El mar que nos arrastra Capítulo 3
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Capítulo 3

Por la mañana dio aviso de que estaba indispuesto.

Había pasado la noche atormentado por pesadillas, febril e inflamado con imágenes de Diago, del esclavo morisco, las risas y jadeos de todos ellos.

No se sentía con fuerzas para enfrentarse a sus anfitriones, mucho menos al joven que inundaba sus fantasías.

Don Alfonso le hizo llevar un almuerzo ligero, un caldo caliente con trozos de pan. Y al caer la tarde subió a su habitación para interesarse por su estado.

—¿Os encontráis mejor, Rodrigo?

—Algo mejor, gracias.

Las palabras de consuelo pronto se agotaron y quedaron sumidos en un silencio largo. Rodrigo miraba por la ventana, deseando recuperar su soledad, pero el hidalgo permanecía en la habitación.

—Escuchad, hijo —comenzó al fin—. Conozco bien a vuestro padre e imagino que ya ha tomado sus decisiones, pero esta tierra es fértil, tiene ante sí una gran oportunidad.

Dejarla morir no servirá a nadie. Lo que se necesita es inversión…

Podemos recuperarla y vuestro padre podría amasar una buena fortuna.

—Ya sabéis que a mi padre no le interesa la agricultura…

—Lo sé, quiere sus rentas, y lo entiendo.

—Solo espera que se cumpla lo acordado.

Don Alfonso se quedó meditabundo, se lo veía más anciano que nunca y Rodrigo no pudo evitar una punzada de remordimiento.

—Mirad —siguió entonces—, a mí ya me queda poco, tres, cuatro años a lo sumo… Yo no tengo fuerzas para levantar estas tierras, pero no puedo dejarlas morir. No es por mí, aquí aún queda buena gente que puede hacer mucho.

—¿Como vuestro sobrino?

Don Alfonso bajó la mirada, consciente de la carga de mordacidad de la pregunta.

—Me preocupa el futuro de mi esposa y el de mi sobrino, claro.

Tal vez no lo merezcan, pero debo pensar en ellos…

Aunque lo que de verdad me preocupa es Granada.

Los soldados se limitan a comerse las cosechas.

A ellos no les importa esta tierra, no es suya, no la han heredado ni la han sufrido.

No echarán raíces aquí. Los reyes con sus guerras no lo entienden…

Están dejando morir la tierra, y no somos otra cosa que la tierra que recibimos del Señor.

—El hombre se levantó y agarró el brazo de Rodrigo con vehemencia—.

Escuchad, algún día vos seréis el duque.

Tenéis que pensar en las gentes, la tierra es el futuro de España.

El oro de las Américas es un espejismo, no durará para siempre, y mientras los nobles se dejan seducir por sus riquezas y se embarcan en sus interminables guerras, olvidan sus raíces.

Prometedme, Rodrigo, que, cuando seáis duque, no dejaréis morir esta tierra.

A pesar de su turbulencia personal, no pudo evitar conmoverse. ¿Cómo ignorar el deseo de un hombre que sabe que la vida se le agota?

—Haré cuanto esté en mi mano, eso os puedo prometer.

Don Alfonso le apretó el brazo y dejó asomar una sonrisa descreída.

—Gracias, hijo.

La noche volvió a hundirlo en pesadillas.

Y en la duermevela de imágenes del morisco y de Diago, del recuerdo de jadeos y risas grotescas, el deseo lo atormentaba.

Se despertó sumido en un lago de placer, las sábanas húmedas delatando que se había dejado seducir por la tentación.

Era como si aquellas acciones de las que había sido testigo lo hubieran poseído, hasta el punto de que llegó a soñar que era él mismo quien arremetía contra el cuerpo del esclavo una y otra vez, hasta que se disolvía en un placer líquido que estremecía su cuerpo de una forma desconocida.

Estaba claro que el diablo se le había metido dentro.

Se levantó de madrugada atormentado por no reconocerse y se puso de rodillas a rezar frenéticamente, suplicando a Dios, con la congoja atascada en el pecho, que lo liberara de aquellos pensamientos impuros.

Ya de madrugada decidió que era momento de partir, y en su última jornada en Granada se devanaba los sesos por encontrar una forma de satisfacer a su padre sin defraudar a don Alfonso.

Se encaminó por los viñedos a mediodía, en busca de sus hombres para informarlos de la partida, y al pasar por las tierras de secano vio al esclavo morisco, cargando las pesadas cajas de la uva.

Se detuvo un momento para observarlo, el mismo semblante carente de emoción, aunque ya no estaba desnudo, expuesto; vestía una bata de lienzo rota y descolorida, calcetas azules y caminaba descalzo sobre la tierra árida.

Se acercó hasta el esclavo con una punzada de culpa, temiendo que tuviese la capacidad de adivinar que había soñado con él. El joven se sobresaltó al verlo y se detuvo en sus quehaceres, mirando a su alrededor como si temiera una emboscada.

