El mar que nos arrastra Capítulo 6
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Capítulo 6

«Tareq Nasr Ibn Saʿad…, mi nombre es Tareq Nasr Ibn Saʿad…

». Lo repetía una y otra vez en la noche, a oscuras en el cuarto que se había convertido en su rincón en el mundo.

«Tareq Nasr Ibn Saʿad», decía casi en un susurro, para no olvidar del todo el sonido de su propia voz ni olvidar quién era.

Los cristianos podían llamarlo Lázaro y él podía fingir que obedecía, pero era Tareq Nasr Ibn Saʿad.

Se había prometido a sí mismo que nunca llamaría «amo» a ningún cristiano y que no volvería a pronunciar en voz alta el nombre que le habían impuesto.

Así que permanecía en silencio. Ni siquiera gritó cuando al principio le pegaban para obligarlo a hablar.

Y cuando se cansaron de pegarle, se convencieron de que era mudo.

Y mudo había sido para ellos durante años, pero cuando todos dormían y la oscuridad lo protegía, pronunciaba su nombre, «Tareq Nasr Ibn Saʿad».

Y repetía las oraciones que le enseñaba su abuelo: «No hay otro dios que Dios, y Muhammad es el enviado de Dios…

» en voz baja y sin postrarse hacia La Meca como debería hacer, pero sabía que Dios lo entendería. Solo para no olvidar quién era…

Aunque cada vez costaba más recordar, y a veces se preguntaba qué sentido tenía agarrarse a ese pasado que había quedado enterrado.

¿A quién debía lealtad? ¿Acaso no lo había abandonado Dios?

Quizás lo hacía solo para no perder la cabeza, para no llegar a creer que su vida anterior nunca había existido.

Él tuvo un padre y una madre que lo amaban, y tuvo cuatro hermanos mayores y una hermana muy pequeña, y un abuelo que se sentaba en la esterilla a enseñar a sus nietos las Escrituras por las noches, cuando los cristianos no vigilaban, y su madre y sus tías preparaban pasteles con azahar y miel mientras reían y hablaban en la cocina, y servían cordero con verduras, con especias que llegaban de Argel, y jamás comían la comida de los marranos, salvo cuando los soldados cristianos los acechaban para asegurarse de que habían abandonado su fe y cumplían con los preceptos de la religión impuesta a los moriscos.

Necesitaba recordar para soportar el dolor que le infligían los señores, sus dueños.

Pero el pequeño marqués (así lo había apodado en su cabeza, porque era algo canijo y demasiado endeble para ser un gran marqués) no parecía ser como sus anteriores dueños.

Su padre, el duque, sí era como todos los cristianos nobles que había conocido, crueles y violentos.

No el marqués, que tras ver los padecimientos que le hacían pasar en Granada, al parecer había decidido rescatarlo.

Si conseguía quedarse donde estaba, en ese pequeño rincón del mundo como un ratón sigiloso, tal vez olvidaran que estaba allí, y al fin podría estar a salvo… , vivir tranquilo.

«Tareq Nasr Ibn Saʿad».

Porque él no había nacido esclavo, y no lo fue hasta los quince años.

Fue el mismo Diago quien lo compró en el mercado de esclavos, en la plaza de Bimbarra en Almuñécar.

Allí llegaban centenares, los encadenaban, les herraban el rostro a fuego, les quitaban las ropas buenas o cualquier posesión preciada.

Las mujeres a un lado, algunas con niños de pecho, los negros africanos por otro, los moriscos y aparte los que habían sido nobles como él a los que se sacaba mayor tajada.

Cuando no conseguían venderlos simplemente los dejaban allí, encadenados unos a otros a la intemperie, hacinados sin apenas sitio para tumbarse sobre el suelo frío, peleándose por los mendrugos que les arrojaban al suelo como si fueran animales.

Al cabo de una semana en el mercado no había uno solo que no deseara que lo compraran de una vez.

Dejaban de ser personas para convertirse en mercancía.

A Diago le bastó mirarlo para saberlo. Estaba seguro de eso.

La forma en la que se plantó ante él y lo examinó, como si pudiera ver a través de él.

Le bastó una mirada para saber que ya estaba mancillado.

Le preguntó su nombre, pero Tareq no respondió.

Y ante su insistencia en permanecer en silencio, el esclavista le aseguró que era mudo, pues ya había tenido ocasión de comprobar la terquedad del morisco y no quería perder una venta.

Como buen comerciante vio el interés del granadino y le habló de su ascendencia, asegurándole que sería un buen criado de servicio.

Y la venta se cerró, y él en su ingenuidad aún esperaba que alguien llegara a tiempo para liberarlo, para asegurarles que aquello era un error, que él no estaba en venta.

