Capítulo 3 #2
Pasó el resto de la tarde meditando la manera de hacer encajar todas las piezas.
Sabía que debía tomar una decisión y esperaba que el viaje de vuelta le diera tiempo para elucubrar una explicación que satisficiera a su padre.
Era el hijo del duque, pero también era un buen cristiano, y su madre lo había educado en el amor a Dios, en la virtud y el perdón.
Al caer la tarde comunicó a don Alfonso su decisión.
—Hablaré con mi padre. Si de verdad lo que os preocupa es el futuro de la alquería, creo que puedo conseguir que mi padre os ceda en préstamo las rentas de los próximos dos años si ponéis vuestras propias tierras como garantía.
Don Alfonso se quedó pensativo un momento; los dos sabían que, con su edad, las posibilidades de que devolviera el dinero eran escasas.
Lo que realmente proponía era que las tierras las heredara el duque cuando el señor de Gójar falleciera.
A cambio le daría el tiempo y los ingresos que pedía para que la alquería diera sus frutos.
Era, sin duda, una buena oportunidad para su padre de ampliar sus tierras, que, a la vez, permitiría a don Alfonso saldar sus deudas y contratar la mano de obra que tanta falta hacía.
Era una solución muy hábil y el anciano lo miró con respeto.
—¿Podéis prometerme vos que cuidaréis de mi gente?
—Mi padre…
—No —lo cortó—. No vuestro padre. Vos seréis el duque algún día. Prometedme que no abandonaréis esta tierra.
Los dos hombres se miraron a los ojos y Rodrigo comprendió la solemnidad del momento.
Seis años atrás, esos mismos ojos lo habían mirado tras su captura por parte de los monfíes.
Don Alfonso fue el único que se había acercado a darle palabras de consuelo.
«Habéis sido valiente», le dijo; a lo que Rodrigo respondió: «Pero he llorado».
Aún no olvidaba sus palabras, se había agachado a su lado y le había hablado en voz baja: «Los valientes también lloran a menudo, y tienen miedo, os lo aseguro, pero lo escondemos.
En eso consiste ser un caballero, en llorar a solas».
Sí, Rodrigo había aprendido esa lección y no habían sido pocas las veces que, desde entonces, había ocultado sus lágrimas.
—Tenéis mi palabra, don Alfonso.
Estrecharon las manos, el hidalgo asentía con pesar.
—En ese caso, tenéis un acuerdo. Confío en vos, Rodrigo.
—Pero no puedo volver con las manos vacías.
—Ya he dispuesto un carro con barriles de vino, provisiones y retales de seda que seguro que la duquesa apreciará.
—Bien. —Y dudó una vez más antes de seguir—. Me llevaré también a uno de vuestros esclavos… como garantía.
—¿Un esclavo? No andamos sobrados de manos, precisamente.
—Con los dineros de los que dispondréis podréis contratar a los trabajadores que necesitáis —aseguró con firmeza—, pero por ahora me llevaré al esclavo mudo, el morisco.
Mientras lo decía, se dio cuenta de la forma en la que se estaba complicando. Aunque su padre jamás traicionaría la palabra dada por su hijo, sabía que no iba a estar satisfecho… Quería salvar al morisco, necesitaba salvarlo, como si hacerlo fuese una forma de salvarse a sí mismo del tormento.
—¿Lázaro? Me temo que Diago no va a estar contento…
—Vuestro sobrino parece haber olvidado los principios cristianos. —Y su réplica salió con más dureza de la que había calculado, ni siquiera se había parado a pensar en ello, pero de pronto sintió una ira que lo dominaba—. Nosotros no somos bárbaros.
La consternación que invadió a don Alfonso le dejó claro que sabía de qué estaba hablando. Pareció entender una amenaza en las palabras del joven.
—Por supuesto, excelencia. —Y por primera vez su trato adquirió el respeto que exigía su posición—. Por favor, disculpadme si mi sobrino os ha ofendido en algo. Dispondré todo para vuestra partida.
Al alba los carros y los caballos estaban prestos, al igual que sus hombres.
Le hizo sentirse bien que sus órdenes se hubieran seguido, y alargó el momento de salir por el mero placer de hacerlos esperar.
Desde la habitación observaba los preparativos mientras terminaba de acomodarse la capa.
Cuando al fin salió de la casa señorial, Diago lo alcanzó en las escaleras.
—¿Os lleváis a mi esclavo? —Venía colérico—. No podíais llevaros a otro, tenía que ser Lázaro…
—Tengo entendido que no es vuestro, que nada de lo que hay en esta villa es vuestro.
—Lo queréis para vos solo, ¿no es así? A mí no me engañáis, sé muy bien lo que deseáis…
—¡Diago! —Fue don Alfonso quien lo increpó desde la puerta principal, pues Rodrigo se había vuelto a quedar sin palabras—. ¡Dejad de ofender a su excelencia con vuestras sucias insinuaciones!
Diago miró de uno a otro y soltó una carcajada.
—Está bien… Lleváoslo, espero que lo disfrutéis.
—Deberíais tener cuidado con lo que decís —amenazó Rodrigo, aunque en ese momento no comprendía la profundidad de la amenaza.
Incluso le sorprendió comprobar que surtía efecto y que los dos hombres reaccionaban con temor a sus palabras.
No era algo que le ocurriera con frecuencia, pero era como debía ser, pensó.
—Por favor, Diago —suplicó don Alfonso bajando la voz con desesperación, y Diago se apartó para dejarlo pasar.
—Mis disculpas, excelencia —dijo al fin con una reverencia que no parecía fingida.
Pasarían años antes de que comprendiera que no era a él a quien temían los amantes secretos, sino a ser descubiertos, a la posibilidad de ser expuestos públicamente, ignorando que Rodrigo era aún demasiado cándido.
También él desconocía las consecuencias de sus acciones, pero entonces, con diecisiete años, salió henchido de orgullo por creer que había dominado la situación con sus dotes de mando.
Puede que fuese solo un crío, y uno no muy valiente, pero también era un noble, un marqués que desde niño daba órdenes a hombres más fuertes e instruidos que le debían pleitesía.
A las puertas de la casa, el sol despuntaba coloreando el cielo y los hombres de su padre terminaban de ensillar sus monturas. El esclavo estaba de pie junto a la carreta a la que lo habían atado por las manos con una cuerda, como si fuese un animal.
—¿Por qué está atado?
—¿Señor?
—El esclavo. ¿Por qué lo habéis atado al carro?
—Los esclavos no pueden montar, señor.
—¿Y pensáis hacerlo correr hasta Cádiz? ¿De qué me sirve un esclavo muerto? —Montó sobre su caballo y ordenó con firmeza—: ¡Subidlo al carro!
Los hombres siguieron sus instrucciones y acomodaron al esclavo morisco en la carreta de las provisiones, junto a los paños de seda y las tinajas de vino, y volvió a sentirse fuerte, adulto. Se puso al frente de sus hombres y emprendieron la marcha.