El mar que nos arrastra Londres. Capítulo 4 #2
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Londres. Capítulo 4 #2

La puerta de entrada estaba abierta. Asomó primero y, al ver el espacio vacío, se animó a entrar.

No se había esperado la grandiosidad del lugar, era como un gigante rodeándolo con sus enormes manos.

El escenario de madera ocupaba un lado del patio central, entre dos columnas.

A su alrededor, se erguía un edificio circular de tres plantas con innumerables balcones preparados para el público.

Si mirabas hacia arriba, el cielo se abría hacia el firmamento; el sol iluminando, las nubes y Dios.

La idea de plantarse sobre esa plataforma ante todos los ojos del mundo le pareció terrorífica.

Era imposible, pensó, no podía hacerlo. Sentía decepcionar al maestro Shakespeare, pero jamás podría decir una sola palabra en aquel lugar.

Por otro lado, si se marchaba, ¿qué excusa le daría al actor si volvía a presentarse en el mercado?

—Oh, ahí está mi ninfa. —Antes de que se decidiera, el actor se hizo presente con su energía teatral desde la entrada tras el escenario. Venía acompañado de otro hombre, algo más alto y corpulento, con bigote rubio—. Justamente estábamos hablando de ti.

—Maese Shakespeare, me temo que no voy a poder hacer la prueba…, creo que todo esto ha sido un malentendido…

Intentaba explicarse, pero el maestro no parecía escuchar y comenzó a hablar con su amigo como si Billy no estuviese ahí delante.

—¿Qué te había dicho?

—Realmente asombroso.

—Observa. —Y le levantó el mentón en un gesto brusco, como si examinara un caballo.

—Increíble, no tiene nuez.

—Asombroso, ¿verdad?… Tan bello…

—¿Qué edad tienes? —preguntó el hombre del bigote.

—Dieciséis, señor.

—¡Dieciséis! Habría jurado que no pasabais de los catorce.

—No, señor, ya me está saliendo la barba.

Y los dos soltaron una carcajada ante la evidencia de que su barba era más producto de su imaginación que una realidad.

—Delicioso.

—Una ninfa del fondo del mar.

—¡No soy ninguna ninfa! —protestó, empezaba a molestarle que se mofaran de la falta de hombría que tanto lo atormentaba a él.

—¡Comencemos!

Y los dos se aproximaron al escenario, guiándolo de los hombros a la fuerza.

—Eso era lo que quería comentarle, maestro, creo que sería mejor olvidarlo… No se me da bien hablar delante de otras personas…

Antes de terminar la frase se encontró en el centro del escenario. Enmudeció al mirar a su alrededor, aquello era imponente. Entonces el maestro Shakespeare le tendió una hoja escrita con pluma de principio a fin.

—Bien, lee.

—¿Todo esto?

—Bueno, empieza por el principio y a ver hasta dónde llegamos. —Billy se quedó mirando la hoja con sus garabatos negros dibujados como diminutos renacuajos nadando por el papel blanco—. Sabes leer, ¿verdad?

—Un poco…

—Bien, Ben leerá contigo.

Entonces se dio cuenta de que no importaba que no le escucharan, en cuanto intentara leer esos versos llegarían solos a la conclusión de que, en efecto, era un bueno para nada como aseguraba su padre.

—Pooo-bre i-maaaa-gen heeee… heeee-la-da deee… un hom-bre…, deee… deee-san… dee-saan-gra-dooos… deees-poooo…des-poooo-jooos…

—Está bien, está bien… —lo detuvo—. Vamos a tener que trabajar en eso. —Le quitó la hoja de las manos de un tirón y comenzó a dar vueltas por el escenario con gesto pensativo—. Olvidemos el texto. ¿Sabes cantar?

—Bueno, creo que sí.

—¿Recuerdas alguna canción? ¿Qué tal Scarborough Fair ?

—Claro, esa me la sé, señor. —Todos los niños ingleses podrían cantar esa canción de memoria. Le alegró saber hacer algo de lo que le pedían, así que se puso a cantar sin más—. Are you going to Scarborough Fair? Parsley, sage, rosemary and thyme. Remember me to one who lives there…

—Bien. Ahora recita los versos sin la melodía.

—¿Cómo, señor?

—Repite la letra, pero sin cantarla, como si hablaras conmigo.

—«¿Vas a ir a la feria de Scarborough? Perejil, salvia, romero y tomillo…». —Y en ese punto tuvo que reírse, porque la letra no tenía mucho sentido desprovista de su melodía.

Los dos actores bajaron del escenario entonces y lo dejaron solo hablando sobre las tablas de madera.

—Ahora dímelo enfadado. Como si me estuvieras echando una buena reprimenda.

—¿Señor?

—¡Vamos, hazlo! —le gritó, y Billy obedeció.

—«¡Dile que me haga una camisa de lino!» —gritó Billy, haciendo aspavientos con los brazos—. «¡Sin costuras ni bordados finos!».

—Ahora dilo como si me contaras algo muy gracioso.

Y la mera idea lo hizo reír, porque era una tontería.

—«Dile que la lave en aquel pozo seco, de donde nunca saltó el agua ni cayó la lluvia…».

Siguieron el juego durante un rato, el sol del atardecer empezaba a teñir el cielo de naranja, el juego era divertido y Billy había empezado a olvidarse de la prueba y de la hoja de versos que no podía leer. Entonces el maestro le dio una última indicación.

—Bien, ahora, muchacho, dímelo como si me confesaras tu amor más profundo y sincero.

—¿Perdón, señor…?

Billy se quedó en blanco mirando al maestro Shakespeare, sus palabras le habían creado una turbulencia extraña.

—Vamos, inténtalo —lo animó acercándose. Entonces el actor deslizó los dedos por su cabello para quitarle el lazo que lo ataba, soltándole el pelo, que cayó descuidado sobre sus hombros, y lo miró a los ojos de tal forma que creyó que podía atisbar directamente su alma—. Confiésame tu amor…

—«Entonces será mi verdadero amor…» —comenzó a recitar indeciso—.

«Que la seque sobre aquel espino que nunca floreció, y será mi amor verdadero».

—Y por un momento sintió que estaban completamente solos ellos dos—.

«¿Has estado en la feria? Dame noticias de alguien que vive allí, de aquel que fue una vez mi amor verdadero… ».

El maestro se quedó en silencio con la sonrisa asomando apenas en una esquina de sus labios. Seguían mirándose a los ojos como si no existiera más mundo que ellos dos en aquel lugar, en aquel preciso momento.

—¡Estás contratado! —anunció recuperando de golpe su euforia—. Empezamos la semana que viene, a las diez en punto. No te retrases.

—¿Significa eso que ya tenemos obra? —preguntó el otro actor.

—La tendremos el lunes.

—Enhorabuena, muchacho.

—Pero, maestro… —Billy bajó a toda prisa del escenario viendo que los actores se marchaban, debía convencerlos de que no era una buena idea—. Señor, espere…

Cuando llegó hasta el maestro y su acompañante, el primero se giró hacia él y volvió a clavarle esa mirada que lo atravesaba como una flecha.

—Billy, querido, ¿lo has pasado bien con lo que acabamos de hacer?

—Eh… Sí, señor.

—Lo has pasado bien porque sabías lo que debías hacer, y ahora te asusta lo que aún no sabes que deberás hacer, pero en cuanto lo sepas, y esto te lo prometo: ¡te va a encantar!

—Y con eso volvieron a ponerse en marcha, y desde la puerta y sin mirarlo le habló una última vez—. No lo olvides, el lunes a las diez.