Diago dijo que le enseñaría todo lo que necesitaba saber para complacer a sus nuevos amos.

Y volvieron el látigo y la vara. «¡De rodillas!

¡Las manos en el regazo!». Así debía permanecer sin moverse durante horas.

Incluso si su torturador salía de la estancia y lo dejaba solo.

Mirada al suelo, sin moverse. «Cuando te portes como debes te daré tu recompensa».

De haber sabido en qué consistía el premio, jamás se habría arrodillado.

Habría dejado que lo matara como a un perro.

Así doblegaron su voluntad. Así lo convirtieron en esclavo.

Hasta que dejó de importarle estar sucio, y solo esperaba a que acabara.

Mandarlo a trabajar en el campo era solo uno más de los castigos a los que lo sometía Diago.

Y aunque la jornada era larga, cargando los pesados costales, o con la espalda quemándose al sol durante horas mientras cavaban zanjas o recogían la fruta, en realidad a Tareq no le importaba, pues prefería tener algo que hacer y el trabajo físico, aunque duro, ocupaba su mente.

Con el paso del tiempo no le resultó difícil seguir siendo el esclavo mudo, pues los suyos también lo repudiaban.

A nadie se le escapaba el tipo de esclavo que era.

Los otros campesinos le escupían al pasar por su lado, o lo apartaban a empujones.

Los criados podían dormir en las cocinas, los esclavos en el suelo del granero, pero él, que era un apestado entre los marginados, debía dormir con las vacas y los cerdos.

Lo peor, sin embargo, era la repetición. Todos los días igual…, todos los días lo mismo…, sin esperanzas de que algo pudiera ser diferente. Había llegado a perder por completo la noción del tiempo.

«Tareq Nasr Ibn Saʿad… No debes olvidar», se repetía.

Todo era tan distinto desde su llegada a Sanlúcar.

Había imaginado que su nuevo señor lo usaría como todos.

Para eso estaban los esclavos. Esa era una verdad que habían tallado en su piel con fuego y sangre.

No podía creerse su buena fortuna, acabar en una casa noble como criado de servicio era una buena colocación, y habría hecho lo que se esperaba de él para conservarla… , pero no había sido necesario.

Nunca había estado en un lugar parecido.

No acababa de acostumbrarse a ese imponente castillo que ocupaba toda la colina, desde el cual se alcanzaba a ver el mar, con su laberinto de pasillos, torreones, patios arcados y estancias.

Tampoco al trajín interminable de criadas que limpiaban y traían y llevaban cosas, secretarios que anunciaban las tareas del día y mayordomos, y maestros, y consejeros, y sastres, y mozos de cuadra…

y un sinfín de gentes de servicio que desfilaban alrededor del marqués como hormigas obedientes.

Tenía un cuarto entero para él solo y una cama, una de verdad.

Se le saltaron las lágrimas la primera noche que se tumbó sobre aquel camastro, un armazón de madera con un entramado de cuerdas sobre el que había un jergón limpio y mantas.

Al lado de la cama había un baúl con una lámpara de aceite y, aunque no tenía ventana, el aire era limpio y no se oía nada.

Le costó acostumbrarse a dormir una noche entera sin estar alerta…

Siempre alerta… Porque su señor le había prometido que no permitiría que le hicieran daño y, aunque no solía fiarse de los cristianos, pues bien sabido era que la palabra de un cristiano valía tanto como su huella en el desierto, por algún motivo, confiaba en la promesa del pequeño marqués.

Pasados unos meses, dominaba su rutina con soltura.

Como criado personal, debía ocuparse solo de atender a su señor, preparar sus ropas y llevarlas a lavar a las cocinas al final de la semana.

El marqués debía vestirse de forma adecuada para cada ocasión, y se cambiaba unas dos o tres veces al día.

Tenía su ropa de casa, su ropa de montar, su ropa de diario, su ropa para las cenas y su ropa de gala para las fiestas.

Jamás había imaginado que una sola persona pudiera tener tantas mudas.

Si salía de caza debía seguirlo, preparar sus armas y recoger sus piezas de caza para más tarde llevarlas a las cocinas.

Debía despiojar su colchón cada noche, sacudir sus mantas cada mañana, limpiar sus botas, mantener la lumbre encendida y sus objetos ordenados o estar pendiente de traer, sujetar o ayudar de cualquier forma.

Debía ser su sombra, eso le indicó el ama la primera noche, una sombra invisible que atendiera todos sus requerimientos de forma imperceptible.

Aunque hacía tiempo que se había percatado de que sus esfuerzos por ser invisible eran en vano, no eran pocas las veces en las que descubría a su señor espiándolo por el rabillo del ojo, sobre todo cuando creía que Tareq no prestaba atención.