Cádiz. Capítulo 5
—¡¿Un esclavo?! —El rugido de su padre atravesó los muros de piedra hasta el patio de armas—. ¡¿Para qué demonios se trae un esclavo morisco?! ¡Me lo puedes explicar, Gonzalo, porque yo no acabo de entenderlo!
—Es una garantía, padre…
—¡Os envié a por mis dineros, no a por viandas!
—La ira del duque se reflejaba en su rostro, las mejillas rojas, las venas de la frente hinchadas y las babas acumuladas en la comisura de la boca.
Era un hombre grande, entrado en carnes, y en cuanto se enfadaba comenzaba a jadear como un jamelgo viejo.
—Don Alfonso ha comprometido sus propias tierras…
—¡Por los clavos de Cristo! Era una tarea sencilla. ¡Ni siquiera eso sabéis hacer!
Su padre arrojó la copa de vino contra la pared.
Tras él, su primo Jacobo soltó una risilla maliciosa.
Era mejor marcharse, era imposible hacerlo entrar en razón cuando estaba colérico.
Rodrigo salió del despacho de su padre y cruzó la arcada, que rodeaba el patio central, en dirección a sus aposentos.
Hacía apenas unas horas que habían regresado a Sanlúcar, necesitaba descansar y despejar la mente antes de volver a enfrentarse a su progenitor.
Había intentado hacerlo entender.
—Las sedas pueden dar una fortuna si se sacan adelante…
—¿Queréis convertirme en un vendedor de seda?
—Señor, el comercio es el futuro, mirad a los holandeses…
—¡No me habléis de esos herejes luteranos!
—Nos están tomando la delantera y en unos años serán los comerciantes los que lideren el mundo…
—¡No somos unos mercachifles! Somos hombres de Dios y hombres del rey. ¡Antes muero de hambre que perder el honor de esta familia!
Era imposible hacerle entender que el mundo estaba cambiando, pero la peor parte llegó cuando empezó a burlarse de él por el tema del esclavo.
—Oh, el buen samaritano, salvando a los moros que decapitan a los niños cristianos… Esto es culpa de vuestra madre y de todas sus ideas piadosas. ¿Cuándo aprenderéis?
Al poco de entrar en sus dependencias, don Gonzalo se presentó; secretario y mano derecha de su padre, tenía en su haber la difícil tarea de administrar el ducado y mantener contento al duque. Era una persona razonable que solía mediar entre sus disputas, que no eran pocas.
—¿Creéis que ha sido un error? —le preguntó Rodrigo con la esperanza de ponerlo de su lado.
—Habéis hecho un buen acuerdo. Las tierras de don Alfonso son abundantes.
—Y los sedales…
—Ya sabéis que vuestro padre vive como si fuese a morir mañana.
—¿Hablaréis con él? Di mi palabra a don Alfonso…
—Estad tranquilo, haré que entre en razón.
—A vos os escuchará —suspiró agotado por el viaje y la tensión de la disputa.
Después de refrescarse y cambiarse fue a ver a su madre, cuyas dependencias estaban en la torre opuesta del castillo.
Sin duda ella lo comprendería, su madre siempre sabía cómo apaciguar su ánimo.
Pasó antes por las cocinas, el hambre tras el largo viaje era acuciante y no aguantaría hasta la cena.
Devoraba unos pasteles de hojaldre con miel cuando Agustina, el ama de llaves, le dio un manotazo para que los dejara en la bandeja.
—Don Rodrigo, esos son los postres, ¿no podíais aguardar a la cena?
—Ya sabéis que soy capaz de matar por los pasteles de Clorinda.
—Desde luego, coméis como un campesino. —Rodrigo le respondió con una sonrisa traviesa, como había hecho siempre de niño para que el ama lo consintiera, y dio un último bocado al pastel—.
¿Y qué hacemos con el moro, mi señor marqués?
—preguntó entonces la mujer, con sus caderas anchas y su frente sudada del duro trabajo.
Siempre conseguía que su título sonara a una broma infantil.
—¿El moro? —Agustina señaló con un gesto de cabeza al patio trasero, donde, recostado sobre el marco de la puerta de la cocina, se sentaba el esclavo morisco.
—Me han dicho que os pregunte a vos.
Esa era la parte que no se había detenido a pensar.
El morisco era asunto suyo y sabía que era mejor que no se cruzara con su padre.
