El mar que nos arrastra Capítulo 2
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Capítulo 2

Pasó el día siguiente con don Pedro repasando las cuentas.

Siempre se le habían dado bien los cálculos, tenía un don para los números, razón por la que su padre había confiado en él para comprobar la situación de la alquería y asegurarse de que don Alfonso no los estaba estafando.

No obstante, el escenario que se dibujaba ante él era más desolador de lo que había vaticinado.

Tras el levantamiento y la posterior expulsión de los moriscos, Felipe II había accedido a que los soldados se hicieran con el botín: casas, muebles, joyas, ganado, tierras, incluso las ganancias de la venta de prisioneros como esclavos.

Los cristianos nuevos fueron desterrados de Granada, ejecutados en masa, cientos de sus mujeres y niños esclavizados y vendidos lejos de su tierra.

Los soldados enriquecidos se dedicaron a vivir como nobles y a comerse las ganancias mientras dejaban morir las cosechas.

También su padre pensaba únicamente en sacar tajada de esa tierra despoblada y moribunda.

Sin embargo, aunque pasó el día entero ocupado con libros de cuentas, no dejaba de sentir un ligero golpe de vértigo ante la perspectiva de la noche, el momento en el que esperaba reencontrarse con Diago.

Volvieron a cenar los cuatro en esa tensión que solo rompía la conversación de don Alfonso con su invitado.

Su mujer, doña Inés, se estaba convirtiendo en un misterio.

Durante el día parecía desvanecerse y solo hacía acto de presencia como una penitencia a la hora de la cena.

Fue la primera en despedirse en cuanto acabó la velada.

Esta vez sirvieron legumbres con tocino, queso, pan y fruta.

Rodrigo cruzó una mirada con Diago, un discretísimo gesto de complicidad por la promesa de su encuentro nocturno, que lanzó avisos de alerta por todo su cuerpo.

Sin embargo, cuando se disponían a partir juntos como la noche previa, don Alfonso se dirigió a su sobrino en lo que, una vez más, parecía una advertencia.

—Diago. Me acompañas, ¿no es así?

El joven dudó unos instantes, los dos hombres se miraron en tensión, como si echaran un pulso.

—Claro, tío —claudicó finalmente el menor de los dos, forzando una sonrisa.

—Presumo que recordáis el camino —se despidió el hidalgo mientras Diago se alejaba de su lado—. Que tengáis buena noche, Rodrigo.

Y los dos hombres salieron del comedor juntos dejando atrás a un Rodrigo sumido en la confusión. Tomó una de las velas de la mesa para alumbrar los pasillos en la noche cerrada de vuelta a su alcoba.

La anticipación por la velada con Diago lo había dejado desvelado, así que desvió su camino hacia la biblioteca con la esperanza de encontrar alguna lectura con la que aligerar el tiempo.

Le gustó descubrir que las estanterías estaban mejor surtidas que la biblioteca de su padre.

Encendió la lámpara de aceite que alumbró el pequeño salón que albergaba dos estanterías llenas de libros y pergaminos enrollados.

Un par de butacones de cuero y una pequeña mesa redonda en el centro completaban una habitación de lectura que se le antojó perfecta.

No tardó en entretenerse revisando los libros, entre los que encontró tratados de filosofía, botánica, libros de estrategia militar y algunas novelas pastorales.

—¡Oh, sois vos, don Rodrigo! —Una voz femenina lo sacó de su ensimismamiento. Era doña Inés, que parecía más sobresaltada que el muchacho.

—Perdonad, no pretendía asustaros. —Era la primera vez que hablaba con la señora de la casa y fue consciente de golpe de lo poco adecuado de encontrarse los dos a solas en aquel salón a oscuras—. Será mejor que me vaya.

—¿Buscabais un libro?

Ella se acercó con su vela al estante donde los tomos de diferentes tamaños se organizaban en filas.

—¿Qué tipo de historia os gusta? —Rodrigo se sintió azorado por la pregunta, como si fuese a revelar algo íntimo—.

¿Los libros de caballería? —adivinó ella, el muchacho asintió con una sonrisa tímida—.

¿Habéis leído Diana enamorada ? —Al decirlo sacó el pequeño tomo encuadernado en tela y se lo ofreció—. Es mi favorito.

Y en la sonrisa de la mujer le pareció atisbar una pizca de coqueteo que le hizo entrar en pánico.

—Gracias… —Quiso añadir algo ingenioso, pero su mente estaba en blanco—. Buenas noches, señora —acertó a decir antes de esfumarse con una urgencia torpe que lo hizo tropezar con la butaca a su paso.

La noche siguiente don Alfonso estaba indispuesto y doña Inés no se presentó, por lo que cenaron Diago y Rodrigo a solas. Capones con ciruelas pasas, queso, pan y una jarra de vino que apuraron. Con la segunda jarra Rodrigo comenzó a sentirse más liviano y la conversación se volvió íntima.

—¿Os lleváis bien con vuestro padre? —Diago no hacía las típicas preguntas sobre la situación del ducado, las tierras, las ganancias o las guerras y asuntos reales.

