piel.
Procuraba no mirarlo a la cara, porque sabía cómo reaccionaba su cuerpo a ese contacto, y estaba claro que el esclavo también lo sabía, que el bulto endurecido entre sus piernas no pasaba inadvertido, aunque continuara con su labor, ignorándolo.
Solo que aquel domingo no lo ignoró. Sus manos de piel atezada recorrieron la palidez de su cuerpo desnudo, el cuello, bajando por su pecho hasta su abdomen; enjabonó sus muslos y, entonces, enjabonó también su falo endurecido, lo recorrió con la mano de abajo arriba sin discreción alguna.
Rodrigo no quiso mirar, cerró los ojos, pensó en detenerlo, deseó hacerlo…
, pero las palabras no salían de su boca, perdió esa capacidad por completo en el instante en el que sintió la presión sobre su pene erecto.
El morisco continuó recorriéndolo de arriba abajo, provocando una oleada de placer como nunca había sentido, pues no era igual tocarse uno mismo que sentir el contacto de otro, de otro hombre.
Se obligó a pensarlo, era otro hombre quien lo tocaba, y esa idea le resultaba aún más excitante.
E incluso evitando mirarlo directamente, podía notar su presencia, ese aroma particular que había llegado a conocer tan bien, mezcla de sus propios perfumes con el sudor masculino del cuerpo moreno del esclavo.
Podía imaginar sus ojos del color de la miel observando sus gestos de placer, sentía su aliento que llegaba como una caricia leve sobre su hombro izquierdo, su silencio que se hacía tan audible como un grito en la noche y la mano que rodeaba su dureza, y que siguió acariciándola una y otra vez, sin abandonarlo, con más fuerza, apretando, deslizándose entre el jabón y el agua.
Y quiso censurar su gemido de gozo cuando al fin lo invadió la sensación embriagadora del orgasmo, entrecortando su respiración en levísimos jadeos, expandiéndose desde sus genitales por todo su cuerpo mientras el agua limpiaba los rastros de su delito.
Habría deseado tener la capacidad de desvanecerse después, como el humo o como un espíritu.
O de disolverse en el agua, junto con sus secreciones.
No quiso levantar la mirada hacia el esclavo mientras salía del agua y dejaba que este le secara el cuerpo con las toallas de lino blancas.
Se alejó de él avergonzado, sin saber cómo continuar o cuál debiera ser su comportamiento.
Entonces lo sorprendió ver que el esclavo, a su espalda, se desnudaba, como había hecho otras veces desde que él lo invitara a compartir el agua.
Mirándolo de soslayo, vio cómo se metía también en la tina, sin que le importara que los restos de su semen se hubieran mezclado con el agua.
Por alguna razón, aquello le pareció una declaración de afecto que no había previsto.
Que tomara de él los deshechos de su cuerpo de esa forma fue como formar parte de él.
En ese momento perdió todo control de su voluntad, pues ya no pensó más, algo que solía hacer en exceso.
Se acercó hasta la tina, en la que estaba el esclavo sumergido hasta la cintura, se arrodilló a su lado y, tal como había hecho su criado tantas otras veces, tomó la pastilla de jabón y empezó a enjabonar sus hombros, que eran anchos y fuertes, y siguió por su espalda cruzada por el rastro que habían dibujado el látigo y la vara sobre su piel.
El señor lavaba al esclavo. Era un absurdo, una locura, y, al mismo tiempo, era lo único que tenía sentido.
En los ojos dorados de Lázaro percibió esa misma contradicción.
Y cuando vio que el contacto había excitado al morisco quiso tocarlo, sentir su dureza entre los dedos, acariciarlo también, provocarle placer.
¿Cómo podía aquello resultar tan excitante?
Mientras escuchaba el leve jadeo del hombre a su lado, su cuerpo volvía a henchirse cargándose de deseo.
El pene del morisco era grande, grueso, y notó la forma en que creció entre sus dedos hasta que su mano apenas era capaz de rodearlo, duro y erguido parecía amenazar con escapar del agua, y Rodrigo se esforzó por crear la fricción que sabía que llevaría a un hombre a la cima, se imaginó besando su glande, recorriendo el tronco con su lengua, quería saber qué sabor tenía su piel oscura o el líquido blanquecino que brotaba de la punta, quería devorarlo, engullirlo, quería envolverlo con todo su cuerpo, que fuera suyo únicamente, llevarlo dentro y que no pudiera escapar de él.
Y mientras su cabeza se llenaba de fantasías libidinosas, los espasmos de la verga entre sus manos revelaron que había alcanzado la cúspide y la dureza parecía escaparse, menguando entre sus dedos.
Removió el agua con su mano, mezclando el semen de los dos como un juramento de sangre que los volvía cómplices del mismo pecado.
Pecado… ¿Había cruzado ese umbral prohibido?
De golpe Rodrigo sintió vértigo. La mirada del esclavo de pronto le pareció amenazadora, tuvo pánico. Se levantó, cogió sus ropas y huyó del lugar.
Pasó el resto del día rezando en la capilla, suplicando perdón por su acto pecaminoso, por dejarse llevar por la tentación…
, evitando al morisco. Le aterraba la idea de volver a encontrarse con él, y sin embargo era inevitable.
¿Qué otra cosa podía hacer? No podía traicionarlo, era por su causa que estaba allí y él era responsable de su vida.
O era eso lo que se decía para no admitir cuánto disfrutaba con su presencia.
Era una batalla que libraba consigo mismo y no había nadie a quien pedir ayuda.
Solo podía rogar a Dios que le diera fuerzas para no sucumbir al mal que lo arrastraba sin tregua.