El mar que nos arrastra Cádiz. Capítulo 5 #2
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Cádiz. Capítulo 5 #2

La noche los había engullido antes de que llegara a su alcoba.

Al entrar en sus dominios, sin embargo, las lámparas estaban encendidas, la cama abierta, el colchón ahuecado, la jofaina en la mesilla.

Las brasas encendidas calentaban la habitación y sus ropas de noche estaban preparadas sobre la cama con dosel que presidía la estancia.

Agustina había instruido con diligencia al morisco.

El esclavo se acercó al verlo entrar, lo habían aseado y rapado el pelo para eliminar cualquier bicho; llevaba una camisa nueva de paño, pantalones limpios y zapatos, aunque seguía teniendo las uñas ennegrecidas.

Se mostró indeciso cuando tocó desvestir a su nuevo señor.

En silencio y con la mirada al suelo lo ayudó a quitarse el jubón, desabrochando la infinidad de diminutos botones que lo atravesaban, luego las botas, y cambió la camisa de lino por una más ligera de dormir.

Sin embargo, fue Rodrigo quien se desató los gregüescos de terciopelo negro y las calzas que sujetaba con cintillos a las rodillas.

Luego Lázaro trajo un cuenco de agua y se arrodilló ante su nuevo señor para lavarle los pies.

A pesar de su silenciosa discreción, Rodrigo no conseguía serenarse, sentado al borde de la cama mientras sentía el contacto del paño mojado sobre su piel.

Casi se alegró de que acabara y lo dejara a solas.

No entendía por qué la presencia del morisco lo perturbaba tanto, había pasado su vida rodeado de sirvientes y esclavos, estaba acostumbrado, pues un noble rara vez conseguía estar solo, pero nunca antes había sentido esa inquietud, como si él no fuese el señor.

Estaba a punto de apagar su lámpara para dormirse cuando el esclavo volvió a presentarse junto a su cama.

Esta vez vistiendo solo una túnica blanca, casi transparente, a través de la cual su desnudez no era ningún secreto.

Se arrodilló ante él nuevamente y colocó las manos sobre sus muslos, las palmas hacia arriba, la mirada al suelo, en esa posición sumisa que le había visto adoptar aquella noche en Granada.

Rodrigo se quedó inmóvil sentado al borde de su cama frente a él, sintiéndose completamente desnudo con su camisón de noche.

El corazón le martilleaba con fuerza en el pecho, tanto que incluso era capaz de sentir el latido en sus oídos.

El aire se había vuelto espeso y necesitaba toda su concentración para inhalar y exhalar, como si fuese un pez al que habían sacado del agua. Estaba paralizado.

Había pasado toda su infancia asustado; de la oscuridad, de los truenos, de la voz de su padre, del silencio, de la soledad de su habitación, de la vorágine de los bosques, de la profundidad del mar o de los monstruos que pudieran acechar desde las aguas, de los insectos que crepitaban por las noches y de los lobos que aullaban, de la guerra, de los soldados, de los guerreros enemigos e incluso de los que luchaban de su lado, de la muerte, de la enfermedad…

, pero ningún miedo lo turbó tanto como aquel que sentía en ese momento, pues tuvo miedo de sí mismo.

El torbellino de imágenes de los cuerpos desnudos, jadeantes y sudorosos volvía a inflamar su deseo.

Nadie lo sabría jamás, aquel hombre postrado ante él era suyo.

Una posesión por la que no debía rendir cuentas.

Podía pegarle, castigarlo sin motivo, podía incluso matarlo allí mismo con sus propias manos si quería.

Él era el amo, el marqués, y aquel poder absoluto lo asustaba.

Era únicamente un espejismo, el poder terrenal, pues por encima de todos ellos estaba Dios, e incluso su propio padre tendría que rendir cuentas algún día ante el Creador.

Las tentaciones del mal eran poderosas, y solo la voluntad constante y el dominio de uno mismo podían mantenerlo alejado.

Pero más allá de sus cavilaciones sobre el bien y el mal, miraba a aquel hombre rendido ante él, completamente indefenso y vulnerable, aquel que quizás pudo haber sido un príncipe, y sabía que no deseaba causarle ningún mal.

Volvieron a su memoria las palabras de don Alfonso cuando aún era un niño: «Que no te vean llorar». Un caballero jamás debía mostrar sus emociones, así que, a pesar de sus turbulencias internas, estiró la espalda y levantó la cabeza para hablar con la dignidad que correspondía a su posición.

—Podéis retiraros…, yo… —Quería decir algo más, pero no supo terminar la frase y se sintió como un estúpido allí sentado con su camisón, balbuceando incoherencias.

