Londres. Capítulo 7
Billy estaba fascinado por todo lo que ocurría en los ensayos de teatro: las luchas de espadas, los artesanos que vestían de nobles sin que nadie los multara o encarcelara por ello, las voces atronadoras de aquellos hombres imponentes que interpretaban a reyes y a nobles de tal forma que podías asegurar que habías estado en presencia de un verdadero rey.
Pero lo que más disfrutaba era la ligereza con la que se hablaba de cualquier tema.
El teatro era como un aparte del resto del mundo, donde no existían el pecado ni la culpa; allí los hombres podían vestirse de mujer y enamorarse de otros hombres, estaba permitido blasfemar o jurar en vano, se representaban el adulterio y el asesinato sin ningún tipo de traba o remordimiento.
Jamás se le había ocurrido que uno pudiera elegir quién era.
Era Dios quien elegía al rey, y los sacerdotes eran sus representantes en el mundo, y si eras un miserable era por voluntad divina.
Esa era una verdad que nadie cuestionaba.
Pero en el teatro, un actor podía vestirse y hablar como un rey o un guerrero, o como un obispo.
El teatro representaba el mundo a su antojo.
Se respiraba una libertad emocionante que Billy no había imaginado posible.
No había tenido agallas para revelar a su padre que su papel en la obra de teatro era el de una dama.
Así que iba a sus ensayos y cuando volvía a casa divagaba sobre lo que ocurría en el teatro para saciar la curiosidad de su padre, que cada día parecía reverenciar más al maestro Shakespeare.
Procuraba centrarse en los aspectos más prácticos, como el dinero que cobraría cuando se estrenara la obra y se vendieran las entradas, o que estaba aprendiendo a leer y escribir mucho mejor.
El maestro en persona se tomaba tiempo para enseñarle y le daba libros que Billy se esforzaba en leer entre escena y escena, porque decía que la lengua inglesa era la más hermosa y que era importante para un actor dominarla a la perfección.
Mientras cenaban gachas con pan y cerveza aguada, Billy explicaba a su familia los términos que usaban los actores para referirse a las cosas, y les revelaba el significado de un soliloquio o un epílogo o la labor del apuntador; instruyéndolos sobre los movimientos en escena, o la diferencia entre una comedia y una tragedia, y cómo se usaban banderas de diferentes colores para señalar al público el estilo de obra que se representaba.
Por primera vez en su vida sentía que su padre lo trataba con respeto, y Billy empezó a darse aires de artista.
Aquellas flaquezas que solían criticarle de pronto se interpretaban como los atributos propios del actor en el que se estaba convirtiendo.
Aunque lo que más seducía a su padre de su nuevo oficio era la cuantiosa suma que un actor podía llegar a cobrar, y no dejaba de interesarse por los dineros.
Y mientras tanto, en secreto, Billy buscaba la forma de disuadir a su familia de asistir a la función, pues no quería ni imaginar lo que diría su padre cuando descubriera que saldría vestido de mujer delante de toda la ciudad.
Si ese fuera su único tormento…
Ricardo III. Llevaban dos semanas ensayando la obra que estrenarían en pocos días y Billy aún no conseguía decir sus frases.
Su personaje, Lady Anne, salía en dos escenas con un texto larguísimo lleno de palabras que eran nuevas para él, a pesar de lo cual había conseguido memorizar todas sus frases y cuando estaba a solas era capaz de recitar los versos del tirón.
Sin embargo, junto al maestro Shakespeare, que interpretaba a Ricardo III, las palabras se negaban a salir de su boca.
Era una mañana nublada, con una ligera llovizna, tan leve como una caricia.
Billy llevaba tanto tiempo sentado observando el ensayo del primer acto que se le habían helado la nariz y las orejas.
Cuando llegó su escena, el vestido de ensayo estaba húmedo y sentía el frío colándose por debajo de las faldas, entumeciéndole los huesos.
Subió al escenario intentando controlar el tiritar de sus dientes y comenzó una vez más a balbucear como un bruto que jamás hubiera aprendido a hablar.
Y es que cuando William recitaba su parte, lo hacía con tal pasión que dejaba a Billy completamente mudo.
—¡No, no, no…! ¿Por qué no sois capaz de repetir la frase? Acabáis de decirla, no podéis haberla olvidado tan rápido.
—Lo siento, señor…
—¡Dejad de llamarme señor! Olvidad la corrección, debemos interpretar una escena de amor que sea creíble…
—Entiendo, señor, lo siento, señor…
—¡Will! ¡Llámame Will, por lo que más quieras!
—Sí, señor Will… Perdón…
El actor cerró los ojos y dejó escapar el aire en un gesto de rendición. Luego pareció arrepentirse y lo miró con sus ojos llenos de… lo que fuera que los llenaba que resultaba tan abrumador.
—No pasa nada, lo haréis bien —le aseguró recuperando la calma.
—Si vos lo decís…, Will.
Y entonces sonrió, y el mundo parecía estar contenido en su sonrisa.