Al final el duque acabaría olvidando al esclavo, pero hasta entonces se sentía responsable de su suerte.
Mientras observaba la silueta del esclavo bajo la luz del atardecer, las imágenes de Diago forzándolo volvieron a cruzarse por su mente consiguiendo que se le cortara el apetito de cuajo.
—Acomodadlo en mis aposentos, en la celda de Juana.
Entre su sala de estudio y su dormitorio, había una pequeña estancia que en el pasado había ocupado su nodriza, cuando aún era un niño enfermizo que requería atención constante.
Hacía ya unos años que había quedado vacía, cuando su cuerpo terminó de formarse y la presencia de una mujer en su alcoba resultó inadecuada.
Sería un buen escondite hasta que pasara la tormenta.
Aunque lo cierto era que no tenía ningún sirviente o secretario a su cargo.
Había tenido maestros, supervisores, nodrizas, pero ya era un adulto y era hora de que escogiera su propio personal.
—Si va a ser vuestro criado, señor, debería vestir de forma más adecuada.
—Como siempre, tenéis razón, Agustina. Y confío en que os podáis ocupar de todo.
—Por cierto, ¿tiene un nombre el moro? No he conseguido que suelte palabra.
—Es mudo.
—¡Válgame Dios!
—Lázaro. Así se llama. Un nombre muy cristiano —resaltó, aludiendo a la insistencia de su trato despectivo hacia el morisco.
Encontró a su madre en la capilla privada que se había mandado construir junto a su alcoba.
Rezaron juntos durante un rato y luego ella le dio la bienvenida con un abrazo.
Y era siempre en el calor de los brazos de su madre cuando se sentía al fin en casa.
Le habló del esclavo, sin entrar en detalles sobre lo que había visto aquella noche, porque sabía que ella lo entendería.
—No podía dejarle allí, madre. Si hubierais visto los martirios a los que lo sometían. Sé que se trata solo de un esclavo, pero…
—Tenéis buen corazón, hijo mío. No os avergoncéis de eso. —Hablaba de forma pausada, buscando las palabras, con el marcado acento de la lengua pagana que había tenido que olvidar—. Es en el amor al prójimo donde demostramos nuestro amor a Dios.
—Ojalá padre lo viera igual.
Y como solía pasar, el gesto de su madre se contraía con la sola mención de su padre.
—Rezad por vuestro padre, hijo —se limitó a decir. Y se postró nuevamente frente a la cruz para volver a rezar, los ojos cerrados, los labios bisbisando a gran velocidad las oraciones memorizadas, las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le quedaban blancos.
Aún era una mujer bella. Con su pelo largo, de ese cobrizo brillante que parecía iluminarla, y ese rostro angelical que había hechizado a su padre nada más verla.
La elegancia de su altura, su cuello largo, sus ojos claros y su mirada penetrante la convertían en una mujer llamativa.
Pero se la veía más frágil que nunca, las sombras bajo sus ojos se habían oscurecido y los huesos de sus pómulos se marcaban dándole un aspecto mortecino.
Lo que más le preocupaba, sin embargo, eran sus divagaciones y ese estado de inquietud perpetua en el que vivía.
Le hubiera gustado abrazarla de nuevo antes de marcharse, pero una vez que se ponía a rezar, era imposible llamar su atención.
Cenó con su padre y su séquito de nobles parásitos, caballeros, familiares de segunda e hidalgos ociosos que reían sus chistes y lo escuchaban con fingida admiración mientras devoraban de buena gana el banquete que se servía cada noche.
Capones, ciervo en salsa, pechugas de gallina con salsa de azúcar, pasteles y fruta.
Había echado de menos las comidas abundantes de su casa durante su estancia en la alquería de Granada, pero aun así procuró ser moderado con su apetito como le había inculcado su madre.
Ella jamás cenaba. Se alimentaba a base de fruta y agua bendita.
Agustina insistía en llevarle cada tarde a la torre una bandeja con panes, queso, legumbres y pescado de la que apenas probaba bocado para desesperación del ama, que luego siempre suspiraba con admiración: «Es una santa».
Aunque a veces Rodrigo se preguntaba si su devoción no era una forma de escapar de su marido, el duque, pues desde que era un mozuelo no se le escapaba el desprecio mutuo que se dispensaban sus progenitores.