Cádiz. Capítulo 5 #3
Pasó horas en la biblioteca examinando pesados tomos eclesiásticos, incluso olvidándose de comer.
Las campanas de la iglesia habían anunciado ya las vísperas cuando al fin encontró su respuesta.
En cuanto vio la imagen cerró el libro, provocando un sonoro eco y una nube de átomos que quedaron flotando en el aire.
Se trataba de un grueso tomo en latín bajo el nombre de Liber horarum de septem peccatis mortalibus .
Rodrigo se levantó de su silla y asomó al pasillo para comprobar que los dos frailes seguían sumidos en sus lecturas al lado opuesto de la sala abovedada.
Volvió a la mesa y abrió el libro en un ángulo que solo le permitiera a él ver su interior.
Y ahí estaba. Un dibujo ilustraba el acto de sodomía claramente.
Dibujado en tinta negra se veía a un grupo de frailes ante una mesa con copas de vino en la mano en una actitud que parecía celebrar lo que ocurría ante ellos.
Un hombre joven, de cabello largo, estaba tumbado boca arriba sobre un camastro, el pecho descubierto.
Sobre él había dos frailes: uno inclinado justo encima, sus rostros muy próximos, y el segundo fraile, la imagen más reveladora, agarrado al primero, los dos con las calzas bajadas.
Se veía claramente el miembro viril del segundo, endurecido como un palo, entrando por el ano del otro, tal y como había visto en aquella sala de Granada.
Con la evidencia ante sus ojos, comprendió que lo había sabido desde el principio, y tal vez lo que buscaba era una expiación que no había encontrado.
Si aquel acto era un pecado abominable, ¿qué significado tenían sus sueños, sus sentimientos?
¿Era acaso algún tipo de embrujo que le había hecho Diago?
De ser así, ¿cómo podía sacarlo de su cuerpo?
Durante unos instantes se quedó allí sentado en la penumbra sin saber qué debía hacer.
Necesitaba respuestas y siguió buscando, esta vez con la esperanza de encontrar una cura a su mal, alguna fórmula o camino para liberarse del demonio.
Y entre las condenas y reflexiones de la iglesia, leyó comentarios que no eran nada esperanzadores: «La experiencia ha demostrado cuán pocos son los que se enmiendan de este vicio bestial, y el fuego solamente es el que hace este oficio… ».
—¿Hay algo en lo que os pueda ayudar, excelencia?
—Uno de los monjes, un hombre calvo y enjuto que ocultaba las manos bajo su hábito, asomó a su cubículo interrumpiendo su búsqueda.
Rodrigo cerró los libros con torpeza, dándose cuenta de la cantidad de tomos sobre el pecado que había acumulado sobre la mesa.
—No…, yo… creo que ya he terminado… —De golpe sintió la urgencia de huir, de ocultar el propósito de su búsqueda, y al devolver los libros a sus lugares temió que revelaran una verdad que debía mantenerse oculta.
La tarde caía ensombreciendo los campos cuando salió del monasterio, y cuando creía estar a salvo se topó con el objeto de su tormento, sentado en las escaleras, aguardando en silencio, sin inmutarse ante las inclemencias del tiempo y la noche que ya acechaba.
Ajeno al padecimiento que provocaba su presencia.
Aquella noche el esclavo volvió a presentarse ante él con su túnica traslúcida, de rodillas con las palmas de las manos en esa posición sumisa.
Rodrigo, sentado al borde de su cama, observó al esclavo, sus músculos perfectos marcados en aquel cuerpo tosco y grande; era solo una carcasa, se dijo.
Su mente parecía vaciada de voluntad, su cuerpo un envoltorio casi inerte que podía ser utilizado.
Se hizo entonces una pregunta extravagante —y tal vez ese fuera su error—: «¿Qué pensará de nosotros?
». Se lo preguntó mientras observaba a ese hombre hueco, a ese ser inanimado que se había ofrecido a prestar su cuerpo al pecado, al servicio de su amo sin remordimiento, ni culpa, ni rabia…
, tampoco deseo. Esa era la diferencia entre los señores y los esclavos, esa carencia de reflexión, de contemplación de uno mismo.
Pero aquella verdad que le habían inculcado dejó de tener sentido cuando se hizo la pregunta —¿qué pensará…
?—, otorgándole así una voluntad, una sabiduría, una conciencia de su posición desigual que le impidió seguir viéndolo como poco más que un animal.
De pronto quiso saber la respuesta a esa pregunta que nunca debió formularse, y ya no podría dejar de preguntárselo a sí mismo a cada minuto.
Sin darse cuenta le había otorgado la capacidad de tener un criterio acerca de sus amos o su situación que no era propia de un esclavo.
Y de pronto su silencio se le antojó un rasgo de inteligencia y no de brutez.
—No tenéis que hacer eso —le dijo al fin, y su voz no salió con la firmeza que le habría gustado—.
No os traje para eso. —Los ojos del esclavo, por unos segundos, se elevaron hacia el amo, como si quisiera comprobar que era real.
Solo unos segundos, pues sabía que debía bajarlos y que no era adecuado para un esclavo desafiar con la mirada a su dueño.
Pero le bastó a Rodrigo ese instante para comprender el miedo que había también en aquella mirada, y sintió un deseo repentino de protegerlo, de reconfortarlo—.
Nadie debería trataros de esa forma, no pueden obligaros a pecar, no está bien.
Podéis ir a dormir en paz. No permitiré que nadie os vuelva a hacer daño.
El morisco se puso en pie, y de golpe su altura y su fortaleza corporal resultaban imponentes.
Rodrigo perdió su determinación ante esa extraña intimidad que acababa de crearse, los dos hombres semidesnudos a solas en aquella habitación a oscuras.
El esclavo retrocedió con torpeza, avergonzado, tal vez, por haber supuesto un cometido que no se esperaba de él.
Se alejó despacio, en silencio, hasta desvanecerse en la oscuridad como un espectro.
Dejó atrás su presencia, sin embargo; su olor, su figura, su inocencia…
, que siguieron turbando los sentidos de Rodrigo por más que cerrara los ojos.
Tumbado en su cama se puso a rezar, esperando encontrar en Dios y la oración la fuerza para sobreponerse a la tentación.