—Lo veis, no era tan difícil. Decidlo otra vez.
—Will… —repitió sonriendo con timidez, como si llamarlo por su nombre fuese la mayor de las osadías.
—Bien, Billy. —Se acercó y le hizo una caricia en la barbilla que lanzó una punzada de vértigo directa a su estómago—. ¡Estáis helado! ¿Por qué no vais a calentaros un rato? Lo volveremos a intentar más tarde.
El ensayo continuó mientras Billy escapaba del escenario recogiendo sus faldas.
Cruzó el pasillo trasero y entró en un cuarto en el que se guardaba el vestuario y que algunos actores usaban para maquillarse, principalmente los que interpretaban a los personajes femeninos, y se cubrió con todos los paños que encontró para entrar en calor.
Tenía ganas de echarse a llorar. No quería que lo echaran, no quería volver a casa y tener que admitir que era un bueno para nada, pero, sobre todo, no quería decepcionar al maestro Shakespeare.
Sabía que durante el ensayo no lo molestarían, pues estarían ocupados sobre el escenario o entre las columnas de salida.
Se sentó en un banco con sus frases escritas en un rollo de papeles que empezaba a oscurecerse de tanto manosearlo, y repasó sus líneas una vez más.
Tenía tantas ganas de darle al maestro aquello que buscaba, deseaba tanto formar parte de ese mundo de transgresiones en el que no existía el miedo al pecado…
La primera vez que se puso la falda de mujer se sintió avergonzado, pero entonces William le soltó el pelo y lo obligó a mirar su reflejo en un espejo, y fue una sensación extraña, como si no se reconociera y a la vez se viera a sí mismo por primera vez.
«Mirad… —le dijo entonces el actor—, eres la personificación de la belleza.
Nadie se atrevería a jurar que no eres hombre o mujer…
, has nacido para interpretar este papel».
Y deseaba de corazón no defraudarlo, ser realmente su Lady Anne, pero no había remedio, en cuanto William se le acercaba el cuerpo se le volvía líquido y no era capaz de pensar con claridad.
— ¡Sucio demonio, oír Dios, vete de aquí y no nos molestes!
Pues tú has hecho tu infierno de la tierra feliz, llenándola con gritos de maldición y hondos clamores.
—Y, una vez más, podía recitar sus frases con soltura, en voz baja y al amparo de su soledad—.
Si te complace observar tus horrendas acciones, observa este modelo de tus carnicerías.
¡Ah, caballeros, ved, ved! ¡Las heridas de Enrique muerto abren sus bocas cuajadas y vuelven a sangrar!
Enrojece, enrojece, bulto de sucia deformidad; pues es tu presencia la que hace salir esa sangre de venas frías y vacías, donde no queda sangre…
Quedó en silencio al descubrir al maestro Shakespeare apoyado en el quicio de la puerta, observándolo.
—No os detengáis, lo estabais haciendo muy bien. —El actor entró en el cuarto y se sentó sobre la mesa, en la que alguno de los actores había dejado unas pinturas faciales—. Continuad.
Le costó unos segundos recuperar el aliento, pero se sobrepuso y siguió con la declamación:
— ¡Oh, cielo dé muerte con un rayo al asesino, o la tierra abra su boca y se lo trague vivo, como tú te tragas la sangre de este buen rey, que su brazo, gobernado por el infierno, ha asesinado!
Entonces William le dio la réplica, y su voz era un pozo de profundidad:
— Señora, desconoces las reglas de la caridad, que devuelve bien por mal, bendiciones por maldiciones.
Lo miraba como si Billy fuese lo más importante del mundo, y estando los dos solos, en aquel pequeño cuarto repleto de cachivaches, no le costó mirarlo de vuelta y responder con las palabras que conocía de memoria.
— Villano, tú no conoces ley de Dios ni de hombre: no hay animal tan feroz que no conozca algún toque de piedad.
— Pues yo no lo conozco, así que no soy animal.
Lejos de las miradas de los demás, mientras el maestro Shakespeare, Will, jugueteaba con los frascos de colorete, le parecía solo un juego responderle con palabras prestadas que a él, el hijo de un molinero, jamás se le ocurrirían.
— ¡Qué prodigio que los demonios digan la verdad!
— Más prodigio que los ángeles sean tan iracundos.
Dignaos, divina perfección de mujer, darme permiso para que yo me disculpe con detalle de esas supuestas maldades.
—Y mientras lo llamaba divina perfección de mujer, se acercó hasta Billy, con esa mirada llena de furia que te llevaba a creer que no mentía cuando decía aquellas palabras.
— Dignaos…, deforme contagio de hombre… —replicó Billy, igualando su fiereza— , darme permiso para que yo os maldiga en vuestro maldito ser por esas conocidas maldades.
Will lo acorraló contra la pared, recostado sobre la mesa de maquillaje, su cuerpo pegado a su falda, y con una de sus manos le apartó el mechón de pelo que solía atosigar su frente.
— Tú, más bella que lo que la lengua puede decirte, déjame un rato de paciencia para excusarme.