El mar que nos arrastra Londres. Capítulo 4
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Londres. Capítulo 4

William bajó al mercado a mediodía en busca de papel.

Los dioses parecían confabulados en su contra aquella mañana; había partido su última pluma en mitad de la frase que estaba a punto de olvidar, y en un arrebato de cólera arrugó la hoja de papel sin saber que era la última lámina que le quedaba.

Llevaba tres días escribiendo a un ritmo frenético, quedaba solo una semana para comenzar los ensayos de su última obra y aún no conseguía el final que estaba buscando.

Sabía que estaba en alguna parte, jugando con su mente, pero no iba a dejarse vencer por los enredos de las musas.

Había salido como una lanza escaleras abajo directo al molino de Barnaby memorizando las frases que habían quedado en el aire.

—No, no, no, Will. —Barnaby comenzó a huir de él en cuanto lo vio descender por la colina—. Son las doce pasadas, sabes de sobra que acabo de enviar todas las resmas de papel a la imprenta.

—Algo debe quedarte. No puedes hacerme esto, estoy en medio de la escena más dramática…

—Siempre estás en medio de algo. Si quieres que te reserve papel para mañana, déjamelo pagado ya…

—Si me das papel mañana, te lo pago mañana…, pero necesito papel hoy, no mañana.

—Haberlo pensado ayer, Will —respondió Barnaby al tiempo que le cerraba la puerta en las narices.

De nada servía discutir con un artesano, ¿qué sabían ellos de las necesidades dramáticas de una obra?

Por eso había acabado en el mercado, donde el papel se vendía al doble de su precio, entre barriles de cerveza y especias de oriente.

Al menos no había llovido, el papel estaría decentemente seco.

Las calles también lo estaban y las carretas levantaban un polvo infernal a su paso, que se mezclaba con olores de pescado, romero, plumas de ave y excrementos de caballo creando un tufo insoportable.

El mercado, como de costumbre, se convirtió en un nido de distracciones para Will: las discusiones, los corrillos con sus cotilleos, los perros al acecho para hacerse con algún botín y los soldados incordiando a las mozas.

Paseó entre los alineados puestos de madera, con sus toldos de paño, calibrando la calidad del papel en unos y otros, intentando regatear los precios.

Consiguió comprar seis láminas a un precio razonable, que le entregaron enrolladas y atadas con una cuerda, y se distrajo mirando plumas.

Le gustaban de una forma concreta. Buscaba las plumas primarias, las desechadas en la primera muda anual, de cisne a ser posible, que eran finas y ágiles, y no las más comunes de ganso; aunque sus favoritas eran las de cuervo por su resistencia y su color negro con el cálamo ligeramente más ancho, lo que le permitía escribir más rápido.

Con papel y pluma se dispuso a volver a su guarida cuando se topó con una nueva distracción.

Esta vez no era un qué sino un quién. A un lado del mercado, algo apartado, un muchacho languidecía junto a un puesto de jabones, bordados, ramilletes de flores, velas, frascos de esencias y perfumes baratos.

William se detuvo a observarlo. El muchacho debía tener unos quince años; el pelo dorado, lacio, lo llevaba atado a la espalda en una cola de caballo de la que había escapado un mechón casi blanco que se empeñaba en caer sobre sus ojos y que el muchacho apartaba con igual insistencia con la mano, colocándolo tras su oreja, pequeña y delicada, al igual que su nariz y su barbilla ligeramente alargada, que otorgaban a su rostro una forma perfectamente ovalada.

Sus labios eran finos y rosados, su piel tenía la cualidad del mármol pulido de las estatuas, y sus ojos eran grandes y soñadores, de pestañas largas que se rizaban sobre el verde cristalino de sus iris.

Sus manos, repitiendo ese gesto inútil de intentar domesticar su pelo frágil, parecían bailar al son del movimiento coordinado con su cabeza, que se ladeaba sobre un cuello largo y esbelto que carecía prácticamente de la nuez que tan prominente solía hacerse en los hombres.

No en este muchacho de hombros estrechos y mirada indolente, cuya presencia, aun con sus ropas de lino gastadas y descoloridas, parecía invocar a las ninfas.

Will se acercó vacilante hasta el puesto, olvidando para siempre los versos que tan desesperadamente había intentado retener en su memoria.

Simuló evaluar la mercancía mientras estudiaba la respiración del chico, la armonía de sus movimientos pausados, los distintos focos de interés que llamaban la atención de su mirada.

—No os había visto antes por aquí. ¿Es nuevo el puesto?

—No es nuevo, señor. Se ocupa mi madre, pero acaba de dar a luz, así que me deja a cargo. —Su voz al fin, liviana y transparente, afectada a la vez que cargada de una profundidad melancólica, fue música para sus oídos.

