Capítulo 2 #2
Cuando las cosas empezaron a volverse raras la cabeza ya le daba vueltas.
Fernando estaba besando a Juan, en la boca, como se besaban los amantes de las novelas de caballería, y Rodrigo no podía apartar la vista de ellos.
Entonces Diago se recostó a su lado, sobre los cojines en los que yacían todos, más parecidos a un lecho que a un salón, llevando el jubón desabrochado y la camisa abierta. Y le susurró al oído:
—¿Qué te parece mi esclavo?
—¿Cómo?
—Míralo… ¿No te parece un adonis? Ese cuerpo perfecto… —Y mientras hablaba, los dedos de su mano dibujaban círculos sobre el pecho de Rodrigo—. Su fuerza bruta —siguió susurrándole al oído con la mirada fija en el esclavo—, su rostro pulido… Es una belleza griega, ¿no os lo parece?
—Sí…, claro —respondió por no decepcionarlo, sin comprender el propósito del comentario.
—¡Lázaro! ¡Acércate! —ordenó al esclavo.
El morisco se levantó despacio y caminó hacia ellos con la mirada clavada en el suelo, el semblante impasible. Y como si fuera un movimiento aprendido, volvió a ponerse de rodillas ante Diago, sin delatar emoción alguna. Las manos sobre su regazo con las palmas hacia arriba en actitud de sumisión.
—Solía ser un príncipe, ¿no es verdad, Lázaro ?
—dijo, resaltando el nombre cristiano que sin duda no debía ser su nombre de nacimiento.
El esclavo no respondió. Diago acarició la cicatriz de su mejilla, el rostro marcado a fuego por una S cruzada por un clavo, señal de su condición de esclavo, y siguió acariciando su cuello en dirección a sus hombros y a sus pectorales desnudos—.
Descendiente de Muley Hacen, del reino nazarí…
Irónico, ¿no te parece? Yo, el hijo bastardo de un cura, estoy aquí sentado con un marqués mientras un príncipe moro me llena la copa de vino.
La risa chulesca de Diago se cortó de cuajo, al tiempo que tomó la copa de vino y arrojó el contenido sobre el rostro del esclavo, que no se inmutó por la agresión.
Diago agarró la cara del morisco con las dos manos, se la acercó y comenzó a lamer los restos de vino sobre la piel morena de forma grotesca.
Rodrigo los miraba sin pestañear, hacía rato que había dejado de entender la escena y solo observaba con gesto estupefacto cómo comenzaba un forcejeo entre Diago y el esclavo, que al fin parecía reaccionar intentando zafarse de sus garras.
Con ayuda de sus compinches, Diago lo arrastró a la fuerza en dirección al centro de la sala.
Entonces comenzó el horror. El esclavo gemía como un animal encerrado mientras los cuatro jóvenes lo inmovilizaban contra la mesilla central y lo despojaban del escaso faldón que cubría sus nalgas, dejándolo desnudo mientras se animaban y jaleaban entre ellos, como si domaran a una bestia.
¿Qué era aquello? Esas sacudidas que los habían vuelto locos de golpe.
Dejaron de ser los muchachos encantadores que recitaban poesía para convertirse en animales poseídos por una extraña fiebre, que se turnaban arremetiendo a la espalda del esclavo, sus miembros duros expuestos sin pudor, sudando, embistiendo, jadeando, en un ritmo obsceno y delirante.
Empezaba a marearse, se frotó los ojos con fuerza creyendo que todo era fruto del alcohol y de una imaginación calenturienta.
Diago se acercó a él y volvió a susurrarle al oído:
—¿Queréis probar? —Con su mano agarró con fuerza la verga de Rodrigo, que fue consciente en ese instante de que estaba excitado, henchido como no lo había estado nunca—. No tengáis miedo, estáis entre amigos…
Y tuvo claro en ese momento que estaba ante el diablo, que lo tentaba y conducía hacia el pecado. Creyó incluso verle cuernos saliendo de la frente y colmillos que asomaban desde su sonrisa. Tenía que salir de allí.
—¡Soltadme! —se oyó gritar entre las risas y los jadeos de los otros, que giraban en torno a él.
—Relajaos, Rodrigo…, divertíos un poco… —La risa de Diago le atravesaba la cabeza.
—¡No! ¡Dejadme!
Al fin consiguió liberarse de sus garras y huyó de aquel lugar.
Bajó las escaleras a tientas sumido en la oscuridad, en algún momento tropezó y se deslizó por los peldaños de piedra unos tramos, golpeándose la espalda y la rodilla, pero no sintió dolor alguno.
Volvió a ponerse en pie y encontró la salida que daba paso al taller de seda.
Al entrar lo golpeó una oleada del olor putrefacto de las polillas muertas que le provocó una arcada de náuseas.
Se lanzó hacia la puerta y, en cuanto alcanzó el exterior, comenzó a vomitar.
Se encaminó en dirección a la alquería, pero estaba desorientado; la luna alumbraba los caminos, pero todo le parecía lo mismo.
Empezó a caminar sin rumbo, entre los olivos y los viñedos, resbaló en el barro y se manchó las calzas y las manos.
Intentó cruzar las tierras de siembra, las ramas le golpeaban la cara y arañaban sus ropas, el mundo parecía dar vueltas sin sentido a su alrededor, no sabía cómo regresar, y en medio de aquella pesadilla le pareció oír su nombre:
—Don Rodrigo…, señor. —Era uno de los mozos que lo habían acompañado a conocer la villa el primer día—. Señor —repitió, acercándose a él—. ¿Os encontráis bien, señor?
—Sí, creo… creo que me he perdido.
—Es muy tarde, señor. Dejad que os acompañe.
Y aún aturdido se dejó guiar por el mozo.