—Disculpad, os he asustado… Solo quería saber… ¿Os encontráis bien?

—No puede hablar.

Una niña a su espalda, cargando un cubo de agua para los trabajadores, respondió por el morisco.

—¿No habla castellano?

Ella rio, como si hubiese escuchado una tontería.

—No. No habla nada. Su casa se incendió con su familia dentro. Todos murieron. Seguramente se le quemó la lengua o algo…, así que no puede hablar.

Rodrigo se lo quedó mirando sin saber qué decir.

—¿Es verdad que es un príncipe? —volvió a preguntar a la niña.

—De eso no sé nada.

El esclavo continuó con su trabajo como si no le hubiera hablado, como si nada de aquella noche hubiera ocurrido.

Y el noble se alejó de los campos de siembra.

Un mudo, iba pensando, no podían haber escogido mejor víctima, alguien que no podría delatarlos, ni defenderse.

Imaginó que no era la primera vez que lo utilizaban de esa forma ni sería la última.

Y por lo mismo le conmovió aún más su docilidad.

Era solo un esclavo, y le habían enseñado que los esclavos eran poco más que animales a los que había que exigir obediencia porque carecían de raciocinio.

Aunque su madre también le había inculcado que debía tratar a todos los seres de Dios con caridad y jamás usar su posición de poder de forma cruel.

Pero, por lo que le dio a entender Diago, ese joven no había nacido esclavo, y aquello lo confundía.

Recordó cuando acompañó a su padre a luchar contra los monfíes, bandidos moriscos que se ocultaban en las serranías, que se dedicaban a saquear a los viajeros y robaban mujeres cristianas para mantenerlas cautivas.

Tenía once años. Su madre suplicó que no lo llevara, pero su padre dijo que era hora de que se hiciera un hombre, de que viera de cerca la lucha.

Recordaba su sensación de orgullo cabalgando junto a su padre.

Nunca había visto a los hombres luchar de verdad, solo en los teatros itinerantes de las fiestas, en los juegos y en las historias de los libros; y era así, con esa heroicidad santificada, que imaginaba la batalla.

La espera se le hizo eterna, aguardando en las colinas, malcomiendo cecina y pan duro, durmiendo a la intemperie, rodeado de insectos y con la piel escociéndole por las picaduras.

El calor, el olor hediondo de los hombres con sus armaduras y finalmente la batalla.

No entendió nada, todo era caos, barro y sangre.

No vio nada de heroico en aquella estampa de hombres con armaduras y pesadas espadas montados a caballo, matando a otros descalzos que se defendían con puñales o a mujeres desarmadas con niños en brazos.

La batalla era sucia, lenta y no se parecía en nada a lo que leía en los libros de caballería.

Él era solo un niño, nadie esperaba que empuñara un arma; un soldado lo vigilaba en la retaguardia mientras los hombres del duque se lanzaban hacia la lucha sin vacilar.

Pero él era un cobarde. Se asustó y corrió hacia el bosque a esconderse.

Un error garrafal. Uno de los monfíes lo vio huyendo y fue tras él.

Lo llevaron preso al campamento morisco.

Fueron solo unas horas, pero durante ese tiempo llegó a pensar que moriría.

Sentado entre aquellas gentes con sus túnicas, sus barbas y hablando una lengua que no entendía, tuvo la certeza de que no volvería a casa nunca más.

Había escuchado las historias de los cristianos que eran vendidos en Argel como esclavos o que permanecían secuestrados para exigir cuantiosos rescates de sus familias y podían pasar años encadenados, semidesnudos, en las cavernas berberiscas.

Se echó a llorar con el miedo incrustado en el cuerpo, seguro de que no volvería a ver a su madre.

Los moriscos aprovecharon el botín para negociar la retirada del duque.

Luego llegarían la vergüenza por su cobardía, el castigo a los soldados que debían protegerlo, la culpa…

Fue al volver que enfermó, las fiebres lo hacían temblar tanto que tuvieron que atarlo a la cama, sus huesos se debilitaron y quedó deforme para el resto de sus días.

Su madre no volvería a consentir que lo llevara a sus guerras, como solía llamarlas, y él mismo llegaría a esconderse entre el heno de los caballos cuando escuchaba a su padre hablar de batallas, esperando que se olvidara de que tenía un hijo al que enseñar a ser un hombre.

Pero aquel día en Granada la pregunta que se hizo fue otra, una que un duque jamás debería hacerse, pues le habían enseñado que él era de sangre noble, que su existencia tenía una cualidad diferente y que era Dios quien colocaba a los hombres en el lugar del que eran merecedores.

Aquella mañana soleada, dejando atrás al morisco que podría haber sido un príncipe en lugar de un esclavo, se preguntó si no podría haber sido él, el hijo del duque de Niebla, quien pudiese haber acabado como centro de las mofas de los moros.