—Felicitad a vuestra madre de mi parte…

—¿Os conoce mi madre? —Y en su respuesta había un toque de desafío insolente.

—Todo el mundo me conoce… William Shakespeare, actor de la compañía de Lord Chamberlain’s Men —se presentó—. ¿Y vos sois…?

—Billy.

—¿Os gusta el teatro, Billy?

—No he visto mucho…, no lo sé.

—Contadme algo que hayáis visto.

—Hum… Vi una obra del coro de Whitechapel de niño.

—Me refiero a una obra de verdad. ¿No habéis ido nunca al teatro?

—El chico se encogió de hombros, cohibido ante la atención insistente del actor—.

Debéis ir, os encantará, os lo prometo. Es magia.

—El chico sonrió, sus ojos dramáticos se iluminaron con su sonrisa—.

Ahora que os veo…, hm… —siguió con fingida solemnidad, como si acabara de caer en la cuenta—, vos podríais ser actor.

—¿Yo? —La idea pareció hacerle gracia, aunque se notaba que le abrumaba la atención del maestro—. Yo no sé nada de eso.

—Pero tenéis las cualidades adecuadas. Con entrenamiento, podríais ser un gran actor.

De hecho, mañana estaremos haciendo pruebas para una próxima comedia —siguió, ignorando las dudas del muchacho, mientras cortaba un trozo del papel recién comprado con las manos y anotaba el nombre del teatro y la hora convenida—.

Presentaos mañana en The Theatre, al otro lado del río. No lleguéis tarde.

William se alejó perdiéndose entre el bullicio del mercado, dejando atrás al muchacho, que se quedó observando el trozo de papel con la firma del autor. No había en realidad ninguna prueba, aunque ahora tendría que inventarse una.

—He encontrado a mi Lady Anne —le anunció a Burbage la mañana siguiente mientras abría las puertas del teatro para simular una audición inexistente.

—Creía que ya teníamos el reparto —contestó su benefactor—. Lo que no sé es si tenemos una obra, ¿habéis terminado el manuscrito?

—Estoy a punto.

—Lleváis dos semanas repitiendo lo mismo.

—Vuestra paciencia será recompensada… Os aseguro que no os decepcionará.

Quien sí acabó decepcionado fue el propio Will, porque el chico del mercado con rostro de ángel no se presentó.

Regresó a la misma plaza un día más tarde muy molesto por el plantón.

—¡No vinisteis! —le increpó antes incluso de que el muchacho se percatara de su presencia frente al puesto de jabones.

—¡Maese Shakespeare! ¡Habéis vuelto!

—Sí, porque vos no os presentasteis, teníamos una cita.

El joven parecía sorprendido, había imaginado que el dramaturgo habría encontrado a sus actores y no volvería a acordarse de un muchacho cualquiera en un mercado, al que había dado la oportunidad de formar parte de su compañía.

—A mi padre no le pareció una buena idea.

—¿Dónde está vuestro padre?

El joven Billy no daba crédito cuando, algo más tarde, el maestro Shakespeare increpaba a su padre por su torpeza y su padre se disculpaba con el escritor.

Billy no sabía si se trataba de un buen actor o no, no lo conocía de nada, pero las compañías de teatro contaban con el auspicio de nobles y reyes, y pertenecer a una de ellas era una gran oportunidad para cualquier campesino u obrero de adquirir una reputación.

La dignidad de las compañías de teatro estaba fuera de duda, aunque no para el padre de Billy, que no confiaba en los artistas, mucho menos en las habilidades de su hijo, a quien consideraba un haragán por su falta de disciplina.

—Créame, maese, mi hijo no sirve para esas cosas, hace mejor en no perder el tiempo con él.

—Oh, vaya, no sabía que erais una eminencia en el arte del teatro.

—No pretendo…

—¿No pretende? Hágase un favor y deje de fingir que sabe de lo que está hablando.

Billy nunca había visto a su padre tan azorado, y aquel actor de barba afilada negra y mirada enloquecida tenía una habilidad asombrosa para enredar las palabras y conseguir que su padre se contradijera.

Y sin saber cómo, en apenas unos minutos había logrado que el hombre que aseguraba que los actores eran unos mentirosos y unos holgazanes de mala vida, y que su hijo jamás formaría parte de una compañía de teatro mientras él viviera, no solo se disculpara con el señor Shakespeare, sino que acordara, e incluso agradeciera, una segunda oportunidad para la prueba de su hijo aquella misma tarde.

A Billy le había parecido una gran victoria, y aquella tarde se encaminó lleno de esperanza a la estructura de madera junto al río Támesis que se conocía como The Theatre —el Teatro—.

Su padre siempre había dicho que Billy era un bueno para nada, demasiado flojo para ser soldado, demasiado soñador para cualquier otro oficio y por un momento se convenció de que, tal vez, al fin había encontrado su propósito… Hasta que entró al teatro.