El mar que nos arrastra Londres. Capítulo 7 #2
17%

Londres. Capítulo 7 #2

Creyó que sería imposible hablarle teniendo su aliento tan cerca, pero se sorprendió diciendo las palabras que tan bien había memorizado.

— Tú, más vil que lo que el corazón puede pensarte, no puedes dar otra excusa válida sino ahorcarte…

— Yo no maté a tu marido.

— Entonces está vivo.

— Me provocó su lengua calumniosa, que echaba la culpa en mis hombros inocentes. —Y su frase vino acompañada de una caricia que recorrió el cuello de Billy hasta su pecho, cubierto por la estrecha camisa del vestido, que apartó ligeramente para acercar su boca y su aliento.

— ¿No mataste tú a este rey?

— Os lo concedo. —Y en el momento en el que Will lo miró, descubrió su deseo.

— ¿Me lo concedes, erizo? —le dijo con toda la provocación de la que era capaz, y el actor se quedó en silencio un momento clavándole una mirada hechizada.

Se sintió con poder sobre su voluntad y eso le gustó, le mantuvo la mirada con firmeza.

Inesperadamente William le levantó la falda en un movimiento ágil y lo agarró por los muslos para sentarlo sobre la mesa de los potingues, provocando que algunos cayeran al suelo—.

¡Ahh! —Su grito de espanto no era parte de la escena, pero ya no sabía si estaban actuando o no, y volvió a quedarse en blanco al notar el bulto duro del maestro rozando su entrepierna bajo la falda.

—¡Seguid!

—No… no recuerdo por dónde vamos…

— Tú no sirves para otro sitio sino para el infierno.

—… Tú no sirves para otro sitio sino para el infierno —repitió Billy casi sin aliento mientras Will le besaba el cuello sin soltar sus caderas, restregando su dureza contra su cuerpo.

— Sí, para otro sitio, si me dejas nombrarlo —le susurró al oído.

— Aaaa… algún… calabozo… —consiguió decir en un hilo de voz.

— Tu alcoba.

—Aaah…

Will se bajó los pantalones y entonces era piel con piel, dureza contra dureza.

— ¡Mal descanso haya en el cuarto en el que te acuestes! —se apresuró a decir Billy, sin poder ya contenerse.

— Así será, señora, hasta que te acuestes conmigo.

—¡No, por favor…!

Will se alejó y lo miró.

—Esa no es la frase.

—Por favor, no sigáis…

Pero Will siguió, mirándolo a los ojos con dulzura.

— Tu belleza fue la causa de ese efecto: tu belleza, que me acosaba en mi sueño a que acometiera la muerte del mundo entero, con tal de poder vivir una hora en tu dulce seno.

—Y Billy podía creer cada palabra, que lo estaba consumiendo por dentro y por fuera—.

Mis ojos no podrán soportar la ruina de esa belleza; no la injuriaréis, si estoy yo presente: todo el mundo se alegra con ver el sol, como yo con ella: es mi día, mi vida.

Y su dureza entraba dentro de él y no sabía ya lo que deseaba o no, era imposible pensar.

—¡Por favor…, parad…!

— Tus ojos, dulce señora…, han enfermado a los míos…

—continuaba el actor entre jadeos. Will siguió sin misericordia, y sus palabras lo atravesaban como lo hacía su verga dura entrando y saliendo de él, poseyéndolo como sabía que posee un hombre a una mujer, besando sus labios, su rostro, sin darle tregua—.

Esos ojos tuyos han sacado a los míos lágrimas saladas, avergonzando su aspecto con abundancia de gotas pueriles…

—Y las palabras le llegaban cargadas de una pasión incontenible—.

Tu belleza ha podido, cegándolos de llanto…

No enseñes tal desprecio a tus labios, pues se hicieron para besar, señora, no para tal desprecio.

Si tu vengativo corazón no puede perdonar, aquí te presto esta espada…

, oh… —El movimiento de sus caderas se aceleraba—.

No te detengas: pues yo maté al rey Enrique, pero fue tu belleza la que me…

Y en ese punto fue que William pareció quedarse al fin sin palabras.

Su silencio, su respiración contenida, su gesto de placer, sus gemidos leves, lo conmovieron de tal forma que el joven aprendiz notó la sangre recorriéndole el cuerpo de pies a cabeza, ardiendo en su pelvis hasta convertirse en un huracán de placer que lo elevó al orgasmo, dejando escapar chorros de semen que mojaron sus faldas y todo cuanto encontró a su paso.

Will se apartó. De pronto era Will a secas mientras lo observaba, la respiración aún agitada, colocándose los pantalones.

—Vaya… —dijo sonriendo—, nos hemos dejado llevar un poco…

Y Billy también sonrió, acalorado y confundido, a la vez que hechizado de alguna extraña forma. Will lo miró con ternura, esta vez era él, sin rastro del rey Ricardo.

—Sois tan hermoso…, tan joven… —Y se mordió el labio tras decirlo, en un gesto cargado de ternura, o tal vez fuera remordimiento—. Mi joven belleza… —murmuró.

—No soy una mujer de verdad.

Aquello le hizo gracia. Will se acercó una vez más y le besó los labios con delicadeza.

—Lo sé, creedme, lo sé muy bien. —Y volvió a besarlo.

Entonces pareció despertar del ensueño que se había creado entre ellos por unos instantes—.

Apuesto a que ya no volveréis a olvidar vuestras frases.

Marchaos a casa y descansad, Billy. —Se estaba despidiendo, alejándose hacia la puerta, y Billy se sintió decepcionado—. Buen ensayo —dijo justo antes de salir.

Billy se quedó a solas entre los vestidos con su olor a polvo, sexo y sudor, preguntándose si eso era todo lo que había sido aquello, un ensayo, una farsa.

Y en ese instante, en el que supo que no deseaba que aquello fuera una mentira, tuvo la revelación, alarmante e inequívoca, de que estaba enamorado.