Capítulo 6 #2
Se separaban únicamente a la hora de la cena, cuando su señor acudía al comedor principal para comer con su padre y los demás caballeros del castillo.
Entonces el esclavo podía ir a las cocinas para que le sirvieran una cena caliente.
El resto de las comidas se llevaban en bandejas a los aposentos del marqués.
Al esclavo se le permitía alimentarse con los restos de su señor cuando este hubiese terminado.
Y, por Dios, que nunca había comido tan bien y de forma tan abundante, pues su señor era selectivo como un pajarillo, picaba trozos de unos y otros platos llevándolos al suyo, dejando en las bandejas piezas de ave o cocidos sin tocar de los que Tareq podía dar buena cuenta cuando el señor se retiraba a su estudio.
Y era una suerte que comiera en abundancia durante el día, pues en las noches la cocinera parecía dispuesta a desafiarlo sirviéndole cada noche un plato de legumbres con tocino que Tareq rechazaba, limitándose a comer verdura, pan y fruta.
Al menos hasta que Fátima, una criada morisca, le aconsejó en privado que comiera el tocino alguna vez —«Si ven que lo rechazas siempre, te acusarán a la Inquisición y, créeme, no van a dejar de ponerte carne de cerdo hasta que vean que la comes»—.
Así que comió cerdo, esperaba que Dios le perdonara también por eso.
La más ingrata de sus tareas era, quizás, recoger la bacinilla del marqués por las mañanas, con su orina y sus heces, aunque no tardó en convertirse en uno de sus momentos favoritos del día, pues le permitía escapar un rato.
Se despertaba al alba, antes que su señor para ahorrarle la visión de sus propios deshechos, y cruzaba más allá del muro que cercaba el palacio.
Buscaba algún rincón entre los arbustos donde vaciar la bacinilla y se tomaba su tiempo.
Desde la muralla de piedra observaba la ciudad que se iba formando casa a casa por la ladera, hasta llegar al mar.
Le gustaba el alboroto del comienzo de un nuevo día, los campesinos con sus mulas y sus carros, las mujeres dando de comer a las gallinas, los perros en busca de algún rastro de comida, las risas de los soldados que se juntaban en el cambio de guardia, tomando vino caliente para soportar el frío.
Por unos instantes, perdido entre aquel mundo lleno de vida, se sentía un hombre libre, dueño de su propio destino…
, antes de que la bacinilla le recordara que debía volver a su rutina.
Sí, aquello estaba bien… Tal vez su suerte había cambiado al fin, y rogaba a Dios que todo permaneciera igual.
«No hay otro dios que Dios, y Muhammad es el enviado de Dios…».
Pero aquella noche no conseguía dormir. Su cabeza estaba inundada con recuerdos y pensamientos que no traían nada bueno.
El día había empezado como cada domingo.
Por la mañana fueron a la iglesia, luego el señor almorzó en sus aposentos, ocupado con sus estudios y sus libros.
Los domingos el marqués se daba un baño.
Era una tarea ardua para Tareq, que debía cargar los pesados cubos de agua desde el patio hasta el cuarto de baños y luego calentarla al fuego en la enorme chimenea.
El baño lo había mandado construir la duquesa, ella lo usaba todos los días y decían que en ocasiones se bañaba con leche de cabra como Cleopatra.
Era tal su obsesión por la limpieza que había oído comentar a las criadas que se restregaba la piel hasta a hacerse heridas.
No verías en esos menesteres al duque, que a menudo anunciaba, de esa forma sonora y autoritaria de los hombres acostumbrados al poder, que el exceso de agua ablandaba el espíritu.
En cambio, su hijo había tomado de la madre esa costumbre por los baños.
El agua estaba lista cuando se presentó su señor.
No hizo falta que dijera nada, Tareq conocía ya la rutina.
Se acercó, lo desvistió con tan solo el eco húmedo del movimiento del agua como compañero, y lo ayudó a sentarse en la pila con el agua humeante.
Luego se arrodilló a su lado, como otras veces, y empezó a enjabonar su espalda.
Y, también como las otras veces, el miembro del señor no tardó en endurecerse.
A Tareq no le importaba, aunque tenía la impresión de que el pequeño marqués se sentía azorado con esa respuesta involuntaria de su cuerpo.
Fingió no verlo, como solía hacer, como hacía siempre que notaba que lo espiaba.