—Es mi padre…

—¿Os pega?

Rodrigo no comprendía el propósito de que le preguntara esas cuestiones. Un hijo debía obediencia a su padre, no era su lugar cuestionarlo.

—Solo quiere lo mejor para mí.

—Así que es duro con vos…

—Dice que me parezco demasiado a mi madre.

—¿Eso es bueno o malo? —Rodrigo rio sin saber qué contestar—. Yo no conocí a mi padre.

Y la intimidad de la confesión, unida tal vez a la ligera embriaguez, le soltó la lengua al joven marqués más de lo que hubiese considerado prudente.

—Es una suerte que tengáis el favor de vuestro tío.

—Una suerte, sí… —murmuró. Y se miraron con intención, librando una lucha de la que Rodrigo no era consciente—. Tenéis unos ojos muy bonitos, raros sin duda, pero bonitos.

—Son los ojos de mi madre, como el pelo anaranjado.

Es holandesa. Una extranjera… He salido a mi madre…

y sí, mi padre lo odia… Ella es muy hermosa, delicada, como debe ser una mujer…

—y se reía—, pero yo… —«solo soy un chico pecoso de ojos claros, debilucho y pálido», pensó…

—. La fragilidad no me favorece —dijo al fin, desviando la mirada—. No son las cualidades de un guerrero.

—Pues a mí me parecéis encantador.

«Encantador». No era así como debía hablar un hombre de otro hombre, pero por alguna razón, en boca de Diago parecía apropiado, e incluso se descubrió deseando que siguiera adulándolo.

Tras una prolongada cena salieron de la casa con la lámpara dorada del comedor, sin que les importaran los charcos ni el barro, en dirección al rincón secreto de Diago, tal como lo anunció con un deje de misterio exagerado que hizo que Rodrigo se preguntara si hablaba en serio. Y tan en serio que hablaba.

Cruzaron la finca hasta el taller de seda, a sus puertas tres monturas aguardaban atadas a los palenques.

Subieron por una escalera estrecha hasta un cobertizo decorado con finas telas de distintos colores, cojines y candelabros de cristal, donde se encontraron con otros tres jóvenes elegantemente vestidos con gregüescos de seda roja y azul, que los recibieron con una efusividad inesperada, con abrazos y besos en la mejilla.

Uno de los jóvenes, un sevillano apuesto, con la tez tostada y el pelo rizado, comenzó a recitar poesía con un arte cautivador mientras el resto de ellos escuchaban sentados sobre cojines mullidos, comían uvas y almendras y bebían vino en copas de plata.

También había un esclavo morisco vestido tan solo con un faldón blanco; el torso descubierto hacía relucir su piel oscura y los músculos marcados propios de los trabajadores del campo.

Su aspecto, de esa guisa, le recordó a los guerreros griegos.

El morisco llenaba las copas y atendía a los comensales y, cuando no tenía nada que hacer, se quedaba de rodillas con la mirada al suelo y las manos sobre los muslos descubiertos.

Le hizo pensar en esos cuadros de Dionisos de las bacanales romanas.

Tenía algo de perverso, de transgresión, y al mismo tiempo resultaba emocionante.

Tan diferente a la vida que llevaba en Cádiz en el castillo de su padre, donde cada momento de su día estaba minuciosamente organizado.

Reían y bebían y hablaban, burlándose de la forma de vestir de algún alguacil que conocían, que intentaba imitar la moda de los nobles.

—Se da aires de marqués, llevando los gregüescos como si fueran alforjas… Tan hinchados como el cuero de vino…

—Vos no deberíais reíros tanto, Diago…

—Yo soy un tipo elegante.

—De orígenes muy humildes, he de recordaros…

—¿Y he de recordaros yo que estáis muy próximo a perder vuestra herencia? Tened cuidado con lo que decís, Fernando, tal vez seáis vos quien rellene calzones dentro de muy poco…

Se burlaban unos de otros, incluso amagaban con pegarse, se agarraban del cuello para inmovilizarse, forcejeaban…

, pero no había violencia en ese juego, era otra cosa.

Rodrigo envidió aquella camaradería, deseó tener algo así en casa, donde apenas tenía contacto con jóvenes de su edad, ni hermanos, tan solo su primo Jacobo, que, aunque no debía de ser mayor que Diago, jamás lo había tratado como a un igual.

También Jacobo tenía un estrecho vínculo con su tío, el duque de Niebla, mejor que el que el propio Rodrigo mantenía con su padre.

Aunque debía admitir que la relación de Diago con su tío no se parecía a ninguna que hubiese conocido antes, con Diago comportándose a menudo como un niño caprichoso y don Alfonso consintiéndole insubordinaciones que su padre jamás toleraría.

Diago caminaba por la villa como si fuese el amo de todo, dando órdenes, satisfaciendo sus antojos sin ningún tipo de disciplina.

A él, único hijo varón de un duque, jamás se le permitiría una conducta semejante.

Y era precisamente su insubordinación a las formas sociales lo que resultaba tan fascinante del granadino.