Cádiz. Capítulo 8
Rodrigo bajó de su caballo, cruzó exultante el patio de armas y se encaminó, todo lo deprisa que le permitía su cojera, por las estrechas escaleras de la torre en dirección a los aposentos de su madre.
Había pasado la mañana con su padre en el puerto de la bahía para recibir las galeras que llegaban de las Indias y, de paso, visitaron el mercado holandés.
La llegada al puerto de barcos mercantes siempre estaba repleta de inventos y hallazgos asombrosos, y traía regalos.
—Fijaos en esto, madre. —Le mostró un lápiz de grafito con el que hizo una demostración de cómo podía dibujar con aquel artilugio tan revolucionario—. No se necesita tintero, podéis escribir sin deteneros hasta que se agote la piedra de grafito.
El mundo estaba adentrándose en una revolución de avances científicos que resultaba muy emocionante.
Se había traído varios tomos de libros con los descubrimientos de las Américas, tratados de natura y moral de las Indias o catálogos de plantas y animales.
En su estudio desenrolló el mapa del mundo que había comprado en el mercado.
Sobre el pergamino podía verse dibujada la forma de Europa —donde estaba situada España—, África hacia el sur, el Imperio persa, el Trópico de Capricornio y, hacia el oeste, las dos Américas, la inglesa al norte y la española al sur.
Pero lo que más le fascinaban eran los espacios en blanco.
—¿Lo ves, Lázaro? —Como de costumbre, el morisco se había presentado en su estudio, sigiloso como un gato, pero Rodrigo había aprendido a intuir su presencia—.
Este es nuestro mundo. —Notó que el esclavo se acercaba y observaba el mapa desde su espalda—.
Aquí está oriente, las Indias…, Europa y África.
En esta zona de aquí está tu gente, en Berbería y Túnez…
Pero, fíjate, ¿ves estos espacios en los que no hay nada?
Aquí y aquí… Esos mares están aún sin explorar, hay quien piensa que solo es mar, pero podría haber una tierra nueva, quién sabe, podría haber una nueva América esperando a ser descubierta, ¿no es emocionante?
—Y el morisco le sonrió de vuelta, sumido en su silencio perpetuo—.
Tenemos suerte, Lázaro, hemos nacido en una época de grandes cambios.
Es el fin de una era. Los avances científicos, los descubrimientos, nos traerán un nuevo mundo.
Y todo se lo debemos a dos cosas: la imprenta, que es uno de los más grandes inventos, la divulgación del conocimiento a través de los libros; y nuestra capacidad para viajar…
—Le encantaba hablar de los progresos del mundo, le fascinaban las historias de los exploradores y los estudios de la naturaleza, los indígenas, los secretos ocultos de las plantas.
El mundo estaba dejando de ser un misterio…
—. Por cierto, te he traído un regalo. —Rodrigo sacó de su bolsa un pequeño paquete de dulces de almendra y miel con almizcle que olían a azahar, envueltos en un trozo de lino que empezaba a estar meloso, y se lo pasó al morisco—.
Los vendía una negra en el puerto, pensé que te recordarían a tu tierra.
—Esta es mi tierra. —El sonido grave de la voz del esclavo lo sobresaltó, como si de golpe hubiese hablado una pared. Se giró hacia él y lo vio con un gesto de concentración absoluto oliendo los dulces con los ojos cerrados—. Gracias, señor.
Y entonces se miraron, y se quedaron mirándose a los ojos largo rato.
En esas pocas palabras cotidianas e insignificantes había un millón de revelaciones que cobraban sentido de golpe.
Que no tenía ninguna carencia física que le impidiera hablar, que su mudez no era obligada, sino un voto de silencio soportado durante años que denotaba fuerza y una voluntad de hierro.
Y que el hecho de que hubiera decidido romper ese silencio autoinfligido con él y en ese preciso momento tenía un significado profundo que, aunque no supo poner en palabras, comprendió de una forma orgánica, como una conexión inapelable entre dos hombres que habían actuado con libertad y habían materializado sus decisiones.
—No las merece —se limitó a decir en voz baja, porque lo que se debía decir había quedado zanjado. Y el silencio, esta vez uno contrariado y molesto, volvió a interponerse entre ellos—. Podéis retiraros… —dijo al fin.