Fue a repetir la orden, pero no hizo falta: el esclavo se levantó y se desvaneció de su presencia con el mismo sigilo con el que había entrado.

Su noche una vez más estuvo plagada de sueños lujuriosos, de abrazos húmedos y alientos fogosos, que lo elevaban hasta el cielo envolviéndolo en oleadas de placer incontrolado, y que lo despertaron empapado en sus propias secreciones, sudoroso y febril.

Aunque pusiera toda su voluntad en controlarse durante sus días, no podía escapar al embrujo del letargo en el que caía durante el sueño.

Decidido a encontrar la cura del mal que lo aquejaba, por la mañana se dirigió a la biblioteca de su padre, que contaba con treinta y seis tomos, la mayoría tratados de guerra, religión o política.

Había oído hablar del pecado nefando, de la sodomía, pero estaba lleno de dudas; o tal vez era su necesidad de encontrar una escapatoria, una prueba de que había sido un error y no había nada de qué preocuparse…

Esperaba que los libros, como tantas otras veces, arrojaran luz en la oscuridad de sus conjeturas.

Aquello que había visto hacer a Diago y a los otros con el esclavo, ¿era sodomía?

¿Era ese el acto abominable del que tanto se hablaba en los escritos?

A sus diecisiete años, y sin experiencia alguna con una mujer, tenía solo una imagen genérica del acto sexual.

Necesitaba respuestas, pues no dejaba de preguntarse si él era culpable, si sus sueños o el deseo de una amistad estrecha con el granadino eran en sí actos pecaminosos.

Sin haber almorzado decidió acercarse al monasterio de los dominicos, que contaba con una biblioteca bastante más voluminosa que la del ducado, esperando encontrar también algo más de discreción para llevar a cabo sus pesquisas.

Se encaminó montado en su corcel a paso lento, con el esclavo, que se había convertido en su criado, siguiéndolo a pie.

Dejaron atrás el torreón de más de cuarenta metros de alto, cruzaron la muralla que rodeaba el castillo y atravesaron el frondoso bosque que lo cercaba, en el que el duque practicaba una de sus aficiones favoritas, la caza.

La ciudad de Sanlúcar de Barrameda era la puerta que unía el río Guadalquivir con el Atlántico, parada obligada de los barcos mercantes que llegaban de las Indias o desde el Mediterráneo antes de navegar por el Guadalquivir hasta el puerto de Sevilla, centro del comercio del Imperio español.

Atravesaron el arco de la galería de las Covachas, con sus relieves de dragones, para encontrarse con el bullicio de la lonja de los mercaderes.

A esas horas la ciudad era un hervidero de actividad, entre puestos, tenderetes y una nube de gentes.

Notó que el esclavo se quedaba atrás en más de una ocasión, tropezando o distrayéndose tal vez, descubriendo la ciudad que se había convertido en su hogar.

Por sus alrededores deambulaban marinos, soldados, pescadores ofreciendo pescado fresco, mercaderes ingleses o genoveses, buscavidas y viajeros de todo el mundo.

Dejaron atrás el mercado y, al otro lado del puerto, en un valle tranquilo, encontraron el monasterio de los dominicos, alejado del ajetreo de la ciudad.

En sus alrededores se veía a algunos frailes ocupándose de la huerta o del ganado.

Nadie preguntó a dónde se dirigían, estaban ya acostumbrados a la presencia del marqués en sus dominios.

Rodrigo desmontó y dejó su caballo junto al abrevadero.

—Aguardad aquí —ordenó al esclavo antes de subir la escalinata que llevaba a la biblioteca.

Se trataba de una sala de madera sencilla, de techos altos y bien iluminada.

Los estantes llenos de libros y pergaminos enrollados hacían las veces de separadores.

Entre las hileras que formaban las estanterías de madera clara había unos pocos frailes sumidos en sus lecturas, con sus túnicas blancas y sus escapularios.

El silencio eclesiástico se rompía tan solo por un carraspeo, el eco de pasos o algún murmullo lejano.

A Rodrigo no le costó nada sumergirse en su búsqueda de respuestas entre los aromas a pasto seco de los libros y el polvo acumulado.

En el Diccionario de la Inquisición encontró unos casos de condenas por sodomía.

Leyó con estupefacción acerca de un juego llamado gorrigorri, que practicaban en las cárceles valencianas, en el que un grupo de hombres interpretaba el papel de cardenales, obligando a otros a desnudarse y bendecirlos ungiendo sus genitales con agua.

Entre los papeles de la iglesia llegó a encontrar hasta sesenta casos de ejecuciones por sodomía en Zaragoza, Valencia y Barcelona.

Pero eso no era lo que buscaba, ya sabía de las condenas a garrote o a la hoguera, necesitaba una confirmación.