Y aunque no se hablaban, era como si compartieran algo más que el espacio, un secreto tal vez, que confesaban en aquel cuarto a media luz.
Era como un ritual sagrado, desnudarlo, restregar su cuerpo con jabón de Holanda que olía a flores, lavar su pelo, doblar su ropa íntima, ayudarlo a salir de la pila, secar su piel con las toallas de paño, vestirlo con ropas limpias…
—El agua aún está tibia —las palabras de su señor rompieron el pacto de silencio—, podéis usarla si deseáis. Nadie más lo hará.
Tareq se quedó un momento observando la pila mientras el marqués se dirigía al tocador de la duquesa.
Al principio desechó la invitación, no era una buena idea desnudarse delante de su señor, ¿y si entraba alguien?
Aunque nunca había pasado… Pero entonces metió la mano en el agua y su frescura líquida lo transportó a un lugar muy lejano en el tiempo.
Aquel cuarto de techo abovedado era un remanso de paz, oscuro y sin ventanas, como una caverna que amplificaba los sonidos de forma que cada movimiento, cada gota de agua cobraba relevancia mientras la luz de las velas ondeaba en el vapor del agua creando un efecto místico.
Imaginaba que así debían ser las mezquitas de las que le hablaba su abuelo.
No lo pensó más. Se desnudó con rapidez, no fuera que su señor cambiara de parecer, dejó sus ropas tiradas sobre el suelo y se metió con celeridad en la tina.
El silencio se quebró con el golpe de agua que se agitó con la súbita invasión del cuerpo del morisco, creando olas que subían por las paredes de piedra, algo de agua rebosó la tina mojando el suelo.
En cuanto se quedó sentado dentro, el agua se fue calmando, envolviendo su cuerpo, que se había vuelto ligero y parecía querer flotar.
Movió las manos por el líquido templado, descubriendo las cualidades del agua como un chiquillo, y no pudo evitar sonreír.
Sentado de espaldas a él, el marqués se limpiaba cuidadosamente los dientes con un trozo de tela y ceniza de romero, sin quitarle ojo al esclavo a través de su espejo, pendiente de su cuerpo desnudo mientras se movía en el agua.
Podía ver hambre en esa mirada, aunque era un hambre que no se parecía en nada a la de Diago o a la del padre Tomás.
Tenía una cualidad distinta. Su señor se esforzaba por ocultar su deseo, percibía su vergüenza, y por lo mismo su timidez, su discreción, estaban cargadas de ternura.
Sumergido en el agua tibia recordó a su madre persiguiéndolo para meterlo en un barreño de agua fría, porque Tareq había encontrado un cachorro medio muerto en un saco junto al río y lo había cuidado y alimentado hasta que empezó a crecer y engordar, aunque nadie daba un real por el chucho; y ya no quiso separarse del animal, que corría por todas partes con la lengua fuera, ensuciándolo todo.
Y como su padre no quería que durmiera en la casa, Tareq se quedaba a dormir en el pajar con el cachorro.
Luego la piel le escocía por dormir sobre el heno…
¿Qué edad tenía entonces? Seis o siete, tal vez.
Desde aquel baño no dejaba de recordar, y daba vueltas en el camastro.
Era como si sumergirse en el agua tibia lo hubiera llevado de vuelta a esos lugares ocultos de su memoria.
De chico le tenía miedo al agua, y a su hermano Hamid le gustaba empujarlo al río para hacerlo rabiar.
Hacía mucho que no pensaba en eso… También en su casa había criados; Zhinga, la mujer negra que se ocupaba de la casa, Mohamed, a quien llamaban Bernardo, y su hijo Hamid, al que llamaban Juan, que limpiaba las herraduras del caballo de su padre y que a Tareq le parecía tan adulto, aunque solo tenía unos pocos años más que él…
Se preguntó qué habría sido de ellos, y de su perro.
Le gustaba pensar que Zhinga cuidaba de él, aunque siempre lo llamaba chucho apestoso.
¿Seguirían vivos en alguna parte? ¿Se acordarían también de él?
… Hacía tanto que no se permitía recordarlos, era como si hubiera estado dormido y de pronto despertara.
Y no tenía claro que fuera bueno recordar.
«Tareq Nasr Ibn Saʿad». Ese era su nombre y no debía olvidar, se repitió con insistencia. Su padre se llamaba Saʿad Abu Nasr y el abuelo de su abuelo reinó en Granada.