El esclavo respondió con una leve inclinación de cabeza antes de abandonar el estudio, y tuvo la impresión de que la decisión ya estaba tomada y que él se había limitado a verbalizar lo que ya estaba dispuesto de antemano.
No volvió a escuchar su voz hasta pasados unos días, una tarde que descubrió al morisco husmeando entre sus libros.
Al verlo, Rodrigo se detuvo en la puerta y permaneció inadvertido observándolo.
Era una idea con la que ya se había cruzado, pues sospechaba que, cuando tomaba sus lecciones de latín, cálculo y gramática con su preceptor, el padre Francisco, el esclavo atendía, incluso le había parecido atisbar un gesto de desaprobación cuando el jesuita hacía algún comentario despectivo acerca de las guerras musulmanas.
—Así que sabéis leer. —Esta vez fue Rodrigo quien sorprendió al criado con sus palabras.
El morisco cerró el libro de golpe.
—No, señor.
Rodrigo se acercó y tomó el libro en sus manos, nada menos que el Elogio de la locura , de Erasmo de Róterdam.
—Está bien. No se lo diré a nadie. —Estaba prohibido enseñar a un esclavo a leer, pero era absurdo esperar que desaprendiera algo que ya supiera hacer—.
Buena elección —opinó observando el tomo de tapas duras, forradas de tela verde, del humanista.
Rodrigo entonces le devolvió el libro—. Podéis leerlo, si gustáis.
Los libros están para ser leídos. —Aún algo indeciso, Lázaro recibió de vuelta el libro de manos de su señor—.
Será nuestro secreto —le aseguró el marqués.
Y tal vez fuera ese gesto lo que llevó a que las cosas cambiaran entre ellos.
En los últimos meses, Rodrigo había conseguido encontrar un equilibrio entre su tentación injuriosa y su afán de velar por el bien del esclavo.
Había hallado en la compasión y en Dios la fuerza para combatir el mal que lo aquejaba.
Pero era posible que no hubiera calculado acertadamente las consecuencias de su bondad.
Rodrigo siempre se preguntaría si lo que pasó fue un acto de gratitud o si era posible que aquellos dos muchachos que tenían tanto mundo separándolos hubieran encontrado el único canal de contacto posible entre ellos.
Fue un domingo, y el esclavo preparaba su baño como solía hacer.
Desde que sabía que podía hablar tenía un millón de preguntas que rondaban su mente, pero se esforzaba por comportarse como correspondía a su posición de amo y señor de la casa.
Sin embargo, era en su baño semanal que se sentía más vulnerable, sobre todo desde que se hizo habitual que el criado se bañara después de su señor, hasta el punto de que se había planteado abandonar por completo aquella costumbre que le inculcó su madre.
Una decisión que nunca llegaba a tomar, porque en secreto —y sin atreverse a admitirlo— disfrutaba de ese momento en el que el esclavo se desvestía en la soledad de aquella habitación cerrada, iluminada por velas, con el sonido del agua y el vapor que provocaba un goteo incesante desde el techo.
Se deleitaba espiando su desnudez, la forma en la que sus piernas daban paso a sus glúteos, los breves instantes en los que atisbaba la sombra de su verga, oscura, naciendo entre el remolino de vello negro…
, cómo se balanceaba ligeramente con cada movimiento.
Era la primera vez que contemplaba la desnudez de otro que no fuera él mismo, y no podía imaginar que existiera un cuerpo más bello.
Excusaba sus pensamientos repitiéndose que no tenían un fin libidinoso, que su interés era puramente el de la belleza en sí misma, como lo sería contemplar una escultura griega o una bella pintura.
Aquel domingo se sumergió en la tina como de costumbre.
En el agua Rodrigo se sentía alejado del mundo, de los complots de su padre y su primo, de las intrigas y corruptelas del cabildo, de los recaudadores, caballeros, nobles y sacerdotes del ducado.
Pero disfrutaba sobre todo de la intimidad, del silencio de los dos hombres en el cuarto oscuro, del roce de las manos del esclavo, del agua tibia que le dejaba olvidar por unos instantes todo aquello que se esperaba de él y que no se sentía capaz de conseguir.